31 Jules
El corazón me late con fuerza mientras me doy la vuelta con cuidado; Elias levanta el garrote lo justo para que no se me clave en el cuello.
Cuando quedo de cara al suelo del bosque y lo único que huelo es el aroma húmedo de las hojas caídas, vuelve a colocarme el alambre en la garganta y me baja los pantalones de cuero de dos tirones violentos.
Cuando la cinturilla llega a medio muslo, se detiene para separarme las nalgas.
—Mira este agujero perfecto —murmura para sí con deleite—. Hecho para que mi polla lo preñe.
—No —protesto débilmente, sin salirme del juego. Elias sabe que me encanta que me folle el culo: es infalible para hacerme correr en un santiamén.
El sonido inconfundible de una tapa de botella al abrirse resuena en el silencio del bosque.
—Menos mal que cogí esto, ¿verdad, Pequeño Zafiro? —dice arrastrando las palabras mientras gruesas gotas de lubricante caen sobre mi hendidura—. Si no, tendríamos que volver a ser creativos.
Me encanta cuando se pone creativo, pero no pienso romper el personaje ahora. —¿Sabes lo enfermo que estás? —siseo.
Se limita a reírse mientras su dedo resbaladizo ya tantea mi entrada trasera. —Ni de lejos tan enferma como tú, nena. Este agujero suplica que lo llenen.
Tiene razón. Empujo hacia atrás contra su dedo y gimo cuando por fin atraviesa el apretado anillo de músculo. Me cuesta horrores no gemir pidiendo más. Pero Elias sabe lo que necesito.
—Eso es, toma mis dedos, Joya. Prepara ese culo para mi polla con piercings.
Gimo cuando sus dedos presionan mi punto G a través de la fina barrera entre el coño y el culo, y veo las estrellas. Elias tensa el alambre que me rodea el cuello, no tanto como para hacerme daño, solo lo justo para recordarme que está ahí.
Su polla presiona contra mi puerta trasera antes de que pueda protestar y entra con una facilidad vergonzosa.
—Qué agujero tan hambriento —gruñe mientras se hunde hasta el fondo.
Se me abre la boca en un gemido silencioso, la piel me hormiguea de sensibilidad mientras sus piercings presionan nervios que solo él sabe encontrar.
—Elias —gimo, demasiado ida para fingir que no me encanta lo que me hace.
—¿Qué pasa, Pequeño Zafiro? ¿Quieres más? —pregunta mientras restriega la pelvis contra mi culo—. Joder, qué apretada estás así. Me lo haces currar.
—Sí —respondo lascivamente—. Fóllame más fuerte, Amo.
Su risa grave me enciende el vientre. No sé qué dice de mí que me excite que me degrade, que me posea.
—Sabía que dejarías de resistirte, Joya. Quieres mi polla una barbaridad. ¿A que sí?
Solo puedo gemir mientras empieza a follarme en serio, con las caderas pistoneando y la pelvis golpeando contra mi culo. La baba me escurre por la comisura de la boca, pero me da igual. Hay un fuego que crece dentro de mí, y sé que cuando explote, me va a matar.
—Voy a correrme en ese culo perfecto —dice entre dientes—. Vas a sentir cómo te gotea mi semen durante horas.
—Sí. Por favor, sí —balbuceo con la voz pastosa.
Elias se inclina y su aliento cálido me roza la mejilla. —Estoy cerca, nena. Tu culo es la hostia, y me has puesto a punto con la boca. Necesito que me exprimas la corrida ya.
Su mano se cuela bajo mi cuerpo y sus dedos encuentran el clítoris con precisión infalible. Bastan un par de caricias firmes para que esté temblando al borde del precipicio.
—Sí, sí, sí —jadeo, perdida en el placer, temblando—. ¡Dios, me corro!
Se me nubla la vista de blanco mientras los músculos se me contraen y expanden con las poderosas oleadas del orgasmo. De mis labios escapan gemidos agudos mientras me corro a chorros sobre la mano de Elias, sobre el suelo seco del bosque.
—¡Joder! —gruñe—. Eso es. Ah, mierda, Joya... ¡me corro!
Mi cuerpo se contrae a su alrededor otra vez al oír sus palabras. Embiste una vez más y su polla empieza a palpitar en mi culo mientras me preña, justo como prometió.
Noto vagamente un escozor en el cuello; creo que me ha cortado con el garrote. El pensamiento me provoca otra oleada de placer que le empapa la mano una vez más.
—Eres mi chica buena, Jules —me susurra Elias al oído—. No pienso soltarte nunca.
Tengo que hacer un esfuerzo para tragarme esas tres palabras. Son las hormonas del orgasmo, ¿verdad? No puedo estar pensando en amor cuando apenas hace un mes que conozco a este hombre enigmático.
Nos quedamos así durante largos minutos, con la polla de Elias ablandándose poco a poco dentro de mí. Solo cuando se desliza fuera con un chorro de líquido nos movemos por fin. Me besa el cuello antes de quitarme el garrote con cuidado.
Cuando me doy la vuelta y ve el corte en el cuello, chasquea la lengua. —Puede que haya que desinfectar eso, nena.
—Sí. Puede —respondo adormilada, resistiendo el impulso de presionarme los dedos sucios contra el corte solo para ver la sangre.
—Ven aquí —murmura mientras me levanta del suelo en brazos—. Volvamos al carnaval.
—Tengo el culo al aire —murmuro. Menos mal que no hay nadie cerca para verlo.
—Mm, sí —dice arrastrando las palabras—. Esperemos que no me tiente a hacer otra parada, o no llegaremos a casa a tiempo para el espectáculo.
—Eres insaciable —le tomo el pelo.
Su risa le retumba en el pecho y vibra contra mí. —Cuando se trata de ti, sí. Y si alguien puede hacerme llegar tarde al trabajo, esa eres tú, nena.
—Además, Silas podría pensar que mis padres nos han atropellado con su monovolumen si no volvemos pronto —bromeo—. Entonces los chicos sacarán las antorchas y las horcas.
Me mira con una expresión extraña en los ojos.
—¿Qué? —refunfuño mientras me paso una mano por los mechones cortos, cohibida—. ¿Tengo ramitas en el pelo?
Las comisuras de sus labios se elevan.
—Desde luego que tienes ramitas en el pelo. Y hojas también. Pero no es por eso por lo que no puedo quitarte los ojos de encima, Jules.
Parpadeo.
—Más te vale no decir lo que creo que vas a decir mientras se me ve el culo por los pantalones, Elias.
Sus hombros se sacuden de risa ahora —y a mí con ellos—, con la cabeza echada hacia atrás, dejando a la vista la sexy columna de su cuello y los tatuajes que lo adornan.
—De acuerdo —concede con sorna cuando deja de reír—. Guardaré las confesiones para cuando haya más magia en el aire.
—En lugar de nalgas al aire —refunfuño, y vuelve a reírse.
Pero por dentro no estoy molesta en absoluto. Por dentro me estoy derritiendo hasta convertirme en papilla. Quizás, después de todo, no sea demasiado pronto para pensar en el amor.