SAVANNAH
Capítulo
Tres
Se detuvo en la entrada, mientras sus ojos se adaptaban a la luz tenue, la mano flexionándose instintivamente a un costado.
Y entonces lo vio.
El camarero.
Se le cortó la respiración cuando el reconocimiento la golpeó con la fuerza de un tren de mercancías. Llevaba el cabello oscuro despeinado de esa manera descuidada, cayendo justo sobre sus ojos intensos y penetrantes. Ojos que solo había visto en sus sueños.
Él.
El hombre de sus bocetos. El que acechaba todos sus pensamientos, su rostro colándose en cada dibujo, en cada noche inquieta.
El corazón de Savannah dio un vuelco cuando sus miradas se encontraron, y una sacudida de sorpresa y algo más oscuro, más peligroso, la recorrió.
No estaba segura de qué la inquietaba más: el hecho de que fuera real o la forma en que su cuerpo reaccionaba al verlo.
Vete. Sal mientras puedas. Sus instintos le gritaban, pero no se movió. A pesar de las alarmas que sonaban en su cabeza, la atracción de quedarse era más fuerte. Algo en este lugar, en él, resultaba demasiado irresistible. No podía darles la espalda a ninguno de los dos.
No. Infiltrarse aquí era una oportunidad demasiado buena.
Necesitaba averiguar qué estaba pasando en el Obsidian Lounge, y esta era su oportunidad de hacerlo, incluso si eso significaba lidiar con el extraño y embriagador atractivo del hombre detrás de la barra.
Además, sus hermanas y la tía Maeve sin duda le habrían dicho que no se involucrara, lo cual era razón de más para quedarse.
Armándose de valor, Savannah obligó a sus piernas a moverse y cruzó la sala.
Los ojos del camarero permanecieron fijos en ella, siguiendo cada uno de sus movimientos con la misma intensidad que había visto en sus sueños.
Para cuando llegó a la barra, el aire entre ellos prácticamente vibraba de tensión.
—¿Puedo ayudarte? —Su voz era profunda, suave, con un toque de algo más oscuro, casi depredador. Se apoyó contra la barra, con los brazos cruzados, observándola con esos ojos inquietantes.
Savannah levantó la barbilla, ignorando cómo el pulso se le aceleraba bajo su mirada.
—Vengo por el trabajo. Escuché que estaban contratando.
El hombre arqueó una ceja y sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y peligrosa.
—¿Buscas un puesto de camarera?
—Sí. Necesito trabajo —mantuvo la voz firme, aunque la energía entre ellos zumbaba con una intensidad que la dejaba desequilibrada.
Estaba acostumbrada a enfrentarse a demonios y criaturas sobrenaturales, pero fuera lo que fuera este hombre, la ponía nerviosa de una manera que no entendía del todo.
Era oscuro, peligroso y seductor como el infierno.
Él la estudió durante un largo momento, con la mirada demorándose un poco más de la cuenta en su rostro, como si estuviera buscando algo.
—No pareces de por aquí —dijo, con un tono a la vez curioso y cauteloso.
—Todo lo contrario. Nací aquí, en el Garden District —respondió Savannah, obligándose a sostenerle la mirada. No iba a dejar que la intimidara—. Me pagué la universidad trabajando de camarera y en bares. El sueldo no era gran cosa, pero las propinas lo compensaban con creces.
Él le sostuvo la mirada, y por un momento, la tensión entre ellos se espesó, crepitando como un cable con corriente. Luego asintió lentamente, aparentemente satisfecho con su respuesta.
—Bien —dijo, enderezándose—. Puedes empezar ahora.
Savannah parpadeó sorprendida.
—¿Ahora?
El camarero se encogió de hombros.
—Abrimos mañana por la noche. Tenemos mucho que hacer. Si vas en serio, puedes ayudarme a preparar todo hoy y trabajar en el salón mañana. Veremos cómo te manejas con la clientela —le lanzó otra mirada evaluadora—. Te vigilaré.
Savannah se mordió la réplica que tenía en los labios. No era el momento de provocar; tenía su propia agenda en la que concentrarse.
—Trato hecho —dijo con voz firme—. Empezaré.
Mientras se movía detrás de la barra para coger un delantal, sintió el peso de su mirada siguiéndola, y algo le dijo que aquello iba a ser más complicado de lo que había anticipado.
A medida que avanzaba la tarde, Savannah se adaptó rápidamente al ritmo de trabajar junto a Gage.
Él se movía con una gracia sin esfuerzo, desembalando licores con destreza y organizando la zona de la barra trasera, mientras le indicaba que puliera cosas o que le trajera lo que necesitaba.
No le quitaba ojo; su mirada aguda no se perdía nada.
Cuanto más lo observaba, más podía sentir la energía sobrenatural que se aferraba a él, oscura y salvaje, apenas contenida bajo la superficie.
No podía identificar exactamente qué era, pero no había forma de negar el peligro que irradiaba.
No era completamente humano. Ni de lejos.
