Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 4 Jules
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4 Jules

Segundo día de carnaval. Anoche fue un fracaso: el maestro de ceremonias desapareció entre la multitud antes de que pudiera ver adónde iba.

Pero husmear por la esquina más cercana al bosque dio sus frutos.

Encontré remolques habitables y lo que parecía una cantina improvisada, todo vallado y separado del resto del carnaval.

Ahora solo necesito encontrar la manera de colarme sin que me vean.

Anoche un payaso enano ya me preguntó si estaba perdida, y te aseguro que su estatura no lo hacía menos aterrador. Me inventé una excusa y salí pitando hacia las luces de neón.

Demasiado inquieta para seguir explorando o disfrutar del carnaval, volví a mi moto y me fui a casa.

Pero cuando cerré los ojos en la ducha, vi a ese maestro de ceremonias.

Alto y de hombros anchos, frío e intimidante.

Con un carisma de la hostia. Mis manos empezaron a moverse solas mientras me preguntaba qué coño me pasaba, y cuando me corrí, jadeando por un hombre cuyo nombre ni siquiera sé, casi se me doblaron las rodillas.

Creía haber superado los enamoramientos platónicos de famosos en la adolescencia.

Pero aquí estoy, sin aliento mientras entro en el Carnaval de los Siete Pecados, con las luces menos brillantes antes del verdadero anochecer, la atmósfera apenas empezando a adquirir ese toque de misterio que trae consigo la oscuridad real.

Los trabajadores del carnaval me saludan con la cabeza y me sonríen, y me doy cuenta de que, con las ganas que tenía de empezar a investigar, he llegado demasiado temprano para pasar desapercibida.

Pero es que estaba mirando fijamente el monitor y el documento al que apenas había añadido texto, con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Odio perder el tiempo.

El rugido de mi estómago me recuerda que apenas he comido, demasiado nerviosa para pensar en comida. Por suerte, los puestos de comida ya están montados y atendidos. Ahora solo tengo que decidir qué delicia taponaarterias quiero comer primero.

Paso de largo el algodón de azúcar y los Twinkies fritos: no me van los dulces, salvo contadas excepciones.

Nada de buñuelos, ni manzanas acarameladas, ni granizados para mí.

Los perritos calientes y las palomitas no me apetecen ahora mismo, así que paso de esos puestos y doy unos golpecitos en el mostrador de un puesto estilo western para pedir un sándwich de pulled pork.

Me estoy limpiando la comisura de la boca después de devorar mi comida cuando una sombra cae sobre mí. Noto un cuerpo cálido a mi lado, justo cuando el olor a lluvia de abril ahuyenta el miasma opresivo de la grasa.

—Has vuelto —dice una voz suave junto a mi oído, y un escalofrío me recorre la columna. Suena ligeramente diferente cuando no se dirige a una multitud bajo el foco, pero reconozco esa caricia aterciopelada en mis sentidos, el carisma innato.

—No pensé que te hubieras fijado en mí —respondo, sorprendida de conseguir mantener la voz firme después de masturbarme pensando en él.

Me muerdo el labio inferior, giro la cabeza y alzo la vista hacia el maestro de ceremonias de los Siete Pecados.

A esta distancia, veo que sus ojos son del gris más pálido.

Siento que puede ver dentro de mi alma y juzgarla en silencio.

Pero entre los dos, yo no soy la criminal. O más bien, la probable criminal.

Mejor dicho: la muy probable criminal. Nadie tan perversamente guapo es inocente.

—Eres imposible de ignorar —dice el maestro de ceremonias con voz grave y profunda. Señala mi pelo con la barbilla, y me paso los dedos nerviosa por los mechones azules cortos, odiando que me haga sentir cohibida—. Soy Elias, por cierto —añade.

Arqueo las cejas antes de poder evitarlo, pero le dedico mi mejor sonrisa ensayada. Así que es Elias Vale, el nombre que más aparecía en todos los documentos que logré desenterrar. Bien saberlo.

Me giro del todo hacia él, admirando lo alto que es. Yo misma mido casi un metro ochenta, así que ¿tener que alzar la vista para mirarlo? Demasiado sexy para mi tranquilidad.

—Jules —digo con voz ronroneante mientras le tiendo la mano—. ¿Vienes mucho por aquí?

La frase cursi logra romper la máscara indescifrable de su rostro. Sus labios esbozan una sonrisa, se le arrugan las comisuras de los ojos, y cuando su mano toca la mía, tengo que tragarme un gemido ansioso.

Jesús, María y José, este hombre es como un chute de cocaína pura, algo que no he probado desde mi época con el club de moteros Wicked Sinners. Y apuesto a que es igual de adictivo.

Peligroso, Jules. Esto es peligroso con P mayúscula.

Nuestra conexión se rompe cuando un trabajador del carnaval grita desde el carrusel.

—Jefe —dice el mecánico, blandiendo la llave inglesa como una amenaza a los dioses. Tiene la cara cubierta de grasa, lo que hace que su ceño fruncido resulte casi cómico—. Estoy a punto de hacer que Logan le prenda fuego a este trasto.

La mano de Elias me aprieta la palma de forma refleja mientras se le tensa un músculo de la mandíbula con evidente disgusto.

—Discúlpame —dice con suavidad—. Tengo que enseñarle a mi empleado cómo no comportarse delante del público.

Un escalofrío me recorre la nuca por la forma fría y peligrosa en que pronuncia esas palabras. Si yo fuera ese mecánico, saldría corriendo hacia el bosque. Porque sin duda ha sonado a amenaza.

—No pasa nada. El deber llama, lo entiendo. —Me río por lo bajo e intento liberar la mano de su agarre. Pero no me suelta. En cambio, ladea la cabeza y me estudia con una intensidad descarnada que casi me hace retorcerme bajo su mirada.

—¿Por qué no quedamos después del espectáculo principal? —murmura para que solo yo lo oiga—. Me encantaría enseñarte mis atracciones favoritas.

Lo miro desde debajo de las pestañas. Algo me dice que sus atracciones favoritas dejan a una chica sin aliento.

Me muerdo los labios, sopesando. Por un lado, pasar tiempo con el maestro de ceremonias de los Siete Pecados es una forma segura de conseguir información que puedo vender en un artículo.

Por otro lado, la atracción que siento por él es un. .. lastre peligroso.

—De acuerdo —acepto finalmente, guiñándole un ojo. Que nunca se diga que Jules Beck no lo dio todo por una historia.

—Perfecto —murmura. Con un último roce del pulgar sobre mi palma, me suelta y se dirige hacia el carrusel y el mecánico que espera.

Todavía no lleva puesta su pesada capa, así que me deleito con la vista de su trasero firme y sus hombros anchos.

Pero un grupo que pasa me los oculta justo cuando Elias agarra al mecánico del brazo para llevárselo detrás de la atracción.

Trago saliva y me vuelvo hacia mi refresco. Lo cojo y desenrosco el tapón, deseando que fuera algo mucho más fuerte.

Ya tenía pensado ver el espectáculo de la carpa principal esta noche, ya que ayer me perdí gran parte. Pero ahora estoy llena de nervios y expectación, deseando que termine y a la vez temiéndolo.