Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 12 Elias
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12 Elias

—Me lo estás poniendo demasiado fácil, Jules —digo, chasqueando la lengua con fingida decepción.

El hueco de su cuello huele delicioso: a sexo, sudor y miedo. Hundo la nariz e inhalo, gimiendo ante el latigazo de lujuria que me hace palpitar las pelotas de deseo.

—¿Qué... qué vas a hacerme? —pregunta Jules, con una voz que nada tiene que ver con la seguridad que intenta mostrar al mundo.

—¿Ahora mismo? —Deslizo la mano por su costado, siguiendo la curva de su cintura hasta el ensanchamiento de sus caderas. Luego la aprieto contra mí, clavándole mi polla dura en el culo—. Esta persecucioncita me ha empalmado. Vas a encargarte de eso.

—Estás loco —chilla, pero se queda paralizada contra mí—. ¿Crees que voy a, qué, mamarte la polla antes de que me cortes el cuello?

Me río ante el veneno de sus palabras.

—¿Cortarte el cuello? ¿Quién te crees que soy, Cole? No, nena. —Le llevo la mano libre a la garganta y aprieto ligeramente—. Quizá solo use las manos. Sentir tu pulso bajo las yemas de mis dedos.

—Por favor. Por favor, déjame marchar —susurra Jules—. No le contaré a nadie lo que vi, te lo prometo. Ni siquiera mencionaré que estuve aquí.

Me río en su oído.

—¿Crees que es tan fácil, Joya? ¿Dices que no nos vas a delatar, te creemos y te vas tan campante?

—¡Lo digo en serio! —exclama con desesperación en la voz—. No quiero morir por una historia.

Suspirando, la hago girar para que me mire de frente. Necesito que entienda por qué hago esto.

—No es por una historia, Jules —le explico despacio—. Es por nuestra causa.

—¿C-causa?

Asiento con gesto comprensivo.

—No podemos permitir que El Santuario de la Ceniza y sus Profetas sigan oscureciendo este mundo. Es nuestro deber como supervivientes erradicarlos.

Forcejea para liberarse de mi agarre.

—¡Para! Deja de contarme estas cosas, deja de incriminarte.

Sonriendo, ladeo la cabeza.

—Ay, Jules... ¿De verdad crees que aún hay una salida para ti? ¿Que si no tienes pruebas, si no confesamos abiertamente que hemos estado matando a nuestros abusadores, entonces puedes irte sin más?

Sus ojos oscuros se desbordan y las lágrimas le resbalan por las mejillas pálidas.

—¿Por qué lloras, eh? ¿Por nosotros, por los monstruos que matamos o por ti misma?

—Si no me dejas marchar, eres tan malo como ellos —susurra con voz apagada.

Con una risa amarga, la acorralo contra la pared.

—Todavía no has visto nada, Joya.

Dicho esto, le aplasto los labios con los míos.

Cuando abre la boca para protestar, aprovecho para invadirla y saborear su miedo en mi lengua.

Gimo mientras se derrite lentamente contra mí, su cuerpo respondiendo al mío igual que hace unas horas, antes de que metiera las narices en nuestros asuntos.

Enfurecido de nuevo, la toco con más agresividad, la beso con más brutalidad. Jules gime cuando le muerdo el labio inferior y el sabor de su sangre tiñe nuestro beso.

Quizá al final soy tan malo como Cole. Pero quiero castigarla, hacerla gritar pidiendo una piedad que nunca llegará, hacerla llorar por un alivio que la destrozará.

Así que le agarro la garganta con una mano y me saco la polla con la otra.

En cuanto la presiono contra sus bragas de encaje húmedas, se me escapa un gemido animal.

—Joder, Pequeño Zafiro. No puedes evitar desearme, ¿verdad?

—Me acaricio despacio mientras golpeo la punta de mi polla contra su clítoris a través de la ropa interior.

Cuando bajo la mirada, veo un hilo de líquido preseminal y su excitación que conecta nuestros sexos.

