Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Incómodo

El juez Luján me hizo esperar de pie junto a la puerta de su despacho.

No ofreció asiento. Firmó tres providencias antes de levantar la cabeza. La ventana daba a la plaza de la Villa de París y el cristal vibraba con las obras de la calle.

—Tiene cinco minutos.

Dejé sobre la mesa una copia de la nota que había añadido a mi expediente.

INCÓMODO PARA LA COORDINACIÓN JUDICIAL.

—¿Qué obtuvo con esto?

Luján no tocó el papel.

—Que dejaran de enviarlo a mis procedimientos.

—¿Por qué?

—Porque preguntaba delante de abogados lo que debía preguntar en privado.

—Pregunté por un traslado que no figuraba en autos.

El juez cerró la pluma.

—Y suspendió una declaración durante cuarenta minutos.

—El preso llegó desde otra prisión sin autorización incorporada.

—La autorización apareció.

—Después.

Luján empujó la nota con un dedo.

—Eso era lo incómodo. No aceptaba que un error pudiera corregirse sin convertirlo en una acusación.

Me acerqué a la mesa. El ujier abrió la puerta antes de que dijera nada.

—Se ha terminado.

Decidí no discutir el tiempo. Señalé la fecha de la nota.

—La añadió dos días después de que una empresa reclamara el pago de aquel traslado.

Luján miró al ujier.

—Cierre.

La puerta encajó.

—No conocía a esa empresa —dijo—. Quería apartarlo de mis salas. Eso fue todo.

—¿Habló con Nora Beltrán?

La mandíbula se le movió una vez.

—Vino con la misma pregunta.

—¿Qué le respondió?

Luján recogió la nota y la rompió por la mitad.

—Que un juez también tiene derecho a equivocarse sin aparecer en un periódico.

No intentó ocultarlo. Tampoco pidió perdón.

Robles esperaba en la acera. Le conté la conversación mientras caminábamos hacia Génova.

—Motivo propio —dijo—. Evitar que revisaran sus decisiones.

—Y habló con Nora.

—Eso no lo convierte en su asesino.

—No he dicho que lo sea.

Robles me sostuvo la mirada hasta que guardé la copia rota en una funda.

La segunda persona eligió una cafetería cerca de Colón. Tomás Medina había sido mi superior durante cuatro años. Llegó con veinte minutos de retraso y dejó el casco de la moto sobre la silla libre.

—No voy a salir en televisión.

—No he traído cámaras.

—Tú ya eres una.

Pidió café sin mirarme. Sus dedos golpeaban la correa del casco.

La nota de Medina era más breve.

DIFICULTA LA CADENA DE MANDO.

—Perdió una promoción después de una queja mía —dije.

—Perdí una promoción porque tú entregaste una conversación grabada sin avisarme.

—Ordenabas cerrar una vigilancia.

—Ordenaba no quemar a dos agentes por seguir una matrícula equivocada.

El camarero dejó la taza. Medina la apartó antes de probarla.

—¿Qué obtuvo al conservar aquella nota?

—Que no volvieras a depender de mí.

—Terminó en el expediente Barral.

—Yo no hice ese expediente.

—Su nota sí.

Medina cogió el papel, leyó su firma y lo devolvió.

—Escribí lo que pensaba.

—¿Lo envió después a Recursos Humanos?

—Me lo pidieron.

—¿Quién?

—Una funcionaria. No recuerdo el nombre.

—Elena Pardo.

Medina negó.

—No era ella. Era más joven.

Saqué la lista de personas que habían consultado el expediente. Medina cubrió los nombres con la mano.

—No pienso elegirte un culpable.

Retiré la hoja.

—¿Habló con el Diario Central?

—Ayer.

Robles dejó la cucharilla sobre el plato.

—¿Qué les dio?

—Nada. Confirmé que la amenaza del audio era suya.

—¿Cómo sabía dónde estaba archivada? —pregunté.

Medina se puso el casco bajo el brazo.

—Porque declaré en aquel procedimiento. El periodista no necesitaba una conspiración. Necesitaba llamar a quien figuraba en el índice.

—¿Le habló de Álex?

—No conocía su edad.

—La conocía después.

Medina se levantó.

—Después ya no era asunto mío.

Le bloqueé el paso con la silla, sin tocarlo.

—Eso también terminó en mi expediente.

Miró la silla. La retiré.

—Ahí tienes tu respuesta —dijo—. Siempre conseguías que dejaras de ser el problema importante.

Se marchó sin beber el café.

Robles pagó. No añadió ninguna corrección.

Elegí el tercer nombre antes de salir.

Marta Ríos dirigía la asesoría que había perdido un contrato de seguridad tras uno de mis informes. Nos recibió en el vestíbulo de un edificio de oficinas junto al paseo del Prado. El suelo olía a cera y cada paso devolvía un eco corto.

—No subirán —dijo.

