Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El expediente Barral

Robles partió el periódico por la mitad y dejó mi fotografía entre dos carpetas.

—Empieza por lo que han publicado.

La sala de consulta estaba en la sexta planta de los juzgados de Plaza de Castilla. El viento golpeaba las ventanas. Al fondo, las torres desaparecían detrás de una lluvia fina.

Leí el titular sin tocarlo.

BARRAL AMENAZÓ A UN TESTIGO Y OCULTÓ EL INCIDENTE.

Vega empujó una hoja hacia mí. Era el parte completo. La frase aparecía en el tercer párrafo, entrecomillada.

«Si vuelves a acercarte al chico, te entierro».

—La dije —respondí.

Robles no abrió la siguiente carpeta.

—¿A quién?

—A un confidente que utilizaba a un menor para entregar droga.

—Eso no figura en la noticia —dijo Vega.

—La amenaza sí.

Cogí el bolígrafo y escribí en la hoja autorizada: LO DIJE. Debajo añadí el nombre del confidente. La punta rasgó el papel al terminar el apellido.

La funcionaria sentada junto a la puerta levantó la vista. Controlaba que no copiara datos protegidos ni sacara fotografías. Mi teléfono permanecía dentro de una bandeja sellada.

Robles giró el expediente hacia mí.

La cubierta no decía «Barral». Decía INFORMACIÓN DE APOYO. El nombre estaba escrito en una pegatina posterior, pegada sobre otra arrancada.

—Entonces el expediente no se llamaba así —dije.

—Todavía no decidas qué significa —respondió Vega.

Metí la uña bajo la esquina de la etiqueta. La funcionaria golpeó la mesa con un lápiz.

Retiré la mano.

Robles abrió por el índice. Veintisiete documentos. Intervenciones, quejas, evaluaciones, bajas, declaraciones y dos fotografías. Ninguno estaba completo.

—¿Quién eligió las páginas?

Vega señaló una silla vacía.

—La persona que las reunió está esperando fuera.

Decidí no leer todavía el segundo artículo. Cerré el periódico y pedí que entrara.

Elena Pardo caminó apoyándose en un bastón corto. Había trabajado treinta y cuatro años en administración policial. Dejó el bolso en el suelo y no aceptó la silla que Robles le acercó.

—No hice un expediente —dijo—. Uní copias.

—¿Por orden de quién? —pregunté.

—De tres departamentos.

—Nombre.

Pardo miró a Vega.

—¿Esto es una declaración?

—Desde que ha cruzado la puerta —respondió ella.

La mujer se sentó. El bastón quedó entre sus rodillas.

Recibió siete solicitudes durante cuatro meses. Recursos Humanos pidió mis sanciones. Coordinación operativa, los incidentes con testigos. Una asesoría vinculada a contratos de seguridad reclamó mis intervenciones en edificios gestionados por empresas privadas.

—No llegaron juntas —dijo Pardo—. Las guardé porque todas llevaban su número profesional.

—¿Quién pidió que las uniera?

La mujer pasó un dedo por la pegatina.

—Nadie usó esa palabra.

Robles colocó delante de ella una nota de servicio. Pardo reconoció su firma al final. La fecha era once días anterior al disparo de David.

PREPARAR CONTEXTO DISPONIBLE PARA REUNIÓN DE CONTINUIDAD.

—Esto convirtió las copias en una carpeta —dijo Robles.

Pardo apretó el bastón.

—Me pidieron antecedentes de riesgo. Yo tenía material reunido y lo encuaderné.

—¿Quién asistía a la reunión? —pregunté.

—No recibí convocatoria.

—Pero entregó la carpeta.

—La dejé en una bandeja.

Vega abrió una relación de movimientos. La bandeja pertenecía a una oficina compartida por Policía Judicial, coordinación penitenciaria y un enlace del juzgado.

Tres oficinas. Ninguna firma responsable.

Empujé la silla hacia atrás. Las patas arañaron el suelo.

—No voy a perseguir otra cuenta compartida.

Robles cerró la relación.

—Entonces elige una pregunta mejor.

Miré a Pardo. Tenía una mancha de tinta azul en el pulgar. Había manejado miles de hojas y recordaba aquella carpeta porque regresó con la pegatina cambiada.

—¿Qué faltaba cuando volvió?

La mujer levantó la cabeza.

—Las portadas originales.

Vega dejó de pasar páginas.

Pardo explicó que cada bloque llevaba una hoja de petición con nombre, departamento y motivo. Cuando recuperó la carpeta después de la reunión, esas siete hojas habían desaparecido. En su lugar había un índice nuevo y la etiqueta con mi apellido.

—¿Denunció la retirada?

—Pregunté.

—No es lo mismo.

—Me dijeron que las portadas eran duplicados.

El mango del bastón crujió entre sus manos.

—Y usted decidió creerlo —dije.

—Decidí conservar mi puesto.

—¿Sabía que estaban incompletas?

Pardo bajó la vista hacia el primer bloque.

—Sabía que eran extractos.

