26 Elias
Empiezo a ver un patrón. Parece que mi chica no es de las que madrugan.
Jules está de lado, abrazada a mi almohada, sin inmutarse mientras me muevo por la pequeña habitación para vestirme.
Según la aplicación de reparto, su ropa ha llegado.
Efectivamente, abro la puerta del tráiler y veo los paquetes.
Los meto dentro y los abro, luego saco ropa interior limpia de las bolsas selladas.
Dejo lo que he elegido doblado a los pies de la cama, salgo del tráiler y me dirijo a nuestra improvisada zona de comidas.
Silas ya está allí, con los ojos entornados ante el amanecer.
—Te vas a arruinar la vista —murmuro mientras me siento en la misma mesa destartalada.
—Vale, papá —responde—. Eres como un minuto mayor que yo. Deja de ser tan cascarrabias.
Con una sonrisa, le hago un gesto a Deke, nuestro cocinero, para que me traiga el desayuno.
—Alguien tiene que cuidar de vosotros —le digo a mi hermano—. Manteneros fuera del hospital y de la cárcel.
Silas resopla. Se apoya contra el respaldo, que cruje bajo su peso, y cruza los brazos.
—Dudo que estuvieras pensando en mantenernos fuera de la cárcel cuando dejaste vivir a tu reporterita la otra noche —dice con voz arrastrada.
Deke me trae la comida murmurando un saludo, así que no digo nada hasta que vuelve a estar detrás del mostrador.
—Ha demostrado lo que vale, ¿no? —le pregunto a Silas—. ¿Vas a dejar de cuestionar mis decisiones en algún momento?
—Claro, ha demostrado lo que vale. Pero no pienso dejar de darte la lata, no.
Corto la salchicha con una sonrisa.
—Me parece justo. ¿Podrías hacerme un favor?
Silas se inclina hacia delante y apoya las manos en la mesa.
—Dime.
—¿Podrías investigar el pasado de Jules por mí?
Arquea una ceja.
—¿Ahora te vuelves desconfiado?
Niego con la cabeza, asegurándome de tragar antes de responder.
—No es a ella a quien necesito investigar. Ella me contará todo lo que necesite saber.
—¿Qué entonces?
—Encuentra a sus padres. A su tío materno. Al hijo de este —enumero mientras aprieto los cubiertos.
Silas nota la tensión en mis palabras.
—¿Venganza?
—Venganza —confirmo asintiendo—. Con los padres quizás sin sangre, no creo que ella tenga estómago para eso. ¿Pero el tío? ¿Y sobre todo el primo? Joder, sí.
Como en silencio mientras Silas reflexiona sobre mis palabras. No necesito contarle lo que pasó para que lo deduzca.
—En una semana tendré localizados a todos —promete cuando termino—. Y podemos hacer algunas paradas imprevistas. Seguro que al equipo no le importan las horas extras.
—Bien —digo simplemente mientras dejo los cubiertos—. ¿Deke? ¿Me pones otro para llevar? Es para mi chica.
El cocinero refunfuña que necesita un camarero, como hace al menos una vez por semana. Pero sé que si me pongo a buscar uno, estará quejándose de él antes de que acabe el primer turno.
De vuelta en el tráiler, Jules está con un café en la mano, la mirada perdida en el bosque que hay más allá de la valla.
—Te he traído el desayuno —digo mientras me siento a su lado en la mesa del porche—. No puedes vivir solo de café, ¿sabes?
Lleva puesta una de mis camisetas y, estoy bastante seguro, nada más. La piel de gallina que le cubre los brazos me hace desear tocarla.
—Nunca desayuno —responde con la voz ronca de recién levantada—. Normalmente me pongo a trabajar directamente y me olvido de comer hasta que me mareo. Cuando fumaba, apenas comía. Y no ayuda que sea una cocinera pésima. Seguramente quemaría hasta un sándwich.
Me paso una mano por la cara.
—No te estás haciendo ningún favor ahora mismo, Pequeño Zafiro. Puede que tenga que encadenarte en mi tráiler para tenerte vigilada.
—¿Es esa la única razón por la que quieres encadenarme? —ronronea mientras se levanta y se acerca a mí con paso felino.
Extiendo los brazos hacia ella y la ayudo a acomodarse en mi regazo.
—Oh, cariño, no —digo con voz arrastrada mientras le agarro las caderas y la atraigo hacia mi entrepierna—. Hay tantas cosas que quiero hacerte mientras estás encadenada, y la mayoría no tienen nada de altruistas.
Bajo la mirada y veo que la camiseta se le ha subido, dejando al descubierto su precioso coño desnudo. Si no fuera por mis pantalones de chándal, ahora mismo estaría calentándome la polla.
