PHOENIX
Capítulo
Once
El corazón le latía desbocado mientras se enfrentaba al concejal Fontaine, cuyo rostro se contorsionaba de regocijo malicioso mientras presidía la invocación.
A su alrededor, los cultistas volvieron a cantar al unísono, y sus voces se fundían con la energía creciente de la sala.
Era como si las propias paredes vibraran, apenas capaces de contener el poder que se gestaba en su interior.
Ash lo sostenía, pero Griff convulsionaba con los músculos en tensión mientras la magia oscura comenzaba a apoderarse de él. Ella lo sentía: la esencia de Griff se desvanecía, consumida por el señor de los demonios que intentaba poseerlo.
—Griff, aguanta —susurró Phoenix con la voz cargada de desesperación. Sentía la conexión entre ellos como un salvavidas, pero era frágil, tensa. El ritual lo alejaba de ella, pedazo a pedazo.
La voz de Fontaine resonó por encima de los cánticos.
—Es demasiado tarde, hada. El ritual está casi completo. Pronto, el señor de los demonios se alzará, y tu pequeña mascota no será más que un cascarón vacío.
La sangre de Phoenix hirvió ante sus palabras, y su magia brotó en respuesta.
—No si te detengo primero.
Fontaine soltó una carcajada oscura y burlona.
—No puedes detener lo que ya está en marcha.
Sin dudarlo, Phoenix lanzó una ráfaga de energía dorada hacia él. Fontaine apenas se inmutó y alzó una mano para desviarla como si no fuera nada. La magia chisporroteó en el aire, absorbida por la barrera oscura que lo rodeaba.
—Ya he tenido suficiente de tus interrupciones —se burló Fontaine mientras agitaba la muñeca. Un pulso de energía oscura salió disparado de su mano directo hacia Phoenix.
Saltó a un lado y lo esquivó justo a tiempo, pero la fuerza de la explosión la hizo rodar por el suelo. Apretó los dientes con el corazón latiéndole con fuerza mientras se ponía de pie a duras penas. El tiempo se agotaba, y sabía que si no actuaba pronto, perdería a Griff para siempre.
Ash apareció a su lado, ensangrentado pero aún en pie. Había logrado apoyar a Griff contra la pared, pero algo iba mal, terriblemente mal.
—Ash, ¿qué...? —comenzó Phoenix, pero las palabras se le atragantaron.
Griff, que luchaba por mantenerse consciente, convulsionó de repente. Con un gruñido de fuerza inhumana, abrió los ojos de golpe, que brillaban con una luz oscura y espeluznante. Su cuerpo se sacudió violentamente.
—¡Griff! —gritó Phoenix mientras corría hacia él, con el miedo de haberlo perdido, de haberlo perdido todo, arañándole el pecho.
Pero ya no era Griff. No del todo. La presencia del demonio había echado raíces, y Phoenix podía ver la batalla que se libraba tras los ojos de Griff. Él luchaba, intentaba aferrarse a sí mismo, pero la magia oscura lo dominaba.
—Phoenix... —la voz de Griff sonaba tensa, apenas reconocible—. No puedo... no puedo contenerlo.
Las lágrimas le nublaron la visión mientras se detenía frente a él, con las manos temblorosas.
Sabía lo que tenía que hacer, y el pensamiento le retorcía el estómago de agonía.
Si no podía liberarlo, si no podía exorcizar al demonio...
tendría que matarlo. Era la única manera de salvar el alma de Griff antes de que la consumieran por completo.
«No. No puedo perderlo así. No así».
El peso de su deber como ejecutora feérica la aplastaba, la fría e implacable realidad de lo que podría tener que hacer.
Pero su corazón, su corazón no podía soportar la idea de destruir a Griff, no después de todo lo que habían pasado, no cuando por fin parecía que estaban construyendo algo entre ellos.
—No dejaré que esto suceda —susurró con voz temblorosa.
Con una oleada de determinación, Phoenix reunió cada gramo de su poder, recurriendo a la fuerza de su magia feérica y al vínculo que compartía con Griff.
Le colocó las manos sobre el pecho y sintió la magia oscura palpitando bajo la piel.
Era como tocar fuego, peligroso y abrasador, pero no se apartó.
—Griff, escúchame —dijo con voz feroz, cargada de emoción—. Tienes que luchar contra esto. Tienes que aguantar.
Él gimió mientras su cuerpo se retorcía de dolor.
—Estoy... lo estoy intentando.
El corazón de Phoenix se contrajo. Sentía al demonio presionando contra su magia, intentando abrirse paso. La oscuridad se cerraba en torno al alma de Griff, sofocando al hombre que ella conocía y amaba. No tenía mucho tiempo.
—Te quiero —susurró antes de tomar aire y comenzar a recitar un peligroso y antiguo ritual de exorcismo. Era uno del que solo había leído, uno que podría salvar a Griff o matarlos a ambos en el proceso. Pero no tenía otra opción.
Una luz dorada resplandeció a su alrededor mientras pronunciaba el encantamiento, con las palabras impregnadas de poder feérico. El aire crepitó de tensión, y la magia oscura resistía cada uno de sus esfuerzos. Pero ella no se detuvo. No podía.
