Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 34 Elias
94%

34 Elias

Siento el momento exacto en que el cuerpo de Jules se rinde al mío y se vuelve aún más dócil de lo que quedó tras su orgasmo. Su coño palpita alrededor de mis dedos mientras empujo hacia adelante y los empapo todos hasta los nudillos. Ahora viene la parte difícil…

—Tan desesperada por que te llenen —le murmuro—. Me dejarás hacerte cualquier cosa, ¿verdad, Jules?

—Sí, Amo —respira, con los ojos vidriosos. Ya está volando, y el espectáculo apenas ha empezado.

—Entonces toma mi mano, nena —le digo al oído—. Empápame hasta la muñeca.

Hay algo trascendente en cómo mi mano desaparece dentro de ella. En cómo grita mientras su cuerpo se tensa, en cómo su orgasmo la hace rociarme por completo. Me siento bautizado, un hombre cambiado.

La reacción del equipo me hace palpitar la polla.

—Joder, qué caliente.

—Nunca había visto nada igual…

—Necesito follar. Que alguien se siente en mi polla ya.

—¿Está mal que me apetezca lamerle la mano?

Los hombres quieren ser yo, las mujeres desean ser ella. Todas las miradas están puestas en nosotros, incluso mientras se emparejan en busca de su propio desahogo.

Cuando el coño de Jules deja de contraerse alrededor de mi mano, la saco con cuidado. Otro chorro de líquido la sigue y me lanzo hacia adelante para atraparlo con la lengua. Cuando termino de limpiarle el coño y los muslos, paso a mi mano y lamo la humedad de cada dedo por separado.

—Mmm —ronroneo al terminar—. Delicioso.

Jules está medio desplomada en el trapecio, aferrada a las cuerdas, con los ojos lánguidos y parpadeos lentos. Me inclino a besarla y compartir su corrida. Cuando me aparto, me mira con dificultad para enfocar.

—La gente está follando en las gradas —comenta, y su aturdimiento le da un tono cómicamente casual.

—Sí, nena, lo están —respondo—. ¿Te gusta? ¿Te gusta saber que los has puesto así de cachondos?

Se muerde el labio y asiente. —Sí. Me encanta, Amo.

—Bien —exhalo—. Porque necesito follarte ya. ¿Vas a dejar que te folle en este columpio delante de todos?

—Sí, Amo —responde sin vacilar.

—Qué buena chica —la elogio mientras le rozo la mejilla acalorada con los nudillos.

Ya ni me molesto con ceremonias. A juzgar por los sonidos que llegan de las gradas, a nadie le importará que la folle sin anunciar el espectáculo. Por fin libero mi polla dolorida de los confines del pantalón y gimo de alivio cuando queda libre.

Con las poleas, ajusto la altura del columpio y luego atraigo su cuerpo suspendido hacia mi pelvis.

—Agárrate fuerte —le murmuro al oído mientras la ayudo a enroscarse a mi alrededor. En cuanto queda perfectamente colocada, me hundo en ella y me entierro en su calor hasta el fondo.

Siseo entre dientes apretados, con la cabeza echada hacia atrás; el foco brilla como el sol incluso a través de los párpados cerrados.

Jodidamente bueno. El coño de mi chica es el cielo, y nada me convencerá de lo contrario.

—Allá vamos, Joya —le advierto—. Esto es para mí, ¿entendido? No pienso parar hasta que estés llena de mi semen.

Jules gime; su cuerpo esbelto es masilla en mis manos mientras uso el trapecio para hacerla rebotar sobre mi polla y la embisto una y otra vez. Cuando termine, pienso chuparle el semen de dentro. Las bolas se me contraen solo de pensarlo.

Su cuerpo fue hecho para recibir mi semilla. Aunque le he sentido el implante anticonceptivo en el brazo, justo bajo la piel, esas cosas no duran para siempre. Pronto voy a convencerla de que me deje preñarla. No puedo esperar a sujetarle el vientre redondeado mientras la follo.

—Joder, Jules —gruño salvajemente; estos pensamientos me vuelven voraz—. Voy a llenarte de semen. Voy a inundarte.

—¡Sí! —grita Cole desde las gradas—. ¡Llénala, jefe!

—Espero que nos enseñe cómo le rebosa —añade Ben.

Sé que Jules está escuchando porque se muerde el labio y se le oscurecen las mejillas.

—No seas tímida, nena —ronroneo mientras reduzco el ritmo para cambiar el ángulo de las embestidas—. Eres la estrella del espectáculo.

Gime cuando doy en el punto exacto y su respiración se vuelve más agitada. Ya sé que dije que esto iba por mí, pero ¿verla correrse? Nada me pone más a cien.

Uso el columpio y aumento la fuerza, la velocidad, hasta que apenas puede agarrarse, una muñeca suspendida hecha para mi placer. En cuanto siento que se aprieta más, dejo de contenerme.

Mi respiración se convierte en jadeos ásperos. —Voy a… Ah, mierda. ¡Jules! —grito su nombre y tiro de ella una última vez para trabar nuestros cuerpos mientras las bolas me pulsan y se vacían en lo más profundo de ella.

Jules solloza mientras se corre conmigo; sus paredes me aprietan y liberan la polla en casi perfecta sincronización con los chorros de semen que brotan. Temblamos con los brazos envueltos el uno en el otro, todavía unidos mientras la multitud aplaude.

Cuando la polla empieza a ablandárseme, recuerdo las peticiones.

—El equipo quiere ver el desastre que te he dejado en el coño, nena —digo con voz arrastrada.

Gime cuando me retiro, ya sea por la pérdida o por la vergüenza. Pero no la dejo protestar: me coloco detrás de ella en el trapecio y le abro los muslos.

—¿No es una preciosidad? —pregunta Jonah desde las gradas, con su voz profunda elevándose por encima de los murmullos apreciativos de la multitud.

Me coloco delante y me deleito con la vista. Ver mi semen escurrirse de su agujero maltratado en regueros tortuosamente lentos me tensa los músculos con una sensación indescriptible de posesión.

—¡Mía! —gruño, dejándome caer de rodillas como un hombre en oración. Me arrastro hasta su coño y hundo la cara en ese desastre cremoso. Me doy un festín con lo que hemos derramado juntos, una mezcla de dulce y salado. Es ella, soy yo, somos nosotros.

Llevo a Jules a otro orgasmo, este más silencioso, más lento; su cuerpo ondula bajo el embate del placer en olas sensuales. Pura poesía, joder.

Una vez que me he saciado —por ahora—, asciendo por su cuerpo mientras beso y mordisqueo su piel desnuda, bebiendo las gotas de sudor que aún se aferran a sus curvas.

Pongo fin al espectáculo con un último beso en el que compartimos lo que ambos hemos derramado.

Después de esto, me la llevaré en brazos y dejaré que la fiesta continúe sin nosotros.

Al fin y al cabo, el espectáculo ha terminado.