CAPÍTULO 19
La celda de paso
El cerrajero cortó el segundo candado.
La hoja metálica saltó al pasillo. Detrás de las ventanas enrejadas, la sierra aparecía gris sobre los muros.
El subdirector no miró el candado.
—La celda está clausurada.
Robles mostró el registro. C-17 figuraba abierta veintinueve veces después del cierre.
El hombre pasó el pulgar por la primera fecha.
—Eso puede ser una prueba del sistema.
—Veintinueve pruebas —dijo Vega—. Siempre con presos dentro del módulo.
El cerrajero empujó. Olía intensamente a yeso húmedo. Una franja nueva cruzaba la pared del fondo.
No entré.
Robles cubrió el umbral y pidió fotografías. El técnico ajustó la luz lateral. Había marcas de botas imposibles de fechar.
Sergio identificó la celda en su declaración al ver el plano antiguo de conducciones.
C-17 quedaba entre dos salas de espera. No tenía cámara ni figuraba en los recorridos actuales.
Vega abrió una carpeta con los movimientos recuperados.
Nicolás Valero había permanecido allí cuarenta minutos durante un traslado a un juzgado. Héctor Sanz, veintisiete. Tomás Requena, una hora y seis minutos.
Los tres aparecían en las notas de Nora.
—David no está —dije.
El subdirector señaló la hoja.
—Entonces se equivocaron de celda.
Robles cerró la carpeta sobre su mano.
—Todavía no hemos entrado.
El técnico cruzó primero. Fotografió paredes, litera y rejilla. Después nos autorizó a pasar por un corredor marcado.
Bajo la pintura nueva asomaban cuatro rectángulos cubiertos por capas.
Vega rozó el aire delante de ellas sin tocar.
—Transportar, borrar, modificar y negar.
—Eso dijo Sergio —respondí.
—Y ahora quieres ver cuatro columnas.
Robles pidió medir la pintura. El técnico tomó muestras del borde.
Recorrí la celda sin abandonar la franja señalada. La litera tenía el canto pulido en tres puntos; el resto seguía áspero.
En la parte inferior aparecían rayas cortas. Algunas formaban grupos de cuatro. Otras terminaban en una flecha.
No eran nombres.
El subdirector bajó la cabeza.
—Marcas de presos.
—En una celda cerrada —dijo Vega.
El hombre se levantó demasiado deprisa y golpeó la litera con la rodilla.
Robles ordenó recuperar los partes de mantenimiento, las llaves asignadas y cualquier incidencia que justificara la apertura. Nadie avisaría todavía a los funcionarios de conducciones.
El subdirector protestó. Robles mantuvo la puerta abierta hasta que él salió a buscar los documentos.
Dentro, el silencio cambió. El sistema de ventilación golpeaba detrás de la rejilla con una vibración hueca.
Me acerqué.
El sonido se parecía al motor antiguo que Nicolás había descrito. No era un vehículo. Era una chapa suelta movida por el aire.
Vega miró la rejilla.
—Otra coincidencia que puede engañarnos.
Me agaché sin tocarla. Uno de los tornillos tenía la cabeza brillante. Los demás estaban cubiertos de óxido.
El técnico fotografió la diferencia y retiró la rejilla con una herramienta imantada. Detrás no había papeles ni memoria. Solo un conducto estrecho que comunicaba con la sala contigua.
Robles pidió apagar la ventilación.
Desde el otro lado llegó una voz deformada. Un agente esperaba en la sala de espera y leyó una matrícula en tono normal. Dentro de C-17 entendimos los cuatro últimos números.
La frase no necesitaba una puerta abierta.
Nicolás había dicho que a veces bastaba con pronunciar el mensaje cerca de alguien.
Robles intercambió posiciones con el agente. Probó un apellido, una hora y una instrucción. Las consonantes se perdían, pero los números atravesaban el conducto con claridad.
—Por eso transportaban fragmentos —dije.
Vega anotó qué sonidos sobrevivían. Matrículas. Horas. Iniciales fuertes. Palabras breves.
La clasificación no tenía que estar escrita en la pared. Bastaba con dividir el contenido entre varias personas y reunirlo después.
El técnico terminó la primera prueba de pintura. La franja blanca era reciente. Menos de un año. Debajo había una capa amarillenta aplicada cuando la celda fue clausurada.
Los cuatro rectángulos se pintaron después del cierre.
—Sergio dijo que David aprendió aquí la estructura —recordé.
Robles miró las muestras.
—Dijo lo que recuerda.
El técnico iluminó el primer rectángulo con una fuente oblicua. Bajo la pintura aparecieron arañazos verticales, pero no formaban una columna. Eran listas de números separados por cruces.