Robles abrió la intervención del confidente. La solicitud pedía únicamente «conductas intimidatorias». No reclamaba el contexto, el resultado judicial ni las actuaciones del menor.

—Usted tenía el informe entero —dije.

—También tenía una orden concreta.

—Y eligió obedecer la parte que me dejaba peor.

El bastón se inclinó. Pardo lo enderezó con ambas manos.

—Elegí no decidir qué necesitaban.

Vega sacó otra petición. En el margen aparecía una casilla marcada: INFORMACIÓN ADVERSA. No era una falsificación. Tampoco un resumen.

—¿Era habitual pedirlo así? —preguntó.

—Para ascensos, destinos sensibles y revisiones disciplinarias.

—Yo no tenía ningún ascenso pendiente.

—Por eso recuerdo la carpeta.

Pardo tocó el periódico roto sin cogerlo.

—Cuando vi su cara años después, entendí para qué había servido.

El borde de la mesa se hundió en mi palma. Podía convertirla en la primera responsable que tenía delante. Era más fácil que seguir las siete solicitudes.

Retiré la mano.

—¿Quién redactó las peticiones?

Pardo señaló las portadas ausentes.

—Ahí estaban los nombres.

Robles no permitió que apartara la mirada.

—¿Guardó alguna copia?

—No podía.

—Eso tampoco responde —dije.

Pardo abrió el bolso. La funcionaria se levantó de inmediato. Vega le ordenó dejarlo en el suelo.

—No traigo documentos —dijo la mujer—. Traigo mi agenda.

La sacó sin abrirla y la entregó. Robles pasó las páginas con guantes. Había citas médicas, turnos y números de extensiones. En la fecha de la reunión, Pardo había escrito tres iniciales.

J. S. / M. C. / R. C.

Reconocí la última.

Ramiro Cebrián.

—¿Los vio recoger la carpeta?

—Vi entrar a Cebrián. Los otros dos ya estaban dentro.

—¿Quiénes eran?

Pardo señaló la primera inicial.

—Un jefe de sección. Murió hace cinco años.

Después tocó la segunda.

—Marta Cifuentes. Letrada de la Administración de Justicia.

Vega escribió el nombre.

—Sigue en activo.

—No eligieron necesariamente a Barral —dijo Robles—. Pudieron revisar varios perfiles.

Pardo asintió demasiado rápido.

—Había más carpetas.

El bolígrafo se detuvo entre mis dedos.

—¿Cuántas?

—Siete.

La misma cifra devuelta por la matriz.

—¿También estaban incompletas? —pregunté.

—Todas respondían a criterios distintos. Un funcionario con bajas médicas. Un agente protegido por el sindicato. Dos técnicos externos con expedientes abiertos. No eran acusados. Eran personas que podían complicar una respuesta conjunta.

—¿Una respuesta a qué?

—A cualquier incidente grave entre instituciones. La herramienta se creó para prever sustituciones, apoyos y conflictos de competencia.

Vega apoyó el bolígrafo sobre la mesa.

—Un uso administrativo.

—Al principio —dijo Pardo.

La palabra quedó entre nosotros. No convertía la matriz en inocente. Solo demostraba que no había nacido con mi fotografía pegada encima.

Robles abrió la última página del índice nuevo. Las siete carpetas habían salido de la reunión. Seis regresaron a sus archivos de origen. La mía permaneció fuera durante diecinueve días.

—¿Quién la devolvió? —pregunté.

Pardo negó despacio.

—Apareció en mi bandeja una mañana.

Decidí separar las fechas. Reunión. Desaparición de las portadas. Diecinueve días fuera. Disparo de David en medio.

Nadie habló durante los siete segundos siguientes.

Robles colocó mi hoja sobre el expediente antes de que escribiera una conclusión.

—Esto resuelve quién reunió las copias. No quién retiró las portadas ni quién decidió utilizar la tuya.

—Pero la reunión existió.

—Una reunión existió —corrigió Vega—. Su propósito sigue abierto.

Pardo firmó la declaración. Al levantarse, el bastón golpeó la pata de la mesa. No se despidió de mí.

La puerta se cerró. La funcionaria devolvió el periódico y señaló la segunda página.

El Diario Central había publicado un audio.

Robles pulsó la reproducción desde su tableta. Mi voz llenó la sala, más joven y más alta.

«Te saco de aquí por el cuello aunque tenga que entregar la placa después».

La grabación terminaba antes de la respuesta.

Vega abrió el informe correspondiente.

—Esta no aparece en la carpeta que acabamos de revisar.

—Entonces tienen otra fuente.

Robles leyó la hora de publicación. Hacía nueve minutos. Debajo, el periódico anunciaba un segundo audio para las seis.

Cogí mi hoja y escribí la frase completa antes de escucharla otra vez.

—Quiero el incidente original.

—Está solicitado —dijo Vega.

—Quiero también al hombre al que amenacé.

Robles bloqueó la tableta.

—Puede confirmar exactamente lo que se oye.

Doblé la hoja y la dejé dentro de la carpeta autorizada.

—Entonces no empezaremos negándolo.