CAPÍTULO 32
Lo que Nora iba a publicar
Víctor dejó diecisiete hojas sobre la mesa y retiró la mano como si quemaran.
La redacción estaba casi vacía. Detrás de los cristales, la Gran Vía brillaba bajo una lluvia fina. Una impresora expulsaba páginas en otra sala con golpes secos.
—No son las originales —dijo.
Robles no se sentó.
—Entonces empiece por explicar por qué las tiene.
Víctor abrió una carpeta de cartón. Dentro había fotografías impresas de cada página. Algunas aparecían torcidas. Otras tenían la sombra de una mano sobre el margen.
—Nora fotografiaba todo antes de salir con una copia.
—¿Dónde estaban?
—En la tarjeta de una cámara del periódico. La dejó cargando el día que murió.
Vega colocó una funda transparente junto al teclado. La tarjeta ya estaba registrada. Yo seguía sin acceso al expediente, sentado al otro lado de la mesa con Laura detrás.
Robles tomó una decisión.
—Leemos aquí. Nadie fotografía, nadie llama y nadie publica una línea hasta que terminemos.
Víctor cerró la puerta de la sala. Después apagó su teléfono y lo dejó junto al mío.
La primera página llevaba el título que habíamos visto en el registro de impresión.
MUERTES CON TRASLADO PREVIO.
Debajo, Nora había escrito una frase en negrita.
No existe una orden común. Existen decisiones que aprenden a protegerse unas a otras.
La mandíbula me apretó. Laura empujó una botella de agua hasta mi mano. No la abrí.
—Continúa —dijo Vega.
Víctor pasó la hoja.
El artículo no presentaba seis asesinatos. Separaba seis muertes y seis responsabilidades distintas. En cada caso, Nora había marcado qué podía demostrarse y qué seguía sin respuesta.
Tomás Requena no murió en la celda donde apareció. Un responsable sanitario retrasó el aviso y un conductor sacó el cuerpo antes de que el parte situara el hallazgo.
Alicia Brea pidió ayuda nueve minutos antes de la hora oficial. Una auxiliar conservó la nota. Otra persona la eliminó del expediente.
Samuel Vela llamó desde enfermería. El médico llegó después de lo que firmó.
—No acusa a Cebrián —dije.
Víctor tocó la cuarta fotografía.
—Todavía no.
Robles me miró.
—No busques su nombre. Busca su función.
Decidí dejar de leer los encabezados. Seguí las horas, las firmas y los movimientos que Nora había unido con flechas pequeñas.
Cebrián aparecía en cuatro casos, pero nunca como autor de la primera decisión. Llegaba después.
Regularizaba una ruta. Validaba una sustitución. Aceptaba una hora corregida. Renovaba el acceso de una empresa cuando el documento original ya no encajaba.
El artículo lo llamaba «el hombre de después».
Víctor apoyó el índice sobre esa expresión.
—Ella iba a utilizar “el hombre de los traslados”. Lo cambió la última semana.
—¿Por qué? —preguntó Laura.
—Porque conducir era demasiado simple.
La respuesta dejó el aire áspero. Robles pasó otra página con el borde de un bolígrafo.
Nora había entrevistado a Cebrián dos veces, no una. La primera reunión era la fotografiada en Atocha. La segunda ocurrió por videollamada desde el periódico.
No había grabación. Sí una transcripción parcial escrita por Nora.
Cebrián admitía corregir documentos incompletos. Negaba conocer las consecuencias de cada modificación y repetía que los errores antiguos impedían responsabilidades claras.
—La misma defensa que utilizó con nosotros —dijo Vega.
Víctor se inclinó sobre la hoja.
—La entrevista terminaba aquí.
Una línea quedaba subrayada tres veces.
Cuando todos corrigen después, nadie responde por lo que hizo antes.
Robles tomó una decisión.
—Separa las frases textuales de las notas de Nora. No convertiremos una anotación en una declaración.
Víctor cogió dos rotuladores. Marcó en azul lo grabado por la periodista durante la videollamada y en negro sus conclusiones posteriores.
Yo abrí por fin la botella. El plástico crujió demasiado dentro de la sala.
En la página nueve aparecía Daniel Rivas.
No como policía. No como asesino.
Nora lo había identificado como conductor civil utilizado para mover vehículos sin que las unidades receptoras supieran quién había autorizado el trayecto.
Rivas cobraba horas extraordinarias de tres empresas distintas. Una era Ventilaciones Arce. Otra restauraba furgones. La tercera prestaba servicios al parque móvil policial.
—Podía entrar en todos los sitios —dije.
—Podía trabajar en todos —corrigió Robles.
El artículo no demostraba que Rivas hubiera conducido el furgón del túnel. Sí acreditaba que trasladó dos vehículos con identidades duplicadas durante las reuniones de Nora.
