25 Jules
Cuando Ezekiel Moore exhala su último aliento, ya es bien entrada la noche. Y aunque dormí hasta pasado el atardecer, estoy tan agotada que apenas puedo mantenerme en pie.
Me quedo mirando las manos mientras Elias me conduce a su caravana. Las lavé antes de dejar a los hermanos con lo que sea que hagan con los Profetas muertos, pero sigo sintiendo que están cubiertas de la asquerosa sangre de Ezekiel.
—¿Es la primera vez que le haces daño a alguien? —pregunta Elias con calma.
Parpadeo y alzo la vista hacia él; me arden los ojos por la luz del porche.
—Yo... no —admito—. No lo es.
Elias arquea una ceja, aunque no parece demasiado sorprendido.
—¿Me lo contarás, Pequeña Zafiro? —pregunta mientras abre la puerta y me indica que entre.
¿Puedo volver a contárselo a alguien? Cada vez que lo compartí de niña, nadie me creyó. Así que simplemente... dejé de hacerlo. Me largué de mi ciudad natal en cuanto pude. Dejé de usar mi nombre completo. Cambié de aspecto.
Me quito las botas antes de cruzar el umbral de Elias; no quiero meter sangre que pueda haber en ellas.
—Sí —respondo mientras aspiro una última bocanada del aire nocturno—. Duchémonos y te lo cuento en la cama.
Elias se ríe entre dientes mientras se quita la chaqueta del traje.
—Qué mandona. Cada vez eres más valiente.
—Bueno —resoplo—. Ya no piensas matarme, ¿verdad?
Me toma el rostro entre las palmas. Están secas y cálidas, y ocultan la violencia de la que son capaces.
—Peor —susurra—. No pienso soltarte nunca, Jules.
Intento esquivar su mirada penetrante y miro a cualquier parte menos a él.
—Podrías cambiar de opinión —digo con tristeza.
Me agarra la barbilla con la presión justa para que sepa que va en serio. No habla hasta que mis ojos encuentran los suyos.
—¿Mi pasado me hace menos deseable para ti?
—¿Qu...? ¡No! —parpadeo y lo miro—. Oh...
¿Cómo va a ser mi historia peor que la suya? ¿Porque la gente dijo que me lo busqué?
—Tienes razón. Lo siento.
Elias me besa en la coronilla antes de guiarme hacia la ducha.
—No te disculpes, nena. Seguro que no todos los días conoces a alguien con demonios más grandes que los tuyos.
Demonios. Nunca había pensado en las sombras de mi pasado de esa manera, pero encaja.
En la ducha, Elias me lava con cuidado cada centímetro del cuerpo y luego se deja caer de rodillas frente a mí.
—¿Qué estás...?
No me da tiempo a terminar: su boca ya está sobre mi coño, sus manos me agarran los muslos con brusquedad para separarlos. Me agarro a sus hombros para mantener el equilibrio, aferrándome mientras él se da un festín.
Una de sus manos abandona mi pierna; bajo la mirada y lo veo separar los labios de mi sexo y penetrarme con un dedo.
—Elias —suspiro cuando curva el dedo dentro de mí y alcanza ese punto perfecto.
Me mira con esos ojos de otro mundo, con gotas de agua prendidas de las pestañas, el pelo más oscuro y peinado hacia atrás.
—Has sido una buena chica esta noche, Joya —murmura por encima del ruido de la ducha—. Mereces una recompensa.
Lo único que puedo hacer es gemir de placer.
Elias añade otro dedo y golpea mi punto G con precisión infalible en cada embestida. Sin apartar los ojos de los míos, saca la lengua y me acaricia el clítoris.
—Dios, Elias. Eres tan jodidamente sexy —gimo mientras el cuerpo se me contrae de placer.
Esa sonrisa arrogante tan suya vuelve a asomar en su rostro.
—Muéstrame cuánto te gusta esto, Pequeña Zafiro. Inúndame la boca con tus dulces jugos.
Debe de haber terminado de hablar, porque en cuanto la última palabra sale de sus labios pecaminosos, los presiona de nuevo contra mi coño empapado.
Se mete el clítoris en la boca y chupa rítmicamente, al compás de las embestidas de sus dedos.
La otra mano me agarra el muslo con tanta fuerza que los dedos se me clavan en la carne blanda; sé que tendré moretones durante días. Y me encantará verlos cada vez.
No tarda mucho en hacerme llegar: es así de jodidamente bueno.
—Joder, joder, joder —gimo una y otra vez—. Me estás haciendo correrme.
Ahora está prácticamente martilleando ese manojo de nervios dentro de mí.
—Eso es —sisea contra mi coño—. Aliméntame, nena.
