Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 30
76%

CAPÍTULO 30

El preso que mintió

Nicolás Valero intentó arrancar la fotografía de la mesa.

Robles apoyó la palma encima. El papel se arrugó bajo sus dedos. En la imagen, Nora salía de un almacén de alquiler junto a Méndez Álvaro. Nicolás caminaba detrás, con la capucha puesta y una bolsa deportiva al hombro.

Yo observaba desde la sala contigua. La jueza había autorizado mi presencia como testigo, no mi voz. Vega dejó la puerta cerrada y colocó mi teléfono dentro de una bandeja.

—Dijo que no volvió a verla —dijo Robles.

Nicolás soltó la esquina.

—Dije que no hablé con ella.

Robles giró la fotografía. En la segunda imagen, ambos ocupaban el asiento trasero de un vehículo. El cristal reflejaba las luces de la estación sur, pero la matrícula quedaba fuera del encuadre.

—Cuarenta y tres minutos sin hablar —respondió.

Nicolás se frotó la cicatriz de la muñeca. La silla crujió cuando se echó atrás.

—Quería encontrar a Caracol.

Robles no escribió el apodo.

—Héctor Sanz.

—Ya sabe el nombre.

—Lo supimos por usted. También dijo que ignoraba dónde estaba.

El hombre miró hacia el cristal. No podía verme, pero mantuvo los ojos en mi altura. Elegí no acercarme.

—Nora lo encontró antes —dijo—. Yo solo hice que aceptara verla.

Robles deslizó una hoja. Era la agenda de Nora. La cuarta reunión figuraba con las iniciales N. V. y H. S., junto a un número de trastero.

—¿Entró Sanz?

—No.

—La cámara muestra tres accesos.

Nicolás golpeó la mesa con un nudillo.

—El tercero era el conductor.

—Nombre.

—No lo vi.

Robles retiró las fotografías. No discutió la respuesta. Sacó una grabadora digital dentro de una bolsa transparente y la dejó entre ambos.

Nicolás dejó de tocar la mesa.

Desde el otro lado del cristal, el plástico parecía empañado. La pantalla del aparato tenía una grieta diagonal y una pegatina azul sobre la tapa de la batería.

—La encontramos en su taquilla —dijo Robles—. Dentro del gimnasio donde trabaja.

—Entonces ya no necesita preguntarme.

—Necesito saber por qué borró el archivo original.

Nicolás sonrió sin enseñar los dientes.

—Yo no sé borrar bien.

La técnica sentada junto a Robles conectó un cable. La grabación llenó la sala contigua con un ruido de motor y la voz de Nora.

«Cebrián sabía qué ruta debía desaparecer».

Después llegó un corte. Nicolás preguntaba cuánto valían los nombres. Nora respondía que no había dinero. El archivo terminaba con una puerta metálica.

Robles detuvo la reproducción.

—Esta versión se creó después de la muerte de Nora.

Nicolás se inclinó hacia la bolsa.

—Esa es mi grabadora.

—No he preguntado por el aparato.

La técnica mostró dos fechas. El archivo había sido exportado en un ordenador del Diario Central seis horas antes de que Nicolás lo recogiera de recepción.

Mi espalda tocó la pared. Víctor había dicho que el director abrió la carpeta de Nora. Ahora el periódico también había tocado la voz.

—¿A quién se la entregó? —preguntó Robles.

—A Víctor Lobo.

—Él dice que se la dio al técnico de sonido sin abrirla.

—Víctor dice muchas cosas cuando hay una cámara delante.

Robles colocó un recibo. Nicolás había firmado la entrega voluntaria al periódico y una cantidad pendiente si el audio resultaba publicable.

—Intentó venderla.

—Intenté cobrar por algo mío.

—La conversación era de Nora.

—Nora está muerta.

La frase dejó inmóvil hasta a la técnica. Robles dobló el recibo por la mitad y lo guardó.

Nicolás tragó saliva.

—No quería decir eso.

—Lo ha dicho.

Robles tomó una decisión. Llamó a Vega desde la misma mesa y pidió que conservaran los equipos del departamento de sonido, los accesos de Víctor y las instrucciones de Rafael Navas. No solicitó detener a nadie.

Después señaló la grabadora.

—¿Qué contenía antes?

—Lo mismo.

La técnica amplió la onda. El corte después del nombre de Cebrián no coincidía con una pausa. Faltaban veintidós segundos. En el borde del archivo quedaban restos de otra codificación.

—Se reprodujo en un ordenador anterior —dijo—. Si lo localizamos, quizá conserve temporales.

Nicolás miró la bolsa deportiva de la fotografía.

Robles siguió su mirada.

—¿Qué llevaba ahí?

—Ropa.

—Entró vacía y salió con peso.

—No era un ordenador.

—Eso tampoco se lo he preguntado.

Nicolás se levantó. La silla golpeó la pared. Un agente abrió la puerta y le indicó que volviera a sentarse.

