CAPÍTULO 26
El culpable disponible
Sergio dejó su placa retirada dentro de la bandeja antes de cruzar el control.
No se la habían pedido. La funcionaria la miró, empujó la bandeja hacia él y señaló el arco detector. Sergio pasó sin recogerla.
Robles nos esperaba en una planta cerrada de Plaza de Castilla. Habían vaciado los despachos para una reforma. Quedaban marcas rectangulares en las paredes y una línea de polvo donde antes terminaba el mostrador.
—Hoy no buscamos quién creó el expediente —dijo—. Buscamos quién lo abrió después del disparo.
Sergio tocó el respaldo de una silla apilada.
—Ya sabes quién llamó.
—Sé que llamaste tú —respondí—. No sé qué dijiste.
Vega cerró la puerta. Marta Cifuentes estaba junto a la ventana, con una carpeta fina y las manos vacías. No me saludó.
—La declaración se graba —dijo Vega—. Nadie consulta documentos mientras reconstruimos la secuencia.
Robles dejó tres teléfonos apagados sobre el suelo. Uno representaba la comisaría. Otro, coordinación judicial. El tercero, la unidad penitenciaria.
—Empieza —ordenó.
Sergio se colocó junto al primero.
Habían pasado nueve minutos desde el disparo cuando llamó al jefe de guardia. David seguía en el suelo. Yo estaba sentado contra una pared, con sangre en la manga y el arma apartada.
—Dije que había un muerto y un agente implicado —explicó.
—No dijiste «implicado» —respondí.
Sergio apretó el borde de la silla.
—Dije que Barral había perdido el control.
La frase no necesitó volumen. Me golpeó debajo del esternón.
—No viste el disparo.
—Vi cómo estabas después.
—También viste la cámara cortada.
—La cámara no estaba cortada para nosotros. Solo había dejado de grabar.
Vega levantó una mano.
—Siga con la llamada.
Sergio pidió que separaran mi arma, mi ropa y mi declaración. El jefe de guardia preguntó si existían antecedentes de conducta. Sergio respondió que sí.
—¿Cuáles? —preguntó Robles.
—No enumeré ninguno.
—Pero sabías que existían —dije.
Sergio rozó el teléfono apagado con dos dedos.
—Me habían advertido de que no te dejara solo con David.
Marta Cifuentes cambió el peso de un pie al otro. La suela chirrió sobre el suelo desnudo.
Decidí no preguntarle todavía quién lo había advertido.
—¿Qué hiciste después?
—Llamé a coordinación judicial para preservar la escena y evitar que tu unidad asumiera el control.
Robles movió el segundo teléfono hasta Cifuentes.
Ella no se agachó.
—Recibí la llamada a las veintitrés cuarenta y uno. El agente fallecido estaba vinculado a un procedimiento con traslados pendientes. Necesitábamos saber qué equipos podían intervenir sin contaminarlo.
—¿Y buscó mi nombre? —pregunté.
—Busqué incompatibilidades.
—Eso no responde.
Cifuentes abrió la carpeta, pero Vega se la cerró con la palma.
—Sin papeles.
La letrada retiró la mano.
—Introduje su número profesional porque Sergio lo identificó como agente implicado. El sistema devolvió una alerta y una referencia a Información de apoyo.
La carpeta Barral todavía no se llamaba así.
Sergio no había pedido un culpable. Había pronunciado mi nombre dentro de una pregunta preparada para encontrar riesgos.
—¿Leyó los informes? —preguntó Robles.
—Leí el resumen automático.
—Cuatro palabras —dije.
Cifuentes me miró por primera vez.
—Tres aquella noche. Aislado se añadió después.
El aire seco me raspó la garganta. Robles no dejó que nadie hablara encima.
—¿Qué hizo con el resultado?
—Suspendí provisionalmente su acceso al procedimiento y pedí una unidad externa.
—Eso era razonable —dijo Sergio.
—También envió el resumen —respondí.
Cifuentes señaló el tercer teléfono.
—A coordinación penitenciaria. David había mencionado traslados antes de morir. Necesitaban saber si usted podía acceder a los registros.
Robles desplazó el aparato hacia una marca vacía en el suelo.
—¿Quién contestó?
—Ramiro Cebrián.
Nadie ocupó la marca.
Vega abrió la puerta y llamó a un funcionario que esperaba fuera. El hombre dejó una caja precintada en el suelo y salió sin mirar a Sergio.
Dentro había una copia de la grabación de comunicaciones. Robles no la reprodujo completa. Pulsó solo el tramo autorizado.
La voz de Cifuentes sonó metálica.
«Necesito bloquear accesos de Barral hasta aclarar el incidente».
Después Cebrián preguntó:
«¿El perfil sigue abierto?».
Robles detuvo el audio.
Sergio soltó la silla.
—Él conocía la matriz.
—La utilizaba para gestionar accesos —dijo Cifuentes—. No significaba que lo estuviera acusando.
