19 Jules
La polla de Elias es ridículamente bonita, igual que el resto de él. La cabeza rosada y perforada ya brilla con líquido preseminal, y se me hace la boca agua solo de verla. Me inclino sobre su regazo y saco la lengua, deseosa de probarlo.
Ahora mismo, no pienso en todo lo que ha sufrido, ni en lo que sus hermanos también sufrieron.
Pienso en el deseo creciente que siento por este hombre complicado y voluble.
Y en el respeto que empieza a nacer, la extraña necesidad de protegerlo, aunque probablemente no me necesite para eso.
Sobre todo, pienso en cómo quiero satisfacerlo tanto como él me satisfizo en el carrusel.
Le rodeo la base con la mano, apretando con firmeza. Elias echa la cabeza hacia atrás con un siseo que me envía una punzada de lujuria entre los muslos. Dios, a su lado soy insaciable.
—Deja de provocarme, Joya. Abre esa boquita —me insta en voz baja.
—Sí, Amo —susurro. Su miembro se sacude en mi mano, prueba de cuánto le excita que lo llame así.
Unos dedos fuertes se enredan en los mechones cortos de mi pelo y tiran hasta que levanto la mirada para encontrarme con la suya.
—Quizá deberías cambiarte el color del pelo, Jules. No eres ningún pájaro inofensivo. Eres una zorra astuta.
Se inclina para darme un beso salvaje que me hace encoger los dedos de los pies y me deja sin aliento cuando termina de saquearme la boca.
—Ponte a trabajar —ordena Elias con una sonrisa burlona que debería resultar exasperante. En cambio, me dan ganas de borrarla a besos.
Me conformo con besarle la punta antes de metérmela entera en la boca. Tarareo mientras lo chupo y acaricio, con la otra mano explorándole los abdominales tatuados. Alzo la vista hacia sus ojos grises pálidos y empiezo a lamerlo como si fuera un polo, recorriendo sus piercings con la lengua.
—Deja de portarte como una mocosa, Joya —gime Elias—. Métela hasta el fondo. Mueve la cabeza como la puta hambrienta de semen que eres.
Lo soy: estoy hambrienta de su semen y quiero ganármelo. Hago girar la lengua alrededor de la punta antes de metérmela tan profundo como puedo.
—Joder, sí —sisea Elias cuando tengo una arcada. Sus dedos siguen en mi pelo, sujetándome la cara contra su entrepierna—. Respira por la nariz, Jules. Eso es.
Estoy tan mojada otra vez que noto cómo empapa la chaqueta de Elias. La idea de mancharle la ropa con mis flujos hace que mi interior vacío se contraiga en torno a la nada.
—¿Quieres correrte, nena? —pregunta Elias en tono burlón.
Como tengo la boca llena de polla, solo puedo parpadear mirándolo, gimoteando desesperada.
Su risa grave me enciende las mejillas—.
Qué chica tan necesitada. No importa cuántas veces te haga correrte, siempre tendrás hambre de más, ¿verdad, Joya?
Tarareo afirmativamente y luego chillo cuando me mete la mano entre las piernas y me pellizca el clítoris hinchado.
—Mira este coño empapado, Dios mío. ¿Para quién es esta mamada, Jules, para mí... o para ti?
Cuando me penetra con un dedo largo, cierro los ojos de placer. Por suerte, parece que no necesita mi respuesta. Gimo alrededor de su polla, y los sonidos húmedos de su miembro follándome la garganta son más fuertes que la música cursi de la atracción que suena por los altavoces.
Elias tampoco se queda callado. Sus gemidos y sus sucias palabras de elogio, mezcladas con la cantidad perfecta de degradación, son mejores que cualquier porno que haya visto.
—Me encanta hacer que este coño desesperado se corra, Pequeño Zafiro —dice mientras añade un segundo dedo—. Es lo que más me gusta en el mundo.
Por fin me afloja el agarre en el pelo, y me echo hacia atrás para tomar bocanadas ávidas de aire. La oleada de oxígeno al cerebro casi me hace correrme; el túnel gira a nuestro alrededor como si estuviéramos de vuelta en la casa de los espejos.
Hilos de saliva y líquido preseminal me conectan la boca con su polla, y aunque está más que húmeda, escupo sobre ella de todos modos.
—Mierda —ladra Elias mientras sus dedos embisten dentro de mí y alcanzan mi punto más sensible con precisión experta—. Jodida chica sucia.
Solo puedo gemir y metérmelo en la boca otra vez, mover la cabeza y bombear su miembro al mismo ritmo que sus dedos dentro de mí, que golpean ese punto una y otra vez, y...
—Joder, voy a correrme —logro gemir, antes de que me llene la boca otra vez.
Elias gruñe y sus abdominales se tensan bajo mi mano exploradora. —Trágame la carga entera, Joya. Hasta. La. Última. Gota.
Puntúa sus palabras con embestidas que lo hacen golpear el fondo de mi garganta, y entonces nos corremos juntos. Mis músculos se tensan y se liberan mientras sus pulsaciones cremosas y saladas me llenan la boca al mismo ritmo.
Los dedos de Elias me acarician hasta que vuelvo en mí, y chupo y lamo los últimos restos de semen de su miembro aún duro. Me levanta la cabeza tirándome del pelo. Sus ojos pálidos están lánguidos, su respiración es profunda y uniforme.
—¿Estás conmigo, nena? —pregunta Elias mientras la barca se acerca suavemente a la plataforma. Me ayuda a salir, y tengo una excusa para apartar la vista de sus ojos penetrantes, aunque solo sea por un momento.
¿Puedo hacer esto? ¿Puedo dinamitar mi vida para estar con un asesino justiciero en serie al que apenas conozco? Y lo que sé de él no es precisamente alentador. Está claramente desquiciado, y no creo que sus hermanos estén más cuerdos. No es que los culpe.
—¿Jules? —pregunta Elias en voz baja—. Tienes que hablar conmigo.
Por otra parte, ¿a qué estaría renunciando realmente? No estoy apegada al bungaló que alquilo, y paso más tiempo en la carretera persiguiendo historias que en casa. Puedo encontrar fácilmente temas interesantes sobre los que escribir mientras viajo con el carnaval.
Y luego está mi familia... No, no puedo pensar en eso ahora. Esta noche ya ha sido bastante surrealista, como si me hubieran metido en una película de terror.
Joder... No puedo creer que siquiera esté considerando esto.
—Necesito saber más —digo finalmente mientras salimos del Túnel del Amor—. Muéstrame todos los archivos. Déjame ver a los monstruos de tu pasado. Necesito sentirlo.
Elias se detiene y me hace girar hasta quedar cara a cara. La música del carnaval suena desde todas partes, discordante, como las emociones que chocan dentro de mí. Las luces proyectan sombras grotescas sobre sus pómulos esculpidos.
—Te dejaré entrar, Pequeño Zafiro —comienza, con los ojos entrecerrados por la sospecha. Algo en su tono me eriza el vello—. Pero tienes que saber que solo hay una forma de salir de esta familia. La única duda es si te acompaño al ataúd… o te mando yo.