Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 3) SAVANNAH
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SAVANNAH

Capítulo

Cinco

Zephyr Windchaser, uno de sus informantes en el submundo sobrenatural, le había mencionado que asistiría a una rave esa noche, en las entrañas de la ciudad.

Si alguien estaba al tanto de lo que ocurría, ese era Zephyr.

Era la única persona que podía tener la información que necesitaba sobre los extraños sucesos en el Obsidian Lounge, y si había alguien en quien confiara para conseguirla, era él.

Se dirigió al antiguo distrito de almacenes. Sus ojos agudos captaron el tenue resplandor de luces de neón que se filtraba por ventanas agrietadas y puertas cubiertas de grafitis. El retumbar de la música cargada de graves reverberaba bajo sus pies a medida que se acercaba, cada vez más fuerte.

Savannah no se sorprendió por la ubicación: una rave clandestina era la tapadera perfecta para todo tipo de actividad ilícita, sobrenatural o no. El tipo de lugar donde demonios, hadas, vampiros e incluso humanos venían a perderse, a olvidar las reglas del mundo de arriba y entregarse a sus vicios.

Se deslizó entre la multitud de la entrada con un toque de glamour para esquivar a los porteros. Las alas le picaban bajo la piel, siempre ansiosas por liberarse cuando había tanta energía a su alrededor, pero las mantuvo ocultas. Por ahora, necesitaba pasar desapercibida.

El almacén era un tumulto de color y sonido.

Luces multicolores parpadeaban en lo alto, iluminando los cuerpos sudorosos que se retorcían en la pista de baile.

La música palpitaba en los altavoces, tan fuerte que le hacía vibrar los huesos.

El aire estaba cargado de olor a sudor, alcohol y algo más oscuro, algo que le erizaba el vello de la nuca.

Recorrió la multitud con la mirada en busca de Zephyr. Su melena platino lo haría destacar incluso en un lugar como aquel.

Al cabo de unos minutos lo divisó cerca del fondo, recostado contra la pared con una copa en la mano; su cabello plateado captaba los destellos de las luces estroboscópicas.

Zephyr era alto y delgado, con un aire etéreo que lo hacía parecer de otro mundo incluso en un lugar lleno de seres sobrenaturales.

Sus ojos, del color de nubes de tormenta, brillaban divertidos mientras contemplaba el caos que lo rodeaba.

Savannah se abrió paso entre la multitud hasta llegar a su lado.

—Zephyr.

Él la miró con una sonrisa perezosa curvándole los labios.

—Savannah Duvall. ¿A qué debo el placer?

—Necesito información —dijo ella, yendo directo al grano—. Sobre el Obsidian Lounge. Algo no va bien allí.

Zephyr arqueó una ceja y sus ojos brillaron con interés.

—¿Ah, sí? Y yo que pensaba que trabajabas allí y habías venido a invitarme.

—Ni en tus sueños —dijo ella con una sonrisa—. Estoy trabajando allí de incógnito. Pero hay más de lo que esperaba. Rituales oscuros, desapariciones. Algo gordo se avecina y necesito saber qué has oído.

Zephyr dio un sorbo lento a su copa, la mirada pensativa.

—Aunque el Obsidian Lounge es nuevo, el lugar donde está ubicado siempre ha sido un punto de poder.

Siempre. Pero últimamente... —se interrumpió y recorrió la sala con la mirada, como buscando espías—.

Ha habido rumores: cosas más oscuras que se mueven por la ciudad.

Poderes antiguos que despiertan. Esa cosa a la que se enfrentó tu hermana, el híbrido informático...

mal asunto. Ha perturbado lo que yace en las profundidades.

Antes de que Savannah pudiera sonsacarle más detalles, un cambio repentino en el ambiente le erizó la piel. Se giró justo a tiempo para ver a un grupo de figuras que se abrían paso entre la multitud, con los ojos brillantes de una luz antinatural.

Demonios. No eran grandes, pero aun así.

—Mierda —murmuró Savannah entre dientes.

Los demonios se movieron rápido; su presencia extendió oleadas de miedo entre la multitud.

