CAPÍTULO 36
El nombre sin tachar
Robles extendió la fotografía sobre una mesa de la comisaría de Salamanca.
Habían pasado doce horas desde la llamada. La tinta negra cubría cinco nombres con trazos gruesos. El sexto permanecía limpio, en la última línea. JULIO BARRAL.
Una persiana golpeaba contra el marco cada vez que entraba viento. Laura esperaba fuera, sentada frente a la puerta, con mi abrigo doblado sobre las rodillas.
—No es el código de Nora —dijo Robles.
Acercó una lupa al primer tachón. La línea atravesaba el tóner y dejaba una marca hundida en el papel. Los nombres habían sido impresos juntos. Las cruces se añadieron después.
—¿Quién las hizo?
—Rivas reconoce el rotulador del taller. No basta para atribuir cada trazo, pero vio esta hoja en la guantera de Héctor.
Dejé las manos bajo la mesa.
—¿Cuándo?
—La noche de Nora. Antes de llevar el furgón a Getafe.
Robles giró la fotografía. El reverso no mostraba mensajes ni claves. Solo la presión de cinco movimientos hechos con fuerza desigual.
—Rivas recuerda uno —añadió—. Héctor tachó su nombre después de que aceptara mover el vehículo.
El aire entró por la ventana y levantó una esquina. La sujeté con la lupa.
—No son personas apartadas. Son tareas cumplidas.
—Es una posibilidad.
—Navas después de sustituir la grabación. Cebrián después de cerrar la ruta. Rivas cuando retiró el furgón.
Robles retiró la fotografía antes de que completara los otros dos.
—No conviertas el orden en una confesión. Solo sabemos qué vio Rivas.
Me levanté y abrí la puerta. Laura alzó la vista, pero no se movió.
—Quiero vigilancia en casa de Clara y en el colegio —dije.
Robles cerró la funda.
—Ya la tienen.
—Sin coches delante de la puerta.
—Dos agentes de paisano. Clara conoce sus nombres.
Volví a sentarme. No pregunté por los vehículos ni por los turnos. Si me daba detalles, acabaría mirándolos desde cada ventana.
Robles puso otra hoja sobre la mesa. Era la rectificación firmada por Rivas. Admitía que no vio salir a Arce de Bailén. Héctor se lo contó después, en el taller, mientras limpiaba sangre de la manga.
—Esto debía constar ayer —dije.
—Consta desde anoche.
—Después de reconstruir una escena con información prestada.
—Por eso la reconstrucción no es una prueba única.
La persiana volvió a golpear. Esta vez Robles se levantó y trabó el cordón con el respaldo de una silla.
—Rivas sí vio a Héctor tachar su propio nombre —continuó—. Lo hizo cuando regresó del periódico.
—La grabación ya estaba cambiada.
—O creía que lo estaba.
Señalé mi nombre.
—Yo quedaba pendiente.
Robles no corrigió la frase. Sacó mi primera declaración sobre Nora. La periodista había preguntado si recordaba una lista y había escrito que David intentaba sacarla de Madrid.
—¿Qué podía creer que tenías? —preguntó.
—Mi versión.
—Ya estaba en tu causa.
—Mi versión oficial. Nora quería lo que David dijo antes del disparo.
El cuello de la camisa empezó a rozarme. Aflojé el botón superior.
—Yo no recuerdo once minutos nuevos. No tengo una cámara ni una copia escondida.
—Héctor no necesita que sea verdad.
—Nora se lo hizo creer.
Robles deslizó la lista hasta dejar mi nombre frente a mí.
—Después del atropello dijo: “Julio tiene lo que falta”. Pudo intentar apartarlo de ella.
—Y lo dirigió hacia mí.
—Quizá le dio una salida para que dejara de golpearla.
La puerta se abrió. Laura entró con mi teléfono entre dos dedos. No estaba sonando. La pantalla mostraba seis llamadas perdidas del mismo número.
—No es de la familia —dijo.
Robles cogió el aparato sin desbloquearlo. Comparó el número con una nota de su carpeta.
—Héctor Sanz.
El pulso me bajó hasta las muñecas. Laura dejó mi abrigo en la silla y cerró la puerta.
—¿Cómo tiene el número? —pregunté.
—Nora lo llevaba en la agenda —respondió Robles—. Él tuvo la libreta.
El teléfono vibró otra vez sobre la mesa. Nadie lo tocó durante los primeros tres tonos.
Robles llamó a Madrid desde el suyo. Pidió registro inmediato, localización y grabación autorizada. No prometió que llegarían antes de que Héctor colgara.
—No contestas hasta que yo te diga —ordenó.
Miré a Laura.
—Avisa a Clara de que nadie sale solo.
—Ya lo he hecho.
—¿Lucas?
—Está con ella. Martina no ha ido al colegio.
El séptimo tono terminó. Héctor cortó.
