CAPÍTULO 28
Laura llega a Madrid
Laura dejó una bolsa de comida sobre la cama y me quitó el teléfono de la mano.
No preguntó si podía entrar. Había conseguido una tarjeta en recepción después de enseñar el mensaje de Clara y repetir mi nombre completo. El hotel daba a una calle estrecha detrás de Atocha. Los frenos de los taxis chirriaban bajo la ventana.
—Devuélvemelo.
—Cuando termines esto.
Sacó dos recipientes, pan y una botella de agua. El arroz todavía desprendía vapor. Yo llevaba la camisa del día anterior y una marca roja en la mejilla, dibujada por la costura de la almohada.
—He dormido.
Laura tocó la colcha.
—Aquí no.
El portátil seguía abierto sobre la mesa. No tenía acceso a las diligencias, pero había reunido noticias, horarios públicos y las declaraciones que ya estaban publicadas. Laura bajó la tapa con dos dedos.
—Eso tampoco es dormir.
—Cebrián ha conseguido apartarme.
—Y tú has decidido demostrar que no sirve de nada.
Cogí el recipiente. La cuchara golpeó el borde.
—No he salido del hotel.
—Clara dice que llevas dos noches llamando a horas distintas y diciendo la misma frase.
—¿Qué frase?
—«Estoy terminando».
Laura arrastró la única silla hasta la puerta y se sentó encima de mi chaqueta. No parecía cansada del viaje. Parecía preparada para impedir otro.
Comí dos cucharadas. El arroz se pegó al paladar.
—¿Dónde están los niños?
—Con Clara. Lucas sabe que he venido. Martina cree que estoy en una reunión.
—Eso es mentirle.
—No. Una reunión es un sitio donde alguien habla y otro no escucha.
Dejé la cuchara.
—No necesito vigilancia.
—Entonces deja de comportarte como un incendio.
La frase me hizo mirar hacia la chaqueta. Laura cruzó una pierna y hundió más el bolso sobre la manga.
Decidí terminar la comida antes de discutir. Bebí agua. Ella no habló hasta que el recipiente quedó vacío.
—Ahora el plan —dijo.
—No tengo acceso.
—Eso no es un plan.
—Robles comprobará la coartada de Cebrián. Yo esperaré.
Laura miró el portátil cerrado.
—Con quince pestañas abiertas.
—Puedo pensar sin tocar una prueba.
—También puedes correr sin salir del sitio.
Me levanté para recoger los recipientes. La habitación se inclinó apenas un instante. Apoyé la mano en la mesa.
Laura no se movió.
—¿Cuándo comiste antes?
—Ayer.
—Qué parte de ayer.
No respondí. Ella sacó una mandarina de la bolsa y la dejó junto a mis dedos.
—Pélala.
—No tengo cinco años.
—Entonces no necesitarás ayuda.
La piel soltó un olor ácido. Separé los gajos mientras Laura conectaba mi teléfono al cargador y lo colocaba fuera de mi alcance, sobre el alféizar.
—Cebrián sabía que el furgón estaba inmovilizado —dije.
—Eso ya lo sabe Robles.
—También cerró la ruta después de la muerte de David.
—También.
—Y mintió sobre Nora.
Laura cogió un gajo de mi mano.
—Tres cosas que no puedes investigar esta noche.
—Puedo ordenar lo que sé.
—Llevas años llamando ordenar a no parar.
El teléfono vibró sobre el alféizar. La pantalla mostró el nombre de Víctor Lobo. Me acerqué. Laura se levantó antes y puso la palma sobre el aparato.
—No es anónimo —dije.
—Tampoco es urgente porque suene dos veces.
A la tercera, retiró la mano.
—Contesta con el altavoz.
Víctor habló antes de que lo saludara.
—Cebrián ha pedido una entrevista para mañana.
Laura apagó el grifo del baño, que yo había dejado abierto sin notarlo.
—¿Con quién?
—Con Navas. Dice que entregará documentos sobre errores policiales en el caso Nora.
—¿A qué hora?
—A las ocho. En el periódico.
Cogí la chaqueta. Laura siguió sentada encima de una manga.
—No estás invitado —dijo Víctor.
—Eso puede cambiar.
—No. La jueza ha enviado una advertencia al medio. Si apareces, podrán acusarnos de colaborar contigo mientras revisan la denuncia.
Laura señaló el recipiente vacío.
—Escúchalo.
—¿Vas a grabar a Cebrián? —pregunté.
Víctor tardó.
—Navas decidirá.
—Nora no confiaba en Navas.
—Nora está muerta y yo sigo trabajando aquí.
La frase quedó áspera en el altavoz. Laura apartó la vista.
—¿Por qué me llamas?
—Porque Cebrián preguntó si publicaríamos tu vídeo completo otra vez. Quería saber cuánto tardabas en reaccionar.
Mis dedos buscaron el borde de la chaqueta.
