Magia desatada (Los expedientes Grimm nº 1) PHOENIX
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PHOENIX

Capítulo

Uno

A lo lejos retumbó un trueno. Y en el corazón de la ciudad, dentro de ella, la magia se agitó.

La caza había comenzado.

La noche de Nueva Orleans palpitaba con una energía que la mayoría no percibía.

Phoenix sí la sentía: un zumbido disonante bajo el rumor del tráfico y el aullido distante de las sirenas.

Estaba encaramada en el borde de una gárgola, a cuarenta pisos de altura, y su chaqueta de cuero chasqueaba al viento.

Abajo, la ciudad se extendía como una placa de circuitos reluciente, ajena al depredador que acechaba en su seno.

Tenía los sentidos en alerta máxima. Era como si la energía elemental de la ciudad le recorriera la piel y se le filtrara en los huesos; nunca una buena señal.

Phoenix rotó los hombros y apretó los dientes.

—Lo sé —susurró al viento—. Yo también lo siento.

La sensación de que algo andaba mal se intensificó. En algún lugar de la maraña de calles y callejones de abajo, algo que no pertenecía a este mundo estaba actuando.

Los ojos de Phoenix, de un verde antinatural incluso para un hada, recorrieron la ciudad bajo ella.

Allí, tres manzanas al este. Un destello de luz amarilla enfermiza pulsaba en un callejón.

Si entornaba los ojos, casi podía ver el miasma de corrupción que se extendía desde ese punto, invisible para los ojos humanos pero claro como el día para sus sentidos agudizados.

—Hora del espectáculo —murmuró, mientras una sonrisa sombría le curvaba los labios.

Sin dudarlo, Phoenix se lanzó desde la cabeza de la gárgola. Durante un latido, cayó en picado mientras el viento le aullaba en los oídos. Luego, sin dirección consciente, sus alas cobraron vida, se desplegaron y batieron en silencio contra el cielo nocturno.

Phoenix voló entre los cañones de hormigón mientras la exaltación le recorría las venas.

Para esto vivía. La caza. La oportunidad de mantener a raya la oscuridad una noche más.

Aterrizó en cuclillas en la boca del callejón y el asfalto se agrietó bajo sus pies. El hedor a azufre y carne podrida le asaltó las fosas nasales. Phoenix torció el labio con asco.

El aire espeso y húmedo de Nueva Orleans se le pegaba a la piel como una segunda capa mientras se movía en silencio por las calles estrechas.

Era bien pasada la medianoche, la hora en que los latidos de la ciudad se ralentizaban, pero ¿la oscuridad?

La oscuridad nunca dormía de verdad. Especialmente en la Ciudad de la Media Luna, donde las sombras susurraban sobre peligro y magia por igual.

Sus botas repiqueteaban contra los adoquines irregulares; el peso de las armas era una presencia reconfortante contra los muslos.

Los cuchillos gemelos enfundados en las caderas zumbaban con una energía que solo ella percibía: una magia más antigua que la propia ciudad, transmitida de generación en generación.

Esa noche, esa magia sería puesta a prueba.

Algo no iba bien.

Phoenix lo sentía en lo más profundo de los huesos, igual que lo había sentido la noche en que recibió su primer Expediente Grimm.

El tirón de la energía demoníaca le recorría la piel, una sensación oscura y aceitosa que le revolvía el estómago.

Se suponía que los sellos que ella y sus hermanas habían establecido alrededor de la ciudad mantendrían a raya tales amenazas, pero los demonios eran astutos. Persistentes.

¿Y el que rastreaba esa noche? Este era demasiado audaz.

Se detuvo al borde de un callejón y sus ojos agudos escudriñaron las sombras.

La presencia demoníaca era más intensa ahora y espesaba el aire con un pulso maléfolo.

Ralentizó la respiración mientras se concentraba, con los músculos en tensión, lista para atacar.

Un leve parpadeo de movimiento en el extremo más alejado del callejón confirmó sus sospechas.

Un gruñido bajo se le escapó de los labios.

—Muy bien, feo —gritó—. Bailemos.

Una forma se desprendió de las sombras. Dos metros y medio de altura, con demasiadas extremidades y ojos que brillaban como brasas. Abrió unas fauces llenas de dientes afilados como agujas y rugió.

Phoenix sonrió; sus propios dientes se afilaron de repente en la luz tenue.

—Eso es —ronroneó—. Ven con mamá.

Cuando el demonio cargó, Phoenix respondió al desafío.

Era solo otra noche para ella, una de las que protegían Nueva Orleans en secreto.

Sin dudarlo, se movió; su cuerpo se convirtió en un borrón de movimiento mientras se lanzaba al callejón.

Los cuchillos se deslizaron de las fundas con facilidad practicada y el metal frío destelló en la luz tenue.