La conexión entre ella y Griff ardía con intensidad, y podía sentir al demonio retorcerse dentro de él, furioso y desesperado. El sudor le goteaba por el rostro mientras presionaba con más fuerza, con su magia esforzándose por desterrar la presencia oscura.
—Vamos, Griff —susurró con la voz quebrada por las lágrimas—. No te rindas.
De repente, lo sintió: el cambio. El cuerpo de Griff se sacudió, y sus ojos parpadearon mientras el demonio luchaba por mantener el control.
La magia de Phoenix brilló con más intensidad, y por un breve momento, pensó que había ganado.
Pero entonces el demonio rugió, un rugido que resonó por la catedral como una tormenta.
Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo de Griff convulsionó violentamente y una ola de energía oscura explotó desde él, lanzando a Phoenix hacia atrás. Golpeó el suelo con fuerza, con la visión borrosa mientras intentaba enfocar.
Cuando se le aclaró la vista, lo vio.
El dragón de Griff.
La bestia cobró vida con un rugido, su esencia pugnando por salir a la superficie y luchando contra el demonio con una ferocidad que dejó a Phoenix sin aliento. El cuerpo de Griff tembló, con su forma de dragón resplandeciendo a su alrededor, y ella sintió la pura fuerza de su voluntad.
El demonio no podía retenerlo. Era demasiado.
Con un último rugido que sacudió la tierra, el demonio abandonó el cuerpo de Griff, su forma oscura arremolinándose por el aire en una huida desesperada. Se estrelló contra Fontaine, y el grito del concejal atravesó el aire cuando el demonio lo poseyó en su lugar.
El cuerpo de Fontaine se retorció y contorsionó; sus ojos brillaban con el poder profano del señor demonio que ahora lo poseía. Los cultistas a su alrededor jadearon y sus cánticos vacilaron mientras el caos estallaba.
Phoenix se puso de pie con todo el cuerpo dolorido.
No estaba sola. Sintió la magia antes de verlas: cuatro motas de luz que entraban en la catedral.
El corazón le dio un vuelco cuando se giró y vio a sus hermanas y a tía Maeve, sus siluetas resplandeciendo con la misma luz etérea que había llegado a asociar con la familia.
—No podíamos dejar que te divirtieras sola —dijo Savannah con voz ligera a pesar de la terrible situación.
Geneva y Catalina estaban junto a ella, con las manos ya brillando de magia curativa, mientras los ojos de tía Maeve se entrecerraban al observar a Fontaine poseído.
Phoenix sonrió débilmente, inundada de alivio.
—Me alegra que estéis aquí.
La batalla se reanudó con renovada intensidad, pero ahora Phoenix no estaba sola.
Sus hermanas se unieron a la refriega y su magia feérica se mezcló con la suya mientras luchaban contra los cultistas y contra Fontaine poseído.
Griff, aunque débil, logró ponerse de pie, con la energía de su dragón aún ardiendo en los ojos.
Juntos, se enfrentaron al señor demonio.
La batalla fue brutal; el poder del demonio crecía mientras se alimentaba del cuerpo de Fontaine, pero Phoenix sentía que la marea estaba cambiando. Con sus hermanas a su lado y la fuerza de Griff respaldándola, hicieron retroceder la magia oscura y mantuvieron a raya al señor demonio.
El señor demonio se giró para atacar a Phoenix y alzó las manos, con magia oscura arremolinándose en las palmas.
—¡Phoenix, muévete! —gritó Griff.
Tía Maeve se lanzó hacia ella y la apartó mientras el señor demonio se preparaba para desatar sus poderes, pero nunca tuvo la oportunidad.
Mientras luchaba por volver a ponerse de pie y poner a su tía a salvo, el corazón de Phoenix tronaba en su pecho; el señor demonio se cernía ante ella, su forma masiva agrietándose y filtrándose fuera del cuerpo mortal de Fontaine.
Estaba envuelto en sombras arremolinadas y energía maléfola.
El aire parecía vivo, chisporroteando y crepitando con magia oscura.
El cuerpo de Fontaine, ahora completamente consumido por el demonio, se retorcía grotescamente, con los ojos ardiendo con una luz profana.
El tiempo pareció ralentizarse cuando el demonio alzó una garra y zarcillos oscuros de poder se extendieron hacia ella. Se preparó, con su magia lista para defenderse, pero entonces lo sintió: la repentina e intensa oleada de calor desde el otro lado de la sala.
Griff.
Se giró justo a tiempo para verlo: su magnífico dragón erguido, su tamaño apenas contenido por la enorme catedral.
A pesar del esfuerzo de la batalla anterior, los ojos de Griff brillaban con una intensidad sobrenatural.
Su dragón resplandecía, apenas contenido, una fuerza de poder crudo e indómito.
Phoenix sentía la energía primigenia que irradiaba de él, el dragón en su interior liberado de su forma humana para hacer lo que los dragones hacían mejor.
Con un rugido profundo y gutural, Griff desató un torrente de fuego de dragón.