32 Elias
Una semana después estamos en la carretera, rumbo al oeste, y dejamos atrás el condado de Graves por ahora.
—¿Segura de que no quieres quedarte? —le murmuro a Jules.
Está a mi lado, leyendo un libro. Aunque ahora tiene su propia ropa, sigue usando la mía. Verla con mis bóxers y mis camisetas me provoca reacciones que probablemente no sean recomendables mientras conduzco un vehículo tan grande.
Alza la mirada hacia mí y luego la fija en la carretera. Donde también debería estar la mía, pero joder, es tan guapa que no puedo dejar de mirarla de reojo.
—Sí —suspira—. Estoy segura. No estar cerca cuando suceda es lo más seguro para nosotros.
Eso se refiere a las muertes inminentes de su tío y su primo, que mis hermanos y yo hemos organizado con cuidado para que ocurran cuando estemos fuera del condado.
—Siempre nos manchamos las manos con nuestra venganza —afirmo de forma redundante. Ella lo sabe—. Aún me preocupa que esto no te dé la misma satisfacción.
La mano de Jules se posa en mi muslo, y mi polla reacciona al instante.
—Puede que no tenga sentido, pero la verdadera clausura fue ver a mis padres después de tantos años. Ver que siguen siendo unos imbéciles y que se merecen todo lo que les caiga encima por mi artículo.
Chasqueo la lengua, esforzándome por mantener los ojos en la carretera cuando su voz tiene esa nota de vulnerabilidad. ¿Quiero cogerla en brazos y consolarla? Sí. ¿El depredador que hay en mí quiere aprovecharse de ello, hacerla llorar mientras se rinde a mi dominio? Joder, sí.
—Lo entiendo, Pequeño Zafiro —digo en lugar de actuar según mis instintos más básicos. Le cojo la mano sin soltar el volante—. La naturaleza dicta que los padres deben protegernos del daño. Cuidarnos. Ser nuestro refugio seguro. Cuando hacen lo contrario… te jode.
Suelta una risa irónica. —Bien dicho. Menudo par estamos hechos. ¿Tú…?
La miro de reojo y la veo dudar, mordiéndose el labio inferior.
—¿Yo qué, nena?
—¿Sabes dónde está tu padre? —pregunta al fin.
Se me dibuja una sonrisa en los labios. No es una de esas sonrisas genuinas a las que me he acostumbrado tan rápido desde que ella entró en mi vida. Es la máscara que llevo puesta desde que tengo memoria.
—Lo conocerás pronto, Joya —cantureo—. Muy pronto.
Se gira y me pincha el costado; el libro que tiene en el regazo se cierra de golpe.
—¿Es el siguiente? —pregunta con una mezcla de curiosidad, aprensión y deleite.
—Solo un par de paradas más adelante —respondo.
La expectación me corre por las venas. Silas y yo llevamos planeando matar a nuestro padre desde que éramos críos. Todos estos años hemos practicado, perfeccionado nuestras habilidades, preparándonos para vengarnos del Profeta que nos hizo más daño que ningún otro.
—¿Me hablarás de él? —pregunta Jules en voz baja tras un momento.
Miro los coches que pasan junto a nuestro convoy en el otro carril. Gente normal. Familias normales.
—Se llama Malachi Voss y era el líder de la comuna donde nacimos.
Jules jadea y me aprieta los dedos. —No recuerdo haber visto su nombre en los archivos.
—A Silas le gusta guardarlos consigo —explico—. Tiene muchas cuentas que ajustar con ese demonio.
—¿Qué le hizo? —susurra. La miro un segundo y veo sus ojos marrones muy abiertos, la boca ligeramente entreabierta.
Se me dibuja una sonrisa amarga. —Siento decepcionar a mi reportera, pero esa historia le corresponde contarla a él, Joya.
—De acuerdo. Es justo —dice—. ¿Y tu historia? ¿Me la contarás?
Resoplo mientras ordeno mis pensamientos. ¿Qué le cuento que no le añada más pesadillas?
—Nuestro padre siempre tenía la última palabra. Claro, había un consejo, pero creo que solo servía para apaciguar egos y dar a los Profetas algo a lo que aspirar.
—Un cargo de escaparate —completa ella, y asiento.
—Así es, Joya.
Le llevo la mano a los labios y le beso los dedos. El gesto me ancla al presente.
—Si crees que ser los hijos del líder nos libró de algo, estás equivocada —continúo con amargura—. Siempre fuimos los cabezas de turco del culto. Si había que dar un escarmiento, nos ofrecían como voluntarios.
Nos quedamos en silencio un rato; el único sonido en la cabina es el motor y el asfalto bajo los neumáticos. Nunca había tenido que compartir mi pasado con nadie. Las únicas personas que importaban lo vivieron conmigo.
—Dijiste que tu madre murió poco después de que nacieras… —dice Jules al cabo de un rato—. Pero ¿qué hay de la madre de Silas? ¿Qué le pasó?
Aprieto los dedos de Jules hasta que ella emite un quejido ahogado.
Hago una mueca. —Mm. Lo siento, nena.
—No pasa nada —dice con cautela—. No tienes que contármelo.
Entro en el aparcamiento vacío donde montaremos el campamento las próximas semanas, con el convoy siguiéndome.
Tardamos un día en instalarnos, una oportunidad perfecta para lo que tengo planeado para mi chica esta noche.
Todos menos ella lo saben, y es un milagro que no haya notado cómo la ha mirado el equipo todo el día.
En cuanto tiro del freno de mano, me giro hacia ella. Por fin puedo atraerla hacia mis brazos y besarla como llevo deseando desde que salimos a la carretera.
—Eso forma parte de la historia de Silas —digo con retraso—. Tendrás ocasión de preguntarle cuando empecemos a planear la muerte del querido papaíto.
—De acuerdo —concede con una leve sonrisa—. ¿Quieres comerme el coño mientras el equipo trabaja alrededor?
Suelto un gruñido y la atraigo a mi regazo; ya la tengo medio empalmada por el beso y por las fantasías constantes que tengo con ella. Apenas consigo meter las manos bajo la camiseta prestada cuando alguien llama con insistencia a la puerta del conductor.
—¡Eh! Follad luego. ¡Hay curro, vagos!
Refunfuño mientras me aparto de los labios de Jules y apoyo la frente contra la suya. Los dos seguimos respirando agitadamente, y está claro que me voy a quedar con el calentón.
—Voy a darle con un mazo en la cabeza —murmuro mientras imagino los ojos de Cole poniéndose en blanco y a él desplomándose inconsciente. Apenas me calma el mal humor.
Jules suelta una risita. —Qué va. Te arrepentirías.
Eso habría que verlo.
—Esto queda pendiente, Pequeño Zafiro —le prometo.
Le brillan los ojos de deseo. —Estoy deseando.
Yo también estoy deseando. No tiene ni idea del espectáculo que va a dar esta noche.