Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 3) SAVANNAH
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SAVANNAH

Capítulo

Diez

La voz de Griff crepitó en la línea.

—Sí, lo sé —murmuró mientras consultaba el mapa y marcaba otra ubicación que requería atención.

—Savannah, ¿dónde estás? —preguntó Geneva—. Juntas somos más poderosas.

—Lo sé, pero necesito encontrar a Gage. Podemos cubrirnos las espaldas. Las demás tenéis que concentraros en sacar a la gente del peligro.

—No me gusta esto —dijo Catalina.

—A ninguna nos gusta —dijo Phoenix—, pero la hermana pequeña tiene razón. Tenemos que poner a la gente a salvo. Si Savannah dice que ella y Gage pueden encargarse de la pelea, pueden, y tenemos que confiar en eso.

—¿Maeve ha tenido suerte al contactar con los fae para que nos ayuden? —preguntó Savannah esperanzada.

—Ninguna. Se negaron incluso a hablar con ella. Se cruzaron de brazos y la usaron para ayudar a Cipher a casi destruir la ciudad, y parece que ahora hacen lo mismo —respondió Geneva.

—¿Qué hay de Ash? —preguntó Phoenix.

—Hace lo que puede, intenta encontrar demonios dispuestos a ayudar, pero es complicado. Vesper y Falwell han convencido a muchos de que esto los pondrá en el poder —respondió Geneva.

—Pues eso es todo —dijo Savannah—. Estamos prácticamente solas.

—Savannah tiene razón —dijo Zane—. Hay que ponerse en marcha.

—De acuerdo —dijo Griff—. Cada uno sabe lo que tiene que hacer. Savannah, si no puedes llegar hasta Tremblay, no intentes enfrentarte a ellos tú sola.

Hablaron unos minutos más para asegurarse de que todos conocían su papel en la batalla que se avecinaba. Al colgar, Savannah no conseguía quitarse de encima la sensación de que Gage estaba en más problemas de lo que ninguno de ellos imaginaba.

Savannah se pasó una mano por el pelo, cargada de frustración e ira, mientras intentaba contactar con Gage de nuevo. Sin respuesta. Localizó su ubicación: el loft. Desplegó las alas y llegó a su edificio en un abrir y cerrar de ojos.

Los civiles necesitaban protección, su familia luchaba en todos los frentes y la ciudad que tanto amaba estaba a punto de ser engullida por la oscuridad. Pero a pesar de la urgencia, sus pensamientos volvían una y otra vez a lo mismo: a una persona.

Gage.

Un nudo de inquietud le retorcía el pecho, cada vez más apretado con cada minuto que pasaba.

No conseguía quitarse la sensación de que algo iba terriblemente mal, de que Gage corría un peligro terrible.

Lo sentía desde que él se marchó a infiltrarse en la reunión de Falwell, y ahora esa sensación se intensificaba, tiraba de ella como un hilo invisible.

¿Y si le había pasado algo?

Intentó concentrarse en lo que tenía que hacer, pero cada vez que lo intentaba, su mente volvía a Gage. Sentía su presencia como un eco distante en el pecho, débil pero constante, y ahora latía como una advertencia. Algo había salido terriblemente mal.

Su cuerpo seguía en movimiento, pero su mente no dejaba de volver al recuerdo de Gage: su sonrisa, cómo se le oscurecían los ojos cuando la miraba, el calor de sus caricias.

La conexión entre ellos se había intensificado con cada encuentro, y ahora, con la ciudad al borde del desastre, se daba cuenta de cuánto significaba él para ella.

Y cuánto tenía que perder.

Antes de que pudiera abrir la puerta para entrar, un destello la cegó y ante ella apareció la única persona que no necesitaba ver en ese momento. Thornheart.

El cuerpo de Savannah se tensó de inmediato, lista para atacar.

—¿Qué quieres?

La voz de Thornheart rezumaba malicia, con ese tono frío y condescendiente de siempre.

—Se te acaba el tiempo, Savannah. El Consejo me ha ordenado que te haga una oferta. Si tú y el resto de tu desgraciada familia prometéis regresar al reino fae ahora mismo, nos aseguraremos de que tengáis nuestro apoyo en esta... pequeña crisis vuestra.

Savannah apretó la mandíbula y aferró el teléfono con más fuerza.

—No sé muy bien cómo responder a una oferta tan encantadora —dijo con dulzura—. Ah, espera. Ya lo tengo: vete a la mierda y muérete. No vamos a dejar la ciudad.

La risa de Thornheart le crispó los nervios.

—Qué noble por tu parte, aunque equivocada. Sabes tan bien como yo que no puedes detener lo que se avecina. Los demonios invadirán tu preciosa ciudad, y sin el respaldo de los fae, tú y tu familia caeréis. Nos perteneces, Savannah. Regresa, y me aseguraré de que tu familia quede a salvo.

—¿A salvo? —la voz de Savannah era apenas un susurro; el corazón le latía con fuerza en el pecho—. No tienes ningún derecho a hacer esa promesa.

—No seas tonta —dijo Thornheart con voz cortante—. El Consejo no esperará eternamente. Regresa a donde perteneces, o dejaremos de quedarnos de brazos cruzados mientras tú y tus hermanas seguís desafiando nuestra autoridad. Tu ciudad no vale las vidas de tu linaje.

Savannah apretó los dientes mientras la furia le crecía en el pecho.