Sus palabras me hacen estallar. El cuerpo se me contrae mientras una poderosa ola de placer me envuelve y noto que empiezo a eyacular. Bajo la mirada justo a tiempo para ver a Elias lamiéndolo todo, demasiado ida para sentir vergüenza. Todo lo que hace me pone más.
Cuando me arranca el último temblor, corta el agua y me envuelve en una toalla suave. Me lleva a la cama en brazos, y cuando estamos tumbados de lado, uno frente al otro en la penumbra, casi no tengo ganas de romper la paz. Pero él me mira expectante, con paciencia...
—Cuando era niña, un primo mayor no aceptó un no por respuesta —suelto de golpe, para no acobardarme a mitad de camino. Cierro los ojos, pero la mano de Elias en las mejillas me obliga a abrirlos de nuevo.
—¿Qué pasó después? —pregunta, sin rastro de juicio en la voz.
—Se lo conté a mi madre y a mi padre —digo, con la garganta de repente agarrotada. Creía que lo había superado. Bueno, al menos en parte—. Me dijeron que dejara de inventarme cosas.
Un gruñido grave retumba en la garganta de Elias, sus dedos se tensan sobre mi cara, pero no dice nada.
—Después se lo conté a mi tío —continúo—. Me dio una bofetada y me dijo que si le arruinaba la vida a su hijo, él me arruinaría la mía. Que seguramente yo lo había seducido. Putita enferma.
—Hijo de puta —sisea Elias; su rabia es un bálsamo para mi herida—. Voy a matarlo.
—Puede que ya esté muerto —intento que suene como si me diera igual, pero no sé si lo consigo—. No sé qué le gustaba más, la ketamina o las putas baratas.
Resopla y se acerca más, entrelazando nuestras piernas.
—¿Entonces no fue a él a quien le hiciste daño?
—No. Verás, Rick, mi primo, se fue volviendo muy atrevido con los años, probando hasta dónde podía llegar —aprieto el puño al recordar la última vez que se metió en mi cama—.
Tenía quince años. Era Navidad y la familia estaba en la casa grande y bonita de mi tío.
Mis padres, mis abuelos y la hermana de mi madre con su familia.
—¿Tu primo intentó hacerte daño con todos allí? —pregunta Elias con un gruñido amenazante.
—Claro que sí. Y yo sabía que lo haría; había estado soltando indirectas toda la noche. Así que cogí las tijeras de costura de mi tía y lo esperé.
—Esa es mi chica —me elogia, deslizando el pulgar por mi mejilla.
—Sí. Le clavé las tijeras en el culo mientras se subía encima de mí. Empezó a chillar como un cerdo. Todos entraron corriendo.
Sonrío al recordar las expresiones de sus caras. Mi madre y mi padre parecían avergonzados. Mi tío estaba furioso. Su mujer parecía a punto de ingresarse en un psiquiátrico. La tía Sarah era la única que parecía enfadada a mi favor, fulminando a Rick y a su hermano con la mirada.
—¿Qué hicieron? —pregunta Elias, y me devuelve al presente.
—Bueno, Rick estaba desnudo en mi cama, medio encima de mí, con unas tijeras clavadas en una nalga. Difícil decir que me lo estaba inventando con la prueba sangrándoles delante de las narices —digo con amargura.
—Déjame adivinar —murmura Elias—. Lo taparon todo.
Pongo los ojos en blanco.
—Pues claro. Llamaron al 911 y dijeron que se había caído sobre la mesa de costura. No nos volvieron a invitar nunca, y mis padres me echaron la culpa a mí.
—Menudos hijos de puta. ¿Cómo conseguiste escapar?
Suelto el aire despacio por la nariz mientras le recorro el pecho con las yemas de los dedos.
—He entrevistado a muchas víctimas de abuso. Muchas acaban en la autodestrucción. Fracasan en los estudios, se drogan, no consiguen mantener un trabajo estable. ¿Yo? Me refugié en los libros, conseguí una beca y me largué en cuanto pude. Llevaba meses con las maletas hechas.
Elias me acurruca la cabeza bajo su barbilla y emite un murmullo.
—¿Quieres traerte tus cosas mañana por la mañana?
Resoplo y me remuevo hasta ponerme cómoda contra él.
—Te das cuenta de que esto es una locura, ¿verdad? —pregunto—. Apenas nos conocemos.
¿De verdad esta es mi vida ahora? ¿Escaparme con el circo?
—Sé lo suficiente —es todo lo que dice al respecto—. Gracias por contarme tu historia.
Le beso el hueco del cuello como respuesta, aspirando su aroma cítrico. Es como una droga hecha a medida para calmar mis sentidos, y enseguida se me cierran los ojos.
—Duerme, Pequeña Zafiro —susurra Elias—. Mañana será otro día.