CAPÍTULO 34
La noche del túnel
Rivas señaló la rampa sin bajar de la furgoneta policial.
La calle de Bailén estaba cerrada al tráfico. Bajo el viaducto, los focos devolvían una luz contra el hormigón húmedo. El agua caía desde una junta y marcaba intervalos sobre una chapa.
—Yo llegué después —dijo.
Robles permaneció junto a la puerta abierta. Yo esperaba detrás de la segunda cinta, donde Vega había decidido que ya no podía contaminar nada.
—Empiece donde empezó usted —ordenó Robles.
Rivas indicó la avenida de Andalucía. Arce lo llamó a las siete y veintitrés. Le pidió recoger un furgón averiado en el taller de Villaverde y llevarlo a Getafe.
—¿Le pareció normal? —preguntó Vega.
—Me pagaban para que las cosas parecieran normales.
El abogado le tocó el antebrazo.
—Conteste solo lo que recuerde.
Rivas apartó la mano.
—Recuerdo que acepté.
Robles hizo avanzar el vehículo hasta el punto donde la cámara había grabado el segundo resplandor. Yo seguí por la acera superior, sin acercarme a la entrada de servicio.
Laura caminaba a mi lado. Llevaba mi billete doblado dentro de la funda del teléfono.
—El tren sale en tres horas —dijo.
—Lo sé.
—Hoy no sirve responder eso desde otra ciudad.
Abajo, Rivas identificó el lugar donde vio el coche de Arce cuando regresaba con la grúa. Un sedán negro estaba detenido junto al acceso lateral, con las luces apagadas.
—¿Vio a Arce? —preguntó Robles.
—Vi su coche.
—No es la misma cosa.
Rivas apoyó la frente contra el marco de la puerta.
—Lo vi cuando arrancó.
La reconstrucción se detuvo. Vega cruzó la calzada y pidió que describiera la salida sin utilizar el vídeo ni las fotografías. Rivas cerró los ojos.
El coche avanzó hacia la calle Mayor a las siete y once. Conducía Arce. Llevaba el abrigo abierto y una mano pegada a la oreja. En el asiento del acompañante no había nadie.
—¿Estaba huyendo? —preguntó Robles.
—Estaba saliendo.
—¿Rápido?
—Lo bastante para no mirar el retrovisor.
Robles ordenó comprobar la ruta del sedán sin ampliar la investigación a otros vehículos. El equipo debía buscar testigos físicos, pagos y estacionamientos. Nada de reconstruir la ciudad con señales clonadas.
Seguimos hacia el túnel. Un perito había marcado en el suelo la trayectoria probable del furgón. Las líneas negras se acercaban a la pared, se abrían antes del impacto y volvían a cerrarse.
—Primer frenazo —dijo Vega.
La marca empezaba antes de que Nora apareciera en el ángulo de la cámara. Quien conducía sabía que estaba allí o la había seguido desde el acceso superior.
Robles miró hacia mí.
—¿Nora conocía a Héctor?
—Había hablado con él el día anterior.
—Eso no significa que confiara.
—Tampoco que entrara por casualidad.
Rivas golpeó dos veces el salpicadero.
—Héctor dijo que ella llevaba la cámara.
—¿Cuándo se lo dijo? —preguntó Robles.
—En el taller. Cuando llegué con la grúa.
—Después del atropello.
—Sí.
El abogado pidió una pausa. Robles no se opuso. Sacaron a Rivas para que caminara unos metros con un agente. La venda de su cabeza resaltaba.
Yo bajé hasta la cinta exterior. Vega levantó la palma antes de que apoyara el pie en la rampa.
—Desde ahí.
Me detuve.
—Nora no llevaba una cámara al túnel. Llevaba una tarjeta.
—Eso sabemos.
—Héctor buscaba el equipo M-1, no lo que llevaba encima.
Robles giró hacia el furgón.
—O creía que ambas cosas estaban juntas.
Laura desplegó el billete y lo sostuvo delante de mí.
—Haz la pregunta que puedes responder.
Miré el punto donde el sedán de Arce había esperado.
—¿Quién citó a Nora?
Rivas regresó antes de que Robles contestara. Había oído la pregunta. Se sentó en una silla plegable junto a la entrada.
—Nicolás concertó la reunión con Héctor —dijo—. Arce apareció sin avisar.
—¿Por qué? —preguntó Vega.
—Héctor lo llamó cuando Nora enseñó una fotografía de la M-1.
—¿La tenía ella?
—Tenía una imagen. Dijo que el original guardaba once minutos.
La piel de mis brazos se tensó bajo la camisa. Nora no había recuperado la cámara. Había convencido a Héctor de que sabía dónde estaba.
Robles se agachó frente a Rivas.
—¿Qué quería Arce?
—Que Héctor le entregara la fotografía y cualquier copia del artículo.
—¿Qué ordenó?
—Que recuperara el material.
