Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Nadie dio la orden

Cuando llegué al hospital, el titular de Navas ya había cambiado tres veces.

La última versión no mencionaba a Arce ni a Rivas. Convertía a Cebrián en el hombre que había corregido seis muertes y dejaba el asesinato de Nora como una consecuencia posible, no demostrada. En la entrada, dos cámaras esperaban frente a las puertas automáticas.

Laura me sujetó la manga.

—Tú no entras en la habitación.

—No pensaba hacerlo.

—Has pensado otras cosas antes de decirlas.

Robles apareció al fondo del pasillo. Llevaba la carpeta bajo el brazo, pero no me la entregó. Vega caminaba detrás con un agente que sujetaba una bolsa de ropa.

—Rivas está consciente —dijo Robles—. Hablará con abogado y sin ti.

—¿Qué pasó con la patrulla?

Vega tocó la bolsa.

—Encontraron su coche en un área de servicio. La patrulla golpeó un bolardo y rompió la radio. Un agente acompañó a Rivas en la ambulancia. El otro dejó los teléfonos dentro del coche.

—Eso no explica cuatro horas sin responder.

—Lo explicarán ellos.

Elegí no convertir el retraso en otra trama. Me senté junto a una máquina de bebidas. El motor vibraba contra la pared y el olor a desinfectante se pegaba a la garganta.

Laura dejó mi teléfono en mis manos.

—Llama a casa.

—Ahora no.

—Precisamente ahora.

Marqué el grupo familiar antes de que Robles entrara en la habitación. Clara contestó sin vídeo. Al fondo se oía a Martina protestando por un vaso.

—Sigo en Madrid —dije.

—Eso ya lo marca el punto.

—Rivas ha aparecido vivo.

Lucas habló desde lejos.

—¿Y tú dónde estás?

Miré la puerta cerrada.

—Fuera.

Hubo un silencio corto. Clara no me felicitó. Me pidió la hora del tren y se la di sin modificarla.

Cuando terminó la llamada, Navas cruzó las puertas del hospital con dos redactores. No llevaba cámara. Sí la carpeta que Nora utilizó para imprimir el artículo.

Me levanté. Laura no me bloqueó.

—No vas a pegarle —dijo.

—No.

—Entonces ve.

Navas me vio antes de llegar al ascensor. Apartó a los redactores con un gesto y pulsó el botón. No esperó a que se abriera.

—Ha publicado el nombre equivocado —dije.

—He publicado el que puedo sostener.

—Nora dejó seis.

—Nora dejó un borrador.

Le enseñé en mi teléfono la fotografía del titular. No intentó mirarla.

—También escribió que no le entregaran el artículo.

La mandíbula le cambió apenas. Pulsó otra vez el ascensor.

—Nora desconfiaba de todos cuando cerraba una investigación.

—De usted dejó constancia.

Las puertas se abrieron. Navas no entró. Los redactores fingieron revisar sus pantallas a cinco metros.

—¿Qué quiere, Barral?

—Que deje de señalar al hombre que estaba en un hotel mientras otro coche entraba en el túnel.

—Cebrián corrigió seis expedientes.

—Eso no lo convierte en quien mató a Nora.

Navas rozó el borde de su carpeta.

—Tampoco lo he escrito.

Elegí no discutir cada verbo. Señalé a los reporteros.

—Ha eliminado a Arce.

—No hay pruebas publicables contra Arce.

—Hay firmas.

—También las hay de Cebrián.

—Y una denuncia de su antiguo socio.

Navas dio un paso hacia mí.

—Una denuncia interesada no es una condena. Usted debería saberlo.

La frase encontró sitio, pero no movimiento. Mantuve las manos abiertas.

—¿Quién le dio las fotografías?

—El periódico es propietario de sus equipos.

—Nora no era uno de ellos.

Robles salió de la habitación de Rivas y nos vio juntos. No aceleró. Navas cerró la carpeta.

—Su inspectora está utilizando material periodístico sin autorización.

—La jueza la tiene —respondió Robles al llegar.

—La autorización no convierte un borrador en verdad.

—Tampoco una portada.

Navas apretó el botón del ascensor por tercera vez. Esta vez entró. Antes de que las puertas se cerraran, Robles metió la carpeta entre ellas.

—No abandone Madrid.

—No estoy investigado.

—He dicho que no abandone Madrid.

Navas miró el cartón atrapado. Después retrocedió. Las puertas volvieron a abrirse.

—¿Por qué?

Robles retiró la carpeta.

—Porque Rivas acaba de situarlo en el garaje del periódico la mañana en que cambiaron la grabación.

Navas no perdió el color. Perdió la prisa.

—Entré a trabajar.

—A las cinco cuarenta.

—Los directores no fichamos.

—Y los muertos tampoco corrigen archivos.