La gente gritó y se dispersó, algunos demasiado borrachos o drogados para darse cuenta de lo que pasaba, otros demasiado asustados para moverse.

La mano de Savannah voló hacia la daga oculta bajo la chaqueta mientras se colocaba delante de Zephyr.

—Quédate detrás de mí —ordenó.

Zephyr se rio, imperturbable.

—Como si fuera a ensuciarme las manos.

Los demonios se lanzaron contra la multitud con las garras hendiendo el aire, desgarrando a cualquiera que se cruzara en su camino.

Savannah no dudó. Se movió con precisión mortal; la hoja destelló cuando bloqueó el ataque del demonio más cercano y le clavó la daga en el pecho.

El demonio aulló de dolor, su sangre negra salpicó el suelo y se desintegró en cenizas.

Los otros se volvieron hacia ella con los ojos brillantes de malicia. Los instintos feéricos de Savannah se activaron y las alas se desplegaron de su espalda en una explosión de luz resplandeciente. La multitud jadeó, pero ya no había tiempo para sutilezas.

Esquivó los ataques de los demonios con facilidad, moviéndose con fluidez y gracia mientras atacaba con la daga.

Uno por uno, los demonios cayeron; sus cuerpos se disolvían en la nada a medida que la hoja encontraba su objetivo.

Pero seguían llegando más, arrastrándose desde las sombras como cucarachas.

El pulso de Savannah se aceleró mientras luchaba, el poder fluyéndole por las venas. Sentía la oscuridad que presionaba por todos lados, su peso amenazando con sofocarla. Pero no retrocedería. Ahora no. Nunca.

De repente, una oleada de magia llenó el aire.

Savannah miró hacia un lado y vio a Zephyr esparcir lo que parecía un puñado de polvo de hadas brillante.

Los humanos que habían estado gritando momentos antes ahora parpadeaban confundidos; la magia de Zephyr les había borrado los recuerdos de los demonios.

—Eso debería evitar que hagan demasiadas preguntas —dijo Zephyr con voz divertida.

Savannah puso los ojos en blanco, pero no había tiempo para responder. En medio del caos, vislumbró algo —o alguien— luchando al otro lado del almacén.

El corazón le dio un vuelco cuando vio a Gage.

Se movía con una eficiencia brutal que le cortó la respiración; sus puños y piernas golpeaban con fuerza inhumana mientras luchaba contra los demonios. Había sospechado que ocultaba algo, pero ahora tenía la confirmación. No era solo un camarero. Era algo más, algo peligroso.

La revelación la sacudió. Debería haberse mostrado cautelosa, haber mantenido la distancia, pero en cambio se encontró hipnotizada por el poder en bruto que irradiaba de él. Había algo en cómo se movía, en la oscuridad que se aferraba a él, que la llamaba de un modo que no comprendía del todo.

Antes de que pudiera procesar lo que pensaba, uno de los demonios se lanzó contra ella por detrás y le rasgó el brazo con las garras. Savannah siseó de dolor, se giró y le clavó la daga en la garganta. El demonio gorgoteó, se desplomó a sus pies y se disolvió en cenizas.

La pelea se extendió hasta las calles cuando los demonios restantes intentaron huir, y sus chillidos resonaron en la noche. Savannah y Gage se movieron al unísono y los fueron abatiendo uno por uno hasta que el último demonio quedó reducido a cenizas sobre el pavimento.

Justo cuando recuperaban el aliento, el aullido de las sirenas inundó el aire y Savannah maldijo entre dientes. Un grupo de policías llegó a la escena con las armas desenfundadas, contemplando la carnicería.

—Esto va a ser un problema —murmuró Gage, observando a los agentes que se acercaban—. Vamos a mi casa.

Sin decir palabra, la agarró del brazo y tiró de ella hacia un callejón lateral, alejándola de las luces intermitentes y los gritos. Ella no se resistió, todavía embriagada por la adrenalina de la pelea y la extraña atracción que sentía hacia él.

