Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 27 Jules
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27 Jules

—Sí —susurro, meciéndome sobre la polla de Elias—. Quiero eso.

Una cosa era saber que los hermanos nos observaban por las cámaras de seguridad, pero tener a uno de ellos aquí, excitándose a la vista mientras follamos, me pone más de lo que creía posible.

Elias se ríe. —Muy bien. Un ensayo para cuando demos un espectáculo en la Gran Carpa.

—¿Q-qué? —le pregunto, clavando la mirada en sus ojos pálidos—. ¿Un espectáculo en la Gran Carpa?

—Sí —gruñe, haciéndome rebotar sobre su polla hasta que veo las estrellas—. Quiero follarte delante de todo el equipo. Tal vez incluso organizar un evento solo para adultos.

No puedo negar la oleada de lujuria que me provocan sus palabras. Mi coño se aprieta alrededor de su polla.

—¿Quieres eso, Joya? —pregunta Elias con insistencia mientras Rowe se acerca y atrae mi atención.

—Yo... ¿creo que sí?

No sé dónde mirar. La polla de Elias palpita dentro de mí, pero a nuestro lado, Rowe se toca la polla por encima de los pantalones de chándal grises que no ocultan nada.

—Si quieres que la saque, nena, solo tienes que decírselo —ronronea Elias, aparentemente imperturbable porque estoy comiéndome con los ojos la polla de otro hombre.

A donde fueres, haz lo que vieres. O mejor dicho, a donde fueres en el circo...

—Saca la polla, Rowe —digo con un tono mandón que rivaliza con el de mi Amo—. Quiero verte acariciártela mientras cabalgo a tu hermano.

Los ojos de Rowe brillan con un fuego que me recuerda a su gemelo, mientras Elias echa la cabeza hacia atrás y se ríe.

—Esa es mi chica. Domina a tu público mientras te sientas en tu trono.

Puntúa las últimas palabras con una embestida salvaje que hace que me reboten las tetas.

Rowe mete la mano en los pantalones de chándal con un gemido bajo y saca una polla preciosa y tatuada.

—¿Cómo te hiciste...? —me quedo callada, preguntándome quién hizo el intrincado diseño gótico que sube por su miembro.

—Se lo hizo él mismo —susurra Elias.

Gimo ante la imagen mental. El hombre hermoso y quebrado inclinado sobre su polla, pistola de tatuar en mano. Debió de doler un huevo también.

Elias me saca de mi fantasía llena de juegos de palabras retorciéndome los pezones por encima de la camiseta.

—¡Ay!

—Tienes a dos hombres aquí, duros y palpitantes, y tú con la cabeza en otra parte —me reprende Elias.

—Solo estaba imaginándome a Rowe tatuándose la polla —murmuro.

—¿Quizá la próxima vez puedas mirar? —ofrece el hombre en cuestión.

Su voz es tímida, en total contradicción con sus acciones: no hay nada tímido en cómo se masturba delante de nosotros, con las manos callosas rodeando ese grosor impresionante.

Docenas de cicatrices salpican sus antebrazos y brillan bajo el sol de la mañana, pero no es el momento ni el lugar para preguntarse por ellas.

—¿Puedo, Amo? —le pregunto a Elias, sosteniéndole la mirada penetrante. Me atrae hacia él para un beso brutal, mordiéndome el labio inferior.

—Mientras recuerdes quién es tu dueño, Pequeño Zafiro —gruñe.

—Siempre —susurro contra sus labios.

Rowe gime a nuestro lado. —Sois tan jodidamente sexys.

Elias se ríe y se recuesta de nuevo contra el respaldo. —Creo que es hora de que esta pequeña joya se corra para nosotros, ¿no crees, hermano?

—Joder, sí —asiente Rowe con un gruñido, el puño volando sobre la polla, los sonidos húmedos tan obscenos como excitantes.

Elias agarra el dobladillo de la camiseta y la levanta, quitándomela con un movimiento suave. Ya no hay nada que me cubra; mi cuerpo queda completamente expuesto a sus miradas hambrientas.

—Preciosa —susurra Rowe, y su mano se ralentiza como si estuviera hipnotizado por mí. Es embriagador.

—Sí que lo es —murmura Elias—. Y eres toda mía, ¿verdad, Jules?