Víctor pasó la página. Faltaba una esquina. La fotografía mostraba un corte limpio.
—¿La arrancaron? —preguntó Vega.
—La hoja original salió así de la impresora.
Laura acercó la imagen sin tocarla.
En el margen sobrevivían tres palabras.
Rivas no decide.
Debajo había una flecha hacia un espacio perdido.
La presión me bajó hasta el pecho. Rivas podía conducir, mover y borrar rutas. La frase lo alejaba de la decisión que buscábamos.
—¿Qué había en esa esquina? —pregunté.
Víctor se levantó.
—Nora hizo dos fotografías de algunas páginas. Una antes de corregirlas.
Abrió un archivador digital en el ordenador, pero Vega le detuvo la mano.
—La tarjeta la maneja la técnica.
Una agente conectó el soporte a un lector aislado. Aparecieron treinta y cuatro imágenes. La versión anterior de la página nueve conservaba la esquina completa.
No había un nombre.
Había una pregunta.
¿Quién convierte una retirada en una amenaza?
Robles la leyó dos veces. Después cubrió la pantalla con la palma.
—Eso no es una respuesta.
—Pero sabía que alguien pasó de corregir a actuar —dije.
—Sabía que debía comprobarlo.
Elegí no llenar el hueco con Cebrián. Moví la silla hacia atrás y dejé espacio a la técnica.
Las últimas páginas cambiaban de tono. Nora abandonaba las seis muertes y describía el presente.
Había descubierto que alguien retiró tres cámaras penitenciarias una semana antes de su muerte. Cebrián autorizó la restauración años atrás, pero la salida reciente llevaba la firma de Julián Arce.
Rivas transportó dos.
La tercera desapareció durante cuarenta y seis horas.
—La M-1 —dije.
Robles no respondió. Señaló una fotografía de la cámara retirada. En la parte trasera se veía una etiqueta blanca.
M-1.
El mismo modelo que faltaba en la habitación de David y que podía recibir datos antiguos. Nora creía que una de aquellas unidades conservaba una copia parcial del vídeo de Topas.
No sabía cuál.
Tampoco sabía quién la tenía.
Víctor pasó a la última imagen.
Solo contenía cinco líneas.
Si publico los seis nombres, cada uno culpará al siguiente. Si publico solo a Cebrián, los demás quedarán escondidos. La historia no es quién manda. La historia es quién acepta corregir después.
Debajo figuraban seis apellidos.
Cebrián no estaba en primer lugar.
Julián Arce encabezaba la lista.
Laura tocó mi hombro antes de que me levantara.
—No vas a buscarlo.
—No puedo.
—No es la misma respuesta.
Volví a sentarme. Robles guardó las fotografías en orden y pidió localizar legalmente a Arce, conservar sus vehículos y bloquear cualquier retirada de equipos.
Vega recibió una comunicación del operativo. Rivas había aparecido en un hospital de Móstoles con una herida en la cabeza. La patrulla desaparecida estaba allí.
Los agentes aseguraban que lo encontraron dentro de su coche, inconsciente.
—¿Accidente? —preguntó Víctor.
—Todavía no —respondió Vega.
Robles cerró la carpeta del artículo.
—¿Puede declarar?
—Acaba de despertar. Solo ha preguntado por su hijo.
El nombre de Arce seguía visible en la última página. Lo cubrí con la botella para dejar de mirarlo.
La técnica amplió una de las fotografías. En el borde inferior, Nora había añadido una nota que no aparecía en la copia impresa.
No entregarle el artículo a Navas.
Víctor se quedó inmóvil.
—Navas es el director —dijo Laura.
—Y abrió la carpeta de Nora —respondí.
Robles levantó la funda y buscó la hora de la fotografía. Nora añadió aquella frase después de reunirse con Cebrián y antes de citar a Nicolás.
Víctor cogió su teléfono. Vega lo apartó primero.
—¿Dónde está Navas?
Él miró la redacción vacía.
—Ha salido a entrevistar a Julián Arce.
Robles abrió la puerta.
—¿Dónde?
Víctor negó con la cabeza.
—Navas no comparte sus citas.
La pantalla de su ordenador cambió. Un aviso editorial ocupó el centro: edición cerrada. Víctor pulsó cancelar. El sistema rechazó la orden y mostró el usuario que había autorizado la publicación desde fuera del edificio.
Rafael Navas.
—No ha salido a entrevistar a nadie todavía —dijo.
La impresora de la otra sala dejó de golpear.
En la bandeja quedaron seis páginas nuevas.
Todas llevaban el mismo titular.
EL HOMbrE QUE CORRIGIÓ SEIS MUERTES.
Y debajo, la fotografía de Cebrián.