Navas salió del ascensor. Robles indicó a un agente que lo acompañara a una sala vacía. No lo detuvo. Tampoco permitió que llamara a sus redactores hasta que llegara su abogado.

Laura recogió mi teléfono del banco.

—Ahora sí puedes preguntar por Rivas.

Robles caminó hacia la cafetería del hospital. La seguí sin acercarme a la habitación. Vega se quedó con Navas.

—Rivas no atropelló a Nora —dijo Robles.

La frase me aflojó las rodillas antes de llegar a la mesa. Apoyé la palma.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque a las siete y diez estaba en una gasolinera de la A-42. Compró agua y café. La cámara lo muestra dentro mientras el furgón ya estaba en Bailén.

—Entonces movió el vehículo después.

Robles dejó tres monedas junto a la máquina de café.

—Arce le pidió que recogiera un furgón averiado en Villaverde. No preguntó por qué tenía el piloto roto ni por qué Héctor llevaba sangre en el puño de la camisa.

—¿Y la grabación?

—Rivas condujo un vehículo de mantenimiento hasta el garaje del periódico. Héctor subió. Rivas esperó abajo.

—Navas estaba allí.

—Eso dice Rivas.

La máquina dejó caer el vaso. Robles no lo retiró.

—¿Qué dice Navas?

—Todavía nada.

Laura cogió el café antes de que rebosara.

—¿Arce ordenó recuperar la cámara?

Robles asintió.

—Según Rivas, Arce dijo: “Traed el equipo antes de que salga de allí”.

—¿De dónde?

—Rivas no lo sabe. Recibió la dirección del taller después.

—Eso no es una orden de matar.

—No.

El café me quemó los dedos a través del cartón. Lo dejé.

—¿Cebrián?

—Rivas nunca habló con él. La mañana siguiente recibió una ruta cerrada y una orden de traslado regularizada desde su perfil.

Las piezas no formaban una cadena. Formaban personas mirando solo el tramo que les convenía.

Robles abrió la mano sobre la mesa, vacía.

—Arce quería recuperar una cámara. Rivas movía vehículos. Cebrián limpiaba registros. Navas protegía el periódico. Ninguno admite haber pedido que tocaran a Nora.

—Héctor sí estuvo con ella.

—Eso creemos.

—Y alguien condujo el furgón.

—Eso todavía lo demostramos.

Elegí la única pregunta que no repartía culpas.

—¿Qué dijo Rivas al ver a Héctor?

Robles miró la puerta de la cafetería. Un enfermero empujó una camilla y rozó el marco.

—Que no llevaba la mancha blanca visible. Tenía el cuello cubierto.

—¿Qué llevaba visible?

—Polvo en las rodillas. Sangre en la manga. Y la libreta negra de Nora dentro de una bolsa.

Laura dejó el café.

—Entonces Rivas sabía que había pasado algo.

—Supo suficiente para no preguntar.

—Y ayudó.

—Sí.

Robles guardó las monedas sobrantes.

—Le ofrecieron reducir su exposición si identifica quién condujo desde Villaverde hasta Bailén.

—¿Lo hará?

—Ha pedido ver a su hijo antes.

El pasillo se llenó de voces. Dos agentes sacaron a Navas de la sala, ya con un abogado a su lado. Él me miró sin detenerse.

No había una organización detrás de aquella fila. Solo hombres que habían encontrado una frase distinta para seguir caminando.

Mi teléfono vibró. Clara había enviado la fotografía del billete de regreso.

Laura la vio.

—Ese sigue siendo el plan.

—Sí.

Robles recibió una llamada y apartó el vaso. Escuchó mientras Navas desaparecía tras las puertas.

—Rivas quiere ampliar la declaración —dijo al colgar.

—¿Ha visto a su hijo?

—No.

—Entonces qué ha cambiado.

Robles miró hacia la habitación.

—Ha oído que Héctor sigue desaparecido.

La puerta se abrió. El abogado de Rivas salió primero y pidió que apagaran las cámaras del pasillo.

Detrás, Rivas apareció en una silla de ruedas. Tenía la cabeza vendada y una mano esposada al apoyabrazos.

No me miró.

Miró a Robles.

—No hubo una orden —dijo.

La rueda chocó con el marco.

—Pero cuando Nora echó a correr, Héctor ya sabía que no podía dejarla salir.

Robles se acercó hasta quedar frente a él.

—¿Por qué?

Rivas levantó la mano libre. Los dedos le temblaban, pero no buscaban ayuda.

—Porque ella había visto quién iba en el segundo coche.

El pasillo quedó inmóvil.

—Nombre —dijo Robles.

Rivas negó.

—No lo vi. Héctor sí.

La enfermera empujó la silla.

Antes de entrar, Rivas volvió la cabeza.

—Y por eso frenó dos veces antes de atropellarla.