Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La segunda ruta

La grúa dejó el furgón en el patio cuando empezaba a clarear.

El vehículo descendió inclinado, sujeto por dos cadenas. La pintura gris estaba mate y la puerta lateral llevaba una franja más limpia que el resto. Desde la calle llegaba el golpeteo de los primeros autobuses sobre la avenida de Andalucía.

Robles esperaba junto a la nave con el chaleco cerrado hasta el cuello. Vega hablaba con dos agentes detrás de la cinta. No vi a Héctor Sanz.

—Llegas tarde —dijo Robles.

—Me avisasteis cuando habíais terminado.

—Esa era la intención.

La entrada al taller seguía precintada. Habían registrado la oficina, los fosos y tres almacenes sin encontrar a Héctor. El único empleado presente aseguró que salió antes de medianoche en un coche destinado al mantenimiento policial.

Miré el portón abierto.

—Quiero entrar.

—No.

Elegí quedarme junto a la grúa. No pedí una segunda vez. Robles observó que apartaba las manos de la cinta y llamó al técnico encargado del vehículo.

El hombre conectó una batería exterior. El motor respondió con un golpe grave y, después, otro más corto. Once segundos más tarde sonó la alarma de la puerta.

La vibración me alcanzó en el esternón.

—Es el de la grabación.

—Se parece —corrigió Vega desde la nave.

El técnico repitió el arranque. Mismo doble golpe. La alarma volvió a intervalos regulares. Grabó el sonido con un equipo oficial y ordenó apagar.

—Ahora sí podemos compararlo —dijo Robles.

La grúa soltó una cadena. El gancho cayó contra el suelo y todos miramos hacia el ruido.

El piloto trasero derecho era nuevo. El izquierdo tenía el plástico opaco y dos tornillos oxidados. Un perito iluminó el recambio sin tocarlo.

—Lo instalaron hace poco.

—¿Cuánto? —preguntó Vega.

—Días o semanas. Necesito desmontarlo.

Robles autorizó la intervención. Yo retrocedí cuando colocaron una bandeja bajo la carrocería. La separación me raspó más que el frío, pero no crucé la línea.

El piloto salió entero. Detrás quedaban limaduras recientes y una cinta con fecha de fabricación. El repuesto había sido vendido la mañana posterior a la muerte de Nora.

Vega mostró la factura en su teléfono.

—Pagaron en efectivo.

—Eso no identifica a nadie —dije.

—Por fin empezamos igual.

El perito introdujo una cámara flexible en el hueco. En el fondo apareció un fragmento rojo, atrapado entre la chapa y el aislante. No lo extrajo hasta fotografiarlo.

El borde estaba roto.

Robles llamó al laboratorio del túnel. Los fragmentos recogidos junto al cuerpo pertenecían al mismo modelo de piloto, pero faltaba comparar composición y línea de fractura.

—No esperamos el resultado para reconstruir movimientos —dijo.

Tomó una decisión. Ordenó revisar únicamente las cámaras de salida del taller, los accesos de Bailén y el regreso a Villaverde. Nada de extender la búsqueda a todas las rutas antiguas.

En la oficina exterior habían montado una mesa con tres fotografías y un plano. Entré allí porque no formaba parte del registro. Laura se quedó junto a la puerta, abrazada a mi chaqueta.

La primera imagen mostraba el furgón saliendo a las dieciocho y treinta y siete. La matrícula pertenecía a un vehículo desguazado en Toledo.

—¿Conductor? —pregunté.

Vega amplió el parabrisas. Una visera ocultaba la cara. El acompañante viajaba hundido, fuera del alcance de la cámara.

La segunda fotografía procedía de un lector junto a la calle Mayor. A las diecinueve y nueve, el furgón transmitió la identidad electrónica del coche de Cebrián.

—La placa de Nicolás —dije.

—Una igual —respondió Robles—. La que entregó pudo ser otra.

La tercera imagen situaba el vehículo entrando de nuevo en el taller a las diecinueve y cuarenta y seis. Ya no llevaba señal electrónica. Tampoco se distinguía acompañante.

Laura dejó mi chaqueta sobre una silla.

—¿Y el monovolumen que tiró el bolso?

Vega señaló una línea distinta. Ventilaciones Arce había cruzado la calle de Segovia a las diecinueve y dieciséis. No siguió al furgón. Tomó dirección contraria.

Dos vehículos.

Dos tareas.

—Uno la atropelló —dije—. El otro limpió lo que pudo.

Robles no aceptó la segunda parte.

—El monovolumen arrojó el bolso. No sabemos qué hizo antes.