Avanzaron deprisa por las calles oscuras, refugiándose entre las sombras para evitar a la policía. Antes de que Savannah se diera cuenta, estaban frente al loft de Gage. Él abrió la puerta, la hizo pasar y cerró tras ellos.

Enseguida le envió un mensaje a Broussard para contarle lo ocurrido y pedirle ayuda: quería saber si, como tantas otras veces, el ataque de los demonios en la rave podía esfumarse sin dejar rastro.

El loft no era en absoluto como ella lo había imaginado.

Gage le había dicho que era músico y compositor, y allí estaba la prueba: un antiguo piano vertical, una guitarra, un violonchelo y otros instrumentos dispersos por todas partes.

Era un espacio abierto y diáfano, bañado por la luz de la luna que se colaba por los enormes ventanales.

La calidez de la madera pulida contrastaba con la frialdad del hormigón.

Pero en ese momento, lo único que percibía era la tensión que flotaba en el aire entre ellos.

La misma tensión que había ido creciendo durante toda la noche.

Gage la hizo girar para que lo mirara de frente, y ella lo fulminó con los ojos entrecerrados.

—¿Qué demonios pasa, Gage?

Él le sostuvo la mirada con sus ojos oscuros e intensos.

—¿Quieres decirme qué demonios está pasando, Savannah?

Savannah tragó saliva con dificultad. El corazón aún le latía desbocado por la pelea y el brazo le ardía donde el demonio la había arañado.

—Ya te lo dije: estoy investigando a Falwell y Vesper. Intento averiguar qué están tramando.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio? —exigió Gage con voz cortante—. ¿Por qué tanto secretismo? ¿Por qué meterte en esto para empezar?

Savannah vaciló. No podía contárselo todo; apenas lo conocía, y la confianza no era algo que concediera a la ligera. Pero tampoco podía ignorar que, le gustara o no, ahora estaban juntos en esto.

—No sabía si podía confiar en ti —admitió en voz más baja de lo que pretendía—.

Y todavía no sé qué eres. Pero no podía darle la espalda a lo que he visto.

La gente está muriendo, desapareciendo. Tenía que hacer algo.

Si conoces a mi familia, sabrás que cazar demonios en esta ciudad es prácticamente nuestra especialidad.

La expresión de Gage se suavizó, aunque solo un poco.

—No soy tu enemigo, Savannah.

Ella le sostuvo la mirada mientras el peso de aquellas palabras calaba hondo.

—Entonces, ¿qué eres?

—Rougarou.

—¿Rougarou? ¿En serio? Creía que eran una especie de licántropos legendarios que vivían en los pantanos.

—No. Los de mi especie podemos vivir en cualquier lugar: ciudades, pantanos, desiertos, bosques... da igual.

Sacudió la cabeza y soltó una risa amarga.

—Creo que la mayoría de los licántropos inventaron esas historias porque no les gusta admitir la verdad. Somos mitad demonio, mitad licántropo. Por lo general, esos apareamientos no son... consentidos.

Ella le acarició la mandíbula con los dedos.

—Cómo llegaste a este mundo... lo que tus padres hicieron o dejaron de hacer... eso no dice nada de ti. Tú eres quien decides ser. Y lo que yo veo es un hombre valiente y honorable que, pese a su naturaleza demoníaca, ha elegido el camino de la luz.

Durante un largo momento, se miraron en silencio, el aire entre ellos cargado de tensión. Gage apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera responder, Savannah tomó una decisión.

Antes de que Gage pudiera apartarse, ella salvó la distancia que los separaba y lo besó.

Fue un beso que era tanto una distracción como una confesión del deseo que había ido creciendo entre ellos durante toda la noche.

El beso fue eléctrico, la recorrió como un fuego abrasador, y por un momento olvidó todo lo demás: los demonios, el peligro, los secretos.

Solo existía Gage y la tormenta que se gestaba entre ellos.

Pero incluso mientras se perdía en el calor del momento, una parte de ella no lograba quitarse de encima la sensación de que aquello era solo el comienzo. La oscuridad seguía ahí fuera, esperándolos.

Y no iba a esperar mucho más.