Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 28 Elias
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28 Elias

Jules lleva un par de semanas con nosotros.

Se ha integrado sin esfuerzo en nuestra familia y cada día está más cómoda.

No he vuelto a mencionar mi fantasía de follármela en la Gran Carpa delante del equipo de Seven Sins, pero siempre la tengo presente cuando follamos. Mi Joya es tan exhibicionista como yo.

Levantamos el campamento y cambiamos de ciudad. Llegamos a Ashford, en el condado de Graves, una parada imprevista. Y mi reportera lo sabe.

—Vale, ¿qué está pasando? —pregunta mientras estamos reunidos en mi caravana. El espacio parece más pequeño de lo habitual con una persona más. Puede que tenga que empezar a montar una tienda solo para las reuniones del círculo interno.

—¿Cuál es el problema, Blue? —pregunta Cole guiñándole un ojo.

Pero Jules no está dispuesta a aguantar tonterías, y endereza la espalda aunque esté sentada en mi regazo.

—El problema es —comienza— que estamos en mi condado natal. Vi el calendario y los permisos, y sé que teníamos que ir hacia el oeste.

—Nos pillaste, pajarito —dice Rowe con ironía.

Me inclino y le beso el cuello antes de hablar.

—Le pedí a Silas que investigara el paradero de tu familia.

Se le tensan los músculos, se le entrecorta la respiración. Su angustia me oprime el pecho, me hace doler un corazón que no sabía que aún tenía.

—No me contó qué pasó —dice Si en voz baja—. Solo que tus padres, y sobre todo tu tío y tu primo, merecen algo de...

—Karma —completa Marek cuando su hermano se calla.

Jules respira con jadeos entrecortados mientras observa la comprensión en sus rostros. Sus hombros suben y bajan con un suspiro, luego carraspea y habla.

—Cuando era niña, mi primo mayor, Rick, empezó a abusar de mí. Mis padres me manipularon para que guardara silencio. Mi tío me amenazó.

—Hijos de puta —gruñe Logan con ferocidad, y mis otros hermanos asienten con gruñidos.

—En fin, cuando tenía quince años, lo apuñalé... en pleno acto —continúa Jules—. Toda mi familia lo vio, y mis padres y yo dejamos de ser bienvenidos. Me odiaban a muerte por ello, así que recogí mis cosas y me largué en cuanto pude. Y aquí estoy.

La abrazo más fuerte y le beso la mejilla.

—Mi chica valiente.

Resopla con desdén.

—No sé si fui valiente. Huí. Nunca se lo había contado a nadie hasta ahora. Ayudé a otras víctimas de abuso a contar sus historias, pero nunca conté la mía.

—¿Te gustaría cambiar eso? —ofrece Silas con suavidad.

—¿Qué quieres decir? —pregunta ella con cautela.

Mi hermano saca un pequeño fajo de papeles y los tira sobre la mesa.

—La ubicación actual de Thomas y Evelyn Beck, su situación financiera, sus contactos.

Tira otro fajo más grueso al lado.

—Preston y Richard Caldwell. Fiona Caldwell está muerta, su muerte se declaró suicidio, aunque cualquiera con dos dedos de frente vería que es mentira.

Jules alarga una mano temblorosa hacia el fajo más grueso.

—¿Qué le pasó?

—Sobredosis de medicamentos —responde Silas—. Eran con receta. Lo que la policía debería haber investigado es que se había reunido con un abogado para iniciar los trámites de divorcio solo tres días antes.

—¿En serio? —susurra Jules—. ¿La tía Fi espabiló lo bastante como para querer largarse?

—Según su abogado, a tu tío le gustaban las niñas tanto como a su hijo. Mencionó a la hija del ama de llaves.

—Ese pedazo de mierda —sisea Jules—. Y me llamó enferma a mí por tentar a mi primo.

La aprieto entre mis brazos hasta que se queja con un gemido.

—Perdona, nena —susurro—. Es que estoy jodidamente furioso.

—Por eso estamos aquí, ¿no? —arrastra las palabras Cole—. Para encontrar una salida saludable a la ira.

Jonah gruñe.

—Tú crees que cortar a los desviados en tiras es una salida saludable.

Cole esboza una sonrisa afilada como una navaja.

—Exactamente.

—¿Y mis padres? —pregunta Jules en voz baja—. No sé si podría...

—Lo sabemos —digo cuando se calla, acariciándole la espalda—. Hay dos cosas que podríamos hacer. Una, arruinarlos económicamente.

—Encontré bastantes irregularidades fiscales —añade Si.

—¿O? —susurra Jules.

Mi mano se detiene en su espalda.

—O podrías publicar un artículo en el periódico local.

La oigo contener el aliento y su cuerpo se tensa sobre el mío.

—Tengo el artículo escrito desde los dieciocho —confiesa en voz baja—. Era como si necesitara ponerlo en papel... pero nunca tuve el valor de darle a enviar.

—Depende de ti —digo mientras vuelvo a acariciarle la espalda—. Estamos contigo, decidas lo que decidas.

—No deberían poder hacer daño a más mujeres —dice Jules al fin.

—Tienes razón —coincido, pero dejo que ella tome la iniciativa.

—Si publico el artículo que los expone y luego asesinan a mi tío y a mi primo, será demasiado sospechoso. Es una cosa o la otra —reflexiona.

—No necesariamente —dice Marek con tono pensativo—. No si mueren de causas naturales.

Arqueo una ceja. —¿Qué sabes tú que nosotros no?

—Muchas cosas —responde Marek—. Pero empecemos por los hechos. Los dos Caldwell tienen vicios muy feos.

—Así es —continúa Silas—. Al padre le encanta la ketamina y el whisky. El hijo prefiere la cocaína y las putas.

Suelto una risita, apreciando lo brillante de sus sugerencias. —Es natural que las adicciones se agraven cuando hay estrés.

—Así que primero el escándalo en prensa, y luego… —Jules levanta una mano y señala a mis hermanos.

—Y luego al padre le cae algo de fentanilo mezclado con su K, y el hijo se estampa con el BMW contra un árbol en plena juerga de alcohol y putas —remata Logan.

—Me parece bien —digo, dando mi visto bueno al plan—. ¿Pequeña Zafiro?

Jules guarda silencio durante un minuto, y le damos el espacio que necesita para ordenar sus pensamientos. Es su familia, al fin y al cabo, sus demonios. Nosotros lidiamos con los nuestros a nuestra manera. Ella debería decidir cómo lidia con los suyos.

—De acuerdo —dice al fin—. Revisaré lo que escribí y se lo enviaré a mi contacto en el Gazette.

—Yo avisaré al IRS —dice Jonah, y le da una palmada en la espalda a Silas que casi lo tira al suelo.

Logan suelta un grito de júbilo. —Que empiece la fiesta.

Jules se gira para quedar cara a cara conmigo y apoya la frente contra la mía.

—Gracias —dice en la escasa distancia que nos separa.

Le llevo las manos a los lados de la cabeza y le acaricio suavemente las orejas con las yemas de los dedos. —¿Por qué, cariño?

—Por preocuparte por mí —susurra contra mis labios.

—Ah, joder, Joya —murmuro, y acerco los labios a su oreja—. No me hagas querer decir cosas que nunca he dicho mientras mis idiotas hermanos están escuchando.

Se ríe con sorna. —Más tarde, entonces. Dímelo más tarde.

Le beso el cuello, y me detengo a aspirar su dulce aroma a cuero y chicle.

—Más tarde —le prometo.