Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 3) Capítulo
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Capítulo

Dos

GAGE

Gage Tremblay estaba en el centro de su nuevo loft, contemplando el espacio abierto y bañado de sol con una mezcla de satisfacción e incertidumbre.

Sin duda era una mejora. Los techos altos y las paredes de ladrillo visto le daban un encanto industrial que iba con él, mientras que los enormes ventanales enmarcaban una vista perfecta de la bulliciosa calle de abajo.

Los suelos de hormigón pulido relucían bajo la luz del sol que se filtraba a través del cristal y conferían a todo el lugar una sensación diáfana y abierta.

Soltó un suspiro mientras su mirada recorría los instrumentos cuidadosamente colocados por el loft: la guitarra apoyada contra la pared, el piano vertical situado en el lado opuesto de la habitación, el violonchelo, el violín y la concertina acomodados en sus lugares designados.

Flexionó las manos, con los dedos ansiosos por tocar, pero resistió el impulso. Todavía había demasiado que resolver.

El loft era sencillo pero funcional. Había un solo dormitorio con un vestidor y un pequeño rincón de lavandería con lavadora y secadora apiladas.

El baño adjunto era más utilitario que lujoso, sin bañera pero con una ducha grande y moderna que encajaba con su estilo sin florituras.

Cerca de la entrada había un pequeño aseo.

Le gustaba el minimalismo, la crudeza del espacio.

Resultaba… honesto. Un lienzo en blanco.

Algo que necesitaba desesperadamente después de dejar atrás Baton Rouge.

Con un gruñido, Gage acercó el contrabajo al piano, asegurándose de que quedara colocado justo como debía.

Tenía la costumbre de reorganizar las cosas hasta que le parecieran perfectas, un subproducto del músico que llevaba dentro y que ansiaba armonía y orden.

Rozó con las manos la madera suave de los instrumentos, un breve momento de calma en la tormenta de sus pensamientos.

Un golpe en la puerta interrumpió el momento, seco y deliberado. Gage se tensó, con el cuerpo instintivamente en alerta. Pocas personas sabían que se había mudado allí; menos aún vendrían a llamar a su puerta sin previo aviso.

Cruzó el loft en unas pocas zancadas y abrió la puerta. Entornó ligeramente los ojos al observar al hombre del otro lado.

Alto. De hombros anchos. Musculoso, con una presencia imponente que llenaba el umbral.

Debía de tener unos diez años más que Gage, aunque sus rasgos seguían siendo juveniles, el cabello color caramelo con mechones oscuros salpicado de las canas justas para sugerir sabiduría en lugar de vejez.

Los ojos del hombre eran agudos, escrutadores, y mostraban un leve destello de diversión.

—Debes de ser Tremblay —dijo el hombre con voz de barítono profundo y retumbante, cargada de autoridad.

—Así es —respondió Gage con calma.

El hombre ladeó la cabeza.

—No me resultas aterrador en lo más mínimo. No pareces una bestia deforme sometida a los caprichos de la luna.

Gage ya sabía quién era aquel hombre: Jean-Michel Gautier, el Alfa de Nueva Orleans. Venerado. Respetado. Temido, incluso. No podía ser otro. Su presencia allí no era ningún accidente.

Jean-Michel se apoyó con desenfado en el marco de la puerta, con una leve sonrisa burlona en las comisuras de los labios.

—Así que tú eres el que ha decidido invadir mi territorio.

Gage resistió el impulso de poner los ojos en blanco. Sabía que el hombre estaba medio bromeando, pero había un filo en sus palabras, un sutil recordatorio de quién mandaba allí.

—No busco invadir nada —dijo Gage en tono neutro—. Solo intento vivir tranquilo.

La sonrisa burlona de Jean-Michel se acentuó.

—¿Una vida tranquila? ¿En mi ciudad? Eso es mucho pedir, Rougarou.

Gage se tensó al oír la palabra. Rougarou: mitad lobo, mitad demonio.