Y sin embargo... se sentía atraída por él. Más que eso, le intrigaba, aunque toda la parte racional de su cerebro le gritaba que se mantuviera muy, muy lejos.
Sus interacciones a lo largo de la tarde fueron breves, llenas de intercambios rápidos y miradas fugaces que hacían saltar chispas de tensión entre ellos.
Savannah podía sentir que Gage estaba tan cauteloso con ella como ella lo estaba con él.
Ambos ocultaban algo, cada uno tratando de averiguar qué era el otro sin revelar demasiado.
En un momento, mientras revisaban juntos el inventario de la barra, Gage rompió el silencio.
—No eres como ninguna de las otras que contrataron antes de que yo llegara.
Savannah sonrió con suficiencia, mirándolo.
—Tú tampoco.
Él se rio suavemente, aunque la risa no le llegó a los ojos.
—Tienes razón. No estoy seguro de que ninguno de los dos pertenezca realmente aquí.
Por un momento, la actitud defensiva entre ellos se suavizó, reemplazada por una sensación de comprensión compartida.
Mientras continuaban hablando, rozaron fragmentos de sus pasados, aunque ambos se mantuvieron vagos, cuidadosos de no revelar demasiado.
Descubrieron que tenían más en común de lo que ninguno de los dos habría esperado.
—Nuestras madres —dijo Savannah en voz baja mientras limpiaba el mostrador—, las dos tuvieron que abandonar sus hogares, aunque en el caso de la mía fue por decisiones propias.
La expresión de Gage se ensombreció, y ella vio el destello de dolor en sus ojos.
—Mi madre —dijo tras una pausa— también fue expulsada. Por razones diferentes, pero... el resultado fue el mismo.
Savannah lo estudió por un momento, sintiendo el peso de sus palabras. No le estaba contando la historia completa, pero tampoco ella lo hacía. Aun así, la conexión entre ellos se profundizó; aquella comprensión compartida del exilio y la pérdida quedó flotando en el aire entre ambos.
Los dos ocultaban algo. Pero también intentaban averiguar más sobre el otro sin mostrar sus cartas demasiado pronto.
Antes de que pudiera responder, una voz familiar los interrumpió desde la entrada del bar.
—Savannah Duvall. ¿Qué haces aquí?
Savannah se giró y entornó los ojos mientras el detective Griff Broussard se acercaba con la mirada penetrante clavada en ella. Griff era la pareja de su hermana Phoenix, y aunque le caía bastante bien, su naturaleza sobreprotectora empezaba a sacarla de quicio.
—Solo quería saludar y avisaros de que habrá más presencia policial la noche de la inauguración, por si las cosas se descontrolan.
Miró a Savannah.
—No sabía que trabajabas aquí —dijo Griff, arqueando una ceja al ver su delantal.
Savannah puso los ojos en blanco.
—Es temporal. Y no necesito que vengas a vigilarme, Griff. No soy tu hermana pequeña.
Griff le lanzó una mirada elocuente.
—Puede que no, pero eres la hermana de Phoenix. Viene a ser lo mismo.
—¿Perdona? —replicó Savannah, cruzándose de brazos—. Soy perfectamente capaz de cuidarme sola. No soy una niña.
Griff sonrió con suficiencia y, sin previo aviso, se inclinó para besarle la frente, con un brillo burlón en los ojos.
—Lo dicho, es lo mismo —repitió, antes de darse media vuelta y marcharse.
Savannah lo observó marcharse, con la sangre hirviéndole de frustración. «Voy a hacer que se arrepienta de eso».
La noche siguiente, el Obsidian Lounge abrió con gran fanfarria y bullía de actividad, repleto de humanos y seres sobrenaturales por igual; su energía se mezclaba y arremolinaba en el aire como una tormenta a punto de estallar.
La clientela iba desde élites bien vestidas hasta figuras sombrías que merodeaban por los rincones más oscuros, con los ojos brillando con algo más peligroso que el alcohol.
Pero a lo largo de la noche, su atención no dejaba de desviarse hacia el camarero: Gage.
A medida que avanzaba la noche, el salón se llenó aún más, la multitud se volvió más ruidosa, y Savannah vigilaba atentamente a las personas que se movían por el espacio en penumbra.
Ya no solo estaba trabajando: estaba cazando.
Buscaba las señales más mínimas de actividad demoníaca, y sus sentidos hormigueaban ante la posibilidad del peligro.
Pero su atención seguía desviándose hacia Gage.
La atracción entre ellos se hacía más fuerte, y no lograba quitarse de encima la sensación de que él la estaba observando.
Había algo innegablemente magnético en él, algo oscuro y seductor, y a pesar de lo que le dictaba el instinto, se sentía atraída.
Intercambiaron miradas coquetas y bromas durante toda la noche, con palabras cargadas de dobles sentidos y tensión contenida.
Savannah estaba jugando con fuego, y lo sabía.
El fuego era el elemento de su hermana Phoenix, pero el suyo era el agua.