—Aquí hay una oportunidad desaprovechada —dice con naturalidad mientras arquea la espalda y se restriega contra mi erección.
Me río.
—¿Sí? ¿Quieres follar aquí mismo, Joya? ¿Donde todos puedan vernos?
Se le sonrojan las mejillas, pero tiene las pupilas dilatadas y la boca ligeramente entreabierta. Está excitada, eso es innegable.
—Sí —susurra—. Creo que sí. Quiero que tu equipo sepa que soy tuya. Y que tú eres mío.
Con un gruñido, la levanto con una mano mientras me bajo los pantalones de chándal con la otra. Ambos jadeamos cuando su coño caliente y húmedo se encuentra con mi polla palpitante sin nada entre medias.
—Me encantan tus piercings —susurra contra mis labios—. Se sienten tan bien dentro de mí.
—¿Es la única razón por la que te gusta tener mi polla dentro, nena? —la provoco, encantado con las palabras sucias que salen de su boca.
—Nooo —alarga la palabra—. Me encanta tener tu polla dentro porque es grande y preciosa. Pero sobre todo, porque sabes usarla, Amo.
La recompenso con un beso, conquisto su boca como mi verga está a punto de conquistar su coño.
—Sé hacerte sentir bien, ¿verdad, Pequeño Zafiro?
Jules asiente con la frente pegada a la mía, los ojos cerrados mientras gira las caderas contra mi miembro.
—Méteme dentro, nena —le ordeno con voz ronca—. Cabalga sobre mí aquí mismo, a la vista de todos.
Jules se levanta lo justo para guiar mi polla a su húmeda entrada antes de dejarse caer con una lentitud agónica.
—Joder, Jules —siseo, clavándole los dedos en las caderas—. Tu coño es perfecto. Tu cuerpo está hecho para recibir mis corridas.
Mi chica gime ante mis palabras, con la cabeza echada hacia atrás por el placer.
Veo a Rowe doblar la esquina justo antes de que levante la vista y vea en qué posición estoy.
—Jefe, yo... Joder.
Jules se queda paralizada a medio movimiento y se gira bruscamente para mirar a mi hermano.
—Nena —le advierto, dándole una palmada en el culo—. ¿Quién te ha dicho que puedes parar?
Se vuelve hacia mí, abre y cierra la boca antes de hablar por fin.
—Pero yo...
—Nada de peros. Sigue cabalgándome mientras hablo con mi hermano. —Miro a Rowe y levanto una ceja. Tiene los ojos clavados en el culo de mi chica, que asoma por debajo de la camiseta mientras ella está empalada sobre mí. Con un suspiro fuerte, empieza a moverse de nuevo, vacilante.
—Eh —empieza Rowe, removiéndose incómodo. Veo el bulto que empieza a marcarse en la parte delantera de sus pantalones de chándal y sonrío con suficiencia—. Si dijo que estás buscando...
Niego con la cabeza, cortándolo. —Ahora no.
Se frota la nuca, todavía hipnotizado por los movimientos gráciles de Jules.
—Bueno, solo quería decirte que me apunto —termina—. Estoy contigo.
—Te lo agradezco —digo asintiendo—. Ya te avisaré.
Se remueve inquieto, gira medio cuerpo como si fuera a irse, pero sus ojos parecen quedarse atrás.
—Vale. Voy a... Sí.
Por fin consigue darse la vuelta. Jules se relaja en mis brazos y sonrío para mis adentros.
—Rowe —lo llamo, y ambos se detienen a medio movimiento—. ¿Por qué no te quedas?
—¿Q-qué? —tartamudea Jules en voz baja. Pero no se me escapa la reacción de su cuerpo.
Mi hermano parpadea mirándome, luego se muerde el labio inferior. —¿Estás seguro, tío? No parece que le haga gracia que la mire.
—Vaya si le gusta —digo arrastrando las palabras mientras le acaricio el muslo desnudo—. Su coño casi me parte la polla por la mitad cuando lo sugerí.
Jules hunde la cara en el hueco de mi cuello. —Elias...
—Pequeño Zafiro. —Le acaricio la espalda con movimientos tranquilizadores—. Rowe era... No le va el contacto físico. No vas a privarlo del único placer que puede tener, ¿verdad?
Levanta la cabeza para mirar a Rowe, que le devuelve la mirada con lujuria descarada en sus ojos normalmente tristes. Cuando ve el bulto considerable que se le marca, sus paredes internas se contraen alrededor de mi polla.
—¿Quieres verla, nena? —le susurro al oído—. Que se la acaricie mientras te ve follar. ¿Quieres que se corra para ti?
Jules gime, retorciéndose en mi regazo. Sé lo que va a decir antes incluso de que abra la boca.