El demonio la esperaba, una figura enorme y grotesca con alas correosas y ojos que brillaban con el fuego rojo del mismísimo infierno.

Gruñó mientras ella se acercaba y sus dientes afilados relucieron.

—Hada.

—Así es —dijo Phoenix con voz firme—. Y esta es tu última noche en mi ciudad.

El demonio se abalanzó sobre ella y sus garras masivas cortaron el aire con intención mortal.

Phoenix esquivó con un giro grácil del cuerpo; sus cuchillos hendieron el espacio donde había estado la cabeza de la criatura momentos antes.

Atacó rápido y le cortó una de las alas.

Sangre negra salpicó por el aire y chisporroteó al golpear el suelo.

El demonio rugió y giró con una velocidad sorprendente para algo tan grande.

Phoenix apenas tuvo tiempo de bloquear el golpe cuando las garras se dirigieron hacia ella de nuevo.

Los brazos le ardían por el esfuerzo de mantener a raya a la criatura, pero aprovechó el impulso para pivotar, se agachó y le cortó las piernas al demonio.

Aulló de dolor y se tambaleó hacia atrás.

—No eres tan duro ahora, ¿verdad? —se burló Phoenix mientras hacía girar los cuchillos con precisión mortal.

La criatura mostró los dientes y se abalanzó de nuevo, pero esta vez ella estaba lista. Rodó bajo su ataque, emergió detrás de él y le hundió ambas hojas en la espalda. El demonio chilló y se retorció mientras su cuerpo comenzaba a desintegrarse en un montón de cenizas.

Phoenix se pasó el dorso de la mano por la frente, jadeante. Había estado demasiado cerca. Pero aún no había terminado. Algo del encuentro la inquietaba; el comportamiento del demonio había sido más imprudente de lo habitual. Casi como si algo —o alguien— lo hubiera impulsado.

Mientras las últimas cenizas se asentaban, su mirada captó un destello en el suelo.

Un símbolo tenue y brillante grabado en la tierra.

Se le heló la sangre cuando reconoció las líneas intrincadas de un círculo de invocación.

Pero este no era demoníaco. Lo habían hecho humanos.

Elaborado con esmero, probablemente por alguien que sabía exactamente lo que hacía.

—Mierda —murmuró Phoenix entre dientes mientras se agachaba para examinarlo más de cerca.

Los símbolos eran precisos; los encantamientos ocultos en el diseño le resultaban inquietantemente familiares.

Quien hubiera invocado a este demonio no era ningún aficionado que jugase con magia oscura. Esto estaba planeado. Calculado.

Peligroso.

Se puso de pie con la mente a mil mientras repasaba el encuentro una y otra vez. Aquello no había sido un simple ataque demoníaco al azar. Algo más grande estaba ocurriendo en Nueva Orleans, y necesitaba respuestas. Ya.

El mejor lugar para encontrar esas respuestas era La Rosa Espinosa; por suerte, no quedaba lejos de donde estaba.

Si alguien estaba al tanto de los acontecimientos sobrenaturales de la ciudad, ese era Finn O'Riley.

El fae tenía metida la mano en casi todos los negocios turbios del lugar, y aunque su taberna atendía a la élite mágica, no era raro encontrar humanos allí también.

Era, además, un sitio donde conseguir información.

Phoenix enfundó los cuchillos y echó a andar hacia el bar, con los pensamientos arremolinados como la espesa niebla que llegaba desde el Misisipi.

Cuando empujó la pesada puerta de madera de La Rosa Espinosa, el aroma familiar de humo, whisky y magia le inundó los sentidos.

El bar estaba en penumbra, y su clientela era una mezcla de faes, cambiantes y humanos que no tenían ni idea de que se codeaban con criaturas salidas de sus peores pesadillas.

Finn estaba detrás de la barra, limpiando un vaso con un trapo, su alta figura encorvada sobre el mostrador mientras escuchaba a un cambiante quejarse de algo. Alzó la vista con sus penetrantes ojos verdes cuando Phoenix entró, y una sonrisa burlona empezó a dibujarse en sus labios.

—Vaya, vaya, si es nuestra hada cazademonios particular —dijo arrastrando las palabras mientras dejaba el vaso y se cruzaba de brazos.

Por lo general, los humanos que frecuentaban La Rosa Espinosa encontraban a Finn muy divertido y pensaban que simplemente era un tipo «pintoresco».

Los personajes «pintorescos» eran parte esencial de la sociedad de Nueva Orleans—. ¿A qué debo el placer, Phoenix?

Se acercó a la barra ignorando las miradas curiosas de los clientes.

—Necesito información —dijo, apoyándose en el mostrador—. Algo está pasando. Están invocando demonios, y no son otros demonios quienes lo hacen.

Finn arqueó una ceja.

