Capítulo
Dos
ASH
Ash Shadowbane se movía en silencio por las oscuras calles y callejones traseros de Nueva Orleans.
Nunca se había sentido del todo conectado con su ritmo nocturno habitual: la música y las risas que escapaban de los bares, el aroma de los beignets flotando en la brisa.
Pero bajo todo aquello había algo más oscuro, algo que la mayoría de los habitantes de la ciudad eran incapaces de percibir.
Ash sí podía. Había nacido en este mundo de sombras, un híbrido mitad demonio, mitad humano, condenado a caminar entre dos reinos sin pertenecer por completo a ninguno.
Se ciñó el abrigo en torno a su cuerpo delgado y poderoso, aunque la noche no era fría.
Era un instinto, una forma de protegerse del mundo que nunca lo había aceptado del todo.
Sus ojos oscuros y penetrantes recorrían las calles en busca de cualquier señal de la nueva facción demoníaca de la que había oído hablar.
Se estaban organizando —podía sentirlo—, y eso solía significar problemas tanto para los humanos como para la comunidad sobrenatural.
Los rumores circulaban desde hacía semanas.
Un nuevo grupo de demonios traficaba con almas, acumulando poder e influencia en el submundo de la ciudad.
Si se estaba gestando una guerra, Ash necesitaba saberlo.
Nueva Orleans era su hogar, aunque no encajara en ningún otro lugar.
Puede que tuviera sangre demoníaca corriendo por sus venas, pero prefería arder en el infierno antes que ver a gente inocente atrapada en el fuego cruzado.
Sus pensamientos divagaron mientras se adentraba en el corazón de la ciudad.
No era el único mestizo que intentaba labrarse un lugar allí.
Gage Tremblay, un Rougarou —mitad cambiaformas lobo, mitad demonio—, había logrado encontrar su nicho.
Dirigía The Obsidian Lounge, un club de alta gama que acogía tanto a seres sobrenaturales como al ocasional humano curioso.
Gage incluso había encontrado el amor con Savannah Duvall, una de las poderosas hermanas feéricas que parecían tenerlo todo resuelto.
A veces, Ash envidiaba a Gage. A pesar de su sangre mezclada, el Rougarou había encontrado la forma de vivir abiertamente entre la comunidad sobrenatural de la Ciudad de la Media Luna, de ser aceptado, de pertenecer.
Y con Savannah a su lado, tenía algo que Ash había dejado de esperar hacía mucho: una oportunidad de ser feliz.
Ash no podía dejar de pensar en la hermana de Savannah, Geneva, aunque a menudo se decía que era inútil.
Ella lo veía como poco más que una señal de peligro andante, un mitad demonio, mitad humano con demasiado lastre.
Pero aun así, se sentía atraído por ella, la única persona que lo hacía sentir que tal vez, de algún modo, podía ser algo más que la suma de sus partes.
Un destello de movimiento en el rabillo del ojo sacó a Ash de sus pensamientos. Se detuvo y todo su cuerpo se tensó al sentir el cambio en el aire. Su mano se deslizó hacia la hoja oculta dentro del abrigo; el peso familiar del arma lo ancló a tierra.
—Sal —gruñó Ash, con voz baja pero cargada del poder de una orden.
Por un momento, solo hubo silencio. Luego una figura emergió de las sombras: un demonio con el rostro retorcido en una mueca grotesca.
Sus alas coriáceas se desplegaron a su espalda, y las garras de las puntas arañaron la pared de ladrillo junto a él.
La criatura era alta y musculosa, con la piel moteada en tonos enfermizos de gris y rojo.
No era uno de los demonios de bajo nivel a los que Ash se había enfrentado antes.
Este era más fuerte y, por lo que parecía, más rápido y con ganas de pelea.
—Has estado husmeando donde no debías, Shadowbane —siseó el demonio con voz gutural—. Es hora de que mueras.
Antes de que Ash pudiera responder, el demonio se abalanzó sobre él a una velocidad aterradora, con las garras afiladas como navajas hendiendo el aire en dirección a su garganta.
Ash apenas tuvo tiempo de reaccionar. Por instinto, se agachó y giró para apartarse mientras las garras del demonio silbaban junto a su cabeza, tan cerca que le alborotaron el pelo.
En un movimiento fluido, contraatacó con un tajo de su hoja, un arma reluciente y perversamente curvada imbuida de magia feérica.
Cortó el costado del demonio; la carne oscura se abrió bajo el golpe y brotó un chorro de sangre negra y espesa.
La criatura dejó escapar un siseo gutural, pero, para frustración de Ash, apenas se inmutó.
Los ojos rojos y brillantes del demonio se clavaron en él con una malicia fría y calculadora.
Sus labios se curvaron en una sonrisa retorcida, revelando hileras de dientes irregulares que relucían bajo la tenue luz del callejón.
—Tendrás que hacerlo mejor, mestizo —se burló con una voz que sonaba como grava contra metal.
Ash apretó la mandíbula y aferró con más fuerza la empuñadura de su hoja.
