Capítulo
Cuatro
GAGE
Gage se apoyó en la barra, pasando el trapo por el mostrador ya impecable mientras observaba a Savannah con los ojos entrecerrados.
Lo que había presenciado entre ella y aquel hombre alto e imponente —Thornheart, si había oído bien— le había dejado un sabor amargo en la boca.
La tensión entre ambos había sido palpable, y aunque Savannah parecía habérselas arreglado perfectamente, había algo en su postura, con el cuerpo tenso de furia y poder, que lo inquietaba.
No sabía qué escondía Savannah, pero estaba claro que no era una camarera cualquiera.
Se movía como un depredador: elegante, peligrosa y siempre alerta.
Y por razones que no alcanzaba a comprender, la encontraba tremendamente atractiva.
Despertaba algo en él a un nivel que ni siquiera sabía que existía, y mucho menos que pudiera experimentar.
Aquel encuentro con Thornheart no había sido casual. Tenían historia, y no precisamente buena.
Gage dejó el trapo y cruzó los brazos, con la mente dándole vueltas.
No podía quitarse de encima la sensación de que Savannah ocultaba mucho más de lo que aparentaba, y no era solo por el aura sobrenatural que desprendía, aunque eso también influía.
Podía sentir el poder que irradiaba de ella: oscuro y salvaje, como el tirón de una tormenta gestándose en el horizonte.
Lo atraía de una manera tan emocionante como peligrosa, como la polilla que se acerca a la llama.
Ella tenía secretos. Y él también.
A medida que avanzaba la noche, Gage vigilaba a los clientes del salón en busca de cualquier señal de problemas, sin perder de vista a Savannah.
Era buena en su trabajo: se movía entre la multitud con una facilidad ensayada, pero había una tensión en sus movimientos, un filo sutil que nunca la abandonaba.
No solo estaba trabajando: estaba cazando. Igual que él.
Hacía mucho que había aprendido a confiar en sus instintos, y en ese momento le gritaban que algo no andaba bien en el Obsidian Lounge.
La energía en el aire no provenía solo de los clientes; era más oscura, más potente, como si se hubiera levantado un velo y las corrientes sobrenaturales que normalmente se ocultaban a plena vista estuvieran aflorando.
Su lado demoníaco lo percibía, agitándose inquieto en su interior, susurrándole advertencias de peligro.
Gage dirigió la mirada hacia la entrada de las salas privadas en la parte trasera, donde Madame Vesper había desaparecido con su séquito hacía un rato. No la había visto salir desde entonces, y su instinto le decía que lo que estuviera sucediendo en esas habitaciones no era trigo limpio.
Cuando estuvo seguro de que la multitud empezaba a dispersarse y la noche llegaba a su fin, tomó una decisión. Necesitaba saber qué estaba pasando allí, y no iba a esperar a que alguien se lo contara. Aquel lugar guardaba secretos, y él pensaba descubrirlos.
El último cliente por fin se había marchado. Gage cerró la puerta con llave tras él y echó una última mirada al salón. Las sombras parecían adherirse a las paredes, más densas ahora que las luces se habían atenuado, y el silencio resultaba opresivo, cargado de algo invisible.
Se dirigió en silencio hacia la parte trasera, hacia las salas privadas que le habían estado royendo la curiosidad toda la noche.
Sus pasos resonaban débilmente en el salón vacío mientras se acercaba a la puerta, con los sentidos en alerta máxima.
La extraña energía que antes había impregnado el salón era más intensa aquí, espesa y palpable, casi sofocante.
Gage dejó la mano suspendida sobre el pomo un instante antes de empujar la puerta.
La habitación del otro lado estaba en penumbra, el aire cargado con el aroma del incienso y algo más oscuro, más metálico.
Su mirada recorrió el espacio, captando los sofás de terciopelo mullido, los paneles de madera oscura, la iluminación tenue que lo envolvía todo en una neblina de sombras.
A primera vista, parecía simplemente otro reservado de lujo, pero algo no encajaba.
Y entonces la vio.
