CAPÍTULO 29
La coartada del conductor
La tarjeta de Cebrián abrió la puerta del garaje a las diecinueve y tres.
Vega detuvo la imagen. En la pantalla, él cruzaba bajo una luz blanca con el abrigo doblado sobre el brazo. No miró a la cámara. Un empleado salió detrás empujando un carro de maletas.
Robles apoyó el mando sobre la mesa.
—No estaba en el túnel.
La sala de seguridad del hotel olía a café recalentado. A través del cristal se veía la copa húmeda de los árboles del Retiro y, más allá, el arco de la Puerta de Alcalá cortado por la lluvia.
Yo seguía apartado. La jueza había permitido que me mostraran únicamente la secuencia ya entregada al Diario Central y que respondiera como testigo sobre el horario de Nora. Nada más.
—Ponla completa —dije.
Vega no tocó el teclado.
—La hemos visto completa.
—Yo no.
Robles volvió a reproducirla. Cebrián entraba en el garaje a las dieciocho y cuarenta y ocho. Dejaba el coche en la plaza 214. Subía por el ascensor. A las dieciocho y cincuenta y seis aparecía en recepción.
Después firmaba una factura.
A las diecinueve y tres, bajaba otra vez. El empleado del carro le entregaba una caja estrecha. Cebrián comprobaba la etiqueta, regresaba al ascensor y desaparecía.
—¿Qué había dentro? —pregunté.
—Material para una jornada de contratación —respondió Vega—. Folletos, acreditaciones y un proyector.
—¿Lo habéis abierto?
—La empresa de mensajería conserva el peso y el albarán. El hotel grabó la entrega.
Elegí no discutir con seis cámaras. Señalé la hora.
—Nora llegó a Bailén a las siete y seis.
Robles adelantó la grabación. A las siete y ocho, Cebrián entró en una sala privada. Diecisiete personas lo esperaban alrededor de una mesa. Dos habían entregado ya declaración. Una fotografía tomada por un asistente lo mostraba sirviendo agua.
A las siete y doce, el móvil de Nora se apagó.
Cebrián seguía sentado.
La presión me subió desde la mandíbula hasta las sienes. Apoyé dos dedos en el borde de la mesa. La superficie vibraba con el motor del sistema de ventilación.
—Puede salir por otra puerta.
Vega cambió de cámara. La sala tenía dos accesos. Ambos permanecieron grabados. Cebrián no cruzó ninguno hasta las ocho y veintisiete.
—Su teléfono se conectó al wifi —añadió—. Hizo una llamada a las siete y treinta y cuatro. Ocho minutos. La recibió su abogada.
—Eso sitúa el teléfono.
Robles sacó una fotografía. Cebrián aparecía junto a la ventana con el aparato en la oreja. Detrás, un camarero retiraba platos.
No necesitaba otra imagen.
Decidí cambiar de pregunta.
—¿Dónde estaba su coche?
Vega abrió la cámara del garaje. El vehículo ocupaba la plaza 214. No se movió. A las nueve y cinco, Cebrián bajó, dejó la caja en el maletero y salió hacia Serrano.
—Entonces no condujo el coche que mató a Nora —dije.
Robles cruzó los brazos.
—Eso es lo único que podemos afirmar.
La frase no lo limpiaba. Tampoco lo acercaba al volante. Me aparté de la pantalla y choqué con la silla. Una rueda chirrió sobre el suelo.
—¿Qué ha contado al periódico?
Vega cerró el vídeo.
—Que la policía intentó convertir errores administrativos en homicidios y que tú presionaste para señalarlo.
—No ha enseñado la fotografía con Nora.
—Ha dicho que la atendió como a cualquier periodista.
Robles recogió el mando. La entrevista llevaba veinte minutos publicada. Cebrián había entregado copias de correos donde Nora solicitaba facturas, contratos y movimientos de cámaras. Ninguno mencionaba el túnel.
—Ha fijado una versión —dije.
—Y no la romperás entrando en el Diario Central —respondió Robles.
Laura esperaba en el pasillo con dos cafés. No cruzó la puerta. Me vio guardar las manos en los bolsillos y dejó uno sobre un archivador.
—¿Se ha caído el asesino? —preguntó.
—No era el conductor.
—No he preguntado eso.
Vega cerró la persiana interior. La sala quedó iluminada solo por los monitores. En uno seguía congelado el coche de Cebrián.
Robles abrió un mapa de tráfico. Varias líneas rojas cubrían el centro de Madrid. Señaló el recorrido entre el hotel y Bailén.
—Su matrícula apareció en dos lectores.
Me acerqué.
El primer registro estaba en la salida del aparcamiento, a las dieciocho y cincuenta. El segundo, junto a la calle Mayor, diecinueve minutos después.
