Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 3 Elias
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3 Elias

La casa de Ezekiel Moore es una mentira.

Está al final del pueblo, donde las casas escasean y las parcelas crecen, bastante apartada de la carretera para que la oscuridad a su alrededor sea más densa.

Una casa amplia de dos plantas, de piedra clara y contraventanas oscuras.

Las ventanas están a oscuras, el cristal refleja la luz de la luna, y el porche es amplio, sostenido por columnas blancas impolutas, la madera inmaculada bajo un farol colgante.

Arquitectura de buen gusto. Conservadora.

Una fachada que oculta la corrupción de su dueño.

El césped es impecable, cuidado, con setos esculpidos y hierba cortada a la perfección.

Un roble maduro se alza a un lado, con ramas cubiertas de musgo español que se mece suavemente en el aire húmedo de la noche.

Al final del camino de entrada, de suave curva, espera un sedán de lujo, pulido e impoluto.

Todo aquí habla de éxito. De una vida bien vivida y recompensada. Ezekiel Moore cree que salió impune de las atrocidades que cometió como Profeta del Santuario de las Cenizas. Estamos aquí para demostrarle que los recuerdos de los maltratados proyectan sombras muy largas.

—Siempre viven en putas mansiones de mierda —gruñe Jonah, con los ojos verdes heredados de su padre Profeta entornados de desdén.

—La maldad paga bien —murmura Cole. Está apoyado en el tronco de un árbol, limpiándose las uñas con un cuchillo.

—Prendámosle fuego y busquemos al siguiente —añade Logan, apretando y aflojando los puños a los costados.

Es algo que siempre dice. Y que siempre ignoro.

El ritual es mi parte favorita. El terror psicológico que infligimos antes de rematar. Me pone la polla dura, me da un subidón que me hace perder la cabeza.

—Eso no va a pasar —dice Marek con voz neutra. Está mirando el musgo que se mece como si le estuviera contando una historia.

—¿Te lo dijeron tus cartas? —pregunta Rowe con una sonrisa burlona. Se hace crujir el cuello, preparándose visiblemente para lo que viene. Es tan sediento de sangre como sus animales.

—No necesito cartas para conocer a nuestro hermano —responde Marek con suavidad; las burlas le resbalan como el agua sobre las plumas de un pato.

—Elias no es el único al que le encanta esta parte —dice Silas, pasándome el brazo por los hombros tensos—. Nos torturaron durante años. Un par de semanas es lo mínimo que podemos hacer.

Asiento a sus palabras mientras planeo en silencio las actividades de esta noche. Primero, tenemos que entrar.

—¿Tienes el código de seguridad? —le pregunto a Silas, aunque la pregunta es algo retórica: siempre cumple.

—Ya lo sabes —dice confiado, con regocijo.

—Entonces vamos —ordeno, tomando la delantera. Siempre al frente, desde que éramos niños, cargando con la peor parte del peligro. Gustoso seré el primero en la línea de fuego, aunque ya no somos jóvenes destrozados. Ahora somos hombres marcados, sedientos de venganza.

Marek empieza a tararear una melodía inquietante y familiar mientras bordeamos la casa en busca de la entrada del porche trasero. Recuerdo oír a su madre cantarle esa nana cuando éramos niños. Antes de que los Profetas la mataran.

Las luces se encienden automáticamente, pero no nos inmutamos.

Conocemos la distribución, las medidas de seguridad, los ocupantes.

Solo están el Profeta y su esposa sometida, quizás ajena a las atrocidades de su marido.

Sus hijos adultos se marcharon hace años, y probablemente tampoco se libraron de la vara.

Cole se pavonea hasta la puerta, jugando con sus ganzúas. Suspiro y miro al cielo pidiendo paciencia, mientras Silas se ríe de mi reacción. Tras unos clics casi inaudibles, Silas entra primero, teclea el código de seguridad y desactiva la alarma.

—Muy bien, hermanos. Es hora de que el Profeta Ezekiel vuelva a sentirse observado por Dios.