El hombre permaneció de pie.

—Quiero un abogado.

—Lo pidió hace cuarenta minutos —dijo Robles—. Está subiendo.

—Entonces se acabó.

—Para usted.

Robles recogió las fotografías. Antes de cerrar la carpeta, Nicolás habló.

—El portátil está en casa de mi hermana.

La técnica soltó el cable.

—¿Lo utilizó para escuchar la grabación?

—Una vez. No quería que el periódico supiera que conservaba algo.

—¿Una copia?

Nicolás negó.

—El ordenador guardaba lo último que abrías aunque quitaras la tarjeta. Eso me dijo un chico del gimnasio.

Robles llamó a Vega otra vez. Solicitó autorización para recoger el equipo con consentimiento de la propietaria. Nicolás dio la dirección y no pidió nada a cambio.

Su abogado llegó cuando el coche policial ya había salido.

Dos horas después, el portátil ocupaba otra mesa. La carcasa olía a tabaco frío. Laura esperaba fuera con mi chaqueta porque yo había olvidado cogerla al salir del hotel.

La técnica abrió una carpeta temporal. Aparecieron fragmentos dañados, nombres sin extensión y una onda de veintisiete segundos.

—No puedo prometer que esté completa —dijo.

Robles miró hacia el cristal.

—Reprodúzcala.

El motor sonó primero. Grave. Irregular. Dos golpes secos antes de cada aceleración. Después apareció Nora, más lejos que en la versión del periódico.

«Cebrián no conduce. Corrige cuando el vehículo ya ha pasado».

Nicolás dijo algo que el ruido cubrió.

Nora continuó.

«Si miran al hombre del hotel, perderán al que llevaba la matrícula».

La onda se rompió. Entró otra voz masculina, deformada por una puerta.

«No digas mi nombre».

La grabación terminó.

Robles no me llamó. Abrió la puerta de la sala contigua y entró ella.

—¿Reconoces la voz?

—No.

—¿Y el motor?

Volvió a reproducir los primeros cuatro segundos. El doble golpe llenó la habitación. Noté la vibración en los dientes.

—Se parece al furgón sesenta y nueve.

—Lo escuchaste parado.

—El mecánico lo arrancó cuando revisaron el panel.

Vega apareció detrás con una tableta.

—Ese vehículo no podía circular la noche de Nora. Seguía precintado.

—Entonces había otro con el mismo motor —dije.

La técnica negó.

—No es solo el motor. Hay una alarma de puerta cada once segundos. Un modelo antiguo de transporte penitenciario.

Robles dejó de mirarme. Ordenó comparar el audio con las grabaciones de mantenimiento de todos los vehículos retirados y restaurados por las subcontratas vinculadas a Cebrián.

Nicolás seguía en la sala de interrogatorios cuando regresamos. Su abogado le había puesto una carpeta delante, pero él no la abría.

Robles se sentó.

—¿Quién conducía?

—No lo sé.

—Nora sí.

Nicolás apretó la cremallera de la chaqueta.

—Ella no vio su cara.

—Pero dijo que llevaba la matrícula.

El abogado levantó una mano.

—Mi cliente ya ha colaborado.

Robles dejó que terminara. Después puso el fragmento recuperado sobre la mesa.

Nicolás escuchó el motor. Al segundo golpe, cerró los ojos.

Tomé una decisión antes de que Robles preguntara. Golpeé dos veces el cristal. Ella se volvió.

No podía intervenir. Señalé la fotografía del almacén y luego la bolsa.

Robles entendió. Sacó la imagen y la colocó delante de Nicolás.

—No sacó un ordenador. ¿Qué sacó?

El hombre abrió la boca. Su abogado le tocó la muñeca.

Nicolás retiró la mano despacio.

—Una placa.

—¿De matrícula?

—Electrónica. Héctor dijo que servía para que un coche pareciera otro.

Robles acercó la grabadora.

—¿Dónde está Héctor Sanz?

Nicolás miró el reloj de la pared.

—A esta hora, trabajando.

—Lugar.

—Un taller de Villaverde. Restauran vehículos oficiales.

Vega ya estaba marcando.

El reloj marcaba las nueve y veinte. Fuera, una sirena cruzó la avenida y se apagó bajo el puente. Nicolás siguió el sonido hasta que desapareció. Su abogado intentó cerrar la carpeta, pero él apoyó dos dedos sobre la tapa.

—No trabaja solo —dijo.

—¿Con quién?

—Con quien lleve turno esta noche.

Vega dejó de marcar.

—Eso no es un nombre.

—Es peor. Es una entrada abierta.

Nicolás añadió:

—No vayan con coches policiales.

Robles se detuvo en la puerta.

—¿Por qué?

Nicolás bajó la vista hacia la bolsa de la fotografía.

—Porque el hombre que sustituyó la grabación conduce uno.