2 Jules
Aparco mi Harley en el aparcamiento del carnaval y me quito el casco. Me paso los dedos por el pelo corto y azul mientras miro el letrero iluminado, recortado contra un cielo que se tiñe de púrpura intenso, con varias bombillas parpadeando o fundidas: El Carnaval de los Siete Pecados.
Descubrir pecados es lo que mejor se me da.
Apoyo la moto en el caballete y dejo el casco en el manillar con los guantes metidos dentro.
Nadie toca el equipo de las motos en pueblos pequeños como Marrow Falls; hay demasiados clubes de motociclistas fuera de la ley por estas zonas como para arriesgarse a tocar la propiedad ajena.
Sé que los Wicked Sinners controlan un par de condados de por aquí.
¿Cómo lo sé? Porque intenté hacer un reportaje el año pasado y me dieron largas, así de simple.
No voy a permitir que eso suceda aquí. Gracias a mis contactos en las fuerzas del orden, estoy segura de que este carnaval tiene esqueletos en su casa de la risa.
Podría ser coincidencia, claro, que aparezcan más informes de personas desaparecidas de lo normal cada vez que el carnaval se marcha de un pueblo.
Pero... no lo creo. Y por eso estoy aquí esta noche.
Es la noche de inauguración y quiero afianzarme desde el principio.
No se sabe mucho sobre la gente detrás del carnaval.
Es propiedad de Seven Sins Entertainment LLC, aunque según lo que he averiguado, el nombre ha cambiado varias veces a lo largo de los años.
Vi dos nombres en los permisos que logré desenterrar: Elias Vale y Silas Crowley.
Encontrar más información sobre ellos, sin embargo, resultó todo un desafío. Pero estoy a la altura, de eso no hay duda.
Paso bajo el arco de entrada iluminado y doy un respingo cuando un payaso pasa corriendo a mi lado, al parecer persiguiendo a un gato negro mientras ríe como un maníaco. No creo que el gato forme parte de ningún número.
Vale, creo que estoy a la altura.
¿Por qué tenían que ser payasos? Casi prefiero a los motociclistas corpulentos con armas y pocos escrúpulos.
Inhalo profundamente y me lleno del olor a palomitas, algodón de azúcar y fritanga. Hace mucho que no vengo a un carnaval, y casi desearía que esta fuera una visita por puro placer. Aunque, pensándolo bien, ¿qué mejor manera de pasar desapercibida que disfrutar de la comida y las atracciones?
Me acerco a la taquilla y compro tiques para las atracciones, suficientes para probarlas todas una vez.
—¿Cuándo empiezan los espectáculos? —le pregunto al adolescente con cara de aburrido que está en la caja.
—Primero es el acto de apertura —dice con una sonrisa forzada—. Está a punto de empezar, en la carpa principal de allí. No tiene pérdida.
—Gracias —respondo con amabilidad.
No tiene sentido hacer más preguntas ahora y despertar sospechas. Al fin y al cabo, tengo dos semanas, y este chaval seguramente no sabe nada. Hasta podría ser del pueblo; tampoco es que conozca a todo el mundo por aquí, y podría ser de algún pueblo cercano, como yo.
Según me adentro, la música de las atracciones empieza a superponerse y el murmullo de la multitud me envuelve desde todos lados. Bombillas amarillas y cálidas iluminan los caminos a medida que cae la noche, y las luces de neón de las atracciones parpadean sobre sombras impenetrables.
La carpa principal está un poco apartada de las atracciones y, como dijo el chaval, es imposible no verla. Sus franjas rojo oscuro y blanco hueso ascienden hasta las banderas que ondean en lo alto. Ahí es donde voy a encontrar a mis objetivos.
Un tamborileo profundo resuena desde la enorme carpa y hace vibrar la tierra bajo mis pies. Acelero el paso. No quiero perderme esto.
—Damas y caballeros —dice una voz aterciopelada desde el interior justo cuando dejo atrás el mundo exterior y me sumerjo en la oscuridad y el olor a serrín—. Pecadores y santos. Los curiosos y los condenados.
El público ríe incómodo mientras subo a las gradas, sumidas en la oscuridad. Un único foco ilumina la figura que se alza en el centro de la pista: un hombre alto y corpulento, con sombrero de copa, traje a rayas, abrigo pesado y un bastón decorado con oro en la mano.
Este es el maestro de ceremonias. ¿Elias Vale o Silas Crowley? ¿O alguien cuyo nombre sigue envuelto en misterio?
