16 Elias
—¿Qué estás haciendo, El? —me pregunta Silas en cuanto salgo de la Casa Encantada. No aminoro el paso y me dirijo hacia mi caravana. Necesito lavarme la polla para poder follarme el dulce coño de Jules otra vez.
Pongo los ojos en blanco conmigo mismo. Supongo que ya no planeo matarla, porque si no, no me preocuparía por provocarle una infección urinaria a una chica muerta.
Si me sigue todavía como un perro guardián con una misión. —Háblame, tío. Te tiene trastornado.
Con un suspiro, admito la verdad. —Es diferente.
Silas levanta las manos. —Es periodista. Le contaría al mundo que somos asesinos malvados si pudiera.
—No conocía las circunstancias —protesto—. Puedo ponerla de nuestro lado.
Mi hermano chasquea la lengua. —¿Por cuánto tiempo? Ahora mismo se monta en tu polla encantada, pero el encanto se desvanecerá muy rápido y querrá volver a su vida de siempre.
—No si se enamora de mí —murmuro con obstinación. Realmente me tiene trastornado.
Silas resopla. —¿Enamorarse de ti? No paras de amenazarla con estrangularla.
Mis labios se curvan en una sonrisa burlona. —La pone húmeda.
—Sí, todos hemos visto eso —murmura Si, algo malhumorado—. ¿Entonces eso es todo? ¿Te la quedas?
—¿Se queda con la pequeña periodista? —pregunta Jonah, que emerge de las sombras con un sigilo que ya no debería sorprenderme, pero que aún lo hace.
—Déjame adivinar —suspira Silas—. Tú tampoco quieres que le hagan daño.
—No es que no quiera que le hagan daño —interrumpo para dejar las cosas claras—. El dolor mezclado con el placer me resulta bastante estimulante. Simplemente no quiero... acabar con ella. Es tan vibrante.
—Como un guacamayito —se ríe Rowe desde donde está apoyado contra mi caravana. Marek está sentado a la mesita que tengo fuera, consultando sus cartas.
—¿Qué dicen? —pregunto, señalando el tarot con la barbilla.
—Lo mismo que antes —responde Marek, críptico.
—Genial. Increíble. Ahora lo sé todo —murmuro.
Marek ladea la cabeza. —Ya sabías lo que querías.
Abro la puerta de la caravana y me detengo. —Voy a lavarme la polla, a menos que alguien quiera darme también su opinión sobre cómo hacerlo.
—Qué gracioso —refunfuña Silas mientras Rowe se carcajea.
Cierro la puerta tras de mí y me apoyo en ella. Un momento de silencio, de paz. Pero me da tiempo a preguntarme si estoy haciendo lo correcto. ¿Debería curarme en salud y matarla, eliminar el riesgo de que nos descubran?
Resoplo, me aparto y me dirijo a mi pequeño baño. ¿En qué estoy pensando? No puedo dejar de pensar en ella. Tengo la sensación de que si muere, dejará un vacío que ningún coño podrá llenar, por muchos que sean.
Una vez en el baño, me paso la mano por el pelo y me ajusto la máscara. Me muero por volver a la caza. Mientras atravieso el salón, un destello rojo me llama la atención: mi bastón con punta de rubí. Lo cojo y sopeso su peso mientras observo el extremo afilado. Tengo una idea.
Mi polla hormiguea con renovado interés. Soy jodidamente insaciable con mi Pequeña Zafiro. Ya me he corrido dentro o encima de ella varias veces esta noche, pero aún quiero más.
—¿Adónde vas tan deprisa? —pregunta Cole cuando paso junto a mis hermanos. Tiene el móvil en las manos y ni siquiera se molesta en levantar la vista de la pantalla—. ¡Está en el carrusel! —me grita cuando no respondo.
Maravilloso. El carrusel es perfecto para lo que tengo en mente.
Echo un vistazo a la Gran Carpa al pasar. Pronto, Jules y yo daremos un espectáculo allí, lo sé. A mi chica traviesa le intriga la idea de tener público, y por lo que a mí respecta, pueden mirar, pero nunca tocar.
Mis zancadas devoran la distancia entre mi caravana y el carrusel, ansioso por reunirme con la enloquecedora mujer que ocupa mis pensamientos.
