Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El nombre que no estaba

La primera palabra estaba en un parte que yo mismo había firmado.

IMPULSIVO.

La habían subrayado en rojo, aunque en el original solo figuraba una vez. El archivo de la Jefatura olía a cartón húmedo y el montacargas temblaba detrás de la pared.

Robles dejó el documento bajo una lámpara. No me pidió que lo leyera. Tampoco lo apartó.

El informe describía una entrada sin autorización en un domicilio donde se oían golpes. Yo había derribado la puerta antes de que llegara la orden judicial.

Dentro encontré a una mujer en el suelo y a su pareja sujetándole el cuello.

La intervención salvó su vida.

También anuló parte de la investigación posterior.

—Las dos cosas constan —dijo Robles.

Vega colocó junto al parte una copia recortada. En ella faltaban la llamada de auxilio, las fotografías de la mujer y la declaración del vecino.

Solo quedaba la puerta rota.

La palabra impulsivo aparecía en el margen, añadida por un superior que no participó en la intervención.

No era falsa.

La habían dejado sola.

Robles abrió una caja distinta. Había llegado desde Asuntos Internos con orden de conservación y una relación de consultas antiguas.

La segunda palabra estaba en una evaluación de conducta.

VIOLENTO.

No pertenecía al detenido esposado que había mencionado a Clara. Era anterior.

Un compañero declaró que lo empujé contra una taquilla durante una discusión. El texto omitía que él acababa de entregar la ubicación de una testigo a un abogado relacionado con el investigado.

El empujón seguía siendo mío.

La omisión también.

Pasé el dedo por el borde de la funda sin tocar el papel.

—¿Quién solicitó estas copias?

Vega señaló tres sellos separados. Recursos Humanos. Coordinación operativa. Una asesoría externa sin nombre comercial.

Las peticiones no coincidían en fecha. La primera se produjo nueve meses antes de la muerte de David. La última, cuatro meses después.

Nadie había reunido todavía las cuatro palabras.

Eso llegó más tarde.

Robles puso sobre la mesa una hoja creada en una aplicación interna. No contenía mi nombre, número profesional ni fotografía.

Solo cuatro casillas.

I.

V.

I.

A.

Cada letra remitía a un informe distinto.

Impulsivo.

Violento.

Incómodo.

Aislado.

La tercera palabra procedía de tres investigaciones que habían rozado a personas diferentes. Un juez molesto por una pregunta fuera de acta. Un mando que perdió una promoción. Una empresa que dejó de cobrar un contrato.

INCÓMODO.

Ninguno de ellos necesitaba conocer a los otros.

Cada uno añadió una nota.

Cada nota siguió viva.

La cuarta casilla estaba vacía en el documento más antiguo. Apareció después de que yo rechazara un traslado y dejara de acudir a reuniones informales con varios compañeros.

AISLADO.

No significaba que estuviera solo.

Significaba que resultaría más fácil dejarme así.

Vega abrió el historial de consultas. La matriz I-V-I-A fue creada desde un perfil administrativo vinculado a evaluación de riesgos.

El usuario original ya no existía.

La cuenta había sido migrada dos veces y el nombre sustituido por un código de servicio.

—¿Cebrián? —pregunté.

Robles no respondió. Giró la pantalla.

El código había sido utilizado por doce personas durante seis años. Dos trabajaban en prisiones. Tres en policía. Una en justicia. El resto pertenecía a empresas externas.

Cebrián figuraba entre los autorizados durante catorce meses.

No era el primero.

Tampoco el último.

Vega recibió una llamada y salió al pasillo. A través del cristal la vi caminar mientras escuchaba, sin interrumpir.

Robles retiró la matriz y dejó la fotografía de Nora.

En la esquina inferior aparecían las cuatro letras, pero no mi nombre. Junto a ellas, Nora había escrito una pregunta:

¿PERSONA O PERFIL?

—Ella tampoco estaba segura —dije.

—Estaba buscando el documento de origen.

—Y encontró mis iniciales.

—Las añadió después.

La fecha del archivo demostraba que Nora incorporó J. B. cuando relacionó la matriz con Topas. La clasificación existía antes, pero no estaba creada específicamente para mí.

La presión se aflojó detrás de los ojos y regresó de otro modo.

No habían empezado conmigo.

Habían construido una forma de buscar a alguien como yo.

Robles señaló los campos ocultos de la matriz. Riesgo disciplinario. Credibilidad de denuncia. Apoyo interno. Respuesta previsible bajo presión.

No era una lista de culpables.

Era una herramienta para valorar quién soportaría una versión sin romperla demasiado pronto.

—¿Para operaciones encubiertas? —pregunté.

—Para gestionar incidentes —respondió Robles—. Eso dice el encabezado.

