Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 17 Jules
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17 Jules

Parpadeo ante el feriante loco que me mira desde arriba con un brillo maníaco en sus ojos pálidos. ¿De verdad acaba de decir que me va a retener como esclava sexual —claro, después de que lo ayude a matar a un hombre— y luego me ordena que me suba a un caballo de carrusel para... follarme encima?

Elias me da la vuelta y me empuja hacia delante, obligándome a agarrarme a un caballo para no perder el equilibrio. Parece que va en serio. Y no debería estar tan mojada solo de pensarlo.

—Solo una cosa —murmura, acercándose a los interruptores de emergencia en la columna central. Pulsa un botón y los caballos dejan de subir y bajar, aunque la plataforma sigue girando.

Respiro en jadeos entrecortados y tiemblo mientras espero a que Elias vuelva a mi lado. Cuando sus manos me agarran la cintura, doy un respingo y casi caigo hacia atrás en sus brazos.

—Shh —me calma con los labios junto a mi oreja—. Sabes que te daré exactamente lo que necesitas.

El muy cabrón tiene razón. Toca mi cuerpo como un virtuoso y se me aflojan las rodillas solo de anticipar lo que me tenga preparado.

—¿Tu culo sigue preparado para mí, Pequeño Zafiro?

Gimo ante la pregunta, de pronto muy consciente del semen y la sangre falsa que aún llenan mi interior.

Elias se ríe, y el sonido sensual me acaricia los sentidos.

—Lo tomaré como un sí. Venga, súbete.

Sin previo aviso, me levanta y me tumba sobre el lomo del caballo, con los brazos rodeándole el cuello, dejando inútil el poste lateral.

—¿Qu...? ¿Cómo? —balbuceo. Se me pone la piel de gallina en las nalgas cuando el aire roza la hendidura húmeda de mi culo.

La mano de Elias me recorre la espalda y desciende por la curva del trasero.

—Quiero ver mi bastón llenando ese dulce agujero. ¿Crees que puedes con el extremo enjoyado, nena?

—Oh, Dios mío —exhalo. Mi coño se contrae en el vacío, tan vacío mientras goteo sobre la silla de montar.

—Me suena a otro sí —dice Elias arrastrando las palabras. Se mueve hacia atrás y gime—. Joder, qué bien te queda el culo, Joya. Me dan ganas de follártelo otra vez. No creo que me canse nunca.

Yo tampoco creo que me canse nunca de que me lo folle. Pero no lo digo en voz alta, aún aferrándome a los últimos vestigios de mi cordura. No puedo querer esto... ¿verdad? ¿Un futuro con un maestro de ceremonias asesino?

El dedo de Elias empieza a explorar mi ano y me retuerzo sobre el caballo. No tarda en hundirlo hasta el nudillo, primero uno, luego dos, follándome lentamente la entrada trasera. Mi clítoris hinchado palpita, desesperado por que lo toque.

—Empecemos por la punta, ¿te parece? —dice Elias pensativo—. Puede que esté un poco fría —añade con regocijo.

Me duelen los brazos de aferrarme al caballo, con el cuerpo tenso de excitación y deseo. Cuando la punta fría y metálica del bastón de Elias me toca el agujero fruncido, de mi garganta sale un sonido que jamás había emitido.

—Esto está tan mal —susurro, y la música se traga mis palabras—. Tan sucio.

Aunque Elias me deje marchar después de esta noche, ¿volverá mi vida a ser la misma, ahora que he experimentado esta pasión, una depravación que no sabía que necesitaba en mis orgasmos?

Ya no soy la misma persona que era antes de que Seven Sins llegara a Marrow Falls.

Y una parte de mí no está segura de que renunciaría a esto si pudiera.

Empujo hacia abajo contra el bastón y mi culo lo va tragando centímetro a centímetro. Elias sisea tan fuerte que se oye por encima de las melodías repetitivas.

—Joder, Jules. Eres una chica sucia, muy sucia. Metiéndote tanto bastón en ese agujero tan apretado.

—Elias —gimo, retorciéndome hacia atrás contra la intrusión—. Necesito más.

—Lo sé. No estarás satisfecha hasta que tengas los dos agujeros bien llenos, ¿verdad?

Me da una palmada en el culo, y las vibraciones intensifican la intrusión del bastón. Chillo, pero el sonido se transforma enseguida en un gemido desesperado.

—Voy a encargar un plug anal hecho a medida solo para ti —continúa, sin dejar de follarme el culo tranquilamente con la madera lacada de punta de latón—. Una joya de zafiro por fuera, el plug tan grueso como mi polla.

—Sí, por favor —me oigo decir. ¿Estoy babeando sobre el caballo?

La risa de Elias hace que mi culo se contraiga alrededor del bastón y lo succione más adentro. No sabía que la vergüenza, las amenazas, que me trataran tan lascivamente y me usaran como un objeto pudieran excitarme. ¿Cómo encuentra Elias botones que ni siquiera sabía que existían?

—Sabía que serías una gata salvaje desde el momento en que te vi entre la multitud.

Protesto cuando saca el bastón; al instante echo de menos el placer oscuro que me daba. Pero no me hace esperar mucho. El mango redondeado resulta suave contra mi capullo de rosa, caliente por el agarre de su mano.

—Veamos cómo se estira tu ano alrededor de esto —dice Elias arrastrando las palabras con burla. El tono degradante prende fuego a mi clítoris ya palpitante.

—Dios, necesito correrme —pienso en voz alta; mi propia voz me suena desconocida. ¿Quién es esta mujer lasciva?

—Pronto, Pequeño Zafiro. Quiero jugar con tu culo solo un poco más. ¿Me dejas? —Mi culo arde mientras empuja más hondo; la esfera me estira hasta el límite—. ¿Me dejas profanar tu cuerpo?

—Sí —exhalo.

—¿Qué has dicho?

—¡Sí!

—Buena chica —ronronea Elias, justo cuando la esfera atraviesa ese anillo apretado de músculo y me tapona el culo.

—¡Oh, joder! —chillo—. Qué bien se siente.

Presiona contra mis paredes, alcanza todos los puntos exactos, prende fuego a cada terminación nerviosa.

—¿Vas a correrte para mí, Jules? —pregunta Elias con total despreocupación, como si no estuviera profanando mi culo con un objeto que no está hecho para el sexo. Y es que su bastón es un símbolo de su otra personalidad, el maestro de ceremonias del carnaval, el hombre que mueve todos los hilos.

—S-sí —chillo mientras empujo hacia atrás en busca de más.

—Déjame verlo, nena —me incita con voz sombría—. Quiero verte empapar este caballo con tu corrida.

—Oh... ¡Oh, Dios! —gimo mientras la presión aumenta hasta niveles insoportables.

De repente, Elias me penetra el coño con dos dedos y presiona contra el bastón en mi culo a través de la fina piel que separa ambos conductos.

—Ahora, Jules. Córrete para mí ya.

Mi cuerpo obedece su orden y la tensión se rompe como una goma elástica estirada al límite. Dejo escapar un grito gutural mientras mis músculos se contraen sobre el bastón y sus dedos, mi coño eyacula en oleadas y el orgasmo me arrasa como una locomotora.

—Eso es. Esa es mi chica sucia —me alaba Elias mientras sigo volando, todo mi cuerpo convertido en una inmensa terminación nerviosa satisfecha.

Con un último gemido, me relajo y me desplomo sobre el lomo del caballo, con la pelvis empapada de mi propia corrida. Estoy temblando, avergonzada, pegajosa y dolorida.

Y nunca me he sentido más satisfecha.