CAPÍTULO 23
Impulsivo
Raúl Castaño bajó la persiana del taller antes de decirme que no pensaba ayudarme.
El metal golpeó el suelo. Robles quedó fuera, junto al coche, al otro lado del cristal cubierto de grasa. En la calle Embajadores, un autobús frenó frente al semáforo y dejó temblando los destornilladores colgados de la pared.
—Has pedido verme —dije.
Raúl limpió sus manos con un trapo negro.
—Pediste que me localizaran. No es lo mismo.
Tenía la mandíbula desviada hacia la izquierda. No recordaba que fuera tan visible. Me señaló una silla de plástico, pero permanecí de pie.
—El periódico ha publicado una parte de la grabación.
—Publicará las demás.
—¿Cuántas les diste?
Raúl arrojó el trapo sobre un motor abierto.
—Sigues preguntando como si yo trabajara para ti.
Elegí sentarme. La silla cedió bajo mi peso.
—Dije la amenaza.
—También la escribiste en una hoja esta mañana, según la inspectora. Un gesto precioso.
—Quiero saber qué pasó antes y después.
Raúl apoyó ambas palmas en el banco. Una llave inglesa rodó hasta chocar con una caja.
—Antes utilizabas a Álex Moya para llegar a Cañas.
—Tú lo utilizabas.
—Yo le pagaba por mirar matrículas. Tú le pedías que entrara en portales.
La cicatriz de mi palma rozó el borde de la silla. Álex tenía dieciséis años. En mi informe figuraba como colaborador ocasional mayor de edad.
—Me dijo que tenía dieciocho.
Raúl soltó una risa sin abrir la boca.
—Y tú decidiste creerlo porque te servía.
La puerta interior se abrió. Un muchacho dejó dos cascos sobre una estantería y desapareció sin saludarnos. Raúl esperó a que el pestillo volviera a encajar.
—Aquella tarde Cañas lo metió en el piso porque había visto el coche de vigilancia —continuó—. Yo te pedí noventa segundos. La unidad estaba subiendo.
—Oí un golpe.
—Oíste lo que necesitabas para entrar.
Me levanté. Raúl no retrocedió.
—Cuando derribé la puerta, Cañas tenía a Álex sujeto por el cuello.
—Y la ventana de la cocina abierta.
El aire del taller olía a gasolina vieja. Toqué el respaldo antes de volver a sentarme.
Cañas escapó por el patio. La unidad encontró droga, dinero y dos armas, pero perdió al hombre que dirigía la red. Álex salió vivo. Tres días después apareció su fotografía en varios teléfonos del barrio.
—Lo sacamos de Madrid —dije.
—Después de que lo vieran salir contigo.
Raúl abrió un cajón y sacó una fotografía doblada. No me la entregó. Álex aparecía en una playa, más delgado, con una gorra hundida hasta las cejas.
—Vive en Bélgica. Cambió de apellido. Su madre no pudo acompañarlo.
—Pero vive.
—Eso te lo repetiste mucho.
El borde de la fotografía tembló entre sus dedos. Raúl la guardó.
—Yo amenacé con sacarte del piso por el cuello —dije—. No a Álex.
—Me amenazaste porque no querías esperar. Luego escribiste «desacuerdo operativo».
—Sí.
La palabra salió seca. Raúl alzó la vista.
—¿Sí qué?
—Oculté la amenaza en el parte.
El motor soltó una gota de aceite sobre la bandeja. Raúl la limpió con el pulgar.
—Eso no lo dijiste en la grabación para el periódico.
—Todavía no he hablado con ellos.
—Entonces no has venido por la verdad. Has venido antes que el siguiente titular.
Saqué el teléfono y lo dejé sobre el banco, sin desbloquear.
—Grábame tú.
Raúl miró hacia el cristal. Robles seguía fuera. No intervino.
—No vuelvo a guardar tu voz para nadie.
—Entonces llama a Víctor Lobo. Que venga con una cámara.
—¿Para que cuentes que salvaste a un menor?
—Para contar que entré sin orden, arruiné una operación, expuse a Álex y escondí una amenaza.
Raúl cogió mi teléfono. Lo sostuvo unos segundos y me lo devolvió.
—Di también que Cañas habría podido matarlo mientras vosotros subíais.
—No lo sé.
—Lo creías.
—No es lo mismo.
La frase sonó a Robles. Raúl la reconoció y sonrió por primera vez.
Decidí no llamar al periódico. Abrí la cámara y activé la grabación.
—Me llamo Julio Barral. La voz publicada hoy es mía.
Raúl se apartó del encuadre.
Conté la edad de Álex. La espera que no acepté. La puerta derribada. El cuello atrapado bajo el brazo de Cañas. La fuga por la cocina. También dije que el informe omitió mis palabras y convirtió el conflicto con Raúl en una discrepancia profesional.
