Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 1) GRIFF
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GRIFF

Capítulo

Cinco

Todavía podía sentir su cuerpo contra el suyo, cómo sus curvas encajaban perfectamente con él, el pulso de su magia latiendo bajo su piel.

Su dragón se agitaba inquieto, un calor que crecía en su interior y se negaba a ser ignorado.

Su compañera predestinada. Tenía que serlo.

Todas las señales estaban ahí: su aroma, cómo su dragón reaccionaba ante ella, cómo no podía dejar de pensar en ella.

Pero era una locura, ¿no? La conocía desde hacía años, y ahora, de repente, ¿esto?

Sus sueños, cuando por fin llegaron, fueron una mezcla embriagadora de calor y anhelo.

Phoenix, de nuevo en sus brazos, sus labios sobre los suyos, su cuerpo apretándose contra él con una urgencia que igualaba la suya.

Sus alas se desplegaban y la luz dorada de los fae los envolvía mientras volaban por la noche, entrelazados en una danza primitiva.

Pero cuando el sueño alcanzó su clímax, de vuelta cerca de la tierra con las manos de Phoenix enredadas en su cabello, su aliento cálido contra su cuello, todo se tornó más oscuro.

Los ojos de ella brillaron con una comprensión dolorosa, sus alas se marchitaron mientras una pica de hierro brotaba del suelo bajo ella, le atravesaba el corazón y la clavaba a la tierra.

Griff intentó gritar, intentó correr hacia ella, pero tenía los pies clavados al suelo.

Observó impotente cómo su cuerpo se desplomaba, cómo la luz se apagaba en sus ojos.

Griff se incorporó de golpe en la cama, con el pecho agitado. El corazón le tronaba en el pecho, el sudor le corría por la espalda mientras los restos de la pesadilla se aferraban a él. Solo era un sueño, se dijo, pero el pavor lo envolvía como una segunda piel.

La noche seguía siendo espesa a su alrededor, pero dormir era imposible.

Phoenix estaba en peligro—eso lo sabía—y necesitaba hacer algo al respecto.

Le ardían las manos por actuar, por arrasar la ciudad y eliminar hasta la última amenaza que acechaba en las sombras.

Pero por ahora, lo mejor que podía hacer era concentrarse en la tarea que tenía por delante.

Fontaine. El concejal estaba involucrado, y Griff necesitaba averiguar hasta dónde llegaban sus lazos con el culto.

La luz de la mañana se filtraba por las persianas cuando Griff por fin se recompuso.

Se bebió una taza de café negro, aunque el líquido amargo hizo poco por despejar la niebla de inquietud que se cernía sobre él.

El teléfono vibró: una notificación le confirmaba que su cita con el concejal Victor Fontaine estaba fijada para media mañana. Perfecto.

Mientras se ponía la chaqueta de cuero y salía por la puerta, Griff dejó atrás las imágenes inquietantes de la noche. No podía permitir que sus emociones le nublaran el juicio, y menos hoy. Era su oportunidad de indagar más sobre el culto, y Fontaine era la clave.

La oficina del concejal Victor Fontaine era tan impoluta y refinada como cabría esperar de un hombre de su posición.

Las paredes estaban decoradas con obras de arte de buen gusto, y en el aire flotaba el aroma a cuero y madera noble.

Griff esperó en la silla mullida de respaldo alto, con los sentidos en alerta máxima mientras sus ojos recorrían cada detalle de la estancia.

La secretaria de Fontaine, una mujer menuda de mirada penetrante, lo hizo pasar con una sonrisa ensayada.

—El concejal lo recibirá ahora, detective Broussard.

Griff asintió, se levantó y entró en el despacho de Fontaine.

El concejal estaba sentado tras un enorme escritorio de roble, con su traje a medida impecable, la viva imagen del político curtido.

Pero Griff no se dejaba engañar. Percibía el nerviosismo latente, la ligera tensión en los hombros de Fontaine que desmentía su fachada de calma.

—Detective —saludó Fontaine, tendiéndole la mano—. ¿A qué debo el placer?

Griff le estrechó la mano con firmeza, clavando la mirada en el concejal.

—Le agradezco que me haya recibido, concejal. Estoy siguiendo algunas pistas sobre el reciente aumento de... actividad extraña en la ciudad.

La sonrisa de Fontaine titubeó, solo una fracción de segundo.

—¿Actividad extraña? No estoy seguro de entenderle, detective.

Griff se acomodó en la silla frente al escritorio de Fontaine, con sus instintos de dragón vibrando justo bajo la superficie. Percibía el cambio en la energía de Fontaine, cómo su pulso se aceleraba ligeramente.

—Seguro que ha oído hablar de una serie de asesinatos aparentemente aleatorios. Corre el rumor de que se están formando... alianzas inusuales. Gente metiéndose en cosas que no debería, cosas que es mejor dejar en paz, cosas peligrosas.

El rostro de Fontaine permaneció impasible, pero Griff notó el ligero tic de sus dedos tamborileando sobre el escritorio.

