Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 3) SAVANNAH #2
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SAVANNAH #2

El cabello azul pálido y de punta de Savannah brillaba a la luz de la luna mientras se acercaba más, su cuerpo curvilíneo avanzando con paso seguro.

Era muy consciente de la naturaleza dominante de Gage y de su necesidad de control; tenía que dárselo.

Tenía que mostrarle un tipo diferente de fuerza.

—No soy ninguna flor delicada, Gage. Sé cuidarme sola. Y no le tengo miedo a tu demonio. Solo te quiero a ti, entero.

Los ojos de Gage se abrieron de par en par ante su audaz declaración, y por un momento, el demonio pareció retroceder, dando paso a un destello de esperanza. Él extendió la mano, le rozó la suave mejilla con los dedos ásperos y la atrajo hacia sí, el cuerpo temblándole de deseo contenido.

—No lo entiendes. No es seguro. Podría hacerte daño, o peor, podría perderme por completo.

El corazón le latía con fuerza, pero se negó a retroceder. Este era su compañero —ahora lo sabía— y sabía que había una manera de salvarlo. Le tomó el rostro deformado, distorsionado por la influencia del demonio, entre las manos y lo miró a los ojos oscuros con determinación inquebrantable.

—La seguridad no es lo que necesito ahora mismo, Gage. Te amo. Te necesito, entero. Quiero sentir cada parte de ti, incluso la oscuridad.

Mientras hablaba, sus palabras parecieron obrar un hechizo sobre él, y su cuerpo comenzó a cambiar.

El control del demonio se debilitó y la transformación se revirtió.

Los ojos de Gage se suavizaron y su rostro recuperó su aspecto apuesto y rudo.

Él la atrajo más hacia sí, la envolvió con sus brazos fuertes y la besó profundamente, vertiendo toda su pasión contenida en el abrazo.

Sus labios se fusionaron en una danza ardiente, las lenguas entrelazándose como si se reclamaran el uno al otro de la manera más primitiva.

Savannah gimió en su boca mientras le recorría el cabello con las manos, instándolo a continuar.

Las manos de Gage vagaron por su cuerpo, abarcando sus pechos llenos, los pulgares rozándole los pezones sensibles a través de la tela de la camisa. Ella se arqueó hacia él, ansiando más.

Con un gruñido de deseo, Gage la levantó y le apoyó la espalda contra la isla.

Los ventanales los bañaban en una luz plateada, creando un telón de fondo etéreo para su encuentro apasionado.

Savannah hizo un gesto con la mano y su ropa desapareció, ofreciéndose a él por completo.

Se le aceleró la respiración cuando sintió los dedos de él recorrer su humedad, provocándola.

—Estás tan jodidamente mojada para mí, Savannah —susurró él con la voz espesa de deseo—. Quiero sentirte a mi alrededor, ahora mismo.

Antes de que pudiera responder, Gage le hundió los dedos profundamente, reclamándola con urgencia feroz. Savannah jadeó y echó la cabeza hacia atrás contra la pared mientras él le estimulaba ese punto exacto, trazando círculos rítmicos sobre el clítoris con el pulgar.

—Oh, joder, Gage —jadeó, con el cuerpo temblando al borde del clímax—. Te necesito. Ahora.

La polla de Gage, dura como el acero, presionó contra su centro, buscando entrada.

Con una embestida rápida la llenó, y toda su longitud la estiró al límite.

Savannah gritó y le clavó las uñas en los hombros mientras acogía la invasión.

Gage comenzó a moverse, embistiéndola con golpes de cadera poderosos, penetrándola una y otra vez.

El sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación, un ritmo primitivo que reflejaba su necesidad desesperada. La mandíbula áspera de barba de Gage le rozó el cuello y le provocó escalofríos por toda la columna mientras le susurraba palabras sucias al oído.

—Te gusta duro, ¿verdad, nena? ¿Quieres que te folle fuerte y te haga correrte?

Savannah solo pudo asentir, incapaz de articular palabra por el placer que le recorría el cuerpo.

Él la embestía y su polla le golpeaba el punto G con cada envite, acercándola más y más al límite.

Las sensaciones eran abrumadoras, una tortura deliciosa que la empujaba hacia el precipicio del éxtasis.

—Córrete para mí, Savannah —gruñó Gage con la voz ronca de deseo—. Déjame sentir cómo tu coño se aprieta alrededor de mi polla. Dámelo.

Sus palabras fueron el detonante que la hizo estallar.

El cuerpo de Savannah se convulsionó cuando un orgasmo poderoso la atravesó.

Gritó mientras su coño le apretaba la polla en ondas rítmicas, ordeñándolo, y sus jugos fluían libremente.

El clímax de Gage era inminente, y embistió más fuerte, enterrándose profundamente en ella mientras su polla palpitaba y la llenaba con su semen caliente.

Se quedaron entrelazados, sin aliento y satisfechos, con los corazones latiendo al unísono. El demonio de Gage parecía haberse retirado, dejando solo al hombre que ella amaba. Savannah sonrió, consciente de que lo había ayudado a recuperar su humanidad, al menos por ahora.

Cuando terminó, la respiración de él se ralentizó, los músculos se le relajaron y el brillo rojo de sus ojos se atenuó, sustituido por la calidez familiar que ella conocía tan bien.

Cuando por fin se separaron, los ojos de Gage estaban claros y su cuerpo ya no temblaba con la energía monstruosa de su mitad demoníaca.

—Savannah —susurró él con la voz llena de asombro e incredulidad.

Ella sonrió mientras las lágrimas le picaban en los ojos.

—Te lo dije. No voy a perderte.

Él la atrajo hacia sí y apoyó la frente contra la de ella, con el aliento cálido rozándole la piel. Por un momento, se quedaron allí en la quietud del loft, olvidados del mundo exterior.

Pero no tenían tiempo que perder. Con un movimiento de la mano, ella los vistió a ambos de nuevo, listos para luchar.

—Tenemos que detenerlos —dijo Savannah con voz firme, aunque el corazón se le aceleraba—. Vesper va a abrir el portal pronto. Si no la detenemos...

Gage asintió y sus ojos se endurecieron con determinación.

—Entonces la detenemos. Juntos.

Justo cuando estaban a punto de irse, Gage la giró hacia él, la inmovilizó contra la pared y la besó profundamente.

—Yo también te amo, pero cuando esto termine, vamos a tener que hablar de que te lanzas de cabeza al peligro y besas a demonios.

Ella le sonrió con picardía.

—¿Qué tal si lo hablamos estirados en la cama mientras haces conmigo lo que te plazca, demonio malvado?

Gage negó con la cabeza, sonriendo. Salieron del loft sin decir nada más y echaron a correr por las calles de la ciudad hacia la planta principal de tratamiento de agua.

El corazón de Savannah latía con fuerza a cada paso, no solo por la urgencia de la situación, sino porque sabía que no estaba sola.