En el segundo había letras sueltas.
En el tercero, destinos penitenciarios abreviados.
El cuarto conservaba cargos.
Sergio había convertido cuatro zonas distintas en cuatro funciones. La celda no confirmaba sus palabras. Solo explicaba de dónde podía haberlas construido.
Vega desplegó fotografías tomadas del servidor de Nora. Una página mostraba la misma distribución: números, iniciales, destinos y cargos.
—Nora también la ordenó después —dijo.
La fotografía estaba fechada ocho meses antes de su muerte. No procedía de la celda. Nora había copiado el esquema de otra fuente.
El subdirector regresó con dos cajas y un jefe de conducciones. Este último reconoció que C-17 se utilizaba cuando las salas oficiales estaban ocupadas.
—Nunca para estancias largas.
Vega colocó delante de él las tres duraciones.
—Defina larga.
El funcionario apartó la mirada hacia la puerta. Admitió que algunas conducciones se gestionaban sin asignación formal para evitar retrasos. La llave permanecía en un armario compartido.
Otra puerta sin responsable único.
Robles separó las hojas por fecha. Las aperturas coincidían con días de traslados judiciales, pero cuatro no tenían preso asociado.
Una correspondía al viaje de David a Madrid cuatro meses antes del disparo.
Su nombre figuraba en una sala distinta. El registro del escáner corporal demostraba que había entrado en el pasillo de C-17 doce minutos antes de aquella asignación.
David había pasado por la celda.
No quedó dentro durante horas. Dispuso de nueve minutos entre dos controles.
Tiempo suficiente para escuchar números, copiar tres cargos y doblar una tarjeta.
—Por eso escribió —dije—. No podía llevarse las voces.
Robles no respondió. Colocó la hora de David junto a la apertura sin preso.
La puerta fue desbloqueada desde un perfil de coordinación.
El nombre del usuario había sido sustituido por “continuidad operativa”, la misma fórmula hallada en los nombramientos de Cebrián.
Vega cogió la hoja.
—No significa que fuera él.
—Significa que alguien quería que pareciera un trámite —dijo Robles.
El técnico llamó desde la pared. Había encontrado una diferencia en el cuarto rectángulo. Un cargo estaba grabado sobre la capa amarilla, pero las letras cortaban también la pintura blanca reciente.
Había sido añadido después.
Responsable técnico.
Debajo aparecían una V y un seis.
Orduña.
El dato que Nora relacionó con las cámaras de Topas no estaba allí cuando David pasó por C-17.
Alguien lo incorporó meses más tarde y dejó que pareciera parte del mismo sistema.
Vega guardó las fotografías de Nora en otra funda.
—Ella vio una mezcla.
—Y la leyó como una lista única —dije.
Robles pidió comparar todas las marcas con la antigüedad de las capas. Ningún nombre quedaría unido a David hasta conocer cuándo fue escrito.
El jefe de conducciones retrocedió hacia el pasillo.
—Tengo que avisar a dirección.
Vega cerró la puerta antes de que saliera.
—Primero nos dirá quién ordenó pintar esta celda y quién sabía que Nora preguntaba por ella.
El hombre apoyó una mano contra el metal. El sudor le oscurecía el cuello.
No sabía nada de Nora, según dijo. Sí recordaba a un técnico que fotografió la pared durante una revisión de ventilación.
La empresa no era Ventilaciones Arce.
Era la encargada de instalar barreras y lectores.
La misma cuyos empleados compartían el monovolumen.
Robles no pidió un nombre todavía. Ordenó conservar turnos, teléfonos corporativos, órdenes de trabajo y accesos de aquel día.
Vega salió para impedir que la empresa recibiera aviso desde el centro.
Yo observé la V y el seis bajo la luz. Durante años habíamos perseguido a Orduña desde una marca que David nunca pudo ver.
El impulso de llamar a Sergio desapareció antes de sacar el teléfono.
Guardé las manos en los bolsillos.
—No vamos a preguntarle qué recuerda —dije.
Robles cubrió la pared con una lámina protectora.
—Vamos a enseñarle qué no pudo recordar.
Al otro lado del pasillo, el subdirector discutía con Vega. La celda quedaría precintada y las conducciones serían desviadas.
Robles me entregó la relación de las cuatro aperturas sin preso.
No señalé la de David.
La última se produjo la tarde anterior a la muerte de Nora.
El monovolumen compartido entró en el centro nueve minutos después.
Robles dobló la hoja y la guardó.
—Primero averiguamos quién estuvo aquí. Después decidimos a quién dejamos saberlo.
Salimos de C-17 sin mirar atrás.
El candado cortado seguía en el suelo.
Esta vez nadie volvió a colocarlo.