—¿Invocadores humanos? Eso es mucho decir.

Phoenix asintió mientras tamborileaba con los dedos sobre la barra.

—Encontré un círculo de invocación. Hecho por humanos. Es preciso, Finn. Alguien sabe lo que hace.

Finn exhaló despacio y se pasó una mano por el pelo oscuro.

—Eso es... preocupante. Pero no he oído nada concreto sobre participación humana. Al menos, de momento.

Phoenix frunció el ceño. La red de contactos de Finn era enorme. Si había el menor indicio de actividad inusual en la ciudad, él solía enterarse antes que nadie.

—¿Estás seguro?

Finn le dirigió una mirada lenta y calculada.

—Indagaré más a fondo. Veré si alguien ha oído rumores sobre nuevos jugadores en la ciudad. Pero Phoenix... —bajó la voz, con un destello de preocupación en los ojos—. Ten cuidado. Si los humanos se están metiendo en invocaciones demoníacas, la cosa se va a poner fea. Y muy rápido.

Phoenix asintió, conteniendo la inquietud que le atenazaba el pecho.

—Lo sé. Solo... averigua lo que puedas.

Finn asintió secamente y se giró para servir a otro cliente. Phoenix se volvió para marcharse, pero una voz desde el fondo del bar la detuvo en seco.

—No has podido mantenerte alejada de los problemas ni una sola noche, ¿verdad?

Se puso rígida al reconocer al instante aquella voz profunda y grave. Griff Broussard. Detective. Cambiante dragón. Y una china en el zapato desde que tenía memoria. Se volvió y lo encontró apoyado con aire despreocupado contra la barra, con sus penetrantes ojos oscuros clavados en los de ella.

—No soy yo quien causa los problemas, Broussard —replicó con tono cortante—. Soy yo quien los limpia.

Griff sonrió, y el filo de aquella sonrisa le provocó un molesto escalofrío.

—Eso no es lo que me han contado. Según los rumores de la calle, has estado montando bastante jaleo esta noche.

—Pues los rumores de la calle deberían meterse en sus propios malditos asuntos —replicó Phoenix cruzándose de brazos—. ¿Qué haces tú aquí?

Griff se encogió de hombros. Su musculosa figura se movió cuando se enderezó y se acercó a ella en la barra.

—Lo mismo que tú, supongo. Buscar respuestas. No eres la única que ha notado que la actividad demoníaca va en aumento.

El pulso se le aceleró, aunque se negó a demostrarlo. Griff era bueno en lo suyo, y por mucho que le costara admitirlo, tenía el don de sacarla de quicio. Y no solo de forma irritante.

—¿Y has encontrado algo?

—Todavía no —admitió, acercándose más. Su presencia ocupaba más espacio del que a ella le resultaba cómodo—. Pero tengo la sensación de que vamos tras la misma pista.

Phoenix le sostuvo la mirada, con una mezcla de frustración y ardor bullendo bajo la superficie.

—Entonces no te cruces en mi camino. No necesito tu ayuda.

La sonrisa de Griff se ensanchó, con un destello de algo peligroso en los ojos.

—Qué gracioso, porque creo que sí podrías necesitarla.

Phoenix lo fulminó con la mirada, negándose a dejarse distraer por el fuego de aquellos ojos.

—Trabajo sola.

Griff se inclinó hacia ella, y su aliento cálido le rozó el oído al hablar.

—Esta noche no.

Antes de que pudiera responder, el estruendo de cristales rotos quebró la tensión entre ellos. Phoenix se giró justo a tiempo para ver una figura entre las sombras junto a la puerta que salía disparada hacia la calle.

Sin pensarlo, echó a correr tras ella con Griff pisándole los talones.

El aire nocturno la golpeó como una ola al salir disparada del bar, con los ojos clavados en la figura que huía. Era rápida, pero ella lo era más. Corrió tras ella con los pies apenas rozando el suelo mientras acortaba la distancia.

—¡Phoenix! —la voz de Griff sonaba cerca, a su espalda, pero ella no aminoró el paso. La figura se metió en un callejón y Phoenix la siguió, con los sentidos aguzados mientras la oscuridad se cerraba a su alrededor.

Dobló la esquina justo a tiempo para ver a la figura desaparecer por una puerta semioculta al final del callejón.

Phoenix frenó en seco, con el corazón desbocado.

Aquel no era un callejón cualquiera. Era una de las zonas antiguas de la ciudad, de esas donde la magia estaba impregnada en los propios ladrillos.

Griff la alcanzó, jadeando, y miró la puerta.

—Parece que hemos encontrado nuestra pista.

Phoenix asintió mientras aferraba con más fuerza los cuchillos.

—Y no va a esperarnos.

Con una última mirada a Griff, empujó la puerta y se adentró en lo desconocido.