En el rincón más alejado, casi oculta, había una puerta: pequeña, discreta y casi invisible contra las paredes de madera oscura.
No pertenecía allí. El corazón de Gage se aceleró mientras avanzaba hacia ella; la extraña energía se intensificaba con cada paso.
Le tembló ligeramente la mano al agarrar el pomo y empujar la puerta.
El aire al otro lado de la puerta era frío, antinaturalmente frío, y el aliento de Gage se condensaba frente a él mientras entraba en la cámara oculta. Sus ojos se adaptaron a la penumbra, y se le encogió el estómago al contemplar la escena que tenía delante.
Había símbolos arcanos tallados en las paredes de piedra, de formas oscuras y retorcidas, que brillaban débilmente con una luz verde enfermiza.
Los restos de rituales oscuros cubrían el suelo: velas consumidas hasta los cabos, huesos dispuestos en patrones, sangre seca en las ranuras de la piedra.
El aire estaba cargado del olor a muerte y descomposición, y el poder que pulsaba de los símbolos era algo que jamás había sentido.
A Gage le latía el corazón con fuerza en el pecho mientras daba un paso adelante, recorriendo los símbolos con la mirada, intentando descifrarlos.
No era un experto en magia, pero incluso él podía reconocer que aquello era grave.
No se trataba de un ritual menor: era magia oscura y antigua.
El tipo de magia que exigía sacrificios de sangre y cobraba un precio muy alto.
Se arrodilló y rozó uno de los símbolos con los dedos. Un escalofrío le recorrió la columna cuando la energía fría lo atravesó. Su lado demoníaco se agitó, inquieto, como si reconociera el poder de los símbolos y quisiera alimentarse de él.
Pero Gage lo contuvo y se obligó a mantener el control. Tenía que averiguar qué significaba aquello. ¿Cuál era la conexión entre Edward Falwell, Madame Vesper y los rituales oscuros que se celebraban bajo la superficie del Obsidian Lounge?
Antes de que pudiera procesar nada de aquello, oyó pasos a su espalda. Gage giró en redondo, con los músculos en tensión, preparado para pelear, pero cuando vio quién era, el corazón le dio un vuelco.
Savannah.
Estaba de pie en el umbral, con los ojos muy abiertos por la impresión al contemplar la escena que tenía delante. Durante un instante, se limitaron a mirarse, mientras la tensión entre ellos crepitaba como un cable con corriente.
—¿Qué demonios haces aquí? —exigió Gage en voz baja, sin apenas disimular su sorpresa.
La mirada de Savannah fue de él a los símbolos de las paredes y volvió a él.
—Podría preguntarte lo mismo.
Gage apretó la mandíbula.
—Yo trabajo aquí. ¿Cuál es tu excusa?
—Que yo sepa, yo también.
Savannah le sostuvo la mirada y entrecerró ligeramente los ojos, como si estuviera sopesando sus opciones. Luego pareció tomar una decisión y suspiró.
—Estoy trabajando de incógnito.
Gage parpadeó.
—¿De incógnito? ¿Para quién?
Savannah cruzó los brazos, con la mirada firme.
—No para la policía, aunque hay muchos policías sobrenaturales. Llevo semanas investigando a Falwell y Vesper. Ha habido... desapariciones. Hay gente que se esfuma, y estoy convencida de que tiene algo que ver con lo que sea que esté pasando aquí.
Gage dio un paso hacia ella, con la mente a mil. —¿Y crees que Falwell y Vesper están detrás de esto?
Savannah asintió; su expresión era sombría. —Todavía no tengo pruebas, pero esto —señaló la habitación a su alrededor, los símbolos oscuros que brillaban siniestramente en las paredes— confirma mis sospechas. Algo siniestro está pasando aquí, y es más grande de lo que pensábamos.
—¿«Pensábamos»? —preguntó él.
—Mis hermanas y yo. Soy la pequeña de la familia, lo cual es más molesto de lo que te puedas imaginar.
A Gage le daba vueltas la cabeza mientras procesaba sus palabras.
