Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 5 Elias
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5 Elias

Los ojos de Jerry se abren de par en par cuando me acerco.

No creo que tenga controlada mi ira ahora mismo.

No solo me interrumpió mientras hablaba con esa zorrita preciosa que no me puedo quitar de la cabeza, sino que se puso a gritar que una atracción estaba averiada justo cuando los visitantes del carnaval empezaban a entrar.

—Lo siento mucho, Elias —dice mientras lo agarro del brazo y lo aparto—. Estaba hasta los cojones con este montón de chatarra. Llevo un año diciendo que hay que cambiar los circuitos.

Me paso una mano por la cara. —Pide lo que necesites. Destinaré el dinero esta semana. —Cortesía de Ezekiel Moore.

Jerry parpadea, boquiabierto. —¿En serio, jefe?

—En serio. Pero Jerry... —Me acerco más y lo miro fijamente—. Como vuelvas a soltar gilipolleces así delante del público, estás fuera. ¿Me has entendido?

Jerry traga saliva. —Entendido, jefe. Lo siento. No volverá a pasar. Te lo prometo.

—Que no se repita —digo en voz baja, y me doy la vuelta, dejándolo con la palabra en la boca.

Tengo que prepararme para el espectáculo. Al fin y al cabo, alguien muy interesante estará entre el público.

Silas está en mi caravana, trasteando con su portátil de última generación, con los pies encima de mi mesa.

—Eso no es higiénico —señalo.

—Nos tiramos a una tía encima el mes pasado —responde sin el menor remordimiento.

Suelto una risita y me dejo caer en el asiento a su lado. —Touché.

Silas y yo solemos compartir mujeres. Al fin y al cabo, todas son aventuras pasajeras, igual que nosotros solo estamos de paso por sus puebluchos y sus viditas aburridas.

Pero por alguna razón, no le menciono a mi belleza peliazul.

Me siento extrañamente reacio a compartir, como un crío con su juguete.

No es que tuviéramos muchos juguetes que compartir, criados como fuimos en el Santuario de las Cenizas.

Tamborileo con los dedos sobre la mesa, inquieto, anticipando el momento de saciar mis necesidades más oscuras con Jules y Ezekiel, aunque de maneras muy distintas. —Jerry va a pedir circuitos nuevos para el carrusel. Asegúrate de que tengamos pasta para eso, ¿vale?

Silas sonríe con suficiencia sin apartar la vista de la pantalla. —Hmm. ¿Cambiar todo el sistema de control? PLC, controladores de motor, sistemas de parada de emergencia... Con treinta mil debería bastar. Gracias, Profeta Ezekiel.

Me río con satisfacción. Estoy deseando ver luego la grabación de la cámara que escondí en el despacho de Moore y regodearme con su reacción.

—Bien. Es la hora, hermano. —Doy un golpe en la mesa antes de levantarme a por mi abrigo, el bastón y la chistera.

—Ah, mierda, se me ha ido el santo al cielo —murmura Silas—. Tengo que comprobar que las cadenas nuevas estén bien montadas para mi número del tanque.

—¿Otra vez a remojarte? —bromeo mientras recoge sus cosas.

Silas arquea las cejas sugestivamente. —Las pone cachondas. ¿Quieres que busque a alguien para los dos esta noche?

Dudo un segundo, pero al final decido contarle lo de Jules. —Ya tengo planes con alguien.

Mi hermano parpadea. —¿Alguien especial? —acierta.

Aun así, niego con la cabeza. —¿Cuánto de especial puede ser alguien si solo estamos en el pueblo una o dos semanas como mucho? Es solo que... necesito quitármela de la cabeza.

Silas levanta las manos en son de paz. —Vale, vale. Avísame si cambias de opinión. O si necesitas refuerzos. —Me guiña un ojo y se agacha cuando le tiro un trapo de cocina húmedo a la cara.

En la Gran Carpa, recorro la multitud con la mirada buscando ese destello de pelo azul.

O todavía no ha llegado o está sentada en algún lugar por encima de mi posición en el palco del personal.

Me muerdo el labio, pensando en cómo su top le marcaba las tetas, en cómo esos pantalones de cuero se le ceñían al culo.

En vez de concentrarme en el espectáculo, solo puedo pensar en hacerla gritar mi nombre después.

—Pareces tenso —dice Rowe a mi lado—. Como una fiera enjaulada. —Se ríe de su propio chiste malo mientras resoplo.

—Hay una mujer —le cuento mientras consulto el reloj de bolsillo. Solo unos segundos más—. Una del pueblo.

—Oh —es todo lo que dice Rowe. Por el rabillo del ojo, lo veo recorrer con los dedos las cicatrices de su muñeca.

