GENEVA
Capítulo
Uno
Algunas noches pasaba horas en la morgue fría y estéril, acompañada solo por el zumbido de las unidades de refrigeración y el olor metálico del formaldehído.
Su trabajo como ayudante del médico forense la mantenía anclada al mundo de los humanos, un papel al que se aferraba por sentido del deber y por el deseo de cierta normalidad en su vida.
Pero había otras noches, como esta, en las que debía recurrir a la parte feérica de su herencia para cumplir con su destino.
Destino sonaba muy noble, pero la verdad era que la caza de demonios era un trabajo sucio: alguien tenía que hacerlo, y nadie más que las hermanas Duvall parecía dispuesto a asumirlo.
Sus alas se estremecieron cuando la sensación se intensificó y atrajo su atención hacia un callejón en la calle de abajo. Entrecerró los ojos: el cambio en la atmósfera era inconfundible. Una presencia demoníaca.
—Esta noche no —murmuró entre dientes, y se lanzó desde la azotea.
Con un salto elegante, Geneva se precipitó desde su posición.
Las alas se le abrieron de golpe en el último momento para atrapar una corriente ascendente.
Planeó entre edificios, saboreando aquel raro momento de libertad, antes de plegar las alas y dejarse caer en silencio en la entrada del callejón.
El olor acre del miedo y la malevolencia sobrenatural le asaltó los sentidos.
Aterrizó en el estrecho callejón; las botas apenas hicieron ruido contra el pavimento agrietado. El hedor la golpeó primero: el olor acre y fétido que solo desprendía un demonio en su forma verdadera. Y ahí estaba, acechando en las sombras, encorvado sobre una figura desplomada contra la pared.
Al fondo del callejón, una masa retorcida de sombras se cernía sobre una figura temblorosa acurrucada contra un contenedor de basura.
El demonio era pequeño, una criatura de nivel inferior, pero no por ello menos peligrosa.
Había adoptado una forma retorcida, casi animal, puro ángulos afilados y huesos salientes, con los ojos rojos brillando de hambre malévola.
Su objetivo era un indigente, un humano tan aturdido que apenas sabía lo que pasaba, ajeno al peligro que se cernía sobre él.
Geneva dio un paso adelante y su presencia atrajo de inmediato la atención del demonio.
Esta noche no, se repitió en silencio.
—Oye, feo —gritó con voz dura como el acero—. ¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño?
El demonio se giró, revelando un rostro grotesco de carne retorcida y demasiados dientes.
Siseó, mostrando los dientes irregulares, pero ella no se inmutó.
No era el primer demonio al que se enfrentaba, y desde luego no sería el último.
Su última víctima, un hombre desaliñado que claramente había conocido tiempos mejores, aprovechó la distracción para alejarse a gatas.
Geneva le echó un vistazo para asegurarse de que llegara a la relativa seguridad de la calle antes de desenfundar la espada y volver a concentrarse en el demonio que gruñía.
—Vaya, vaya —graznó la criatura con una voz como grava en un triturador—. Pero si es una de las hermanas Duvall. ¿Qué haces en mi territorio, hadita?
Geneva entrecerró los ojos.
—¿Tu territorio? Que yo sepa, esta ciudad está bajo la protección de mis hermanas y la mía. Pero estaré encantada de devolverte al infierno del que saliste arrastrándote, sin cobrarte nada.
El demonio se abalanzó con las garras extendidas y las fauces abiertas.
Geneva estaba lista. Giró, esquivando por poco las garras afiladas como navajas, y le clavó la espada en el pecho, atravesando la piel moteada hasta llegar al corazón.
El punto de contacto resplandeció con luz verde y transfirió el golpe fatal de ella al demonio.
Un chillido escalofriante rasgó la noche cuando la inquietante luz verde se extendió por el cuerpo del demonio como un incendio forestal.
Geneva observó impasible cómo la criatura se retorcía y contorsionaba mientras su forma se descomponía en volutas de humo maloliente.
En cuestión de momentos, solo quedaba una pequeña marca de quemadura en el asfalto mugriento.
Geneva exhaló un largo suspiro; la adrenalina de la pelea ya se desvanecía, dejando paso a un cansancio familiar.
Otra noche, otro demonio. A veces se sentía como intentar vaciar el océano con una taza de té.
Por cada criatura oscura que ella y sus hermanas desterraban, parecían aparecer dos más.
¿Y para qué? ¿Por una ciudad llena de humanos que saldrían corriendo y gritando si supieran lo que realmente acechaba en las sombras?
Con la amenaza eliminada, Geneva dirigió su atención al indigente y lo encontró acurrucado detrás de otro contenedor de basura.
Estaba vivo, aunque apenas. Se arrodilló junto a él, le comprobó el pulso y se aseguró de que sobreviviría la noche.