Si las cosas se calentaban demasiado, simplemente apagaría las llamas.
Fue entonces cuando la vio: Madame Vesper.
La vampira se movía entre la multitud con una gracia etérea, sus ojos oscuros recorriendo la sala con una intensidad calculada.
La acompañaba un grupo de clientes de élite, todos vestidos de punta en blanco, con auras que prácticamente crepitaban de poder.
Mientras Savannah observaba, Madame Vesper los condujo a una sala privada en la parte trasera del salón, donde las sombras parecían tragarlos por completo.
Los sentidos sobrenaturales de Savannah se pusieron en alerta máxima; el peligro le hormigueaba en los bordes de la conciencia. Había algo extraño en ese grupo. Algo peligroso.
Sin pensarlo, los siguió, deslizándose entre la multitud hacia la sala privada. Mantuvo la distancia e intentó mezclarse con los invitados mientras se acercaba, pero no podía ignorar la creciente sensación de pavor que le atenazaba el estómago.
Se pegó a la pared cerca de la sala, aguzando el oído para captar fragmentos de la conversación a través de la gruesa puerta. Oía voces, bajas y susurrantes, pero demasiado amortiguadas para distinguirlas con claridad. Necesitaba acercarse más.
Justo cuando avanzaba, una voz la detuvo en seco.
—No deberías estar aquí.
Savannah se quedó helada, con el corazón en un puño, mientras se giraba para ver a Lyrion Thornheart justo detrás de ella, con los brazos cruzados y expresión severa.
El ejecutor fae era alto, de rasgos oscuros y elegantes, y sus ojos ardían con el fuego frío e implacable de la justicia del Consejo Fae.
—Thornheart —siseó Savannah, mientras su mano se movía instintivamente hacia la daga oculta bajo el delantal de camarera—. ¿Qué demonios haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo —respondió él, con voz baja y peligrosa—. El Consejo me ha enviado a buscarte. Has estado eludiendo tus obligaciones, y no les hace ninguna gracia.
Savannah lo fulminó con la mirada.
—Tú y tu consejo perdisteis el derecho a darle órdenes a mi familia antes de que yo naciera. Nuestros deberes los decidimos nosotras. Si al Consejo no le gusta, que les den.
Los ojos de Thornheart se entornaron y sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.
—No lo pongas difícil, Savannah. Solo quieren hablar. Si no cooperas, ya sabes cómo puede acabar esto.
Savannah resopló.
—No pienso ir a ninguna parte contigo —gruñó, y se apartó de él para volver hacia la sala privada.
Antes de que pudiera dar otro paso, Thornheart la agarró del brazo con fuerza.
—No tienes elección.
A Savannah le hirvió la sangre y, sin pensarlo, se giró y estampó a Thornheart contra la pared. En un instante tenía la daga en la mano, con la plata fría presionada bajo la barbilla del fae.
—He dicho que no pienso ir a ninguna parte contigo —gruñó, con los ojos encendidos de furia.
Thornheart le sostuvo la mirada mientras su expresión se endurecía.
—¿Crees que puedes desafiar al Consejo eternamente? Eres una insensata, Savannah.
Antes de que Savannah pudiera responder, una voz los interrumpió.
—¿Necesitas ayuda?
Savannah miró por encima del hombro y vio a Gage en la entrada, con los ojos oscuros brillantes de curiosidad y algo más turbio. Él observó la escena —Savannah inmovilizando a Thornheart contra la pared, la daga presionada contra la garganta de este— y arqueó una ceja.
Savannah enfundó la daga con rapidez, retrocedió y soltó a Thornheart.
—No —dijo con voz serena, aunque el corazón aún le latía con fuerza—. Lo tengo controlado.
Gage asintió despacio, aunque la sospecha en su mirada le indicó que no estaba convencido.
—Si tú lo dices.
Dicho esto, Gage se dio la vuelta y volvió hacia la barra, dejando a Savannah a solas con Thornheart una vez más.
Thornheart la fulminó con la mirada mientras se ajustaba la chaqueta; la tensión entre ellos crepitaba como electricidad.
—Esto no ha terminado, Savannah.
—Ni de coña —respondió ella con frialdad—. Pero ahora mismo tengo otras cosas de las que ocuparme. Así que sal de mi ciudad y apártate de mi camino.
Thornheart vaciló un instante y finalmente se hizo a un lado, con expresión indescifrable.
—Ten cuidado, Savannah. Estás jugando con fuego.
Savannah no se molestó en responder. Ya tenía bastante de lo que preocuparse como para encima lidiar con las gilipolleces del Consejo Fae. Y en ese momento, sus instintos le gritaban que algo iba muy, pero que muy mal en el Obsidian Lounge.
Mientras volvía a la sala principal del local, no conseguía quitarse de encima la sensación de que se dirigía directamente al ojo del huracán. Y Gage Tremblay —oscuro, misterioso y demasiado tentador— estaba justo en el centro de todo.