Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La entrega de las seis

Robles cerró la puerta de la sala antes de abrir el canal con Madrid.

Yo estaba en la comisaría de Salamanca, frente a un altavoz pequeño y una mesa vacía. Laura esperaba al otro lado del cristal. No podía oír la operación, pero veía mis manos.

Robles había llegado antes del amanecer con la autorización de la jueza y una condición escrita: yo no recibiría imágenes, posiciones ni nombres de agentes. Solo escucharía porque Héctor podía reclamar mi voz. Si intentaba intervenir fuera del guion, cortarían el canal y continuarían sin mí.

Esa limitación me dejó la boca seca. También evitó que confundiera escuchar directamente una operación con dirigirla desde doscientos kilómetros de distancia.

—Repasamos una vez —dijo Robles.

Colocó seis tarjetas delante de mí. Julián Arce. Héctor Sanz. Daniel Rivas. Rafael Navas. Ramiro Cebrián. Julio Barral.

Debajo de cada nombre había una acción. Recuperar. Atropellar. Trasladar. Sustituir. Regularizar. Conservar.

Mi tarjeta llevaba la última palabra.

—No conservé nada.

—Es lo que Héctor cree —respondió Robles—. Hoy basta con eso.

En Atocha, Vega comprobó el micrófono de Cebrián. Su respiración llegó por el altavoz junto con un anuncio de llegadas. El eco metálico de la estación hacía parecer cada paso más cercano.

—La carpeta tiene seis hojas —dijo Robles—. Ninguna contiene pruebas originales.

—¿Qué contienen?

—Lo suficiente para que Héctor reconozca los nombres. Nada que comprometa una causa si la pierde.

Cebrián habló desde Madrid.

—¿Y si me pide abrirla?

—La abre.

—¿Y si quiere que vaya con él?

Robles apoyó dos dedos sobre mi tarjeta.

—No sale de la zona acordada.

Cebrián soltó aire.

—Él conoce pasillos que ustedes no conocen.

—Usted también.

La línea quedó muda durante cuatro segundos. Después oí el roce de la carpeta contra su abrigo.

Decidí no pedir una pantalla. El sonido me obligaba a aceptar lo que no controlaba.

—Empieza a caminar —ordenó Vega.

Los pasos de Cebrián avanzaron sobre el suelo pulido. Una maleta golpeó cerca. Alguien pidió disculpas. Después llegó el rumor más amplio de la nave de llegadas.

—Consignas a veinte metros —informó Vega por el canal interno.

Robles bajó el volumen.

—Héctor pidió el acceso antiguo. La entrada actual está cerrada, pero la puerta de servicio permanece operativa.

—¿Quién la vigila?

—No necesitas el nombre.

No insistí.

Cebrián se detuvo. Su respiración cambió.

—Hay un hombre junto a la máquina de billetes.

—Descripción —dijo Vega.

—Chaqueta azul. Gorra. Bolsa de herramientas.

—Siga.

El hombre no habló. Oí dos pasos rápidos y un golpe suave contra el micrófono. Cebrián volvió a andar.

—Me ha dado una llave —murmuró.

—No la use —ordenó Vega.

Otra voz entró por el canal. Grave. Más cerca de Cebrián que del micrófono.

—La consigna seis.

Héctor.

La piel de mis antebrazos se endureció. Laura lo vio a través del cristal y apoyó una mano en el marco.

Cebrián introdujo la llave. El metal raspó dos veces antes de girar.

—Deja la carpeta dentro —dijo Héctor.

—Primero quiero saber qué ruta recuerdas.

—No estás aquí para preguntar.

—Estoy aquí porque tú me llamaste.

Un tren frenó al otro lado del muro. El chillido cubrió varios segundos. Cuando terminó, la carpeta seguía en manos de Cebrián.

Robles tomó una decisión sin anunciarla. Levantó tres dedos hacia el agente de comunicaciones. El equipo de Atocha cerró las salidas exteriores, pero nadie avanzó hacia la consigna.

—Abre —dijo Héctor.

El cartón crujió. Cebrián sacó la primera hoja.

—Julián Arce. Recuperar.

—Siguiente.

—Daniel Rivas. Trasladar.

—Siguiente.

Cebrián leyó a Navas y después su propio nombre. Su voz perdió fuerza al pronunciar regularizar.

—Falta uno —dijo Héctor.

—Hay dos.

—El mío no me interesa.

Cebrián separó las hojas.

—Julio Barral. Conservar.

La bolsa de herramientas cayó al suelo.

—¿Dónde está?

—En Salamanca.

—No él. Lo que conserva.

Cebrián tardó demasiado. El altavoz recogió un roce de tela y un golpe contra la consigna.

—No existe una copia —dijo.

Héctor lo sujetaba. Se notaba en el aire cortado entre ambas voces.

—Nora dijo que la tenía.

—Nora estaba intentando que dejaras de pegarle.

El primer impacto sonó seco.

Robles no miró hacia mí.

—Vega, entra.