Le infundió algo de energía y materializó un sándwich y una taza de café que él le arrebató en cuanto aparecieron.
El hombre logró ponerse de pie y salió corriendo.
Otro momento crítico, otra vida salvada, aunque él nunca sabría quién o qué lo había salvado.
Se recordó que no era porque el hombre fuera desagradecido; solo intentaba sobrevivir.
Sacudiéndose la melancolía que amenazaba con apoderarse de ella, Geneva desplegó las alas y se elevó al cielo, para aterrizar una vez más en una azotea desde donde podía observar la ciudad.
Mientras se ponía de pie y se sacudía el polvo de las manos, el teléfono le vibró en el bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla.
—Geneva, necesitamos que vengas —dijo la voz al otro lado. Era el supervisor nocturno de la morgue—. Rachel se ha puesto enferma y estamos desbordados.
Suspiró. Claro, alguien tenía que ponerse enfermo esa noche.
—Estaré ahí en quince minutos —respondió, y colgó antes de escuchar más quejas.
Planeó una vez más hacia el callejón y plegó las alas, que desaparecieron en su cuerpo como si nunca hubieran estado ahí.
A pesar de toda la magia que poseía, la capacidad de cambiar entre su forma feérica y la humana era la que más usaba.
Mientras caminaba hacia el coche, no pudo evitar sentir el peso de su doble vida asentándose de nuevo sobre los hombros.
La morgue de la ciudad estaba tranquila cuando llegó; las luces fluorescentes proyectaban largas sombras por los pasillos vacíos.
Geneva retomó la rutina familiar con facilidad, se puso la bata de laboratorio y los guantes.
La cruda realidad de la morgue conseguía anclarla después de una noche como aquella.
Allí no había demonios ni magia, solo cuerpos y las respuestas que contenían.
Mientras trabajaba, Geneva no pudo evitar reflexionar sobre la soledad que había acabado definiendo su vida.
Sus hermanas habían encontrado su camino, a sus compañeros predestinados, que les aportaban poder y propósito.
Phoenix, Savannah y Catalina: cada una de ellas había encontrado una plenitud que Geneva no lograba entender.
Llevaba años diciéndose que no necesitaba eso, que su trabajo era suficiente, que la lucha contra la oscuridad era su propósito.
Pero algunas noches, como esta, el silencio en la morgue era ensordecedor.
La ausencia de compañía la carcomía, y le dolía.
Le dolía que sus hermanas hubieran encontrado la felicidad mientras ella seguía aquí, abriendo cadáveres, cazando demonios en la oscuridad y regresando a una cama vacía al final de la noche.
Mientras terminaba de suturar su última autopsia, miró el reloj.
Era tarde, más tarde de lo que había pensado.
El agotamiento del día empezaba a pasarle factura y ya estaba lista para marcharse.
Se quitó los guantes, los tiró a la basura y se preparó para irse.
Pero justo cuando estaba a punto de cerrar con llave, el chirrido de la puerta al abrirse la dejó paralizada.
Instintivamente, su mano fue al cuchillo que llevaba atado a la pierna, pero antes de que pudiera sacarlo, una figura entró tambaleándose por la puerta. Contuvo la respiración cuando la persona se desplomó en el suelo de baldosas frías, con el cuerpo inerte y destrozado.
—¿Ash? —susurró, reconociendo al demonio de inmediato.
Ash Shadowbane, un demonio que había trabajado con ella y sus hermanas en el pasado, yacía desplomado a sus pies.
Tenía el cabello oscuro apelmazado de sangre, y su porte antes orgulloso se había reducido a una sombra de lo que fue.
El pecho le subía y bajaba con dificultad, los ojos apenas abiertos mientras la miraba.
—Ayúdame... —logró articular con voz ronca antes de que su cuerpo quedara inmóvil, inconsciente pero vivo.
Geneva cayó de rodillas con las manos suspendidas sobre él mientras evaluaba los daños.
Las heridas eran graves, peores que cualquier cosa que hubiera visto en mucho tiempo.
La sangre le empapaba la ropa, y los cortes profundos que le recorrían el torso y los brazos eran de los que ningún humano sobreviviría.
Pero Ash no era humano. Era un demonio, uno al que nunca habría imaginado ver en semejante estado.
—Maldita sea, Ash —murmuró con el corazón desbocado, intentando decidir qué hacer.
No podía dejarlo allí. No podía permitir que muriera, por mucho peligro que trajera consigo. Algo lo había cazado, y si Ash Shadowbane estaba tan desesperado por pedir ayuda, lo que fuera que lo persiguiera podría ser mucho peor que cualquier cosa a la que se hubiera enfrentado antes.
Geneva agarró el teléfono con dedos temblorosos y llamó a su hermana Phoenix.
—Tenemos un problema —susurró, mirando el cuerpo inmóvil de Ash—. Uno gordo.