Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) Epílogo – Jules
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Epílogo – Jules

Me arrastro fuera de la cama y voy tambaleándome al baño para hacer pis y lavarme los dientes. Necesito café, ya.

Cuando llego a la cocina arrastrando los pies, veo una caja de donuts abierta y una nota junto a la cafetera.

Jules.

Si vuelves a saltarte el desayuno, te voy a colgar en la entrada de la casa de la risa.

Desnuda.

En horario de apertura.

Tuyo,

Elias

Resoplo. Nunca lo haría: es demasiado posesivo para compartirme con extraños. Aun así, cojo uno de esos manjares espolvoreados y le doy un mordisco.

Dios mío, qué bueno. Puede que levante mi veto al azúcar por las mañanas.

Me preparo el café con una mano mientras mordisqueo la masa frita. La pantalla del microondas me dice que me he quedado dormida, pero no he dormido todo el día como a veces me pasa cuando Elias se pone particularmente... vigoroso.

Lo que pasó anoche en la Carpa Grande... Joder, me estoy mojando solo de pensarlo. Me he vuelto una golfa insaciable.

Me meto el último trozo de donut en la boca y abro la puerta con los dedos pegajosos, sujetando el café en la otra mano para que no se me derrame encima.

—Ahí está —canturrea Elias, y su voz grave y satisfecha hace que el corazón me dé un vuelco.

—Aquí estoy —respondo mientras dejo el café en la mesa del porche. Hoy tiene una mirada rara. ¿Se arrepiente de algo de lo de anoche?

—¿Qué? —pregunta al ver que sigo mirándolo.

—Nada —digo mientras me siento en su regazo—. Eh, ¿quieres café?

Arquea una ceja oscura.

—Me conformo con el tuyo.

Niego con la cabeza.

—Eh, no, ¡ni hablar! ¡Eso es una blasfemia!

Los hombros de Elias se sacuden con una risa contenida.

—Te das cuenta de que anoche compartimos fluidos, ¿no? ¿El café es más sagrado?

—Pues claro. Sobre todo si es mío. De hecho... —me doy golpecitos en los labios con los dedos—. Lo mío es mío, pero lo tuyo también es mío.

Sigue riéndose.

—Me parece justo, Pequeño Zafiro.

Por fin, junto mis labios con los suyos, sin resistirme más al impulso de besar esa sonrisa irresistible. Cuando nos separamos, es él quien me escudriña el rostro.

—¿Te arrepientes de algo? —pregunta como si me leyera el pensamiento.

—De nada —susurro—. Siempre encuentras la forma de darme cosas que no sabía que quería, Elias.

—Y de hacerte suplicar por ellas al final —añade guiñándome un ojo.

Le doy un puñetazo en el hombro.

—No te pongas tan chulo, machote. Será tu perdición.

—Has pronunciado mal «Amo» —me corrige con una sonrisita de suficiencia exasperante.

Intento soltarme, pero no me deja: sus manos se aprietan a mi alrededor.

—Quédate —ronronea—. Tengo algo para ti.

Pongo los ojos en blanco.

—Si dices tu polla...

Resopla con condescendencia.

—¿Entonces qué? ¿Dirás que no?

—No siempre voy a...

Elias saca una cajita de joyería del bolsillo del pantalón y me quedo sin palabras.

—¿Es lo que creo que es? —susurro.

—¿Y si lo es? —pregunta igual de bajo.

Me muerdo los labios, con la mirada fija en el inofensivo estuche de terciopelo.

—Nos conocemos desde hace un suspiro, Elias.

Alguien tiene que ser razonable aquí. ¿No?

La sonrisa no abandona su rostro. Está tan tranquilo.

—Sabes todo lo que hay que saber sobre mí.

Yo sé todo lo que necesito saber sobre ti.

¿Los pequeños detalles? Los descubriremos juntos.

—Su mirada se vuelve seria—. Porque vamos a envejecer juntos, Jules.

No bromeaba cuando dije que jamás te soltaré.

Lleves este anillo en el dedo o no, eres mía. Para siempre.

El corazón me late tan rápido que temo que se me salga del pecho como en una película de alienígenas.

—Dios, Elias.

—Di que sí —susurra mientras abre la caja.

Dentro, sobre un cojín negro, descansa un precioso anillo de platino con un zafiro de talla princesa rodeado de pequeños rubíes redondos.

Jadeo y me llevo las manos a la boca.

—Es increíble. Pero ¿cómo podemos casarnos cuando ni siquiera hemos...?

—¿Dicho que nos queremos? —me interrumpe.

—Bueno... sí.

Elias frunce los labios.

—Quería decírtelo. Pero no parabas de cortarme. —Cambia a un tono más agudo, imitándome—. Delante de tus hermanos no, Elias. Con el culo al aire no, Elias.

Le doy un puñetazo en el hombro y jadeo cuando casi se le cae mi anillo.

Espera, ¿mi anillo? ¿Ya estoy pensando en él como mío?

—Tampoco es que no hayas tenido mil oportunidades de decirlo en cualquier otro momento —refunfuño, con la cara ardiendo.

—¿Y tú qué? —me pincha—. También podrías haber dicho algo.

—Eres un imbécil —murmuro como una cría.

—Un imbécil que te quiere —responde.

Sus palabras me dan en el corazón con la precisión de uno de los cuchillos de Cole clavándose en la diana.

—¿De verdad? —susurro.

Cierra los ojos como si le pidiera paciencia a Dios.

—¿Acaso no te lo he demostrado, cariño?

Hay un atisbo de vulnerabilidad bajo la bravuconería, y me toca la fibra sensible.

—Sí —admito—. Y yo también te quiero, Elias. Un montón de la hostia.

Se le sacuden los hombros de la risa otra vez.

—Qué don tienes para las palabras. Casi como si no te ganaras la vida escribiéndolas.

—Dímelo otra vez —le ordeno.

Sus ojos se posan en los míos, suaves pero serios.

—Te quiero, Jules. Te adoro. ¿Quieres casarte conmigo?

Las lágrimas me nublan la vista y lo ocultan tras un velo de agua.

—Sí —digo entre sollozos—. Me casaré contigo, Elias Vale. Hoy, mañana, cuando sea. Soy tuya.

Su sonrisa parece un poco temblorosa mientras coge el anillo y me lo desliza suavemente en el dedo. Admiro cómo la luz se refleja en las facetas del zafiro. No creo que me canse nunca de mirar este anillo. Somos nosotros.

—Gracias —dice al cabo de un momento.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

—Por meter las narices en mis asuntos —responde con total naturalidad.

Le doy un puñetazo en el hombro por tercera vez.

—Joder, me arruinas el momento. Qué tío eres.

Sus ojos brillan con picardía.

—Tu hombre.