No era un título que llevara con orgullo.

No era como Jean-Michel, cuya sangre pura de cambiaformas lobo lo convertía en un alfa, un líder de su especie.

Gage era algo completamente distinto. Su sangre de lobo estaba contaminada, diluida por su mitad demoníaca.

Y eso lo convertía en una amenaza para otros cambiaformas, incluso para otros lobos.

Su madre había sido atacada por un demonio y, al quedarse embarazada, la habían desterrado de su manada.

—No soy el mismo tipo de lobo que tú —dijo Gage con cautela, sosteniendo la mirada de Jean-Michel—. No estoy aquí para causar problemas.

Jean-Michel lo estudió durante un largo momento y luego soltó una risa queda.

—Sé lo que eres, Tremblay. Mitad demonio, claro. Pero sigues siendo un lobo, y eso significa que formas parte de mi manada, te guste o no.

A Gage se le tensó la mandíbula. No quería formar parte de ninguna manada.

Había dejado esa vida atrás incluso antes de nacer.

Aun así, sabía que era mejor no desafiar abiertamente a Gautier.

El poder del alfa irradiaba de él como una tormenta a punto de estallar, y Gage no tenía ningún interés en iniciar una pelea. No allí. No en ese momento.

—Solo quiero vivir en paz —dijo Gage finalmente, con voz serena pero firme.

La expresión de Jean-Michel se suavizó ligeramente, aunque la agudeza nunca abandonó sus ojos.

—Te creo. La paz en Nueva Orleans es difícil de conseguir —hizo una pausa y recorrió el loft de Gage con la mirada, fijándose en los instrumentos, en el espacio abierto—.

Aun así, si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Puede que seas un Rougarou, pero eres bienvenido en mi manada en cualquier momento.

Dicho esto, el alfa se apartó del marco de la puerta y se dio la vuelta para marcharse. Sus pasos resonaron por el pasillo. Gage lo observó alejarse mientras una mezcla de alivio e inquietud se apoderaba de él.

Ser mitad demonio significaba que estaba acostumbrado a vivir al margen, siempre en la delgada línea entre tres mundos diferentes: el humano, el de los cambiaformas lobo y el demoníaco.

Pero Nueva Orleans era diferente. La ciudad era un caldero de energía sobrenatural, y personas como Jean-Michel se aseguraban de mantener el equilibrio.

Gage no sabía dónde encajaba en todo aquello, pero lo averiguaría. Siempre lo hacía.

Una vez que Gautier se hubo marchado, Gage se acercó a la ventana del fondo del loft para verlo salir a la calle.

En la esquina, el alfa se volvió y lo miró, dedicándole una sonrisa y un saludo desenfadado antes de subir a uno de los carruajes tirados por caballos, donde tomó asiento junto a una hermosa rubia.

Gage sacudió la cabeza. No podía estar seguro, pero tenía la sensación de haber conseguido, si no un amigo, al menos un aliado.

Se volvió hacia el interior del loft, exhaló lentamente y se dirigió a su nuevo trabajo, el Obsidian Lounge, un local exclusivo en el corazón de la ciudad.

No tenía que empezar hasta más tarde, pero quería adelantarse.

Abrió la entrada de empleados con las llaves, entró y fue hacia la barra que se extendía a lo largo de uno de los lados del espacio abierto.

Botellas de licor ocupaban los estantes tras la barra, todas meticulosamente organizadas.

Aunque siempre se había considerado músico y compositor ante todo, se había convertido en un maestro coctelero para pagar las facturas.

Lo habían fichado de un club popular de Baton Rouge para dirigir la barra como subgerente en el Obsidian.

Era una buena oportunidad, un nuevo comienzo, pero la energía que rodeaba su nuevo trabajo le erizaba la piel.

Gage había aprendido a convivir con el tirón constante de su herencia demoníaca, esa corriente oscura que lo carcomía por dentro, susurrándole tentaciones al oído.

