Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 1) PHOENIX #3
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PHOENIX #3

Él deslizó la mano hasta su garganta, y ella sintió cómo los dedos le rodeaban el cuello con un agarre firme pero no demasiado apretado.

Phoenix gimió con la cabeza echada hacia atrás mientras él la follaba con fuerza, embistiéndola con las caderas.

Era una danza violenta y primitiva, sus cuerpos moviéndose juntos en un frenesí de deseo y lujuria.

—Tócate el clítoris, Phoenix. Córrete con mi polla —exigió Griff, y ella obedeció.

Sus dedos se deslizaron hacia los pliegues húmedos hasta encontrar el botón endurecido.

Lo acarició en círculos mientras su cuerpo suplicaba liberación y Griff continuaba follándola con embestidas cada vez más duras y rápidas.

Los gruñidos profundos de él ahogaban los gemidos de ella, su anhelo de liberación evidente en cada sonido.

—Vamos, nena. Quiero verte correrte para mí.

Phoenix obedeció, frotándose el clítoris al ritmo de las embestidas, las uñas de la otra mano clavadas en las sábanas suaves y sedosas mientras se acercaba al borde.

Su cuerpo se tensó, cada terminación nerviosa a punto de explotar, y entonces sucedió.

Gritó cuando el orgasmo la arrasó como una ola gigante, su cuerpo palpitando alrededor del miembro de él mientras se corría con fuerza.

Griff lo sintió y sus caderas embistieron más profundo, más fuerte, esforzándose por llevarla aún más alto, más allá del límite.

—Eso es, Phoenix. Muéstrame lo que puedes hacer —la instó. El dedo de ella siguió moviéndose, sus labios intentaban pronunciar el nombre de él, pero no podía hablar, solo jadear mientras el placer ahogaba todo lo demás.

Mientras el cuerpo de ella seguía temblando y sacudiéndose por la intensidad del orgasmo, las embestidas de Griff se volvieron más erráticas y su respiración se tornó irregular. Se inclinó hacia adelante, los labios rozándole la oreja, y susurró:

—Voy a correrme, Phoenix. Quiero que lo sientas.

Ella asintió, el cuerpo todavía convulso por el clímax, las mejillas sonrojadas y el corazón latiéndole con fuerza. Nunca se había sentido tan viva, tan salvaje, tan libre. Quería saborear cada momento.

Las caderas de Griff embistieron más fuerte, más rápido, y ella sintió cómo el miembro se hinchaba dentro de ella mientras él alcanzaba el límite. Los dedos de él se tensaron alrededor de su garganta, la otra mano aferrándole la cadera para mantenerla firme mientras se hundía en ella.

—Ah... joder... sí... —gruñó Griff mientras sus caderas se movían frenéticamente. Phoenix lo sintió palpitar dentro de ella, llenándola con su calor y su semen. Era una sensación poderosa e intensa, y supo que recordaría aquel momento para siempre.

Mientras el cuerpo de Griff se estremecía y convulsionaba, ella supo que era verdaderamente suya.

Su corazón por fin había alcanzado a su cuerpo, y se rindió a los sentimientos que la embargaban.

Aquello era más que una simple aventura de una noche, un momento de respiro con su amante prohibido.

Aunque estaba desterrada del reino de las hadas, las relaciones, y mucho menos los vínculos de pareja, estaban prohibidos entre hadas y dragones metamorfos.

Aquella era una conexión, un vínculo que jamás se rompería.

—Lo dije en serio, Phoenix. Esto lo cambia todo —dijo Griff mientras salía de ella y se tumbaba boca arriba, atrayéndola para acunarla en sus brazos bajo las sábanas—.

Ahora eres mía. Y ninguno de esos bastardos te pondrá un dedo encima.

Antes tampoco iba a permitirlo, ¿pero ahora? Se acabaron las contemplaciones.

La habitación quedó en silencio; el único sonido eran sus respiraciones irregulares y el leve crujido de la cama de hierro.

Phoenix yacía allí, el cuerpo todavía vibrando con los ecos de aquel intenso encuentro.

Sentía el corazón de Griff latir bajo su cabeza, el pecho de él subiendo y bajando con cada respiración, y supo que él también lo sentía.

Se volvió para mirarlo, buscando en sus ojos cualquier señal de arrepentimiento o duda. Pero lo que vio allí fue solo posesividad y la promesa de protección.

—Tienes razón, Griff —susurró mientras deslizaba los dedos por los músculos de su pecho—. Pero esto no cambia nada.

Él negó con la cabeza sin apartar los ojos de los de ella.

—Gilipolleces, pero esa discusión puede esperar hasta mañana. Hasta entonces, te mantendré a salvo —prometió con voz profunda y grave—. Y si alguien intenta interponerse entre nosotros, incluyéndote a ti, tendrá que pasar por encima de mí.

—Hacemos un buen equipo, Phoenix. Tú y yo.

Ella sonrió, el corazón henchido de calidez y felicidad.

—Te concedo que somos un equipo muy bueno.

Sus labios se encontraron en un beso profundo y apasionado, las lenguas explorándose mutuamente, los cuerpos todavía hambrientos de más.

La noche no había terminado, todavía no, y de repente ella quería mucho más que una noche con su amante dragón.

Quería el resto de la eternidad con él, pero eso tendría que esperar.

Tenían un culto demoníaco que combatir y una ciudad que salvar.