Tengo que morderme el interior de la mejilla para no correrme en ese mismo instante.

—Elias —suspira Jules, el rostro reflejando cada emoción contradictoria—. No deberíamos estar haciendo esto.

—¿Por qué, Jules? ¿Porque no pienso dejarte salir de este carnaval para que escribas tu historia sensacionalista?

—Estás desquiciado —gime entrecortadamente, lo que me hace reír de nuevo.

—¿Y eso qué te convierte a ti?

Le aparto la ropa interior sin darle oportunidad de responder y arrastro la punta de mi polla sobre su clítoris hinchado.

—Qué bien se siente. Tendría la polla dentro de ti para siempre si pudiera. Pero tenías que portarte mal, ¿verdad?

Le separo los pliegues y cubro lentamente mi verga con su miel, disfrutando de cómo se retuerce cuando mis piercings le rozan la piel, de la cadencia de sus jadeos.

—Tu coño me está suplicando la polla, Joya —susurro—. Suplicando que lo llene de mi semen. ¿A que sí?

Los dedos de Jules se curvan como garras, y ya no me empuja sino que se aferra a mí y me atrae hacia ella.

—Respóndeme —gruño contra su boca.

—¡Sí! ¿Vale? Sí, tienes una polla mágica de mierda. Imbécil —intenta murmurar, pero le sale más bien como un gemido.

Con una sonrisa, le envuelvo los muslos alrededor de mi cintura y la sostengo contra la pared con mi cuerpo. La sonrisa se me borra de la cara cuando la penetro, follándomela superficialmente con solo la punta de mi polla mientras su coño me succiona ansioso hacia su calor.

—Ah, joder, Jules. Nada se compara a tu dulce coño.

Lo cual es una verdadera putada.

Inclino las caderas para darle en el punto G con cada embestida; Jules tiembla en mis brazos mientras se aferra a mí como si fuera su salvación, no su final. No tarda en llegar esa presión familiar en las pelotas que me avisa de que estoy cerca del límite, y mis movimientos se aceleran.

Jules está tan hermosa así, asustada, excitada, dividida.

—Vas a hacer que me corra, Joya —jadeo, y su interior aprieta mi polla en respuesta.

—Elias —gime, con el rostro contraído de placer.

—Pero tú no te correrás conmigo —gruño mientras me retiro—. Las chicas malas no se corren antes de morir.

La dejo deslizarse por la pared, confundida y frustrada, y me masturbo con movimientos bruscos y rápidos, apuntando hacia su coño.

—Jodeeer —gruño. Chorros nacarados de semen cubren el coño hinchado de Jules mientras el fuego recorre mi columna, y mis huevos se vacían en oleadas de éxtasis.

Todavía recuperándome del orgasmo, le subo las bragas sobre el desastre para mantener mi semen bien guardado.

Doy palmaditas al encaje con dos dedos, sonriendo con suficiencia ante el sonido húmedo que hacen mi semen y sus jugos.

—No puedes dejarme así —se queja mi pequeña reportera, apretando los muslos—. Elias... Necesito correrme.

Me río entre dientes mientras me guardo la polla, aún medio dura, en los pantalones, y sus ojos la siguen.

—No, Pequeño Zafiro. Lo que necesitas es correr.

—¿Q-qué? —tartamudea, con los ojos muy abiertos, todavía nublados por la lujuria.

Con un suspiro teatral de hastío, retrocedo y saco mi arma preferida: mi garrote. Sus ojos se agrandan al ver el fino alambre de piano con empuñaduras de cuero.

—No vas a... No puedes...

—¿Qué pasa, Pequeño Zafiro? —pregunto burlón—. ¿Pensaste que porque follamos te iba a perdonar?

Echo la cabeza hacia atrás y me río a carcajadas. Percibo más que veo a Jules escabullirse y la dejo.

—Corre, Joya —me río por lo bajo—. Corre.