Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La lista de David

Sergio borró mi nombre de la pizarra antes de que cerrara la puerta.

—No estaba en la lista.

La tiza dejó una nube blanca sobre su manga. El aula de formación llevaba años sin usarse. Un radiador golpeaba bajo las ventanas.

La humedad había levantado una esquina del mapa de evacuación junto a la puerta.

—Las iniciales estaban junto a Topas.

—Eso no las convierte en una entrada.

Sergio señaló cuatro columnas escritas en mayúsculas.

TRANSPORTAR.

BORRAR.

MODIFICAR.

NEGAR.

—David no ordenaba personas —dijo—. Ordenaba lo que podían hacer.

Dejé el abrigo sobre una silla. No me senté.

—¿Viste la lista?

—Vi una parte.

—Ayer dijiste que conocías la estructura.

—Conocer una escalera no significa haber subido todos los pisos.

Tocó la primera columna con la tiza. Bajo TRANSPORTAR había tres apellidos incompletos y dos matrículas.

—Los presos llevaban frases. Los funcionarios movían personas. Las empresas cambiaban vehículos de centro.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Sabéis que circulaban mensajes. David anotaba quién podía trasladar cada pieza sin comprenderla.

Cogí el borrador. Sergio me sujetó la muñeca antes de que alcanzara la columna.

—No escribas todavía.

Retiré la mano.

—¿Por qué?

—Porque haces lo mismo que entonces. Encuentras un hueco y metes al primero que te conviene.

Elegí sentarme. La silla chirrió sobre el suelo.

—Empieza por borrar.

Sergio dejó la tiza.

—Archivos, cámaras, partes médicos, registros de entrada. No siempre destruían algo. A veces bastaba con sustituirlo por una copia más limpia.

—Orduña.

—Podría encajar.

—¿Podría?

—David escribió cargos, no delitos. Nora convirtió algunas funciones en acusaciones antes de comprobar quién las había utilizado.

La frase me hizo levantar la vista.

—¿Nora se equivocó?

Sergio abrió una carpeta vacía. No traía documentos.

—Creyó que un nombre bajo una columna significaba participación. David también anotaba a gente que podía hacerlo, aunque nunca lo hubiera hecho.

—Entonces su lista no prueba nada.

—Prueba qué puertas conocía.

El teléfono vibró dentro de mi abrigo. Robles. Lo dejé sonar hasta que Sergio señaló la silla.

—Contesta. No he venido para ayudarte a esconder otra conversación.

Activé el altavoz.

—Estoy con Sergio.

—Lo sé. Ha registrado la entrada al edificio.

Sergio empujó la carpeta hacia el teléfono.

—No llevo papeles.

—Me preocupa más lo que recuerda —respondió Robles.

Le conté las cuatro columnas. Robles no preguntó por Cebrián. Informó de que el servidor del periódico conservaba las fotografías originales de Nora desde años atrás. El director solo había copiado e impreso aquellos archivos después.

—Entonces la fecha es válida —dije.

—La existencia del archivo en esa fecha, sí. Su interpretación sigue abierta.

Sergio escribió una quinta palabra pequeña bajo la pizarra.

DISPONIBLE.

Robles oyó el roce.

—¿Qué ha escrito?

—Nada que estuviera en la lista —respondió él.

Tomé una decisión.

—Sergio va a declarar formalmente hoy.

Él soltó la tiza. El golpe partió el cilindro por la mitad.

—No has preguntado si quiero.

—Llevas años eligiendo cuándo contar cada parte.

—Y tú llevas años confundiendo una exigencia con un derecho.

Robles intervino.

—No lo obligues. Sergio, necesito saber si las advertencias sobre Julio existieron antes del disparo.

Sergio miró los fragmentos de tiza.

—Existieron.

La palabra quedó entre los tres.

—¿Quién te advirtió? —pregunté.

—Dos superiores.

—Nombres.

—En una declaración.

—¿Qué dijeron?

Sergio abrió la ventana. Entró aire frío y el ruido de un autobús en la avenida de Portugal.

—Que no te dejara trabajar solo. Que registrara cualquier amenaza. Que, si una operación se rompía, tú intentarías salvarla saltándote el mando.

—Eso ya aparecía en mis informes.

—Por eso funcionaba.

Apreté el borde de la mesa.

—¿Te dijeron que me culparas?

—No.

—¿Que alteraras la escena?

—No.

—¿Que cerraras el mueble?

Sergio cerró la ventana con más fuerza de la necesaria.

—No toqué aquel mueble.

—Apareces junto a él.

—Aparezco en una habitación donde acababan de disparar a un hombre.

—Y elegiste la versión que me dejaba dentro.

—Elegí la versión que ya conocía de ti.

Robles no frenó la respuesta.

—Siga —dijo.

Sergio se apoyó en la pizarra. El polvo blanco manchó su chaqueta.

—David estaba muerto. Tú tenías el arma. Habías amenazado con hundirlo si hablaba. Cuando preguntaron quién podía perder el control, nadie tuvo que inventar tu nombre.

La lengua me rozó un corte en el labio.

—¿Y las pruebas que no encajaban?

