PHOENIX
Capítulo
Cuatro
No sabía qué esperar cuando se infiltró en el grupo.
Unas pocas palabras susurradas, un símbolo dibujado con sangre y un lugar de reunión a oscuras: todo apuntaba a algo grande.
Pero ahora, rodeada de cultistas, con el peso de la energía oscura que asfixiaba la estancia, se daba cuenta de que era peor de lo que había imaginado. Mucho peor.
—El momento se acerca —entonó el líder—. Nos hemos infiltrado en todos los niveles de poder de esta ciudad, y pronto el ritual final se habrá completado.
Phoenix aguzó el oído. ¿Infiltrados en la estructura de poder?
Se le heló la sangre. Sus instintos le habían advertido de que algo no cuadraba con la reciente oleada de ataques demoníacos en la ciudad, pero no esperaba esto.
No se trataba de un simple grupo de adoradores de demonios.
Aquello estaba organizado. Era sistemático.
Mientras el líder continuaba, oyó que murmuraban el nombre de un alto funcionario de la ciudad. Contuvo el aliento. El concejal Victor Fontaine. El hombre era un filántropo conocido, una figura respetada en la política de Nueva Orleans. Si estaba involucrado en esto...
—Pronto ya no necesitaremos escondernos en las sombras —continuó el líder, con la voz teñida de fervor—. Los demonios caminarán entre nosotros y los dioses antiguos volverán a alzarse. Con la ayuda del concejal, nadie podrá detenernos.
A Phoenix le bullía la mente. Aquello era más gordo de lo que había imaginado.
Si Fontaine estaba involucrado, iba a ser mucho más complicado que limitarse a acabar con los demonios.
Iba a necesitar a alguien de dentro, alguien como Griff.
Tenía que hacerle llegar esta información; él sabría cómo manejar las consecuencias políticas.
Le envió un mensaje rápido a Griff. Ahora tenía que salir de allí. Ya había permanecido demasiado tiempo.
Con cuidado, se dirigió hacia la parte trasera de la estancia, con la mirada fija en la salida. Si lograba escabullirse sin que la vieran, podría reagruparse, pero justo cuando alcanzó el umbral, la puerta se abrió con un crujido. Se quedó paralizada, con el corazón en un puño.
Griff. ¿Qué demonios hacía allí? Tenía que sacarlo de allí antes de que lo mataran o de que ella tuviera que delatarse para salvarle el pellejo.
Se movía como una sombra, recorriendo la estancia con la mirada, con una intensidad penetrante, sin percatarse de que ella lo observaba.
Phoenix contuvo el aliento mientras él se deslizaba por la puerta con movimientos fluidos, ensayados.
Estaba siguiendo una pista, por supuesto, y de algún modo había acabado allí.
Sus instintos de dragón lo habían llevado al mismo lugar.
Pero aquello era peligroso. No tenía ni idea de dónde se estaba metiendo.
Sin pensarlo, Phoenix levantó la mano y recurrió a la magia que usaba tanto como arma como escudo.
Susurró el encantamiento y sintió cómo el glamour la envolvía como una segunda piel, ocultándola de las miradas.
El corazón le martilleaba en el pecho mientras observaba a Griff adentrarse en la estancia, ajeno al hecho de que se dirigía directamente al corazón del culto.
Como no anduviera con cuidado, iba a conseguir que lo mataran.
Desde su escondite, Phoenix observó cómo Griff se detenía cerca de una de las columnas, con el cuerpo en tensión, alerta.
Podía percibir el cambio en su energía, el dragón que llevaba dentro removiéndose justo bajo la superficie, listo para entrar en acción.
Siempre había admirado su forma de moverse, cómo podía fundirse en las sombras sin esfuerzo cuando quería. Pero no era momento para admiraciones.
Se le retorció el estómago de preocupación. Si el culto lo descubría, no dudarían en matarlo. Tenían superioridad numérica, y la magia oscura, para asegurarse de ello. Phoenix quería salir y advertirle, pero no podía arriesgarse a revelar su tapadera. Todavía no.
Griff permaneció un momento más, con los ojos entornados mientras examinaba los símbolos del suelo.
Se deslizó de vuelta a las sombras tan silenciosamente como había llegado.
Phoenix sintió una oleada de alivio al verlo marcharse, pero los músculos se le mantuvieron en tensión.
Conocía a Griff: si había empezado a atar cabos, no se rendiría.
No lo dejaría estar. Le gustara o no, estaba atada a él. No podía dejar que fuera solo.
En cuanto salió de la estancia, Phoenix se puso en movimiento.
Mantuvo el glamour activo, con la silueta parpadeante mientras se abría paso entre la multitud, y salió del edificio al aire fresco de la noche.
De inmediato escudriñó el cielo en busca de alguna señal de Griff.
Había escondido la Harley en un hueco bajo una escalera de incendios donde no la detectarían fácilmente.
Al parecer, el cambiante dragón había alzado el vuelo.