Pero aquí, en esta ciudad, ese tirón se sentía más intenso.

Más insistente. Como si el suelo bajo sus pies estuviera impregnado de magia oscura, y bastara un solo paso en falso para liberar a la bestia que llevaba dentro.

Mientras limpiaba la barra y recolocaba las botellas por enésima vez, le llegó el murmullo de unas voces desde la oficina del fondo. Gage no era de los que escuchaban a escondidas, pero algo en aquellos susurros le puso los instintos en alerta.

Edward Falwell, el dueño del club, hablaba con alguien: una mujer de voz suave y grave, cargada de autoridad. Gage se acercó a la puerta con cuidado de no dejarse ver.

—El proyecto está casi listo —decía Edward con un deje de nerviosismo en la voz—. Madame Vesper, le aseguro que todo estará preparado para la inauguración del salón.

A Gage se le aceleró el pulso. ¿Madame Vesper?

Ese nombre no se olvidaba fácilmente. Madame Vesper Nightshade era una vampira con siglos de antigüedad, famosa por regentar un burdel sobrenatural exclusivo que satisfacía los deseos más oscuros de la élite de la ciudad, tanto humana como sobrenatural.

—¿Y estás seguro de que nadie sospecha nada? —La voz de Vesper sonaba fría, calculadora.

—Ni un alma —respondió Edward, aunque un temblor en la voz sugería lo contrario.

A Gage se le revolvieron las tripas. No sabía qué era ese «proyecto», pero fuera lo que fuese, no podía ser nada bueno. No si tenía que ver con Madame Vesper. Se obligó a apartarse de la puerta antes de oír más de la cuenta.

Justo entonces, la puerta principal del salón se abrió con un crujido y Gage dirigió la mirada hacia la entrada.

Una joven con el pelo azul de punta y unas curvas de infarto entró con paso tranquilo.

Llevaba unos vaqueros rotos y un top negro tipo bralette, y recorrió la sala con la mirada, curiosa.

Parecía fuera de lugar; su cazadora de cuero y sus botas militares encajaban más en las calles del barrio bajo que en el interior pulido del salón.

Pero había algo más en ella: una energía tenue pero inconfundible.

Sobrenatural.

Gage tragó saliva con dificultad mientras la observaba, notando cómo una atracción inexplicable le nacía en el pecho.

Era diferente. No del todo humana, aunque no lograba identificar qué era exactamente.

El poder en bruto que emanaba de ella le resultaba familiar de un modo inquietante.

Y lo peor: se sentía irremediablemente atraído hacia ese poder.

Gage se sacudió la extraña sensación, dio un paso al frente y se aclaró la garganta.

—¿Puedo ayudarte?

La mujer se volvió hacia él y lo miró con ojos penetrantes.

—Vengo por el trabajo —dijo con voz queda pero segura—. He oído que estáis contratando.

Gage parpadeó, intentando ignorar el zumbido de energía que le recorrió el cuerpo al oír su voz.

—¿Buscas trabajo de camarera? —Se esforzó por mantener un tono neutro, aunque por dentro el demonio que llevaba dentro se agitaba, inquieto.

Ella asintió.

—Sí. Necesito trabajo.

Respiró hondo, con todos los sentidos en alerta, y le indicó con un gesto que lo siguiera hasta la barra.

—Soy Gage. Hablemos —dijo en tono neutro. Pero por dentro, una tormenta rugía.

Mientras le hacía las preguntas de rigor, Gage luchaba por mantener la concentración.

La atracción que sentía hacia ella era innegable, un magnetismo que le ponía los nervios de punta.

¿Sería por su naturaleza sobrenatural? ¿O por algo más?

No sabría decirlo. Lo único que sabía era que el frágil equilibrio que mantenía entre lobo, demonio y humano nunca había sido tan precario como en presencia de aquella mujer.

Y era solo cuestión de tiempo antes de que lo perdiera.