Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El hombre de después

Cebrián llegó al depósito de Vicálvaro acompañado por una abogada y sin abrigo.

El viento levantaba polvo entre las filas de furgones intervenidos. Una puerta metálica golpeaba al fondo con cada ráfaga. Robles había elegido aquel lugar porque el registro de traslado de David contenía el número de un vehículo guardado allí durante años.

—No declararé con Barral presente —dijo Cebrián.

Su abogada colocó una autorización sobre el capó de un coche precintado.

—Mi cliente viene voluntariamente. No ha renunciado a elegir quién escucha.

Vega señaló la cámara fijada sobre la entrada.

—No es un interrogatorio. Vamos a comprobar una explicación que usted ha ofrecido.

Cebrián me miró. Tenía el cabello casi blanco y una cicatriz pequeña bajo la oreja. No era el hombre de la manga clara. Tampoco necesitaba serlo.

—Él no comprueba —dijo—. Convierte.

Me aparté dos pasos.

—Empiece sin mí.

Robles no ocultó la sorpresa. Decidí quedarme junto a la verja, lo bastante lejos para no interrumpir y lo bastante cerca para oír cuando elevaran la voz.

Cebrián caminó hasta un furgón azul con las ventanillas cubiertas. El número de bastidor coincidía con el registro que Sergio había aceptado. Un técnico retiró el precinto y abrió la puerta lateral.

Dentro faltaban los asientos traseros. Quedaban anclajes oxidados y una tira de goma despegada del suelo.

—Este vehículo no trasladó a nadie aquella noche —dijo Cebrián—. Estaba inmovilizado.

—El documento dice lo contrario —respondió Vega.

—El documento certifica una ruta asignada. No su ejecución.

La abogada tocó el marco antes de que el técnico cerrara.

—¿Quién podía asignarla?

Cebrián enumeró seis puestos. El suyo era uno. También el de dos coordinadores, un jefe de servicio y dos operadores de guardia. No intentó borrar su acceso.

—Yo cerraba lotes —dijo—. Las rutas pendientes heredaban mi firma si nadie corregía el responsable.

Robles sostuvo la puerta abierta.

—El registro se creó cuarenta minutos después del disparo.

—Entonces lo creó la guardia nocturna.

—Y usted se lo enseñó a Sergio.

Cebrián pasó un dedo por el polvo del marco.

—Me pidió una alternativa. Se la di.

Me acerqué un paso. La abogada levantó la mano, pero Cebrián no se volvió.

—Le dio una ausencia —dije.

—Le di un registro oficial.

—Sabía que el furgón no podía circular.

—Lo sé ahora.

La respuesta utilizó las mismas palabras de Sergio. Noté el frío en las muelas.

Robles pidió al técnico la ficha de inmovilización. La avería había sido registrada nueve días antes. Cebrián recibió una copia porque asesoraba a la empresa encargada de repararlo.

La abogada dejó de tocar el marco.

—Eso no demuestra que leyera cada ficha.

—Cobró la revisión —dijo Vega.

—Cobré por localizar repuestos.

Cebrián abrió la puerta del conductor. Bajo el parasol seguía pegada una etiqueta de taller con la fecha de entrada. La señaló sin arrancarla.

—Si quisiera fabricar una coartada, habría elegido un vehículo capaz de moverse.

La frase encajaba. Precisamente por eso molestaba.

Opté por no atacarla. Pedí al técnico que comprobara quién había abierto la ruta en el sistema y quién modificó después el estado del vehículo.

—Eso requiere una orden —dijo la abogada.

Vega sacó una copia doblada del bolsillo.

—La tenemos.

Cebrián cerró la puerta con suavidad.

—Barral sigue dando órdenes.

—Ha formulado una comprobación —respondió Robles—. La orden la pidió mi unidad.

El técnico conectó un lector al módulo instalado bajo el salpicadero. Tardaría varios minutos. Cebrián caminó entre los furgones y nosotros lo seguimos hasta una zona cubierta.

—Controlaba rutas, accesos y empresas —dije—. Su firma aparece donde alguien necesitaba que una versión pareciera completa.

—Mi firma aparece donde otros dejaron trabajo sin terminar.

—También en cuatro muertes.

—En cuatro correcciones.

Se detuvo bajo una lámpara que tardó en encenderse. El tubo parpadeó dos veces.

—Los expedientes antiguos estaban llenos de errores —continuó—. Fechas duplicadas, responsables jubilados, matrículas mal copiadas. Mi trabajo era corregir errores antiguos.

La expresión quedó limpia. La había leído en los márgenes de Requena, Brea y Vela. Siempre después de sustituir una hora o una ruta.

Robles no reaccionó. Vega sí. Sacó el teléfono y fotografió la grabadora que llevaba prendida en la solapa para marcar el momento.