No añadí que actué para salvarlo hasta el final.
—Entré porque pensé que Álex podía morir —dije—. Pude tener razón y actuar mal al mismo tiempo.
Detuve el vídeo.
Raúl cruzó los brazos.
—Eso no te va a limpiar.
—No lo he grabado para eso.
—Todo lo haces para alguna versión.
Le envié el archivo a Clara, Lucas, Laura y Robles. Después lo remití a Víctor con autorización para publicarlo completo.
Raúl abrió una nevera pequeña bajo el banco y sacó dos botellas de agua. Dejó una frente a mí. No la abrí.
—Han ofrecido pagarme por sentarme en un plató esta noche.
Desbloqueó su móvil. El mensaje llevaba el nombre de una productora, una cantidad y tres preguntas preparadas. La primera era si me consideraba capaz de matar. La segunda, si había temido por su vida. La tercera mencionaba a Álex.
—¿Vas a ir?
—Todavía no lo he decidido.
Cogió mi botella y rompió el precinto con un giro.
—Dame una razón para no hacerlo.
—Álex.
—No te pertenece.
—Precisamente.
Raúl bebió sin sentarse.
—Cuando derribaste aquella puerta, él dejó de ser un chaval que cometía delitos. Se convirtió en «el menor que Barral salvó». Tu versión también le quitó el nombre.
Toqué la pantalla apagada de mi teléfono.
—No lo menciones.
—El periódico ya lo tiene.
—Tienen unas iniciales y una edad falsa.
—Pueden llegar hasta él.
—Tú puedes impedir que salgan desde aquí.
Raúl dejó la botella junto al mensaje de la productora. Su pulgar quedó sobre el botón de respuesta.
—¿Y qué gano?
—Nada.
—Por fin una oferta sincera.
Borró el borrador que había empezado y bloqueó el móvil. No prometió quedarse en casa. Tampoco llamó.
Robles golpeó dos veces el cristal desde fuera. Levantó su teléfono: Víctor acababa de confirmar la recepción del archivo, pero todavía no lo publicaba.
Raúl apartó la mirada.
—Les has dado una confesión gratis.
—Les he quitado la posibilidad de decir que lo niego.
—Te queda la posibilidad de callarte.
—Esa ya la utilicé en el parte.
Raúl deslizó la botella hasta mi mano. El plástico estaba frío.
—Entonces bebe. Lo siguiente no lo vas a arreglar con contexto.
—¿Lo entregaste tú? —pregunté.
—Mi abogado incorporó la grabación cuando denuncié tu amenaza. Años después, el expediente pasó al archivo judicial. No hacía falta robar nada.
—Solo saber dónde buscar.
—Y qué frase cortar.
La persiana vibró cuando pasó otro autobús. Raúl sostuvo el motor para que no golpeara el banco.
—No conviertas al periódico en el origen. Alguien les señaló el cajón correcto desde el principio.
Raúl cogió un tornillo del suelo y lo dejó junto al motor.
—Ahora espera a ver qué cortan.
La respuesta llegó antes de que Robles entrara. Víctor confirmó que subiría el vídeo sin edición y que el director preparaba otro artículo. Leí el mensaje en voz alta.
—¿Otro audio? —pregunté.
Raúl miró la hora en la pared.
—A las seis.
—¿También salió de tu abogado?
—El primero estaba en mi procedimiento. Cualquier periodista con acceso podía encontrarlo.
—¿Y el segundo?
Raúl abrió la puerta del taller. Robles entró, cerró el paraguas y dejó agua junto a la persiana.
—El Diario Central acaba de publicar tu vídeo —dijo—. El titular dice que admites haber manipulado un parte.
—He admitido una omisión.
—Ellos han elegido otra palabra.
Raúl señaló el teléfono de Robles.
—Ponlo.
La pantalla mostró mi rostro congelado con la boca abierta. Debajo, los comentarios crecían demasiado rápido para leerlos. No busqué apoyo. Pulsé reproducir.
Mi explicación salió completa. Al terminar, apareció un enlace al audio anunciado.
Raúl me quitó el teléfono antes de que lo abriera.
—Ese lo escuchas mirándome.
Robles levantó la cabeza.
—¿Usted aparece?
—Mi respiración.
Raúl dejó el móvil sobre el banco y pulsó el archivo.
Primero se oyó una puerta. Después mi voz ordenándole que se sentara. Un golpe corto cortó la frase. Otro llegó cuando alguien pidió que parara.
Raúl señaló su mandíbula.
—Álex ya estaba a salvo cuando hiciste eso.
El audio siguió. Mi voz preguntó dónde estaba Cañas.
Raúl no apartó los ojos.
—Y yo llevaba las manos esposadas.