Rowe tuvo la inmensa desgracia de llamar la atención de un Profeta particularmente obsesivo: Samuel Harlan.

Incluso dos décadas después, Rowe no deja que nadie lo toque, salvo Logan, y al resto de nosotros solo cuando no queda más remedio.

Si alguna vez se ha acostado con alguien por voluntad propia, no habla de ello.

Creo que solo confía de verdad en sus hermanos y en sus animales.

—¿Listo para enseñarle a esta gente por qué deberían soltar la pasta noche tras noche en nuestro carnaval? —le pregunto para apartar su atención de los pedazos rotos de su psique.

La sonrisa animal de siempre vuelve al rostro de Rowe cuando tiene un propósito: deslumbrar, encantar y cautivar a la multitud. Un contraste con lo que hacemos cuando todos duermen. Entonces contamos nuestra historia con sangre.

—Ya sabes que sí —confirma con un gruñido grave. Me contengo para no darle una palmada en la espalda. A veces lo presiono, intento que se vaya acostumbrando, pero no creo que el contacto le haga ningún bien ahora mismo.

—Allá vamos —digo en voz baja, y salgo a escena con los brazos en alto. Me empapo del aplauso atronador, de la vibración de la música y los vítores, de la adoración.

—Damas y caballeros —digo alzando la voz sobre el estruendo—. ¿Están listos para pecar?

Las luces se atenúan hasta que la carpa no es más que aliento y sombra.

Me quedo en el centro de la pista, con los brazos aún en alto, el bastón en equilibrio sobre mi palma mientras el aplauso crece y rompe sobre mí como una ola. Esto, esto, es mi lugar. Aquí, donde cientos de ojos esperan mi permiso para mirar.

—Bien —murmuro, con una sonrisa lenta—. Porque el pecado se disfruta mejor en compañía.

Un redoble de tambor grave recorre la carpa, profundo y constante, y la vibración me sube por las suelas de las botas. Bajo los brazos y golpeo el bastón una vez contra el suelo del ring. El chasquido resuena, agudo y definitivo.

—Esta noche —continúo mientras paseo por el círculo— seréis testigos de una fuerza que desafía la razón. De una gracia que desafía el miedo. Y de una tentación que desafía el sentido común.

Las luces se encienden de golpe en el borde del ring.

Jonah da un paso adelante y el público jadea.

Tiene los brazos desnudos, los músculos esculpidos y relucientes bajo las luces, cadenas enrolladas alrededor del torso como decoraciones macabras.

Planta los pies, tranquilo y sin pretensiones, como si fuera a levantar algo que no pesa más que un crío.

Uno del equipo engancha las cadenas a un trineo lastrado detrás de él.

—Algunos hombres —digo, mientras observo cómo el público se inclina hacia delante— nacieron para cargar con el peso del mundo.

Jonah asiente una vez. Y se mueve.

Las cadenas se tensan. El metal chilla contra el metal.

El trineo se sacude y avanza centímetro a brutal centímetro mientras Jonah lo arrastra por el ring, las venas marcadas, la respiración controlada, la expresión casi serena.

El público estalla: vítores, gritos, incredulidad. Pero Jonah no los mira.

El humo inunda el ring, espeso y ondulante, y se traga a Jonah como si nunca hubiera estado allí.

—Otros —murmuro, bajando la voz— nacieron para engañar.

La risa de Silas surge de la bruma, suave, encantada, antes de que su silueta titile y aparezca. Un momento está ahí, al siguiente ha desaparecido, y reaparece detrás de una adolescente que chilla en primera fila. Hace una reverencia teatral mientras el público aúlla.

Una rosa florece en su mano y se marchita hasta volverse ceniza antes de tocar el suelo.

Ilusión. Control. Fe... Siento cómo se asienta sobre el público como un hechizo.

Bien.

Las luces resplandecen de repente, el calor baña las primeras filas mientras Logan entra en escena, el fuego brota de su boca en un arco controlado que pinta la carpa de oro y carmesí. El público grita, miedo y deleite entrelazados, y mi sonrisa se ensancha.

Así es como los dominas.

No por la fuerza.

Haciendo que deseen lo que les das.

Cuando el aplauso vuelve a tronar, levanto el bastón y lo bajo una vez más.

El silencio cae al instante.

Recorro al público con la mirada, lento y deliberado, hasta que la encuentro: pelo azul, mirada firme, observándome como si ya estuviera medio hipnotizada.

Mi sonrisa se afila.

—Bienvenidos —digo en voz baja, con los ojos clavados en los suyos— al Carnaval de los Siete Pecados.

La música se eleva. Las luces estallan, vivas de nuevo.

Y el espectáculo comienza de verdad.