—¿Dijo que la retuviera?
—No.
—¿Que la asustara?
—No lo oí.
—¿Que la matara?
Rivas levantó la vista sin pestañear.
—Nadie dijo eso.
El abogado intentó terminar la declaración. Rivas lo apartó con el hombro.
—Arce entró, vio a Nora y quiso hablar sin Héctor. Ella le preguntó por las cámaras retiradas. Él negó una firma que llevaba su nombre. Nora abrió la libreta.
—¿Qué vio Arce? —pregunté desde la cinta.
Robles no me expulsó.
—Su apellido —respondió Rivas—. El primero.
El sedán se marchó cuando Nora guardó la fotografía dentro del bolso. Arce no la amenazó. Le dijo a Héctor que arreglara el problema que había creado y salió hacia la rampa.
—¿Eso no es una orden? —preguntó Vega.
—Puede serlo para usted.
—¿Para Héctor?
Rivas miró las marcas de frenado.
—Para Héctor significaba que volvería a prisión si ella salía con aquello.
Robles se levantó. Mandó localizar a Arce y registrar su domicilio, su oficina y el sedán. No por ordenar un asesinato, sino por ocultar su presencia y abandonar una situación que había puesto en marcha.
Un agente reprodujo la cámara municipal. Nora apareció corriendo junto al muro. Ya no llevaba la libreta. El furgón entró detrás.
Rivas indicó que Héctor solía conducir inclinado hacia delante, con ambas manos altas. La silueta del vídeo no permitía confirmarlo.
—La primera frenada fue para detenerse a su lado —dijo—. Quería cerrarle el paso.
El vehículo giró. Nora cambió de dirección y alcanzó la puerta de servicio. Estaba cerrada.
—La llave —dije.
Vega comprobó el inventario. Nora no tenía acceso. Arce sí, por el contrato de mantenimiento. Héctor utilizaba una copia del taller.
—Entonces pudo abrirla —dijo Laura.
—No quería entrar —respondió Rivas—. Quería salir a la calle.
El segundo coche permaneció fuera del ángulo durante seis segundos. Después su reflejo desapareció hacia la calle Mayor. Arce se había marchado antes del impacto.
El furgón avanzó. Frenó por segunda vez cuando Nora cayó contra la puerta. Las ruedas dejaron marcas torcidas, como si el conductor hubiera intentado detenerse y hubiera cambiado de idea.
—¿La golpeó de frente? —pregunté.
El perito negó.
—Con el lateral delantero. La alcanzó al girar.
Rivas se cubrió la boca con la mano.
—Héctor me dijo que ella saltó.
—¿Y usted le creyó? —preguntó Robles.
—Vi el piloto roto. Vi sangre. No pregunté.
Robles señaló el espacio entre el impacto y el muro.
—¿Quién movió el cuerpo?
—Héctor. Cuando llegué al taller tenía polvo en las rodillas.
—¿Solo?
Rivas tardó demasiado.
—Me pidió una lona.
La respuesta bajó por la rampa como un objeto pesado. Robles no levantó la voz.
—¿Volvió con él?
—No.
—¿Entonces para qué quería la lona?
—Para cubrir el asiento.
El perito mostró la abrasión circular de la muñeca de Nora. Coincidía con una correa de sujeción del furgón. Héctor la había arrastrado desde el punto de impacto y fijado el brazo para moverla sin dejar huellas claras.
Rivas negó haberlo visto. La mecánica encajaba, pero no era todavía una confesión.
Robles cerró la reconstrucción. Los agentes retiraron a Rivas y guardaron los conos. Yo permanecí frente a la puerta donde Nora había intentado salir.
Laura me entregó el billete.
—Ahora.
Guardé el papel en el bolsillo.
—Ahora.
Subimos hacia la plaza de Oriente. El Palacio Real aparecía pálido detrás de las vallas. Robles nos alcanzó junto al paso de peatones.
—Arce no está en casa —dijo.
—¿El coche?
—En el garaje.
—¿Héctor?
—Sigue desaparecido.
Laura pulsó el botón del semáforo.
—Eso no cambia el tren.
Robles me tendió una hoja sin soltarla. Era la ampliación de la declaración de Rivas. Solo podía leer una línea.
Héctor regresó al taller con la libreta, pero sin el bolso.
—El bolso salió en el monovolumen de Arce —dije.
—Eso creemos.
Le devolví la hoja.
El semáforo cambió. Laura cruzó primero.
Robles permaneció a mi lado.
—Hay algo que Rivas no quiso firmar.
—Entonces no me lo cuentes.
—Dijo que, después del segundo frenazo, Nora seguía hablando.
El tráfico arrancó detrás de nosotros.
—¿Qué dijo?
Robles miró hacia el túnel.
—Un nombre.
Laura se detuvo al otro lado de la calzada.
—¿Cuál?
Robles guardó la hoja.
—El tuyo.