Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 1) GRIFF #2
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GRIFF #2

Por supuesto que conocía a Maeve. Todo el que supiera algo sobre el submundo sobrenatural conocía a Maeve; era tristemente célebre en Nueva Orleans: una poderosa fae cuyo conocimiento de la magia antigua rivalizaba incluso con los más experimentados de la comunidad sobrenatural.

Vivía con sus sobrinas en el Garden District y pocos se atrevían a visitarla a menos que recibieran una invitación o no tuvieran otra opción.

Griff se había encontrado con ella una o dos veces, pero nunca había tratado directamente con ella.

Las miradas de reojo de Phoenix cada vez que surgía el tema de la tía tampoco eran precisamente un respaldo entusiasta.

—Es… poco convencional —continuó Geneva, tamborileando con los dedos en el borde de la taza—. Pero sabe cosas: magia antigua, símbolos ancestrales, rituales de los que la mayoría de nosotros ni siquiera hemos oído hablar. Si alguien puede decirte qué es realmente ese residuo, es ella.

Griff se quedó mirando su café por un momento, sopesando las opciones.

—¿Podemos confiar en ella? No le gustan demasiado los policías.

—Oh, los policías le gustan lo suficiente; el problema lo tiene contigo —bromeó Geneva.

Griff gruñó.

—Lo último que necesito es más caos añadido.

Geneva sonrió con suficiencia, aunque había un destello de algo en sus ojos: una historia familiar demasiado profunda para explicar entre beignets.

—Maeve se mueve en terreno resbaladizo, pero renunció a su lugar en el reino fae para seguir a mi madre y luego para criarnos a mí y a mis hermanas.

No solo la quiero, sino que también creo que su conocimiento de esta ciudad y su pasado sobrenatural no tiene rival.

Es tan guardiana de esta ciudad como tú, yo o mis hermanas.

No causará problemas. Además, si este residuo es tan peligroso como creo, no podemos dejar ningún cabo suelto.

Griff exhaló lentamente, sopesando los riesgos. Involucrar a Maeve probablemente despertaría cosas para las que no estaban preparados, pero ya estaban hasta el cuello en magia oscura. Esperar una solución limpia no iba a funcionar.

—Está bien —dijo finalmente—. Adelante, muéstraselo. Pero ten cuidado. No quiero empeorar este desastre.

Geneva relajó los hombros y una sonrisa de alivio asomó a sus labios.

—Entendido. Te avisaré en cuanto tenga algo.

Se sentaron en silencio un momento; el único sonido era el murmullo de conversaciones y el tintineo ocasional de los platos. La mente de Griff ya iba a toda velocidad, pensando en los próximos pasos, en lo profunda que era aquella conspiración.

—Entonces —dijo Geneva después de un rato, rompiendo el silencio—. ¿Cómo está Phoenix?

Griff se tensó al oír su nombre. No quería pensar en la maraña de sentimientos que encerraba esa pregunta. No allí. No en ese momento.

—Por lo que sé, está bien. Es tu hermana; vivís en la misma casa; deberías saberlo mejor que yo.

Geneva arqueó una ceja, pero no insistió.

—¿Sabes? Nunca la había visto así. No deja que mucha gente se le acerque, pero parece que…

—Geneva —la interrumpió Griff con voz firme—. Ahora no.

Se encogió de hombros, claramente nada impresionada por su intento de esquivar el tema, pero lo dejó estar.

—De acuerdo. Por ahora.

La conversación derivó hacia temas más ligeros, pero Griff seguía con la cabeza en otra parte. Se acercaba cada vez más a la verdad, pero con cada paso que daba, las sombras a su alrededor se tornaban más densas, más peligrosas. Solo esperaba que lo que Maeve descubriera mereciera el riesgo.

Cuando terminaron el café y Griff se dispuso a marcharse, Geneva le puso una mano en el brazo.

—Griff, ten cuidado. Cuanto más te adentres en esto, más peligroso será.

Él esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Ya estoy metido hasta el cuello. A estas alturas, poco puedo hacer.

Geneva soltó una risa suave, casi agridulce.

—Buen punto. Solo... cuídate las espaldas, ¿vale?

—Siempre lo hago —dijo Griff, despidiéndose con un gesto mientras salía de la cafetería y se adentraba en las bulliciosas calles.

Pero mientras se alejaba, no lograba quitarse de encima la sensación de que la verdadera tormenta aún estaba por llegar. Y cuando estallara, nada volvería a ser igual.

Más tarde, esa misma noche, Griff se encontró aparcado frente a La Rosa Espinosa, escudriñando las calles en penumbra mientras esperaba.

No le había sorprendido ver el coche de Fontaine detenerse frente al bar ni al concejal colarse dentro al amparo de la noche.

Lo que sí le sorprendió fueron las otras figuras que lo siguieron: hombres y mujeres ataviados con extrañas vestiduras ceremoniales, con los rostros ocultos bajo capuchas.