Rowe y Logan sueltan una carcajada ante mi proclama antes de desviarse hacia la cocina, listos para causar estragos controlados.

La casa de Ezekiel Moore está silenciosa, limpia, controlada. Miro las cruces y bendiciones que adornan las paredes de casi todas las habitaciones. Las náuseas me retuercen el estómago sin piedad. Esta fe domesticada dista mucho de la perversión que él practica en secreto.

Saco el pequeño bote de pintura roja en espray y lo agito unas cuantas veces, sin preocuparme lo más mínimo por si los Moore se despiertan. Si lo hacen, nos divertiremos.

Con letras precisas, escribo en la pared, sobre las cruces, las bendiciones, las fotos enmarcadas. Me tomo mi tiempo, asegurándome de que cada trazo sea perfecto.

La ceniza es lo que queda cuando el pecado se quema.

Satisfecho, contemplo mi obra un momento. Ojalá pudiera ver la cara de Ezekiel cuando baje y se encuentre con esto por la mañana.

Oigo el siseo de un bote de espray a mi espalda y me doy la vuelta, curioso por ver qué está escribiendo Silas.

La confesión es misericordia. La resistencia es castigo.

Me río entre dientes, aunque estas palabras todavía me acechan en sueños.

Silas eligió pintura azul. Verla brillar bajo la luz plateada de las ventanas me recuerda a la mujer que vi entre la multitud.

Pelo azul. Ojos ferozmente inteligentes.

Cuero ajustado. Me sorprendo mordiéndome el labio mientras noto los pantalones apretarse, ciñéndose a mi polla, que se endurece.

Espero que vuelva. Me encantaría darle un paseo.

El estudio de Moore me recuerda a las oficinas del Profeta en nuestra comuna. Madera lacada y pesada por todas partes, olor a libros viejos en el aire. La luz de la luna se refleja en una foto enmarcada y me acerco a inspeccionarla.

Es Moore y lo que parece su congregación, sonriendo en un picnic, con la iglesia local al fondo.

Pero es ver a los niños lo que hace que me piquen las palmas de ganas de rodear el cuello de Ezekiel dormido y apretar hasta que se le ponga la cara morada.

Tantos niños riendo, aferrados a sus padres, jugando entre ellos. ¿Se libraron de las atrocidades?

Con cuidado, cojo el marco y lo cuelgo boca abajo. El campanario de la iglesia, ahora apuntando al suelo, hace que se me erice el vello de la nuca.

Perfecto.

Cole asoma la cabeza al cabo de un rato, tamborileando con sus dedos largos en el marco de la puerta.

—¿Listo, jefe? —pregunta en voz baja, con cautela. Todos andamos con pies de plomo entre nosotros durante estas primeras noches, cuando no hay válvula de escape para la violencia.

—Sí —respondo, dejando el libro de contraseñas de Moore—. Vámonos de aquí.

Volveremos pronto.

✶✶✶

Arranco un trozo de pan y me lo meto en la boca mientras remuevo los huevos revueltos en el plato.

Me gusta venir al comedor a desayunar; así los feriantes pueden airear a primera hora cualquier queja de la noche anterior.

La primera noche en Marrow Falls salió bien, aunque el Tilt-a-Whirl se averió, pero eso ya es lo de siempre. Lo consideramos señal de buena suerte.

—El, ¿has visto esto?

Levanto la vista del plato y arqueo una ceja al ver a Silas, que se acerca con un periódico y expresión sombría, Marek pisándole los talones.

—No me digas que ya hemos salido en las noticias. ¿Qué ha hecho, llamar a los periodistas a las cuatro de la madrugada?

—No es el periódico de hoy, y no es local —explica Silas mientras se sientan frente a mí.

Aparto el plato para hacer sitio a lo que mis hermanos vayan a desplegar sobre la mesa. Aun así, no creo que nada me hubiera preparado para el titular.

El gobernador de Connecticut en batalla contra presunta secta apocalíptica

—¿Qué es esto? —pregunto en voz baja, aunque ya estoy recorriendo el artículo con la vista.