Oigo la música antes de ver el resplandor de las luces: un sonido inconfundible.
Al doblar la esquina, veo los caballos galopando en un circuito interminable.
—Oh, Jules —la llamo mientras hago girar el bastón—. ¿Dónde te escondes?
Su respuesta apenas se oye por encima de la música del tiovivo, desafiante y derrotada a la vez. La combinación me pone duro como una piedra, y abro las piernas para acomodar mi polla, que crece.
—¡Dijiste que me dejarías ir!
—¿Eso dije? —reflexiono, dándome golpecitos en la barbilla con el dedo—. ¿O solo te pregunté si harías cualquier cosa por tu libertad?
—Tú... ¡Cabrón! —se enfurece.
Doy dos pasos más y la encuentro en el centro del carrusel, sentada con las piernas cruzadas sobre la plataforma. Tiene las manos cerradas en puños a los lados, y el subir y bajar de sus hombros imita el de los caballos. Y está gloriosamente desnuda.
Salto a la plataforma en movimiento y me abro paso entre los caballos hasta quedar de pie frente a ella.
—Estás preciosa cuando te cabreas —murmuro cuando me mira con esos impresionantes ojos marrones.
—Estoy desnuda. Y pegajosa —sisea.
Ladeo la cabeza y sonrío con suficiencia antes de recolocarme el paquete. La mirada de Jules vuela a mi entrepierna y se le abre la boca.
—Lo he notado, Pequeño Zafiro —ronroneo—. Me entran ganas de montarte como a un animal.
—Estás loco de remate. Y se acabó. ¿Entiendes? —De pronto parece exhausta—. Se acabó.
Me agacho y le levanto la barbilla con la mano libre. —¿Qué quieres decir, Joya?
—Quiero decir que estoy harta de huir de ti. —Jules levanta las manos, exasperada—. Mátame de una puta vez, pero deja de jugar conmigo. Por favor.
—Hm —musito. Me levanto, paso el bastón a la otra mano y le tomo la suya—. Ven aquí.
—¿Qué? —pregunta de mal humor. Hasta su carácter borde hace que me gotee la polla. Aun así, pone la mano en la mía y deja que la levante.
—¿Y si me quedo contigo en lugar de matarte? —pregunto, inclinándome para que no pueda esconderme la mirada.
Me sorprende lo bien que encaja la idea. Quedármela.
—¿Q-quedarte conmigo? ¿Como un premio del tiro al blanco? —Su voz va ganando fuerza y volumen a medida que habla, y no puedo evitar reírme.
—No es exactamente así como lo habría dicho, pero... sí. —La atraigo contra mí, disfrutando de cómo se le corta la respiración—. Dormirías en mi cama, me chuparías la polla de desayuno, me ayudarías a dirigir este carnaval, te correrías en cada puta atracción.
Parpadea mirándome. —Eso es lo más misógino que he oído en mi vida.
Le guiño un ojo. —No finjas que la idea no te está mojando, nena. Siento tu coño empapándome los pantalones.
Las mejillas de Jules se tiñen de un rojo más intenso. —¿Y los asesinatos? ¿Tendría que limpiar tu garrote después de cada muerte? —pregunta con sarcasmo.
Me río y le restriego la nariz por el cuello. —No. No tienes que formar parte de eso. Excepto esta primera vez.
—¿Perdona? —pregunta, con las manos en mi pecho tratando de apartarme—. ¿Qué estás diciendo?
—Bueno, no vas a escribir un reportaje de investigación sobre nosotros si tú también quedas expuesta, ¿verdad?
—Estás...
—¿Hecho un genio? —sugiero con una sonrisa burlona.
—¡Completamente loco! —chilla.
—Eso es cuestión de matices.
Jules enseña los dientes. —De verdad estás loco si crees que voy a unirme a tu cruzada de venganza y luego darte un masaje como una buena mujercita descalza.
Le agarro el culo y le aprieto el coño contra mi muslo. Su boca se abre en una tentadora o, sus ojos se ablandan un instante de excitación.
—No solo harás todo lo que quiero, nena, sino que me lo suplicarás. Ahora... —Le dedico una sonrisa de gato de Cheshire—. Súbete a este caballo para que te folle encima.