¿Hermanas? ¿Cómo no se había dado cuenta de que Savannah era una de las Duvall?
Las hermanas tenían fama de cazadoras de demonios.
También se sabía que se enfrentaban a otros seres sobrenaturales si hacía falta.
Sabía que algo no encajaba, pero ¿esto? Si las hermanas Duvall estaban involucradas... —¿Qué pensáis tú y tus hermanas?
—Eh, no he compartido exactamente mis sospechas con ellas.
Esto era mucho peor de lo que había imaginado. Volvió a mirar los símbolos, los restos de rituales oscuros, y sintió cómo el peso de la situación le caía sobre los hombros.
Antes de que pudiera decir nada más, un gruñido bajo y gutural resonó por la habitación, seguido del sonido de piedra al arrastrarse.
Gage y Savannah se giraron hacia la fuente del ruido con los músculos en tensión. Savannah echó mano a la daga enjoyada que llevaba en la cintura. Desde el rincón más alejado de la habitación, una sección de la pared se deslizó y reveló un túnel oculto. Y de las sombras emergió una figura.
Una figura baja y encorvada, con ojillos brillantes y dientes afilados e irregulares.
—¿Grungle? —soltó Savannah con una mezcla de sorpresa y confusión en la voz.
La criatura —Grungle, por lo visto— esbozó una sonrisa dentuda, con los ojos brillantes de picardía. —Buscarte, pequeña hada de agua. Noticias importantes del subsuelo.
Savannah soltó un gemido y se pellizcó el puente de la nariz. —Grungle, déjame reformular: ¿qué quieres?
La criatura, a quien Gage reconoció entonces como el Rey de las Cloacas, avanzó arrastrándose, con los ojillos yendo de uno a otro. —Perturbaciones en los canales de la ciudad. Magia oscura, cosas malas removiéndose. Pensé que querrías saberlo.
Savannah suspiró y miró a Gage. —Este es Grungle. Él, eh... dirige el sistema de alcantarillado bajo la ciudad. Es un... amigo. Más o menos.
Grungle asintió con entusiasmo, mostrando sus dientes afilados. —Mejor amigo. Cercanos, cercanos. Muy útil.
Gage arqueó una ceja, alternando la mirada entre Savannah y Grungle. —Esto cada vez pinta mejor.
Savannah le lanzó una mirada fulminante antes de volverse hacia Grungle. —¿Qué tipo de perturbaciones?
La sonrisa de Grungle vaciló y su expresión se volvió seria. —Cosas malas. Sombras en el agua, moverse. Criaturas que no pertenecer. Poder venir de abajo. Poder oscuro.
Gage sintió cómo el frío del aire se intensificaba, y su lado demoníaco se agitó inquieto en su interior. —Así que esto no es solo cosa del Obsidian Lounge.
Los ojos de Savannah se ensombrecieron. —No. No lo es.
Grungle asintió, con los ojillos muy abiertos por la urgencia. —Gran problema prepararse. Necesitar detenerlo antes de extenderse. Sistema de alcantarillado solo el principio.
Gage exhaló lentamente, con la mente a mil.
Esto era más grande de lo que había pensado.
Si Grungle decía la verdad, mucho más grande.
Miró a Savannah, y por primera vez consideró contarle la verdad.
Ella merecía saber a qué se enfrentaban.
Y si iban a detener la fuerza oscura que estaba surgiendo, necesitarían hasta la última gota de poder que pudieran reunir.
Incluso la suya.
Pero cuando abrió la boca para hablar, las sombras de la habitación parecieron volverse más densas, y el peso del peligro que los acechaba era palpable.
Fuera lo que fuese lo que se acercaba, venía rápido. Y no había tiempo que perder.
Gage tragó saliva y habló con voz baja y tensa: —Vamos a necesitar más que corazonadas y conjeturas para resolver esto.
Savannah asintió, con la mirada feroz y decidida. Entonces, sin decir nada, se dio la vuelta y salió a la noche. Antes de que él pudiera seguirla, había desaparecido.