—Ya verás —murmura Marek con tono enigmático.

Respiro hondo y empiezo a leer desde el principio.

A raíz de una tragedia personal y del renovado escrutinio sobre fracasos estatales pasados, el gobernador de Connecticut, Thomas Langford, ha ordenado una investigación exhaustiva sobre una organización religiosa secreta conocida como el Santuario de las Cenizas, un grupo que, según los rumores, opera en los márgenes de la legalidad.

La medida llega menos de seis meses después de que un violento caso de acoso contra la hija del gobernador culminara en el secuestro de su esposa, Katarzyna Kamińska, antigua supermodelo internacional.

El sospechoso, presunta víctima de este grupo, murió mientras perseguía a la hija de Langford, lo que puso un final brutal a un caso que conmocionó al estado y atrajo la atención nacional.

Según fuentes cercanas a la oficina del gobernador, los acontecimientos recientes obligaron a Langford a reexaminar una decisión tomada hace décadas durante su mandato como senador de los Estados Unidos, decisión que ahora describe abiertamente como su «mayor fracaso profesional».

A principios de la década de 2000, Langford fue informado de un incidente relacionado con varios niños encontrados vagando por la zona rural de Connecticut.

En ese momento, el caso se le presentó como consecuencia de la explosión de un laboratorio de metanfetamina que había dejado huérfanos a los niños. El asunto se cerró discretamente.

«Fue una mentira», dijo Langford en un comunicado publicado el martes. «Y la acepté sin presionar lo suficiente».

Pruebas posteriores sugieren ahora que los niños no eran víctimas de un accidente relacionado con drogas, sino supervivientes de una secta religiosa apocalíptica que operaba bajo el nombre de Santuario de las Cenizas.

Antiguos miembros han denunciado desde entonces años de abuso físico, psicológico y espiritual perpetrado por hombres conocidos internamente como «Profetas».

A pesar de las repetidas denuncias e informes fragmentados a lo largo de los años, las investigaciones sobre el grupo se estancaron o fueron redirigidas abruptamente.

Fuentes policiales indican que el Santuario de las Cenizas puede haberse beneficiado de una protección inusual, con vínculos en círculos políticos, financieros y religiosos influyentes.

El gobernador Langford ha confirmado que su oficina trabaja ahora directamente con el FBI para reabrir casos sin resolver e identificar y detener a los Profetas restantes, varios de los cuales, según se cree, viven bajo identidades falsas en múltiples estados.

«No se trata de venganza», dijo Langford. «Se trata de responsabilidad. Por las víctimas. Por los niños a los que fallamos. Y por la verdad que fue enterrada».

Los funcionarios federales declinaron hacer comentarios sobre el alcance de la investigación, pero confirmaron que sigue en curso.

—Joder —siseo mientras arrugo el periódico—. Lo último que necesitamos es que los federales husmeen mientras nosotros…

—¿Cazamos? —sugiere Silas con una sonrisa burlona.

—No tiene gracia —refunfuño. Aliso el papel para releer el artículo—. ¿Quién era esta presunta víctima?

—Es poco probable que lo conociéramos —dice Marek, con la mirada fija en una paloma que se da un festín con las migas de pan—. Si era una comuna en Connecticut, no nos habríamos cruzado de niños.

—Cierto —admito a regañadientes—. Pero ¿por qué coño iría tras mujeres al azar y no tras los cabrones que nos jodieron durante década y media?

—Dudo que estuviera bien de la cabeza —dice Silas mientras tamborilea los dedos contra la mesa destartalada—. Quiero decir, ¿lo estamos nosotros? —añade con amargura.

—Nosotros no vamos a por los inocentes —dice Marek sin más.

Tiene razón. A veces salimos de la ciudad cubiertos de sangre y vísceras, pero siempre son los Profetas quienes sufren.

—Veamos qué pasa —digo tras un momento de silencio—. Avisad a los demás. Estad atentos por si alguien mete las narices en nuestros asuntos. No hemos llegado tan lejos para que nos paren antes de terminar nuestra misión.