Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 30 Elias
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30 Elias

Piso el acelerador, intentando mantener los ojos abiertos. Con una mano sujeto el volante; con la otra, presiono la nuca de Jules para hundirle la boca en mi polla.

—Eso es, Joya —la elogio—. Déjamela bien mojada para deslizarme de una en tu coñito apretado.

Gime con mi polla en la boca, y la vibración me hace contraer los huevos con ganas de inundarle la garganta. Desde que dijo que me necesita, la tengo dura como el granito, listo para ella.

Veo un camino de acceso al bosque más adelante y reduzco lo justo para no derrapar al girar. El Hellcat no tiene problemas con los caminos rurales, y saltamos sobre raíces y baches; con cada bote, la punta de mi polla le golpea el fondo de la garganta a Jules.

Detengo el coche y la levanto tirándole del pelo. Tiene los ojos vidriosos, los labios hinchados y entreabiertos.

—¿Qué quieres, Pequeña Zafiro? Dime.

Le suben y bajan los hombros con la respiración mientras me mira, claramente indecisa. Le presiono el labio inferior con el pulgar.

—Habla, Jules.

—Yo... quiero que me persigas otra vez —dice al fin, con la voz entrecortada.

—¿Que te persiga?

—Sí. Persígueme, y cuando tú... —se interrumpe.

—¿Cuando yo qué, nena? —ronroneo—. No me vayas a fallar ahora, mi chica valiente.

Jules traga saliva con un chasquido seco en la garganta.

—Y cuando me atrapes, finge que... Finge que vas a matarme.

Echo la cabeza hacia atrás y me río. En algún lugar del dosel sobre nosotros, una bandada de pájaros alza el vuelo con el ruido, espantados de su reposo.

—¿Quieres volver a sentir eso, Jules? ¿No saber si voy a follarte o a matarte, y ponerte cachonda igual?

—Sí, Amo —susurra, y baja la mirada hacia mi polla—. Llevo semanas soñando con eso.

Le levanto la barbilla con los dedos.

—¿Y por qué no me lo dijiste? Sabes que el equipo estaría encantado de encender las atracciones por la noche para nosotros —le guiño un ojo—. Sobre todo si pueden mirar.

Se le sonrojan las mejillas mientras una sonrisa tímida le asoma en las comisuras de los labios.

—¿Traerás el garrote? —pregunta con picardía.

Me muerdo el labio inferior y alargo el brazo por encima de ella hacia la guantera. La abro con un clic y saco mi arma favorita.

—Nunca salgo de casa sin él —digo, disfrutando de cómo se le dilatan las pupilas—. Y ahora... ¿vas a correr o no?

Con un grito, Jules sale disparada del coche, el culo enfundado en cuero rebotándole mientras se lanza entre los árboles. Le doy ventaja y me guardo la polla en los pantalones para no ir con ella al aire mientras la persigo.

Es bastante fácil seguirle el rastro en el bosque; sus botas de motorista remueven la hojarasca a su paso. No creo que tenga que darme prisa: tarde o temprano, intentará esconderse. Es la naturaleza de la presa.

—Oh, Jules —grito en el silencio—. Voy a por ti. Y cuando te pille, te voy a enseñar lo que pasa cuando cabreas a un pecador.

Antes pensaba que lo malo era todo lo que había en mí.

Nacido y criado en una secta que trata a las mujeres como incubadoras y a los niños como sacos de boxeo, o algo peor.

Viendo bailar a los demonios detrás de los ojos de mis hermanos durante años.

.. algunos siguen ahí a día de hoy. No tenía ninguna posibilidad de ser normal.

Quizá Jules merezca a alguien mejor, alguien tierno que la haga olvidar su pasado. Pero lo que ella necesita soy yo. Y lo que su coñito quiere es que la tomen a la fuerza bajo amenaza de muerte.

Por mí, perfecto. Mi polla desde luego que está de acuerdo: la tengo tan empalmada que duele, y no creo que aguante tanto como me gustaría. No después de haberle follado la garganta en el coche.

Me fijo en un árbol joven, con el tronco demasiado delgado inclinado hacia un lado y hojas frescas amontonadas en la base. Como si alguien lo hubiera usado para cambiar de dirección a la carrera.

Estás aquí, ¿verdad, Pequeña Zafiro?

Con todo el sigilo que puedo, bajo al barranco a la derecha del arbolito removido. Cuando veo un destello de pelo azul que asoma entre los arbustos, sonrío para mis adentros. Camuflada, mi chica no está.

En un estallido de velocidad, rodeo el arbusto y me abalanzo sobre ella. El grito de Jules me enciende la sangre, y los huevos me palpitan con ganas de enterrarme bien hondo en ella.

—¡No! —protesta, revolviéndose y tratando de golpearme—. ¡Quítate de encima!

En lugar de eso, le agarro las muñecas y se las sujeto con una mano mientras con la otra le desgarro la parte delantera de los pantalones. Un botón sale volando, la cremallera cede sin esfuerzo, y en un parpadeo tengo su coño al aire.

—¿Sí? ¿Odias esto? —le pregunto mientras le paso los dedos por el coño empapado—. ¿Y esto qué es entonces?

Le acerco los dedos a la cara para enseñarle cómo brillan con sus jugos. Sin apartar los ojos de los suyos, me los meto en la boca y los lamo con un gruñido.

—Delicioso —susurro. Juro que le veo el corazón perder un latido ahí donde le palpita en la garganta.

—Estás enfermo —sisea, aunque apenas suena convincente—. Un violador enfermo.

Me río de sus palabras, sabiendo que es lo que necesita la niña herida que lleva dentro. Decir estas cosas en voz alta, cosas que no pudo decirle a su primo, que pronto será cadáver.

—Puede que esté enfermo, nena, pero tu coño está empapando el suelo del bosque. Quieres que te lo tome, ¿verdad? Quieres que me entierre hasta el fondo y te preñe.

Se le corta la respiración, los ojos se le abren como platos aunque intenta negar con la cabeza.

—N-no. ¡Quítate!

Me río entre dientes.

—Oh, lo haré. Y tú te correrás conmigo. Niña sucia. Mira cómo te pone esto.

Gime cuando saco el garrote del bolsillo; sus hermosos ojos marrones siguen el movimiento de mi mano.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —pregunto mientras lo desenrollo.

La respiración de Jules se vuelve errática y se retuerce debajo de mí.

—Lo quieres alrededor de tu bonito cuellito.

—No. Estás enfermo. Eres un puto enfermo —murmura. Dudo que ni ella misma se lo crea.

Le paso la cuerda por el cuello y con la mano libre creo la tensión justa para que la sienta.

—Voy a soltarte las manos, nena. Y más te vale no moverte ni un centímetro si quieres mantener la cabeza pegada al cuerpo.

Tomo su silencio como confirmación y le suelto las muñecas para liberarme la polla. Llevo goteando dentro de los pantalones desde que la atrapé. En cuanto la saco y la tengo en la mano, gimo de alivio.

—Joder, nena, ya era hora. Ahora... date la vuelta.

Se limita a parpadear, así que me inclino y le gruño en la cara.

—Date la vuelta, Pequeño Zafiro. Quiero tu culo.