Llevaba el abrigo puesto y una carpeta bajo el brazo.

—Su empresa pidió mis intervenciones en edificios privados —dije.

—Mi antigua empresa.

—Las pidió cuando usted la dirigía.

Ríos entregó a Robles una autorización firmada. Permitía usar su declaración en la investigación de la filtración, no en la revisión de mi condena.

—Aprenda a separar procedimientos —dijo.

—¿Por qué buscó mis informes?

—Porque usted había paralizado dos pagos y cuestionado un contrato de cámaras.

—Las cámaras no grababan.

—Grababan. No conservaban las imágenes el tiempo exigido.

—Y cobraban por conservarlas.

Ríos apretó la carpeta contra el pecho.

—Su informe nos costó el contrato. El mío explicó que actuaba fuera de sus competencias.

—Me llamó incómodo.

—Lo era.

—¿Envió la nota a alguien?

—A nuestro abogado y al organismo contratante.

Robles abrió la autorización.

—¿Conocía a Luján o a Medina?

—No.

—¿A Cebrián?

Ríos tardó menos de un segundo.

—Coincidí con él en dos reuniones técnicas. Nunca hablamos de Barral.

La respuesta no unía nada. Precisamente por eso resultaba útil.

—¿Y Nora? —pregunté.

Ríos bajó la carpeta.

—Nora no preguntó por usted. Preguntó por las cámaras retiradas de tres prisiones.

—¿Qué le dio?

—Facturas.

—¿Por qué?

—Porque ya no trabajaba allí y porque mi antiguo socio me culpó de perder los contratos.

Abrió la carpeta. No contenía documentos para nosotros. Solo la copia sellada de una denuncia presentada esa mañana contra su antiguo socio por falsedad contable.

—Nora iba a publicar su nombre —dijo—. Él lo sabía.

Robles pidió el nombre.

—Julián Arce.

Ventilaciones Arce.

El apellido golpeó antes de que pudiera impedirlo. Ríos guardó la denuncia.

Ríos volvió a abrir la carpeta y sacó una relación de retiradas. No me la entregó. Mostró solo la última columna.

Tres cámaras penitenciarias habían salido para reparación la semana anterior a la muerte de Nora. La empresa adjudicataria subcontrató el transporte a un taller distinto. Arce autorizó el movimiento, pero no constaba como conductor ni como técnico.

—Nora pidió estas fechas —dijo Ríos—. No buscaba una red. Buscaba quién firmó cada salida.

Robles fotografió la relación con el dispositivo oficial.

—¿Por qué no lo aportó cuando apareció muerta?

—Porque nadie me lo pidió.

—Hoy tampoco —dije.

Ríos cerró la carpeta.

—Hoy mi antiguo socio ha dicho a dos clientes que yo falsifiqué las facturas. Las virtudes suelen necesitar un incentivo.

Un vigilante se acercó desde el mostrador. Ríos le indicó que esperara.

—Arce utilizaba conflictos ajenos —continuó—. Si un funcionario odiaba a un inspector, le ofrecía un informe. Si una empresa temía una sanción, encontraba una factura. No creaba el miedo. Lo administraba.

—¿Hizo eso conmigo?

—Usted ya llegaba administrado.

El vigilante tocó su auricular.

—Señora Ríos.

Ella levantó un dedo. Le quedaba una frase y quería cobrarla completa.

—Nora entendió que las personas no estaban conectadas. Lo estaban las oportunidades.

—No me mire así. Arce no controlaba jueces ni policías. Controlaba facturas, vehículos y empleados que necesitaban conservar su trabajo.

—¿Filtró mis informes?

—No.

—¿Sabe quién lo hizo?

—Sé quién tenía copias.

Robles levantó la mano.

—Eso constará en declaración formal.

Ríos asintió.

—Entonces citen a los abogados de las tres empresas. Cada uno guardó lo que podía servirle contra Barral. Ninguno sabía qué guardaban los otros.

Las puertas del ascensor se abrieron detrás de ella. Dos empleados salieron hablando y Ríos se apartó.

Tomé una decisión antes de que Robles marcara el número de Vega.

—No empezamos por Arce.

Robles bajó el teléfono.

—¿Por quién?

Miré las tres notas.

Un juez protegió sus procedimientos. Un mando protegió su carrera. Una empresa protegió sus contratos. No necesitaban conocerse.

—Por el momento en que dejaron de usar las notas por separado.

Ríos pulsó el ascensor.

—Eso fue después de la muerte de David.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Metí la mano entre ellas. Ríos no se movió.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque antes nadie llamaba a la carpeta «Barral».

Solté la puerta.

Robles ya estaba hablando con Vega cuando el ascensor desapareció.

No perseguí a Ríos.

Saqué las tres notas y escribí una fecha debajo de cada firma.

Después añadí otra, común a las tres.

El día siguiente al disparo de David.