—Sí, Amo —gimo mientras me llevo las manos a los pechos y me los aprieto.

A lo lejos, alguien silba, pero estoy demasiado ida para que me importe, al borde del orgasmo. No sé dónde mirar: una polla enterrada dentro de mí, y la otra al alcance de la mano, pero prohibida.

—Eso es, nena —dice Elias con los dientes apretados—. Noto cómo se te tensan los músculos. Vas a correrte para nosotros, ¿verdad?

Asiento frenéticamente, con los músculos contrayéndose mientras lo cabalgo, la mirada yendo y viniendo entre la sonrisa de Elias y Rowe, que se acaricia la polla.

El pulgar de Elias me presiona el clítoris y se me ponen los ojos en blanco.

—¡Joder! —grito mientras todo el cuerpo se me tensa y el placer explota desde mi centro, viajando hasta la punta de los dedos.

—Ah, joder, tío, ¿es una eyaculadora? Cabrón con suerte.

Elias se ríe con sorna. —Mi razón favorita para tener que cambiarme de ropa.

Una parte remota de mí se siente avergonzada de que hablen de mí como si fuera un mueble sexual. Pero tampoco puedo negar que sus elogios me están volviendo loca. Acabo de correrme, el cuerpo todavía temblándome con las réplicas, pero siento que ya estoy a medio camino de otro orgasmo.

La boca de Elias en el pezón me devuelve al presente. Me mordisquea los picos, alternando entre un pecho y otro, con las manos agarrándome las caderas con tanta fuerza que sé que voy a sentir las marcas de sus dedos durante días.

—Nos toca a nosotros, Pequeño Zafiro —dice arrastrando las palabras cuando ha tenido suficiente—. ¿Verdad, hermano?

—Sí —respira Rowe. El sudor le perla la frente y le baja por el cuello mientras sigue masturbándose—. Pensé que estaba perdido cuando te empapó entera.

—Pero quieres correrte conmigo, ¿verdad, Rowe? ¿Quieres fingir que eres tú quien la llena y no yo?

Mi maestro de ceremonias, que juega con su hermano igual que juega con el público cuando cae la noche. Que anticipa lo que necesitan para creer en la magia.

—Sabes que sí —dice el hombre roto en voz baja, con la mirada clavada en el punto donde Elias está enterrado en mí.

—Dale a Rowe lo que necesita, Joya —dice Elias mientras me rodea el cuello con los dedos—. Ordéñame hasta la última gota.

Gimo, pero el sonido se corta cuando Elias aprieta. Vuelvo a mirar la polla tatuada de Rowe, con la punta hinchada y amoratada.

—Eso es —sisea Elias—. Míralo mientras se corre para ti.

Elias se recoloca debajo de mí, y de repente su polla me golpea el punto G cada vez que me muevo contra él. Se me abre la boca, los ojos se me llenan de lágrimas por la falta de aire.

—Por favor —gimo. Ni siquiera sé qué estoy pidiendo. ¿Aire? ¿Que se corran? ¿Que llegue mi propio orgasmo?

—Estoy a punto, El —jadea Rowe—. Me voy a correr.

Puntos negros bailan en mi visión mientras Elias gruñe, embiste hacia arriba con las caderas, su polla golpea ese punto mágico con una fuerza casi dolorosa antes de quedarse quieto y descargarse dentro de mí.

—Joder, sí —gruñe—. Llenándote hasta arriba, nena.

—Ah... ¡Ah, mierda! —sisea Rowe, con el puño apretando la polla tan fuerte que tiene que dolerle. El semen perlado brota de la punta y cae en el suelo, en mis piernas, en la camiseta de Elias, mientras gime de placer.

La sensación de la polla de Elias palpitando dentro de mí, todo lo que veo y oigo... es demasiado. Empiezo a correrme justo cuando siento que voy a desmayarme.

Entonces Elias me suelta el cuello. El aire se precipita por mi garganta, fresco, frío, vivificante. Mi orgasmo trasciende lo físico; mi cuerpo y mi mente flotan en una dicha indescriptible durante largos minutos.

Soy vagamente consciente de que los hombres hablan, de que mis extremidades se sacuden con intensas réplicas. Pero me niego a abandonar este lugar al que Elias me ha llevado. Todavía no, al menos.