—No le des una respuesta.
—Eso intento.
Víctor colgó.
Me puse de pie. Laura apoyó ambos pies en el suelo.
—Voy al periódico.
—No.
—No entraré. Puedo esperar fuera.
—Eso sigue siendo ir.
—Cebrián quiere controlar lo que publican.
—Y tú quieres controlar cómo lo controla.
Tiré de la manga. Laura no se levantó. La costura crujió.
—Quítate.
—No voy a pelear contigo por una chaqueta.
—Entonces levántate.
—Entonces siéntate.
Nos quedamos unidos por la tela. El pulso me golpeaba en los dedos. Solté la manga.
Laura recogió la chaqueta y la dobló sobre sus rodillas.
—Ayer admitiste delante de cámaras que hiciste fácil creer tu condena —dijo—. Hoy vas a aparecer frente a un periódico después de que una jueza te aparte. ¿Qué crees que verán?
—Que Cebrián está mintiendo.
—Te verán a ti perdiendo el control porque otro hombre habla.
Abrí la ventana. El aire frío empujó una hoja del escritorio hasta el suelo. Laura la pisó antes de que volara bajo la cama.
—No estoy perdiéndolo.
—Has dejado el grifo abierto, no sabes cuándo comiste y casi te caes al levantarte.
Cerré la ventana.
—Eso es cansancio.
Laura sacó de su bolso una hoja doblada. No era una prueba. Era el horario del tren de vuelta, escrito por Lucas, con una casilla vacía junto a mi nombre.
—¿Qué es eso?
—Una pregunta.
—No pienso volver mañana.
—No pone mañana. Pone «cuando termine».
Cogí la hoja. Debajo, Martina había dibujado cuatro ventanas y una figura pequeña en la última.
—¿Por qué cuatro?
—Dice que son las noches que llevas fuera.
—No son cuatro.
—Para ella sí. Cuenta las que te espera.
Doblé el papel siguiendo la marca que tenía y lo guardé en la cartera sin volver a mirarlo.
—Él lo llamará impulsivo.
La palabra se quedó entre la puerta y la cama. Laura no añadió violento, incómodo ni aislado. No necesitaba hacerlo.
Tomé una decisión.
—Llama a Robles.
—Llámala tú.
Recogió mi teléfono del alféizar y me lo entregó. Esperó mientras marcaba.
Robles respondió desde un coche. Se oía un intermitente.
—Dime que sigues en el hotel.
—Sigo en el hotel.
Laura levantó un dedo. Faltaba algo.
—Y voy a quedarme.
El intermitente sonó tres veces antes de que Robles hablara.
—Bien.
—Cebrián irá mañana al Diario Central.
—Lo sabemos.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes que Víctor.
Apreté el teléfono.
—Podrías haberme avisado.
—Estás apartado.
—No estoy muerto.
—Precisamente por eso te estamos dejando fuera.
Laura tocó el dorso de mi mano.
—Dile el plan —susurró.
—Quiero saber qué vas a hacer.
Robles dejó de usar el intermitente. El ruido del tráfico cambió.
—Verificar su coartada. Hotel, coche, teléfono y cámaras. Después decidiremos si escuchamos la entrevista o pedimos que la suspendan.
—Va a utilizarla para fijar su versión.
—Y tú no vas a regalarle una interrupción.
Miré a Laura.
—No iré.
—Duerme —dijo Robles—. Mañana necesitaré que recuerdes algo sin completar los huecos.
Colgó antes de que preguntara qué.
Laura tomó el teléfono y activó una alarma para siete horas después.
—No puedes decidir cuánto voy a dormir.
—Ya lo has intentado tú.
Quitó la silla de la puerta. Pensé que me devolvería la chaqueta. La colgó dentro del armario y guardó la tarjeta de acceso en su bolsillo.
—¿Te vas?
—He reservado la habitación de al lado.
—No hace falta.
—Para ti nunca hace falta hasta que alguien llega.
Apagó la lámpara principal. Quedó encendida la luz del baño.
Me senté en la cama. El colchón cedió demasiado y la nuca me tiró al inclinarme.
—Laura.
Ella sostuvo la puerta entreabierta.
—No voy a darle a Cebrián lo que espera.
—No lo hagas por él.
—Entonces por quién.
Laura miró el portátil cerrado, la bolsa vacía y mis zapatos todavía puestos.
—Por los que ya saben cómo terminas cuando nadie te obliga a parar.
Cerró la puerta sin llevarse mi teléfono.
No abrí el portátil.
Me quité los zapatos y dejé el aparato boca abajo sobre la mesa. Antes de acostarme, envié un único mensaje al grupo familiar.
Laura ha llegado. Estoy en el hotel. Mañana os llamo.
Lucas respondió primero.
Que mañana sea mañana.
No contesté.
La alarma todavía no había empezado a descontar cuando me dormí.