—Preguntó por mi perfil antes de preguntar por David.
—Preguntó por una autorización.
Me acerqué al teléfono. Vega puso un zapato delante.
—Desde ahí.
Obedecí.
Robles reanudó la grabación. Cifuentes confirmó que el perfil estaba abierto. Cebrián pidió el código de incidencia, bloqueó mis credenciales penitenciarias y solicitó una copia del parte preliminar.
Nada de eso me convertía en asesino.
Todavía.
—¿Cuándo apareció la palabra culpable? —pregunté.
Sergio se sentó sin que nadie se lo ofreciera.
—En mi segunda declaración.
La hizo seis horas después. Ya había escuchado que mi historial contenía violencia, amenazas y conflictos. Un instructor le preguntó si David me temía.
—Dije que desconfiaba de ti.
—David desconfiaba de todos.
—Preguntaron por ti.
—Y respondiste lo que encajaba.
Sergio golpeó una rodilla con la palma.
—Respondí lo que recordaba.
—Recordabas también que David esperaba a otra persona.
—No sabía quién.
—Pero no lo pusiste.
—Lo añadí después.
Vega intervino.
—Diecisiete días después.
El sonido del sistema de ventilación llenó el despacho vacío. Sergio bajó la cabeza, no hacia mí, sino hacia el teléfono que representaba su primera llamada.
—Cuando declaré otra vez, ya había leído que tu perfil estaba abierto —dijo—. Pensé que otros sabían algo que yo no.
La frase movió algo más que una confesión.
Cifuentes creyó que Sergio aportaba el riesgo. Sergio creyó que la alerta confirmaba sus sospechas. Cebrián recibió ambos datos y bloqueó accesos. Cada uno utilizó al anterior como prueba.
Robles colocó los tres teléfonos en línea.
—Ninguno ordenó acusarlo —dijo—. Pero ninguno volvió al principio para comprobar de dónde salía la certeza.
—Yo sí volví —respondió Sergio.
—Cuando ya estaba condenado —dije.
Sergio recogió la placa de la bandeja que había traído consigo. La giró entre las manos sin guardarla.
—¿Qué quieres que diga?
—Quién convirtió una precaución en una versión.
—Yo le puse la primera frase.
Cifuentes tocó la carpeta.
—Yo abrí el perfil.
Robles señaló la marca vacía.
—Cebrián bloqueó los accesos y pidió los traslados.
Vega añadió una cuarta acción: el instructor incorporó únicamente las partes adversas a la cronología inicial.
Cuatro decisiones. Ninguna reunión.
—¿Quién añadió aislado? —pregunté.
Cifuentes abrió por fin la carpeta. Sacó una hoja y la dejó en el suelo, no en mis manos.
La fecha era posterior a mi detención.
El campo de apoyo interno había quedado vacío hasta que tres compañeros rechazaron declarar a mi favor. Recursos Humanos transformó aquella ausencia en una característica personal.
AISLADO.
No me habían encontrado solo.
Habían contado cuántos se apartaban.
Robles permitió que leyera la firma. No pertenecía a Cebrián, Sergio ni Cifuentes. Era de una responsable administrativa que jamás me había visto.
—Entonces nadie me eligió —dije.
—Sergio te señaló primero —respondió Vega—. Los demás comprobaron que eras fácil de sostener.
La resolución no alivió nada. Solo distribuyó el peso.
Cogí la hoja del suelo y la devolví a la carpeta.
—Quiero corregir mi pregunta.
Robles esperó.
—No quién necesitó un culpable. Quién decidió que ya no hacía falta buscar otro.
Sergio se levantó.
—Yo.
Cifuentes negó.
—Usted no podía cerrar una causa.
—Pero dejé de hablar del hombre que esperaba David.
—¿Por qué? —pregunté.
Sergio guardó la placa.
—Porque Cebrián me enseñó un registro de traslado. Decía que aquella persona había salido de Madrid antes del disparo.
Robles bloqueó la salida con el brazo.
—No ha terminado.
—He firmado una ampliación esta mañana —dijo Sergio—. Está en el juzgado.
—Aquí no le hemos preguntado por qué aceptó aquel registro.
Sergio sostuvo la puerta sin empujarla.
—Porque llevaba hora, matrícula, sello de salida y una firma que reconocía. Era más completo que cualquier otra cosa en aquella habitación.
—Demasiado completo —dije.
—Eso lo sé ahora.
Cifuentes se agachó para recoger los teléfonos. Dejó el de coordinación penitenciaria para el final.
—Si ese traslado era falso, alguien no solo apartó una alternativa —dijo—. También supo qué ausencia necesitábamos ver.
Vega recogió la caja precintada.
—Y quién iba a creerla sin pedir jamás una segunda comprobación.
Sergio abrió la puerta.
—El hombre al que David iba a entregar los nombres.
—Diga el nombre.
Sergio miró la marca vacía donde nadie había representado a Cebrián.
—Pregúntale a él. El registro también llevaba su firma.