No era un simple demonio de bajo nivel sin cerebro.
Este tenía poder, inteligencia, y estaba jugando con él.
Podía sentir la energía que irradiaba de la criatura en oleadas, opresiva y pesada.
Era más fuerte de lo que había anticipado, mucho más fuerte.
Y la cosa estaba a punto de ponerse muy fea.
Sin previo aviso, el demonio atacó de nuevo.
Esta vez, sus garras arremetieron contra él en un borrón de golpes feroces.
Ash esquivó los dos primeros y sintió el viento cortante del ataque rozarle la piel.
Pero el tercer golpe llegó demasiado rápido.
Intentó levantar el brazo para defenderse, pero las garras del demonio le desgarraron el costado, atravesando el abrigo y hundiéndose en su carne.
El dolor estalló, agudo y ardiente, mientras la sangre le empapaba la camisa.
Retrocedió tambaleándose e intentó recuperar el equilibrio, pero el demonio aprovechó su ventaja.
Era implacable: martilleaba a Ash con golpe tras golpe, cada uno con la fuerza de un mazo.
Ash sintió el impacto en los huesos; su cuerpo aullaba de dolor con cada golpe.
Apretó los dientes, intentando bloquear el dolor, pero era imposible ignorar los cortes profundos que ahora rezumaban sangre por su costado.
La fuerza del demonio era abrumadora. Cada golpe sacudía el cuerpo de Ash como una onda expansiva, empujándolo hacia la pared de ladrillo al fondo del callejón.
Sus botas raspaban el hormigón mientras luchaba por mantener la posición, pero la potencia bruta del ataque del demonio era excesiva.
Su espalda se estrelló contra la pared con un golpe sordo y el aire escapó de sus pulmones.
—No vas a salir de esta con vida —se burló el demonio con un gruñido cruel. Sus ojos brillaban con placer sádico mientras se acercaba, su mole imponente cerniéndose sobre Ash—. Nadie va a venir a salvarte, Shadowbane. Estás solo.
Las palabras calaron hondo y avivaron las llamas de su furia.
Solo. Siempre había estado solo, atrapado entre dos mundos que nunca lo habían aceptado del todo.
Ni la comunidad humana ni la demoníaca acogían su naturaleza mestiza, y eso lo dejaba a la deriva en un limbo perpetuo.
Pero si algo había aprendido, era a sobrevivir por su cuenta.
Llegó el siguiente golpe del demonio, con las garras apuntando de nuevo a la garganta de Ash, pero esta vez estaba preparado.
Reuniendo hasta la última gota de fuerza que le quedaba, Ash se agachó y dejó que el impulso del demonio lo arrastrara hacia delante.
Con un gruñido, le clavó el hombro en el vientre y lo desequilibró.
El demonio gruñó de furia y lanzó golpes salvajes hacia él, pero Ash fue más rápido. Rodó hacia un lado y su hoja destelló mientras tajaba el brazo del demonio, seccionando tendones con precisión quirúrgica. El demonio rugió de dolor y se tambaleó hacia atrás. Ash vio su oportunidad.
Ignorando la agonía ardiente en el costado, avanzó.
Tenía la visión borrosa por la pérdida de sangre, pero su concentración era afilada como una navaja.
No podía aflojar ahora. No cuando el final estaba tan cerca.
Reuniendo las últimas reservas de fuerza, giró el cuerpo y clavó la hoja en lo más profundo del pecho del demonio.
La hoja se hundió en el corazón de la criatura y la magia infundida en el arma cobró vida.
El demonio soltó un chillido ensordecedor cuyo eco retumbó por el estrecho callejón mientras la magia recorría su cuerpo.
Ash aguantó con la mano firme mientras la criatura se retorcía y el humo y las cenizas empezaban a brotar de sus heridas.
Los ojos rojos y brillantes del demonio se clavaron en los suyos una última vez, llenos de odio e incredulidad, antes de que su forma comenzara a desintegrarse.
—Esto no es el final, mestizo —graznó el demonio con su último aliento.
Se tambaleó hacia atrás mientras su cuerpo se desmoronaba en cenizas y humo.
La hoja mágica hacía su trabajo y reducía a la otrora poderosa criatura a poco más que polvo.
El aire estaba cargado de hedor a azufre, y Ash retrocedió tambaleándose mientras liberaba la hoja justo cuando los últimos restos del demonio se disolvían en el aire nocturno.
Se quedó allí un momento, jadeando con fuerza, con el cuerpo dolorido y al borde del colapso.
La sangre goteaba sin cesar de los cortes en el costado; el dolor era un latido constante que no podía ignorar mientras la sangre se acumulaba a sus pies.
Se pasó una mano por la cara y se embadurnó la frente con una mezcla de sangre y sudor.
Hizo una mueca. Bajó la vista a las manos temblorosas: estaba en mal estado. Necesitaba ayuda, y rápido.