Dejé el móvil donde estaba. No devolví la llamada.
Dos minutos después llegó la autorización verbal de la jueza, pendiente de firma. Robles conectó un pequeño grabador al teléfono. El técnico de Madrid escucharía desde una línea abierta.
—Si vuelve a llamar, no improvises —dijo.
—No sé qué quiere.
—Sí sabes qué cree.
Escribió una frase en una hoja y la colocó ante mí.
TENGO SEIS COPIAS. NORA NO DEJÓ UNA SOLA.
La leí sin tocar el papel.
—Eso puede hacerlo venir a Salamanca.
—Por eso no diremos dónde están.
—Puede acercarse a mi familia.
Laura apoyó ambas palmas sobre la mesa.
—Ya sabe dónde vivimos. Fingir que no existe no cambia la carretera.
Robles tachó una palabra de su frase. Dejó el bolígrafo.
—No vas a ofrecerte. Solo confirmarás que Nora repartió el material.
—No lo repartió.
—Él no lo sabe.
El teléfono vibró por octava vez.
Respondí.
—Héctor.
Al otro lado no hubo sorpresa. Se oyó un motor constante y un intermitente marcando el silencio.
—Nora habló demasiado tarde —dijo.
—Tú llegaste demasiado lejos.
Robles señaló la frase. No la repetí todavía.
—¿Qué te dio? —preguntó Héctor.
—Nada que puedas sacar de un coche.
El intermitente se detuvo. Una puerta se cerró lejos del auricular.
—Dijo que lo tenías.
—Dijo lo necesario para que la dejaras respirar.
La respiración de Héctor cambió. No negó haberla oído.
—No sabes qué llevaba encima.
—Tú tampoco lo encontraste.
Robles golpeó una vez la mesa. Necesitaba llevarlo hacia las copias, no hacia el túnel.
—Nora no dejó una sola —dije—. Hizo seis.
Silencio.
Laura retiró las manos de la mesa y se colocó junto a la pared.
—¿Seis qué? —preguntó Héctor.
—Lo que buscabas cuando entraste en el periódico.
—Navas lo destruyó.
—Navas destruyó lo que le diste.
El motor aumentó durante unos segundos. Héctor estaba conduciendo o viajaba dentro de otro vehículo.
—Quiero verlas.
—No están conmigo.
—Entonces tu nombre seguiría tachado.
La frase me cerró los dedos alrededor del teléfono.
—Mi nombre no está tachado.
Héctor soltó aire. Había entendido que recuperamos el coche.
Robles escribió: PROPÓN ENTREGA. NO LUGAR.
—Puedo conseguirlas —dije—. Las seis juntas.
—No vuelvas a Madrid.
—No pensaba hacerlo.
Laura me miró. La respuesta no formaba parte del guion.
—Las llevará otra persona —añadí.
—Robles no.
—Elige tú.
Héctor tardó tanto que el técnico de Madrid preguntó por la línea. Robles levantó una mano para mantener el silencio.
—Mañana —dijo él—. Estación de Atocha. Consigna antigua, acceso de llegadas.
Robles escribió una hora. No la pronuncié.
—¿Quién las recoge?
—Yo decidiré quién se acerca.
—Entonces no hay entrega.
La puerta del pasillo se abrió y un agente asomó la cabeza. Robles lo apartó con un gesto.
Héctor arrancó de nuevo.
—Que las lleve Cebrián.
Miré a Robles. Su rostro no cambió.
—¿Por qué él?
—Porque lleva años entregando cosas que asegura no haber tocado.
La llamada terminó.
El técnico confirmó que la señal se había movido por la A-6 y desaparecido cerca de una salida. No era suficiente para detenerlo.
Robles desconectó el grabador y guardó la lista.
—Tú no vas a Atocha.
—Ya se lo he dicho.
—Quiero oírtelo sin él al teléfono.
Entregué el móvil a Laura.
—No voy.
Robles recogió la hoja con la frase preparada. La dobló en cuatro y la guardó sin enseñarme el plan.
—Cebrián puede negarse.
—Lo hará.
—Entonces tendrá que explicar por qué Héctor confía en él.
Laura abrió la puerta. El pasillo estaba vacío, salvo por los dos agentes que protegerían la casa.
Robles recibió una llamada antes de que saliéramos. Escuchó de pie, con la funda apretada contra el costado.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Guardó el teléfono.
—Cebrián ya ha aceptado.
—¿Cuándo se lo pedisteis?
—No se lo hemos pedido.
La persiana golpeó otra vez.
Robles abrió el registro de llamadas de Cebrián. Había telefoneado cinco minutos antes y solicitado protección a cambio de colaborar.
—Héctor lo llamó primero —dijo—. Le recordó una ruta que Cebrián cerró hace siete años.
Laura me tendió el abrigo.
—Entonces mañana no entregan seis papeles.
Robles negó.
—Entregan seis responsabilidades.