—¿Quién utilizaba esa fórmula? —pregunté.

—Cualquiera que supiera escribir.

—Aparece en documentos que usted firmó después de dejar el puesto.

Cebrián se acercó hasta que su abogada le tocó el codo.

—Firmé regularizaciones. No muertes.

—¿Conocía a Nora Beltrán?

—No.

No pestañeó.

—Investigaba esas regularizaciones.

—Muchos periodistas llaman. No significa que los conozca.

Robles sacó una fotografía de una funda y la mantuvo a la altura del pecho. No era el túnel ni una imagen robada. Procedía del archivo de Nora y llevaba fecha, hora y ubicación.

Cebrián estaba sentado frente a ella en una terraza próxima a Atocha. Entre ambos había una carpeta gris.

—Esto no es una llamada —dijo Vega.

La abogada cogió la funda sin sacarla.

—Una fotografía no prueba el contenido de una conversación.

—Prueba que su cliente la conocía —respondí.

Cebrián observó la imagen más tiempo del necesario.

—Me abordó después de una jornada sobre contratación pública.

—Durante cincuenta y dos minutos.

—Hablaba mucho.

—Y usted llevó una carpeta.

—Facturas que había solicitado.

Robles señaló la fecha. La reunión ocurrió tres semanas antes de la muerte de Nora y dos días después de que ella pidiera información sobre las cámaras retiradas.

—¿Por qué lo negó? —preguntó.

Cebrián recuperó la funda y se la devolvió.

—Porque conocer a alguien no es sentarse una vez con esa persona.

—Para un hombre que corrige documentos, distingue poco las palabras —dije.

Su mano se cerró sobre el borde de la carpeta de su abogada. No levantó la voz.

—Usted golpeó a un esposado y llamó contexto a todo lo que vino antes. No me enseñe precisión.

El técnico regresó desde el furgón. El sistema conservaba el usuario que abrió la ruta: una cuenta de guardia compartida. La modificación posterior se hizo desde el perfil de Cebrián.

Vega le mostró la pantalla.

—Cambió «pendiente» por «completada».

—Cerré el lote a la mañana siguiente.

—Sin comprobar el vehículo.

—Como cientos de veces.

—Y esa vez apartó al hombre que David esperaba.

Cebrián miró hacia la verja. La M-40 rugía detrás de las naves.

—No sabía a quién esperaba David.

—Pero sabía qué nombre figuraba en la ruta —dije.

Tuve preparada la acusación: había creado la ruta para protegerse. No la pronuncié. El usuario compartido podía haberla abierto sin él, y cerrar un lote explicaba el cambio mejor que una orden secreta. Señalé la hora de modificación.

—¿Cuándo supo que David había muerto?

—Antes de cerrar el lote.

—¿Y que yo estaba detenido?

—También.

—Entonces no corrigió un error. Eligió qué registro quedaría limpio.

Cebrián golpeó la pantalla con la uña.

—Elegí terminar un turno. Usted necesita que cada gesto lo tenga en el centro.

Retiré la mano del lector sin responder.

La abogada intervino.

—No responderá sobre terceras personas sin acceso al documento completo.

Robles guardó la fotografía.

—Entonces hablemos de Nora. ¿Qué facturas le entregó?

—Ninguna.

—Acaba de decir que llevó las que había solicitado.

Cebrián no corrigió la frase. Se volvió hacia su abogada.

Ella abrió el maletín y sacó dos escritos sellados.

El primero solicitaba declarar formalmente con acceso previo a todas las pruebas. El segundo denunciaba que yo había participado en entrevistas, consultado información reservada y condicionado a testigos relacionados con mi propia revisión.

—Hasta que un juez resuelva —dijo la abogada—, pediremos que Barral quede apartado de cualquier diligencia.

Robles tomó los escritos.

—Pueden pedirlo.

—Ya lo hemos pedido.

Cebrián recogió su abrigo del coche de la abogada. Antes de ponérselo, me miró.

—A las siete de la tarde del día en que murió Nora yo estaba en un hotel. Mi teléfono, mi coche y seis cámaras me sitúan allí.

—Eso lo comprobaremos.

—Usted no.

Pasó junto a mí sin rozarme.

Vega recibió una llamada antes de que alcanzara la salida. Escuchó, miró los escritos y se apartó del grupo.

Robles no necesitó oír el final. Cerró la funda de la fotografía.

—La jueza ha suspendido tu acceso hasta revisar la denuncia.

Cebrián abrió la verja. El viento la empujó contra su mano.

—Ahora puede investigar sin convertir nada —dijo.

Salió con su abogada. Yo me quedé frente al furgón que nunca había trasladado a nadie y que, aun así, había sacado a un hombre de la historia.