La visión se le nubló al darse cuenta de lo gravemente herido que estaba. El demonio le había asestado más golpes de los que quería admitir, y la pérdida de sangre empezaba a pasarle factura. No podía quedarse allí. Si había más demonios cerca, la pelea los atraería, y también su estado debilitado.
Las piernas de Ash amenazaban con ceder, pero se obligó a moverse. Se tambaleó hacia el final del callejón; cada paso era una lucha mientras el dolor le atravesaba el cuerpo. Solo había un lugar al que podía ir. Una persona que podría ayudarlo.
Geneva.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando por las calles de la ciudad, pero cada paso le pesaba más que el anterior.
La visión le entraba y salía de foco, y para cuando llegó a la morgue, el cuerpo estaba al borde del colapso.
El aire frío lo golpeó como una descarga, y por un breve momento se preguntó si moriría allí.
Pero entonces la esencia familiar de Geneva lo alcanzó y lo atrajo hacia delante.
Cruzó la puerta tambaleándose mientras la visión se le oscurecía y el cuerpo por fin le cedía. Lo último que vio antes de que la oscuridad lo reclamara fue la silueta de Geneva.
—Ayúdame... —logró decir, las palabras apenas un hilo de voz, antes de que todo se volviera negro.
Ash abrió los ojos con dificultad, con la mente confusa mientras intentaba orientarse.
Lo primero que notó fue el olor penetrante del antiséptico mezclado con algo más sutil: magia feérica.
Le dolía el cuerpo, pero lo peor del dolor había desaparecido, sustituido por una molestia sorda.
Parpadeó y la visión se le fue enfocando en el entorno desconocido.
Estaba en la sala trasera de la morgue, tumbado en una cama improvisada. Le habían vendado las heridas y las habían tratado con una combinación de primeros auxilios modernos y lo que reconoció como magia curativa feérica. Geneva. Lo había logrado. No estaba muerto.
Mientras se movía para tantear los límites de sus lesiones, sus pensamientos volaron de inmediato hacia ella.
Geneva Duvall. La mujer que ocupaba demasiado espacio en su cabeza, a pesar del muro que siempre mantenía entre ellos.
Era fuerte, imposiblemente hermosa, e irradiaba un poder que lo intrigaba y aterrorizaba a partes iguales.
Pero ella no lo tomaba en serio. Para ella, él era solo otro demonio, alguien a quien mantener a distancia.
Vale, él había ayudado a ella y a sus hermanas, pero tampoco era que lo invitaran a cenar o a pasar el rato.
Ash oyó el suave sonido de unos pasos que se acercaban, y entonces ella apareció en la habitación. El corazón le dio un vuelco cuando sus ojos se encontraron con los de ella.
Geneva se movía con una gracia casi etérea; sus ojos verdes, agudos y escrutadores, se encontraron con los de él.
Llevaba el largo cabello oscuro recogido en una trenza descuidada, pero incluso bajo la luz cruda de la morgue, parecía pertenecer a otro mundo.
Su presencia llenaba la habitación, y por un momento Ash olvidó el dolor que le recorría el cuerpo.
—Estás despierto —dijo ella con voz neutra mientras cruzaba los brazos—. No estaba segura de que lo lograrías.
Ash soltó una risa seca que enseguida se convirtió en una mueca.
—Yo tampoco.
Ella enarcó una ceja, nada impresionada.
—Tienes suerte de que estuviera aquí. ¿Qué te ha pasado?
Ash vaciló, sin saber cuánto contarle. Siempre había sido muy reservado, especialmente en lo tocante a su pasado. Pero algo en la forma en que Geneva lo miraba, como si esperara que fracasara, que le diera la razón, lo hizo querer abrirse, aunque solo fuera un poco.
—He estado persiguiendo a una facción demoníaca —dijo en voz baja—. Dirigen una red de tráfico, sobre todo de almas. Pero la cosa está empeorando. Cada vez están más organizados, son más peligrosos. Esta noche me topé con una de sus operaciones.
Geneva entrecerró los ojos.
—¿Y pensaste que era buena idea enfrentarte a ellos tú solo?
—No es que lo planeara exactamente —admitió Ash—. Y solo era uno de ellos. Además, era luchar o morir.
Ella suspiró y se pasó una mano por el pelo mientras recorría la pequeña habitación de un lado a otro.
—Deberías haber acudido a nosotras antes.
—¿Y decir qué? ¿Habrías confiado en mí? —replicó Ash con un tono más cortante de lo que pretendía.
Geneva se detuvo y le sostuvo la mirada. Por un momento, la tensión en la habitación se volvió densa, las verdades no dichas entre ellos casi palpables. Él podía ver el conflicto en sus ojos: la desconfianza pugnaba con algo más, algo más profundo.
—No lo sé —admitió finalmente con voz más suave—. Pero ahora te escucho.
Ash asintió con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No estaba seguro de poder confiar en ella, pero no tenía muchas opciones. Si esa red de tráfico era tan peligrosa como sospechaba, iban a necesitarse el uno al otro, les gustara o no.