CAPÍTULO 35
El domingo que Julio no abandona
Martina escondió mi teléfono dentro de la cesta del pan.
La pantalla seguía iluminada entre las servilletas cuando Clara dejó la fuente sobre la mesa. El olor a pollo asado llenaba la cocina. Desde la calle llegaban las campanas de la Clerecía, mezcladas con ruedas de maletas sobre las losas.
—Si suena, vibra el pan —dijo Martina.
—Eso parece.
Lucas apartó la cesta de mi lado.
—Hoy no necesitas tenerlo delante.
Me senté sin recuperarlo. Laura cortó el primer trozo y se lo sirvió a Martina. Nadie preguntó por Madrid. El billete usado seguía en el bolsillo de mi chaqueta, colgada junto a la puerta.
Clara repartió los platos.
—¿A qué hora te dormiste?
—Antes de las dos.
—Hora real.
—Una y cuarenta y siete.
Lucas bebió agua para ocultar una sonrisa. Martina golpeó el tenedor contra el borde hasta que Laura le puso patatas.
El teléfono vibró dentro de la cesta. El pan se movió.
No estiré la mano.
—Puede ser Robles —dije.
—También puede dejar de serlo durante un minuto —respondió Clara.
La vibración terminó. Corté la carne. El cuchillo raspó el plato y el sonido me subió por los dientes.
Volvió a sonar.
Esta vez Lucas sacó el aparato, miró la pantalla y lo dejó boca arriba en el centro.
Julián Ferrer.
El conductor cuya tarjeta habían duplicado.
—No es Robles —dijo.
Toqué el botón de silencio. Ferrer insistió antes de que la pantalla se apagara. No había llamado durante toda la investigación.
Clara señaló la puerta con el tenedor.
—Puedes responder en la cocina. Después vuelves con una respuesta completa.
Me levanté. Laura no recogió mi plato.
Ferrer habló sin saludar.
—He visto el coche de Arce en televisión.
—La policía ya lo tiene localizado.
—El que enseñan no es el que usaba para las inspecciones.
Abrí el grifo y lo cerré. El agua había salido demasiado caliente.
—Explíquese.
—Tenía dos sedanes iguales. Uno figuraba en la empresa. El otro entraba con placas temporales cuando revisábamos vehículos retirados.
—¿Dónde lo guardaban?
Ferrer respiró cerca del auricular.
—En el depósito de Vicálvaro. Nave cuatro, fondo derecho. Lo vi el viernes detrás de una lona.
—¿Por qué me llama a mí?
—Porque cuando llamé a comisaría me pasaron tres veces y acabé contando lo mismo a una grabadora.
—Nombre del agente.
—No me lo dieron.
Apoyé la palma en la encimera. No era una pista anónima. Era un testigo conocido, con un lugar preciso y una queja verificable.
—No vaya allí.
—No pensaba hacerlo.
—Envíeme una fotografía del permiso que utilizó para entrar, si lo conserva.
—Eso sí lo conservo.
Colgué y llamé a Robles desde la misma cocina. Respondió al primer tono.
—Has llegado.
—Hace diez horas.
—No te he preguntado cuánto llevas.
Le di el nombre de Ferrer, la nave y la existencia de un segundo sedán. Robles no pidió que volviera a Madrid. Tampoco me explicó qué unidades enviaría.
—Reenvíame el permiso cuando llegue —dijo—. No llames al depósito.
—Ferrer avisó antes a comisaría.
—Comprobaré dónde terminó la llamada.
—El coche puede salir.
—Y entrar corriendo puede conseguir que salga con alguien delante.
La puerta de la cocina se abrió. Martina asomó la cabeza.
—Se enfría.
Miré el reloj.
—¿Cuánto tardaréis?
—Lo necesario para no convertir una nave en una persecución.
Robles colgó.
Volví a la mesa. Dejé el teléfono junto a Clara, no dentro de mi bolsillo.
—Hay un segundo coche de Arce en Vicálvaro. Robles lo está comprobando.
Lucas apoyó los cubiertos.
—¿Vas a ir?
—No.
La palabra salió sin preparación. Laura continuó cortando la carne.
—Entonces come antes de que cambie.
No cambié.
Ferrer envió el permiso nueve minutos después. Mostraba una entrada temporal al depósito, firmada por un encargado que ya había declarado sobre los furgones. Reenvié la imagen a Robles y bloqueé la pantalla.
El documento llevaba el sello del depósito y una anotación escrita a mano: inspección extraordinaria.
No aparecía matrícula, solo el modelo y la nave.
Ferrer añadió que el sedán entró sobre una plataforma, cubierto, y que nadie registró su salida.
No interpreté la ausencia. Reenvié exactamente lo que había recibido.
Clara miró el movimiento.
—¿Eso era informar o investigar?
—Informar.
—¿Y ahora?
Guardé el teléfono en un cajón del aparador.