—¿Y lo que hacía?

—Todavía no lo sabemos.

El montacargas se detuvo. Un empleado empujó un carro con cajas y pidió paso. Robles cubrió las hojas hasta que cruzó.

Vega regresó con una fotografía del control de acceso de C-17.

Uno de los cinco usuarios del monovolumen sin ubicación había entrado en el centro la tarde anterior a la muerte de Nora.

Se llamaba Darío Cuesta. Técnico de lectores y barreras.

Su tarjeta abrió el pasillo de la celda, pero las cámaras lo mostraban saliendo a pie veinte minutos después.

El monovolumen permaneció dentro.

—Pudo dejar las llaves —dije.

—O pudo entrar otro conductor —respondió Vega.

Cuesta aseguró que el vehículo quedó para una reparación nocturna. La orden existía, aunque fue creada esa misma mañana desde una cuenta compartida.

El trabajo consistía en sustituir un lector junto al almacén de conducciones.

No explicaba la apertura de C-17.

Vega dejó la fotografía junto a la matriz.

Darío Cuesta figuraba también entre los usuarios autorizados del código de evaluación.

La coincidencia tensó la sala.

Robles no unió las dos hojas.

Pidió separar investigaciones: Vega seguiría el vehículo y C-17. Otra unidad rastrearía la matriz. Nadie preguntaría a Cuesta por mi expediente.

—Si sabe que hemos conectado ambas cosas, corregirá su historia —dijo.

Vega asintió y se llevó solo la fotografía.

No me pidió que fuera.

Esta vez no discutí.

Robles abrió el último archivo. Era una consulta hecha seis semanas antes del disparo de David.

Alguien introdujo cuatro criterios en el sistema sin seleccionar persona concreta.

Impulsivo.

Violento.

Incómodo.

Aislado.

El resultado devolvió siete perfiles.

Mi nombre estaba entre ellos, pero no ocupaba el primer lugar.

El primero pertenecía a un agente de otra provincia. El segundo, a un funcionario de prisiones. Yo aparecía cuarto.

—Entonces no me eligieron desde el principio.

Robles amplió la columna de observaciones.

Tres nombres fueron descartados por tener apoyo sindical. Otro, por una baja médica. El funcionario de prisiones había sido trasladado.

Mi casilla seguía abierta.

Al otro lado de las persianas, la tarde caía sobre la glorieta de Cuatro Caminos. Los autobuses arrancaban bajo la lluvia y las luces se acumulaban hacia Raimundo Fernández Villaverde.

Me acerqué al cristal. Durante años había buscado a una sola persona detrás de mi condena porque podía señalarla, juzgarla y finalmente apartarla.

Siete perfiles ocupaban la pantalla.

Cualquiera habría servido.

Volví a la mesa antes de que Robles me llamara.

Coloqué cada informe por fecha, no por gravedad.

El orden cambió la historia. Primero apareció la impaciencia.

Después la violencia. Más tarde la incomodidad.

El aislamiento no describía mi carácter.

Registraba que quedaban menos personas dispuestas a contradecir una versión.

No decía culpable.

Decía disponible.

El aire del archivo se volvió demasiado frío. Cerré la chaqueta sin levantarme.

—¿Quién consultó los resultados?

Robles mostró el registro.

No había una sola persona. Hubo accesos desde policía, justicia y una empresa de mantenimiento durante los meses siguientes.

Algunos duraron segundos.

Otros descargaron documentos.

Nadie necesitó convocar una reunión.

Cada uno tomó lo que le servía.

En la fotografía de Nora, una línea negra rodeaba las cuatro letras. No tachaba a una persona. Cerraba una posibilidad.

Nora creyó primero que significaba eliminado.

Después escribió otra palabra en el reverso.

USADO.

Robles dejó la imagen boca abajo.

—Eso tampoco demuestra cómo terminó tu nombre en la causa de David.

—No.

Miré las siete filas del resultado.

Una estaba cerrada por traslado.

Otra por enfermedad.

Dos por protección interna.

La mía permanecía abierta el día del disparo.

No busqué quién había pulsado después.

Aún no.

Saqué una hoja en blanco y escribí las cuatro palabras sin mi nombre.

Debajo añadí la fecha de creación de cada informe.

Nueve meses.

Siete.

Cinco.

Tres.

La acumulación había empezado antes de David y continuó sin él.

Robles observó la hoja.

—¿Qué vas a hacer con eso?

Doblé el papel y lo guardé en la carpeta autorizada.

—Dejar de preguntar quién decidió condenarme.

—¿Y qué preguntarás?

Miré la casilla que seguía abierta.

—Quién necesitó un culpable cuando yo ya estaba disponible.