—Puedo asegurarle, detective, que el ayuntamiento está haciendo todo lo posible para garantizar la seguridad de Nueva Orleans, en coordinación con la policía y otras autoridades. No entiendo cómo podría pensar que yo estaría involucrado en ningún... asunto turbio.

Griff se inclinó hacia delante, sin apartar la mirada del rostro de Fontaine.

—No digo que lo esté, concejal. Pero he aprendido que estas cosas suelen colarse donde menos lo esperamos. A veces, la gente se involucra sin entender del todo en qué se está metiendo.

La mandíbula de Fontaine se tensó, y fue entonces cuando Griff lo vio: un atisbo de algo bajo el puño de la camisa del concejal. Un símbolo grabado en su piel, tenue pero inconfundible. Era el mismo símbolo que Phoenix le había descrito de la reunión del culto.

A Griff se le heló la sangre, pero mantuvo la expresión neutra. No podía permitirse descubrir sus cartas todavía. En lugar de eso, sonrió, se puso de pie y asintió con gesto despreocupado.

—Bueno, le agradezco su tiempo, concejal. Si se entera de algo inusual, no dude en ponerse en contacto. Todos intentamos mantener la ciudad a salvo.

Fontaine también se levantó, con la sonrisa tensa.

—Por supuesto, detective. Si me entero de algo, me pondré en contacto.

Ese símbolo era toda la confirmación que necesitaba. Fontaine estaba involucrado, y no era un simple peón: estaba metido hasta el cuello.

Acababa de salir del despacho de Fontaine cuando el móvil le vibró con un mensaje.

Quedamos en el Café du Monde. Me invitas a un café y unos beignets.

Griff acababa de aparcar y cerrar con llave su Harley frente al Café du Monde, uno de los lugares más emblemáticos de Nueva Orleans, cuando vio a Geneva esperándolo en la entrada.

Su cabello, mucho más oscuro que el de Phoenix pero con la misma onda característica, se agitaba con la brisa que venía del agua mientras se apoyaba contra la barandilla de hierro forjado.

Lo saludó con la mano, una sonrisa casual en el rostro, pero Griff percibió la tensión que acechaba bajo su actitud relajada.

Se acercó y la saludó con un gesto de cabeza.

—Geneva.

—Griff —respondió ella, apartándose de la barandilla—. Me he enterado de lo de tu reunión con Fontaine. Pensé que te vendría bien un descanso.

Griff la siguió al interior del café, donde el aroma de los beignets recién hechos y el azúcar glas se mezclaba con el intenso olor del café con achicoria.

Era una de esas mañanas perfectas de Nueva Orleans en las que la humedad rozaba lo sofocante, pero la promesa de una tormenta en la distancia mantenía el aire cargado.

Geneva les encontró una mesa pequeña cerca del fondo, lejos del bullicio de los turistas. No perdió tiempo en pedir una ronda de beignets y café, y se recostó en su silla en cuanto el camarero se fue.

—Tienes pinta de no haber dormido.

Griff se pasó una mano por la barba incipiente, notando el peso de las últimas noches. Entre la investigación, el culto demoníaco y los sentimientos cada vez más complicados que tenía por Phoenix, el sueño se había convertido en un bien escaso.

—Semana ocupada.

Geneva asintió y su expresión se suavizó por un momento.

—Lo sé. Para mí también ha sido una locura. La morgue ha estado desbordada de cadáveres que no puedo explicar —hizo una pausa, la mirada aguda mientras se inclinaba un poco hacia adelante—. Y eso me lleva a la razón por la que quería hablar contigo.

Griff se tensó, sospechando ya lo que iba a decir.

—Es por el residuo que te pedí que analizaras, ¿verdad?

—Sí —suspiró, echándose hacia atrás mientras el camarero traía el pedido.

Tomó un sorbo lento de café, como si estuviera poniendo en orden sus ideas—.

He confirmado tus sospechas: definitivamente hay magia oscura en juego.

No hay duda al respecto. La firma energética estaba por las nubes, nada parecido a lo que he visto antes.

Griff se inclinó hacia adelante y apretó los dedos alrededor de su taza.

—¿Pero?

Geneva se mordió el labio inferior, se limpió el azúcar glas de los dedos y lo miró a los ojos.

—Pero… no he podido obtener nada concluyente. Es como si el residuo estuviera demasiado degradado o mezclado con otra cosa. Sea cual sea el hechizo que se usó, es antiguo y poderoso. Dejó un rastro, pero nada que pueda analizar adecuadamente en el laboratorio.

La frustración bullía en el pecho de Griff. Había contado con la experiencia de Geneva para resolver este caso.

—¿Entonces estamos en un callejón sin salida?

—No necesariamente —vaciló un segundo, como si no supiera cómo continuar—. Hay alguien que podría ayudar, pero… necesito tu permiso primero.

—¿Quién? —Griff sintió que se despertaba su curiosidad, aunque una ligera inquietud se agitó en su estómago.

—Mi tía —respondió, bajando un poco la voz—. ¿Recuerdas a la tía Maeve?

Griff asintió lentamente.

—Sí, hablamos brevemente anoche.

Geneva se rio. Para alguien que pasaba mucho tiempo con cadáveres, tenía un sentido del humor retorcido y una sonrisa traviesa.