Opté por separar las hojas. Dejé el furgón a la izquierda y el monovolumen a la derecha. La identidad de Cebrián quedó entre ambos, sin tocar ninguno.

—Esta es la segunda ruta.

Vega acercó una tarjeta de peaje. No pertenecía al furgón. Era un registro de una grúa privada que salió del taller a las veinte y doce con un vehículo cubierto.

El furgón que veíamos había regresado cuarenta minutos antes, pero no se quedó allí.

—¿Adónde lo llevaron? —preguntó Laura.

Robles señaló el sello del recibo.

—A un depósito de flotas en Getafe.

La grúa había declarado transportar un coche averiado. El peso registrado superaba en una tonelada el modelo anotado. La cámara del depósito mostraba una lona alta y la misma puerta lateral abombada.

Vega recibió una fotografía del equipo enviado a Getafe. El espacio asignado estaba vacío. El furgón apareció esa madrugada en otro patio, bajo una orden urgente de traslado emitida desde una cuenta policial.

—Por eso Héctor salió en un coche de mantenimiento —dije.

—Puede haber salido porque vio entrar a la policía —respondió Robles.

Laura tocó el borde del plano.

—¿Quién utilizó la cuenta?

Vega colocó una credencial impresa sobre la mesa. Pertenecía a Daniel Rivas, conductor civil del parque móvil policial. No era agente. Transportaba vehículos entre talleres y dependencias.

El nombre no aparecía en los expedientes de las seis muertes.

Sí en el registro de entrada del Diario Central.

Había accedido al garaje del periódico la mañana en que se sustituyó la grabación de Nicolás.

Noté que la lengua se me pegaba al paladar.

—¿Está localizado?

—Su turno empieza a las ocho —dijo Vega.

Miré el reloj. Faltaban nueve minutos.

Tomé una decisión antes de que nadie me lo prohibiera.

—No iré.

Robles guardó la credencial sin elogiarme. Ordenó a Vega detener a Rivas fuera del parque móvil, sin sirenas y sin entrar con vehículos oficiales.

El perito llamó desde el patio. Había encontrado yeso seco dentro del paso de rueda, protegido del lavado. La textura coincidía a simple vista con el polvo de los zapatos de Nora, pero necesitaba laboratorio.

También localizó una reparación soldada bajo la puerta lateral. La autorización original tenía siete años.

Ramiro Cebrián la había firmado cuando el furgón fue retirado del servicio y cedido para restauración.

—Lo puso en circulación —dije.

—Autorizó restaurarlo —respondió Robles—. No sabemos quién lo convirtió después en otra cosa.

La firma unía a Cebrián con el origen del vehículo. No con la noche del túnel. Dejé la hoja sobre la mesa antes de que el apellido llenara lo que faltaba.

Un agente entró desde el patio con una carpeta de mantenimiento. El empleado del taller había cambiado su declaración. Admitía que Héctor utilizaba el furgón para mover piezas sin registrarlas.

—¿Lo condujo aquella noche? —pregunté.

—Dice que no lo vio salir —respondió Vega.

—Eso no es lo mismo.

—También empieza a aprender.

Robles recibió un mensaje del equipo de Getafe. Habían recuperado una cámara lateral borrada del servidor principal, conservada en el sistema de apertura.

Mostraba la grúa descubriendo el furgón durante siete segundos.

El conductor bajaba para ajustar una correa. Delgado. Gorra. Uniforme gris del parque móvil.

Daniel Rivas.

En el asiento del furgón, detrás del parabrisas, alguien levantaba una mano para impedir que encendieran la luz interior.

La piel bajo la oreja tenía una mancha blanca.

Mi cuerpo avanzó antes que los pies. Me sujeté al borde de la mesa.

—Ese hombre estaba en Topas.

Robles detuvo el vídeo.

—Eso recuerdas ahora.

—Lo recordé antes de conocer a Cebrián.

—Y Nicolás te dio el rasgo.

No discutí. Señalé la hora. La imagen no demostraba quién condujo en Bailén, pero colocaba al hombre de los traslados dentro del vehículo después del crimen.

Vega salió hacia el coche.

Laura me devolvió la chaqueta.

—Has dicho que no irías.

Me la puse sin apartar la vista del fotograma.

—No voy a ir.

En la pantalla, Rivas tensaba la correa mientras el otro hombre ocultaba la cara. Dos personas habían movido el furgón. Una ya tenía nombre.

En el patio, el motor volvió a toser sin que nadie lo tocara.

El teléfono de Robles sonó.

Escuchó cuatro segundos.

Después abrió la puerta.

—Rivas no ha llegado a su turno.

—¿Su casa?

Robles negó.

—La patrulla que debía vigilarla tampoco responde.