Sus instintos de dragón se encendieron y un gruñido sordo le retumbó en el pecho.

Algo estaba pasando dentro de ese bar, y necesitaba averiguar qué.

Empujó la puerta de La Rosa Espinosa y el familiar aroma a humo y whisky le inundó los sentidos mientras entraba en el local en penumbra.

Terreno neutral para seres sobrenaturales, la taberna era un hervidero de actividad mágica, y aquella noche no era una excepción.

Recorrió la sala con la mirada en busca de Fontaine y los demás, pero sus ojos se detuvieron en algo más. En alguien más.

Phoenix.

Estaba junto a la barra, recorriendo la multitud con la mirada, con la misma intensidad que ardía en él.

A Griff le dio un vuelco el corazón mientras la observaba: el cabello cayéndole en ondas sueltas sobre los hombros, la curva afilada de su mandíbula, la gracia letal con la que se movía.

El recuerdo de su beso le cruzó la mente como un relámpago, y el deseo que había estado bullendo bajo la superficie todo el día amenazó con desbordarse.

Ella lo vio casi de inmediato. Entornó los ojos y cruzó la sala hacia él.

—Griff. ¿Qué demonios haces aquí?

—Lo mismo podría preguntarte yo —respondió él en voz baja.

—Siguiendo una pista —dijo ella con tono cortante—. ¿Y tú?

—Lo mismo.

Se quedaron allí un momento, con la tensión palpable entre ellos, hasta que Phoenix miró hacia el fondo del bar.

—¿Fontaine?

Griff asintió.

—Está aquí, y no viene solo. Sea lo que sea que esté tramando, va a pasar de un momento a otro.

Phoenix apretó los labios.

—Esto no pinta bien. Si Fontaine está metido en esto, estamos más hundidos de lo que pensábamos.

Los ojos de Griff se oscurecieron mientras se acercaba a ella, y el calor entre ambos volvió a encenderse.

—¿Y si no solo está involucrado? ¿Y si es él quien maneja los hilos?

A Phoenix se le cortó la respiración y clavó la mirada en la de él. Por un momento, el peso del peligro al que se enfrentaban se desvaneció, y Griff solo podía concentrarse en ella: en cómo su magia vibraba en el aire a su alrededor, en cómo su dragón interior respondía a su presencia.

Alargó la mano y le rozó los dedos. Una chispa lo atravesó.

—Phoenix, esto que hay entre nosotros, sea lo que sea, es más que una simple distracción.

La mirada de ella se suavizó, solo un instante, antes de que volviera a levantar sus muros.

—No tenemos tiempo para esto ahora, Griff.

Pero por mucho que ella intentara quitarle importancia, Griff podía ver la verdad en sus ojos. Ella también lo sentía. Lo que había entre ellos era real, y solo era cuestión de tiempo que dejaran de poder ignorarlo.

—Mejor que busquemos un momento antes de que esto nos desborde en el peor instante —murmuró Griff con voz ronca.

Antes de que ella pudiera responder, un ruido procedente del fondo del bar les llamó la atención. Las figuras de extraño atuendo se estaban congregando, con Fontaine en el centro.

Phoenix entornó los ojos y todo su cuerpo se tensó, lista para actuar.

—Terminaremos esto después —dijo con voz tensa.

Ambos sabían que estaban jugando con fuego, tanto con la situación del bar como con lo que se estaba gestando entre ellos, pero aquel no era el momento de ahondar en ninguna de las dos cosas.

Griff asintió. Su expresión se endureció mientras se concentraba en lo que tenían por delante.

—De acuerdo. Pero no te alejes. No me fío de lo que está a punto de pasar.

Juntos, se abrieron paso entre la clientela del bar abarrotado, pegados a las sombras mientras se acercaban a la sala trasera donde Fontaine y sus asociados encapuchados se habían reunido.

La Rosa Espinosa siempre había sido una guarida de secretos, un lugar donde se cerraban tratos en la oscuridad, y aquella noche no era una excepción, salvo que lo que estaba en juego parecía mucho mayor.

Hicieron una pausa para dar tiempo al grupo a bajar las escaleras.

Luego los siguieron por unas escaleras en la parte trasera que conducían a un laberinto bajo La Rosa Espinosa y bajo la ciudad misma.

Mientras descendían y recorrían un largo pasillo tras Fontaine, llegaron a una puerta cerrada.

Griff oyó voces amortiguadas. Un cántico grave, casi melódico, se filtraba desde el otro lado y le provocó un escalofrío.

Intercambió una mirada con Phoenix; ella también notaba el cambio en el ambiente: algo oscuro se estaba gestando dentro.

¿Cómo era el viejo dicho? Por aquí se acerca algo maligno.

Con un movimiento rápido, Phoenix agarró el picaporte y se detuvo apenas un instante para susurrar:

—A la de tres.

Griff asintió con un gesto seco.

—Uno... dos...