—Han venido buscando maravillas.
No, yo he venido buscando una historia.
Como periodista independiente, destapar asuntos turbios, como feriantes asesinos, es lo que me da de comer. Esté donde esté en ese momento.
—Por suerte para ustedes, nos han encontrado.
Las luces de arriba se encienden justo cuando me apoyo en la barandilla.
Ahora que tengo buena vista del hombre bajo el foco, no puedo apartar los ojos de él.
Tiene los ojos más pálidos que he visto en mi vida.
Desde esta distancia, no distingo si son azules, verdes o grises, solo que son penetrantes y ultraterrenos.
Estoy tan absorta en él que no reparo en los hombres que tiene detrás hasta que uno escupe fuego sobre las cabezas del público, que jadea alarmado y luego ríe nervioso.
Pero todos son casi tan llamativos como su líder.
El del soplete y el que apoya las manos con despreocupación en los flancos de un león y un oso parecen casi idénticos.
Aunque el que hace trucos de magia y el que baraja cartas también se parecen bastante. ¿Estarán todos emparentados?
Bueno, obviamente no el hombre enorme de piel color caoba, con los pómulos más marcados que he visto en mi vida y los labios más carnosos del planeta.
Está lanzando una pesa descomunal como si fuera un sonajero.
Y luego está el que juega con los cuchillos como si fueran de goma, cuyos ojos rasgados delatan un origen distinto al del resto.
Sin embargo, de algún modo parecen estar conectados, como si orbitaran los unos alrededor de los otros igual que planetas en un sistema solar. ¿Y el sol? Es el hombre del centro.
—Así que acérquense —dice con las manos en alto mientras la esfera roja en lo alto de su bastón destella—. Dejen sus expectativas en la puerta. Dejen su inocencia si son lo bastante valientes. Porque una vez que empieza el espectáculo... no hay vuelta atrás.
El único y poderoso golpe de tambor me corta la respiración. Aun así, no me uno a los aplausos del público; me quedo absorta contemplando al maestro de ceremonias mientras sigue bajo el foco.
Justo entonces, sus ojos barren la zona del público donde me encuentro y vuelven a posarse en mí. Parpadeo. ¿Me lo estoy imaginando o su mirada helada me está absorbiendo como un agujero negro?
Su dominio sobre mí desaparece tan rápido como llegó, y su pesado abrigo ondea al ritmo de sus pasos largos y decididos.
—¿Estáis listos? —dice como el perfecto showman. La multitud enloquece a mi alrededor: vítores, aplausos, pies golpeando el suelo—. He dicho... ¿Estáis. Listos?
—¡Sí! —grita el público como una sola entidad. Me sorprende descubrir que yo también me he dejado arrastrar y he gritado con ellos.
—Entonces, por favor, ¡demos la bienvenida a... El Ilusionista!
Mientras el hombre que hacía trucos en un lateral sube al centro del escenario y los trabajadores del carnaval se afanan a su alrededor preparando el atrezo, me doy cuenta de que me cuesta respirar, de que mis pulmones luchan por llevar oxígeno a mis venas.
Me aparto la chaqueta de cuero de la piel acalorada y me tambaleo hacia la salida. Por suerte, no me había alejado mucho, y el aire húmedo pero más fresco de la noche me llena los pulmones cuando respiro hondo.
¿Qué ha sido eso? ¿Estoy tan emocionada ante la posibilidad de esta historia? ¿O es por el maestro de ceremonias, increíblemente atractivo? Los guantes de cuero negro, la destreza con que empuña el bastón, el sombrero de copa que proyecta una sombra sobre la mitad de su rostro cincelado...
«No estás aquí para escribir una novela romántica. Céntrate de una puta vez».
Al darme la vuelta, me parece ver un abrigo largo que desaparece tras la esquina de la carpa principal. ¿Era...?
Llego en un instante y miro a mi alrededor, pero solo veo a los pocos visitantes del carnaval que no se han molestado en ver el espectáculo de apertura —en su mayoría adolescentes que seguramente se creen demasiado guays para tanta pompa— y a trabajadores que van y vienen con determinación.
Pero volverá, ¿no? Al fin y al cabo, es quien hila los distintos números. Así que solo tengo que armarme de valor y sentarme dentro. Luego, cuando termine el espectáculo, lo seguiré hasta su caravana. Será un buen punto de partida.