—Las llamamos errores de escena.

—El equipo desaparecido.

—No lo vi.

—Los cables cortados.

—No los miré.

—La persona de la manga clara.

—Tampoco la busqué.

Robles respiró junto al altavoz.

—Eso irá en su declaración.

Sergio se apartó de la pizarra.

—También irá que Julio no parecía sorprendido.

La silla cayó cuando me levanté.

—Me habían disparado.

—Y aun así preguntaste primero qué había dicho David, no quién había entrado.

El radiador golpeó tres veces. Agarré el respaldo y levanté la silla.

Decidí no acercarme a Sergio.

—Creí que David me había traicionado.

—Eso esperaban de ti.

—¿Quiénes?

—Nadie tuvo que esperarlo en una sala. Bastaba con conocerte.

Robles pidió que Sergio explicara la lista. Él volvió a las columnas.

Bajo TRANSPORTAR colocó presos, conductores y empresas. Bajo BORRAR, técnicos y custodios de archivos. MODIFICAR incluía médicos, mandos y personal con acceso a partes. NEGAR reunía a quienes podían convertir una ausencia en una versión oficial.

—No eran cuatro grupos cerrados —dijo—. Algunos nombres aparecían en dos.

—¿Cebrián? —pregunté.

Sergio tomó la tiza rota.

—Transportar y modificar.

—Entonces estaba.

—En la parte que vi.

—¿Qué podía transportar?

—Rutas. Credenciales. Vehículos que cambiaban de empresa sin cambiar de uso.

Robles pidió una descripción exacta del soporte. Sergio negó haber visto una hoja completa. David le mostró una tarjeta doblada durante una visita a Topas.

—¿Por qué a ti?

—Quería saber si reconocía tres cargos.

—¿Los reconociste?

—Dos.

—¿Y el tercero?

Sergio escribió una línea bajo NEGAR y la borró enseguida.

—Pertenecía a alguien que no trabajaba en prisiones.

—¿Policía?

—No lo supe entonces.

—Ahora sí.

—Ahora sé que Nora lo interpretó mal.

El pecho se me endureció.

—¿Qué interpretó?

—Que David estaba reuniendo responsables. También estaba reuniendo capacidades. Mezcló a culpables con personas útiles, fuentes y posibles sustitutos.

—Como yo.

—Tú no aparecías por nombre.

Robles pidió que repitiera esa frase.

Sergio lo hizo.

—¿Cómo aparecía? —pregunté.

—No voy a darte las palabras sin el soporte delante.

—Las recuerdas.

—Recuerdo dos. No sé si las otras las vi o las añadí después de tu condena.

Por primera vez, Sergio dudaba sin protegerse. Robles lo oyó.

—Eso también debe constar —dijo.

Un golpe sonó en el pasillo. Un conserje abrió, vio la pizarra y preguntó cuánto tardaríamos.

—Diez minutos —respondió Sergio.

—Cinco —dije.

El hombre dejó la puerta entornada.

Robles comunicó otro avance. Vega había separado los turnos de los doce empleados que utilizaban el monovolumen. Tres estaban fuera de Madrid la noche de Nora. Cuatro aparecían en cámaras. Cinco seguían sin ubicación comprobada.

—¿Cebrián entre ellos?

—No figuraba como empleado.

—Eso no responde.

—Responde lo que tenemos.

Sergio miró la columna TRANSPORTAR.

—Buscad quién podía asignar el vehículo sin conducirlo.

Robles no lo corrigió.

—Eso sí sirve.

La frase me molestó más que una negativa.

Tomé la tiza partida y escribí mi apellido fuera de las cuatro columnas.

Sergio no intentó detenerme.

—¿Dónde me colocaron?

—No ahí.

—Entonces bórralo tú.

Sergio cogió el borrador, pero no tocó la palabra.

—No prepararon una operación para condenarte. Prepararon a la gente para creerla cuando hiciera falta.

—¿Quién empezó?

—Distintos mandos guardaron incidentes distintos. Uno añadió una amenaza. Otro, una evaluación. Otro negó apoyo cuando pediste revisar la escena.

—Eso es coordinación.

—No se conocían todos.

—El resultado fue el mismo.

—El resultado llegó después.

Robles pidió la dirección del aula. Sergio se la dio.

—Mandaré un equipo para tomar declaración.

—No —dije—. Vamos nosotros.

Sergio señaló la pizarra.

—Aún falta una parte.

—La contarás delante de Robles.

—Puede cambiar lo que crees sobre David.

Me puse el abrigo.

—Eso ya ha ocurrido.

Sergio borró mi apellido. Las cuatro columnas permanecieron intactas.

Apagó las luces y abrió la puerta.

—David no creó esa clasificación en Topas.

Me detuve en el pasillo.

Sergio guardó la tiza rota en el bolsillo.

—La aprendió en una celda que llevaba dos años cerrada.

No pregunté dónde estaba.

Llamé a Robles y le pedí que enviara primero a alguien a comprobar que la celda seguía vacía.

Sergio bajó las escaleras delante de mí.

Esta vez no corrí para llegar antes.