Miré otra vez la plaza 214.
—El coche no salió.
—La cámara no tiene cortes —dijo Vega—. El vigilante pasó por delante tres veces. También consta el peso sobre el sensor de la plaza.
—Entonces copiaron la matrícula.
Robles negó.
—El lector no tomó una fotografía útil. Detectó la señal del identificador electrónico instalado en el vehículo.
El café dejó de oler. Toqué la taza y la aparté. El plástico quemaba.
—¿Puede duplicarse?
—Puede trasladarse —respondió Vega—. O clonarse con acceso al equipo adecuado.
—La empresa que lo instaló.
Robles no confirmó. Amplió el primer registro. El identificador de Cebrián había transmitido desde el hotel mientras su coche seguía dentro. Cuarenta y ocho segundos después, la misma identidad apareció en la calle de Alcalá.
Dos lugares.
Un solo número.
—Eso no es una coartada —dije—. Es una preparación.
—También puede ser un intento de incriminarlo —respondió Vega.
La frase se clavó donde Cebrián habría querido. Si alguien había copiado su señal, podía haber utilizado su nombre para acercar la investigación hasta él.
O él podía haber prestado la herramienta y conservar las cámaras.
Tomé una decisión.
—No le preguntéis por el duplicado.
Robles levantó la vista.
—Sigues apartado.
—Entonces no es una orden.
—Por una vez.
Vega comprobó la hora. El identificador dejó de emitir desde el coche de Cebrián a las diecinueve y cuatro. La segunda señal continuó hacia Bailén. Reapareció cerca del túnel a las diecinueve y nueve.
Tres minutos antes de que se apagara el móvil de Nora.
—¿Quién revisó su coche? —pregunté.
Robles deslizó un parte de mantenimiento, sin permitirme tocarlo. La instalación se había hecho seis meses antes. La última inspección constaba dos días antes del crimen.
—¿Empresa?
—Todavía no puedes leerla.
—Pero quieres que recuerde algo.
Robles giró el papel y cubrió el membrete con la mano. Dejó visible una firma de recepción y el dibujo técnico del dispositivo. La carcasa era rectangular. Dos cables. Una etiqueta blanca.
M guion uno.
El aire me raspó al entrar.
La misma mitad de pegatina que quedaba en el mueble de la habitación donde murió David.
—Ese equipo no estaba en un coche —dije.
Laura dejó los cafés y entró por fin.
Robles retiró el documento.
—¿Dónde estaba?
Cerré los ojos un segundo. No busqué la habitación. Busqué el ruido.
Metal contra metal. Un arrastre corto. La bandeja expulsada por el técnico. El hueco rectangular. Dos cables cortados antes de que llegara Científica.
—Grababa o transmitía —respondí—. Alguien lo retiró después del disparo.
Vega abrió la puerta.
—El modelo se utilizaba para telemetría de vehículos oficiales. También podía recibir datos de cámaras antiguas.
Robles guardó el parte dentro de una funda.
—La empresa que inspeccionó el coche de Cebrián compró treinta y dos unidades retiradas de prisiones.
—¿Ventilaciones Arce?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Vega miró hacia el pasillo antes de continuar.
—Una subcontrata que restauraba furgones y sistemas de acceso. El vehículo del túnel pudo transmitir la identidad de Cebrián sin que él saliera del hotel.
—¿Habéis encontrado el vehículo?
Robles cogió su abrigo.
—Hemos encontrado dos.
La seguí hasta la puerta. Vega me cortó el paso con el hombro.
—Tú vuelves a tu habitación.
—Acabas de pedirme que identificara el equipo.
—Y lo has hecho.
Laura recogió mi café y lo puso en mi mano. Ya estaba frío.
—¿Qué tienen esos dos vehículos? —pregunté.
Robles se detuvo al final del pasillo.
—La misma señal, la misma noche y conductores distintos.
—Entonces uno miente.
—No.
Pulsó el ascensor.
—Los dos pueden demostrar que nunca entraron en Madrid.
El ascensor llegó. Robles sujetó las puertas.
—Las identidades no siguieron a los vehículos. Alguien las hizo circular.
—Entonces tampoco sabemos dónde estuvo el furgón que sacó al hombre de la historia de David.
Vega miró a Robles.
—¿Quién podía hacerlo?
Robles pulsó apertura. No me dejó entrar.
—Nora entrevistó tres veces a Nicolás Valero.
—Eso ya lo sabemos.
—Su agenda registra una cuarta reunión. La tarde anterior a su muerte.
Las puertas empezaron a cerrarse.
—Nicolás dijo que no volvió a verla.
Robles retiró la mano.
—Por eso vamos a preguntárselo otra vez.