—Ahora termino el plato.
Martina levantó una patata con los dedos.
—Eso también lo prometiste ayer.
—Ayer no había patatas.
—Siempre encuentras una diferencia.
Lucas soltó una risa corta. La cocina perdió tensión durante dos segundos. Suficientes.
Después del postre, Laura anunció que llevaría a Martina a la Plaza Mayor. No preguntó quién iba.
—Yo también —dije.
—No era una invitación para vigilarte.
—No lo he tomado así.
—Entonces trae su abrigo.
Subí a buscarlo. El teléfono quedó en el cajón.
En la calle, el sol rebotaba sobre la piedra clara. Martina corrió hasta la plaza sujetando una mano de Laura y otra de Clara. Lucas caminó a mi lado, sin auriculares.
—¿Por qué dijo Nora tu nombre?
—Rivas no la oyó.
—Eso no responde.
—Héctor se lo contó después. Según él, Nora dijo que yo sabía dónde estaba la otra copia.
Lucas rozó una columna con los dedos.
—¿Lo sabes?
—No.
—¿Y ella creía que sí?
—Creía que el equipo desaparecido estaba relacionado con mi causa.
—Entonces utilizó tu nombre para asustarlo.
—O para ganar tiempo.
No añadí otra posibilidad. Cruzamos bajo los soportales. Una camarera apartó una silla antes de que Martina chocara con ella.
Mi reloj vibró.
Me detuve. El aviso procedía del teléfono guardado en casa, enlazado al reloj.
Robles.
Laura lo vio.
—Puedes responder sin volver corriendo.
Acepté la llamada desde la muñeca.
—Dime.
El ruido de un motor ocupó el fondo.
—El sedán está dentro —dijo Robles—. La nave estaba cerrada y hemos esperado la orden.
—¿Cuánto?
—Cincuenta y tres minutos.
La pérdida me golpeó en el estómago. Miré a Martina persiguiendo una sombra entre las mesas.
—¿Ha salido alguien?
—No. Vigilamos dos accesos antes de entrar.
—¿Héctor?
—No estaba.
—¿Arce?
—Tampoco.
Robles dio una instrucción lejos del teléfono. Se oyó una puerta metálica levantándose.
—El coche lleva placas diferentes a las del vídeo —continuó—, pero el número de bastidor coincide con una factura de Ventilaciones Arce.
—¿Sangre?
—No voy a hacerte una inspección por teléfono.
—Entonces para qué llamas.
—Para decirte que la información era correcta y que nadie ha resultado herido por esperar.
La frase dejó la mandíbula inmóvil.
Una sirena atravesó el fondo de la llamada y se apagó enseguida.
Durante esos cincuenta y tres minutos yo habría llegado quizá hasta la estación, no hasta Vicálvaro.
La policía habría tenido que vigilarme además de la nave.
Cerré la mano alrededor del reloj y la abrí antes de que Laura tuviera que señalarla.
La urgencia no había cambiado de dueño por quedarme allí.
—Entendido.
—Hay otra cosa. Rivas ha corregido su declaración.
Laura se acercó un paso. Lucas dejó de mirar a Martina.
—No vio a Arce salir de Bailén —dijo Robles—. Héctor se lo contó después, en el taller. Ya consta así.
—¿Y mi nombre?
—También procedía de Héctor. Nora dijo: “Julio tiene lo que falta”. No dijo que estuvieras allí.
La presión detrás de los ojos cedió sin desaparecer.
—Yo no tengo nada.
—Eso sabemos nosotros. Héctor pudo creer otra cosa.
Un golpe metálico sonó al otro lado.
—Te llamo cuando terminemos —dijo Robles.
—No hace falta hoy.
Hubo una pausa.
—Eso también consta.
La llamada terminó.
Laura tocó el reloj.
—¿Volvemos?
Martina estaba intentando convencer a Clara de comprar un globo. Lucas esperaba mi respuesta.
—No.
Me acerqué al vendedor y pedí el globo azul que Martina señalaba. El hombre ató la cuerda a su muñeca. Ella levantó el brazo y el plástico golpeó una vez contra el soporte del soportal.
Nos quedamos en la plaza.
El teléfono no volvió a sonar hasta que estábamos poniendo la mesa para cenar. Clara lo dejó sobre un estante y activó el altavoz.
Robles habló mientras yo repartía los vasos.
—El coche ha sido recuperado. Está limpio por dentro, pero no vacío.
Lucas sostuvo una jarra sobre el mantel.
—¿Qué había? —pregunté.
—Una copia de la lista de Nora. Seis nombres.
El agua rebosó del primer vaso. Lucas enderezó la jarra.
—¿Tachados?
Robles tardó un segundo.
—Cinco.
Miré mi nombre escrito en el borde de una servilleta, donde Martina había decidido asignar los sitios.
—¿Cuál dejaron sin tachar?
—El tuyo.