El canal se llenó de órdenes. Pasos. Una mujer gritó al fondo. Cebrián chocó contra la puerta metálica y el micrófono produjo un ruido blanco.

—¡Policía! ¡Suelta la herramienta!

Héctor respondió con otro golpe. Después corrió.

No vi la persecución. Oí un carro volcar, ruedas pequeñas girando sin carga y el anuncio de un tren hacia Valencia, absurdo sobre las voces.

—Va al corredor norte —dijo Vega.

—Puerta tres cerrada —respondió un agente.

—Ha saltado el torno.

Robles mantuvo una mano sobre el altavoz. Con la otra retiró mi tarjeta de la mesa.

—No hables aunque te oiga.

La advertencia llegó tarde.

La voz de Héctor apareció lejana, multiplicada por el pasillo.

—¡Barral no tiene nada!

No respondí.

—¡Todo esto es por un muerto que ya mintió!

Mi silla se movió un centímetro. La detuve con el talón.

Laura golpeó una vez el cristal. No para frenarme. Para comprobar que seguía allí.

El canal volvió a llenarse de carrera. Héctor abrió una puerta de emergencia. Una alarma comenzó a pulsar cada pocos segundos.

—Sale al andén siete —dijo Vega.

—Hay pasajeros.

—Cortad el acceso, no el tren.

Un agente ordenó apartarse. Se oyó una maleta arrastrada y después el motor de un vehículo eléctrico de equipajes.

Héctor lo puso en marcha.

El zumbido aceleró entre gritos. Alguien cayó. Robles pidió confirmación dos veces.

—Sin heridos graves —respondió Vega—. Va hacia el extremo del andén.

Cebrián reapareció en el canal, jadeando.

—La puerta de mantenimiento termina en una reja.

—Quédese donde está —ordenó Robles.

—Tiene una llave antigua.

—He dicho que se quede.

Cebrián no obedeció. Sus pasos volvieron a sonar.

—Si abre la reja, sale a las vías de servicio.

—Cebrián, deténgase.

—La llave no abre desde dentro.

Hubo un silencio breve. Después un golpe metálico.

Cebrián había cerrado la reja desde el otro lado.

Héctor frenó el vehículo de equipajes. El motor siguió girando contra una barrera.

—Atrás —dijo él.

—Ya no corriges esto —respondió Cebrián.

La frase no parecía preparada.

Héctor golpeó la reja con una herramienta. Cebrián retrocedió, pero no abrió.

Vega llegó primero. Ordenó soltarla. Héctor lanzó la llave por encima de la barrera y levantó la herramienta como si todavía pudiera elegir el final.

El disparo no llegó.

Se oyó un impacto contra el suelo, un gemido y varias órdenes superpuestas.

—Manos visibles.

—Está debajo.

—Retira la herramienta.

—Esposas.

La alarma continuó tres pulsos más. Después alguien la desconectó.

Robles esperó la confirmación formal.

—Héctor Sanz detenido —dijo Vega—. Consciente. Herida en el hombro. Cebrián tiene un corte en la ceja.

El aire salió de mis pulmones sin permiso. No me levanté.

—¿La carpeta? —preguntó Robles.

—Dentro de la consigna. Cinco hojas.

Miré el hueco donde había estado mi tarjeta.

—Falta la mía.

Vega respondió desde Atocha.

—La tiene Héctor en la mano.

No era una revelación. Era una elección visible. Había abandonado los otros nombres y había corrido con el mío.

Robles ordenó fotografiar la hoja antes de retirarla. Después pidió que Cebrián fuera atendido y quedara bajo custodia, no solo protección.

—¿Por cerrar la reja? —pregunté.

—Por llevar una segunda llave que no figuraba en el dispositivo.

Cebrián había llegado preparado para abrir otra salida. La cerró cuando comprendió que Héctor lo dejaría atrás.

La segunda llave explicaba otra cosa. Cebrián no confiaba por completo en la protección policial.

Había aceptado la entrega, pero conservaba una salida negociada con el hombre que podía hundirlo.

Al cerrar la reja no se convirtió en héroe.

Eligió el lado que todavía podía ofrecerle un juez, una abogada y una versión menos destructiva.

Laura entró en la sala cuando Robles terminó la comunicación. No preguntó si habían ganado.

—¿Vuelves a casa?

Miré las cinco tarjetas restantes.

—Sí.

Robles recogió las de Arce, Rivas, Navas, Cebrián y Héctor. Las guardó en sobres separados.

—Mañana empiezan las declaraciones simultáneas —dijo—. Nadie verá primero lo que ha dicho el otro.

Me entregó la tarjeta con mi nombre. La palabra conservar seguía debajo.

La rompí por la mitad y la dejé en la papelera.

—Yo declaro hoy.

Robles negó.

—Hoy cenas.

Abrí la puerta. Laura salió delante.

Detrás de nosotros, el altavoz volvió a encenderse. Vega pidió cinco equipos distintos y cinco salas separadas.

Esta vez nadie iba a corregir después.