—No voy a dejar Nueva Orleans, Thornheart. Moriré por esta ciudad si hace falta. Y si tú o el Consejo queréis intentar obligarme a volver, estáis invitados a intentarlo.

Antes de que él pudiera responder, ella lo apartó de un empujón y entró en el edificio de Gage.

Sabía que Thornheart no iba de farol. Los fae no hacían amenazas vacías, y puede que necesitaran su ayuda, pero no era algo con lo que pudieran contar.

Si los fae les daban completamente la espalda ahora, Nueva Orleans tendría un aliado menos en la lucha contra las fuerzas demoníacas de Vesper y Falwell.

Pero incluso mientras el peso de esa decisión la oprimía, Savannah no podía quitarse de encima la sensación de que algo iba muy mal. Gage. Su nombre resonaba en su mente una y otra vez, atrayéndola, guiándola hacia él como un faro.

Para cuando llegó a su loft, tenía el pecho oprimido, el pulso acelerado. Ni siquiera llamó; le temblaba la mano mientras forcejeaba con el pomo de la puerta antes de irrumpir dentro.

—¿Gage?

El aire del loft era denso, cargado con el aroma de algo primitivo y peligroso.

El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras se adentraba en la estancia, recorriendo con la mirada el espacio en penumbra.

El suave resplandor de la luz de la luna se filtraba a través de los grandes ventanales, proyectando largas sombras sobre el suelo de hormigón pulido.

Todo estaba inquietantemente silencioso.

Demasiado silencioso.

Y entonces lo vio.

Gage estaba apoyado contra la isla de la cocina, con la respiración trabajosa, el cuerpo temblando de rabia apenas contenida.

Sus ojos —esos mismos ojos que ella había llegado a amar— brillaban con una luz roja antinatural, un destello salvaje que le provocó un escalofrío.

La piel le ondulaba con la transformación, los músculos tensándose bajo el peso de la bestia que llevaba dentro.

Era una versión retorcida del Rougarou que había visto descrito en los expedientes Grimm, pero esta vez... era diferente. Más oscuro. Más peligroso. Su lado demoníaco había tomado el control y amenazaba con consumirlo.

—¿Gage? —susurró Savannah, y se le partió el corazón al ver el dolor grabado en su rostro.

Él levantó la cabeza y clavó en ella sus ojos brillantes. Por un momento, hubo reconocimiento —tenue, vacilante— pero entonces la bestia que llevaba dentro emergió, retorciéndole los rasgos hasta convertirlos en algo monstruoso.

—Savannah —dijo con voz ronca, espesa por la tensión—. Tienes... tienes que matarme.

A ella se le cortó la respiración.

—Ni hablar. No voy a matarte.

—¡Tienes que hacerlo! —rugió él con voz gutural—. No puedo... controlarlo. No puedo detenerlo. Si no lo haces...

—¡No! —la voz de Savannah sonó firme mientras se acercaba un paso más. Puede que le temblaran las manos, pero su corazón y su alma eran fuertes y estaban preparados para esto—. No voy a perderte, Gage.

Él soltó un aliento entrecortado; el cuerpo le temblaba violentamente mientras luchaba por mantener a raya a la bestia.

—Tienes que detenerme. Antes de que te haga daño. Antes de que le haga daño a alguien más.

Savannah se acercó más, sin apartar la mirada de él.

—No vas a hacerme daño —dijo con suavidad, la voz firme a pesar del caos que bullía en su interior—. No lo harás. No te lo permitiré.

Antes de que Gage pudiera protestar, Savannah hizo lo único que se le ocurrió. Salvó la distancia que los separaba, le tomó el rostro entre las manos y lo besó.

En el momento en que sus labios se encontraron, Savannah sintió una oleada de energía fluir entre ellos, una conexión que iba más allá de las palabras.

Vertió todo lo que tenía en ese beso —su fuerza, su amor, su naturaleza fae— ofreciéndose a él, anclándolo en medio de la tormenta de su propia oscuridad.

En su loft luminoso y diáfano, donde la luz de la luna se filtraba a través de enormes ventanales proyectando un cálido resplandor sobre su lucha apasionada, Savannah se acercó a Gage con determinación.

Podía ver el conflicto ardiendo en sus ojos, la batalla entre el hombre que amaba y la bestia que él temía.

Gage tenía el cabello oscuro despeinado, y la barba recortada le acentuaba los rasgos rudos.

Era una visión cautivadora, pero bajo la superficie se gestaba una tormenta.

Al principio, Gage se resistió y su cuerpo se puso rígido bajo su contacto, pero entonces algo cambió. La tensión comenzó a ceder, la bestia que llevaba dentro cediendo ante la energía de ella, que lo envolvía como un escudo protector.

—Gage, escúchame —dijo Savannah con voz dulce pero firme.

Sabía que él estaba al límite, oscilando entre su parte humana, su parte de licántropo y el demonio que se esforzaba tanto por contener—.

Sé que tienes miedo, pero yo no. Bueno, eso no es verdad; sí lo tengo, pero no de ti.

Te necesito, y necesito que confíes en mí.

Gage apretó la mandíbula, los músculos en tensión mientras luchaba contra la transformación.

—No puedo dejar que el demonio tome el control, Savannah. No sabes de lo que es capaz. Si pierdo el control, podría hacerte daño —su voz era ronca, reflejo de la guerra interna que libraba.