Sobre ella, recortado contra las nubes oscuras, las alas batían con fuerza mientras surcaba la noche estrellada, su forma de dragón hendiendo la oscuridad como una sombra.
Por un momento, Phoenix dudó. No debería seguirlo.
Tenía que ir a La Rosa Espinosa, reagruparse, esperar a Griff y luego averiguar cómo enfrentarse al hecho de que un concejal de la ciudad estaba aliado con demonios.
Pero algo tiraba de ella, una fuerza que no podía ignorar.
Siempre había sido así, desde el momento en que se conocieron, y cada vez iba a peor.
Sin pensarlo más, Phoenix recurrió a su naturaleza fae y dejó que las alas se desplegaran bajo el glamour que había usado para disfrazarse.
La oleada de magia resultaba embriagadora mientras las alas batían contra el aire y la elevaban sin esfuerzo del suelo.
Ascendió al cielo con la mirada fija en Griff, siguiéndolo cada vez más alto en la noche.
El cielo los envolvió como una manta de terciopelo, con las estrellas titilantes sobre ellos mientras se elevaban por encima de la ciudad.
La tensión que la había oprimido en la guarida del culto comenzó a disiparse, sustituida por la exaltación de volar.
Era una sensación que rara vez se permitía; volar era libertad, una liberación del peso de sus responsabilidades.
Y esa noche no estaba sola. Griff estaba allí, su forma de dragón recortándose como una silueta poderosa contra el cielo bañado por la luna.
Entonces él la vio. Las alas enormes vacilaron una fracción de segundo antes de que virara hacia la derecha, planeando hacia ella.
Durante un instante, volaron uno junto al otro, con las alas hendiendo el aire en perfecta armonía.
A Phoenix se le aceleró el corazón, una mezcla embriagadora de adrenalina y algo más.
Griff dejó escapar un gruñido profundo, más juguetón que agresivo, y antes de que ella pudiera reaccionar, se lanzó hacia delante, se sumergió bajo ella y luego se elevó a su izquierda.
A Phoenix se le curvaron los labios en una sonrisa mientras seguía su ejemplo; los dos giraban y se retorcían por el cielo, con los movimientos perfectamente sincronizados.
El mundo y todo el peligro bajo ellos desaparecieron mientras bailaban entre las estrellas, sus cuerpos moviéndose como uno solo.
El viento le acariciaba veloz, fresco contra su piel, y por un momento, solo existían ellos dos: sin demonios, sin cultos, sin oscuridad.
Solo la sensación del vuelo y la tensión crepitante entre ambos.
Cuando finalmente comenzaron el descenso, con el suelo abalanzándose hacia ellos, Phoenix sintió el cambio en el aire, el momento de transición del cielo a la tierra.
Aterrizaron en un callejón apartado detrás de La Rosa Espinosa y sus pies tocaron el suelo al unísono.
El mundo recuperó su nitidez de golpe, y el peso de la realidad volvió a posarse sobre sus hombros.
Antes de que pudiera decir nada, Griff estaba allí, moviéndose más rápido de lo que esperaba.
La agarró del brazo, la hizo girar y la inmovilizó contra la pared de ladrillo del almacén.
Él apretó su cuerpo contra el de ella, con el aliento caliente sobre su piel, mientras la miraba con una intensidad que le disparó el pulso.
—Me seguiste. Los viste —gruñó con voz baja y áspera.
Phoenix tragó saliva. El calor del cuerpo de él contra el suyo le dificultaba pensar.
—No, yo ya estaba allí. Me iba cuando llegaste. Me quedé porque no iba a dejar que te mataran.
Los ojos de él se oscurecieron y, sin mediar palabra, la boca de Griff se estrelló contra la suya.
El beso fue duro, desesperado, lleno de toda la frustración y el deseo reprimidos que llevaban años acumulándose entre ellos.
Phoenix lo rodeó con los brazos, atrayéndolo más cerca mientras el mundo se desvanecía.
Si alguna vez había dudado de que él la deseara tanto como ella a él, su cuerpo desnudo, con la polla dura palpitando entre ambos, eliminó cualquier duda.
El calor explotó entre ellos. El beso se profundizó mientras las manos de él le agarraban las caderas como si no pudiera saciarse.
La mente de Phoenix daba vueltas, su cuerpo respondía instintivamente a él, y su propio deseo crecía hasta igualar el de Griff.
No estaba segura de cuánto tiempo permanecieron allí, encerrados en aquel abrazo feroz, pero cada segundo parecía una deliciosa eternidad.
Una tos suave los interrumpió y los devolvió al presente. Griff se quedó paralizado, con los labios aún sobre los de ella, mientras ambos se giraban para ver a la tía Maeve de pie a unos metros, con los brazos cruzados y una ceja arqueada en clara desaprobación.
—Vaya —dijo Maeve con sequedad, lanzándole unos vaqueros y unas botas a Griff—, esto sí que es un giro interesante. Será mejor que guardes eso.
Phoenix se apartó de Griff, con el rostro sonrojado, intentando recuperar el aliento.
—Tía Maeve...