CAPÍTULO 17
Clara no pregunta si fue una trampa
Clara dejó mi billete de regreso junto al fregadero.
—No voy a preguntarte si fue una trampa.
La taza se detuvo antes de tocarme los labios. Afuera, las campanas de la Clerecía acababan de dar las nueve. En la cocina solo quedábamos nosotros.
—No he dicho que lo fuera.
—Has llegado con esa frase preparada.
Dejó el paño sobre la mesa. Mis iniciales no estaban allí, pero seguí viendo la tinta negra alrededor de ellas.
—Aparecen cuatro meses antes de la muerte de David.
—Eso sí lo has dicho.
—Nora marcaba a personas antes de que las apartaran.
Clara abrió el cajón y guardó el billete. No lo rompió.
—También marcó a un tal Javier Balsa.
—Robles te lo contó.
—Tú se lo contaste a Lucas. Lucas preguntó si eras tú. No hacía falta una reunión policial.
La puerta del pasillo estaba cerrada. Laura había llevado a los niños al mercado. Aun así, bajé la voz.
—La fecha coincide.
—Las fechas no disparan.
Apoyé la taza. El café saltó sobre el plato.
—Alguien me estaba siguiendo antes del caso.
—O alguien estaba escribiendo sobre ti.
—No es lo mismo.
—Depende de lo que escribiera.
Clara tomó una decisión. Sacó mi teléfono de debajo del periódico y lo dejó entre los dos.
—Llama a Robles. Pregunta qué puede demostrar, no qué te gustaría escuchar.
—Ya lo hice en el tren.
—Entonces repítelo sin estar mirando la puerta de salida.
El plástico del móvil resbaló bajo mi pulgar. Marqué. Robles respondió al segundo tono.
—Has llegado.
—La ubicación ya te lo ha dicho.
—La ubicación dice que tu teléfono está en Salamanca.
Clara sostuvo mi mirada. Activé el altavoz.
—¿Las iniciales son mías?
—No puedo atribuirlas todavía.
—La ruta termina en Topas.
—También termina en una fecha.
—Cuatro meses antes.
—Sé contar.
Clara cruzó los brazos.
—Pregúntale qué más aparece.
La mandíbula me tiró hacia un lado.
—¿Qué hay alrededor de las iniciales?
Robles tardó. Al fondo sonó una puerta metálica.
—Dos referencias incompletas. Una a un informe interno y otra a un traslado que no llegó a realizarse.
—¿Mi informe?
—No figura el número.
—Pero lo crees.
—Creo que estás intentando convertir una marca en una absolución.
Clara no se movió.
—No he dicho eso.
—Todavía.
Robles movió algo sobre una mesa.
—La credencial activa de Cebrián se ha utilizado esta mañana en el almacén que dejamos abierto.
Me incliné hacia el teléfono.
—¿Ha entrado?
—No.
La palabra golpeó antes que la explicación. Una cámara había grabado a un técnico de la empresa de barreras. Llevaba una orden de trabajo válida y una tarjeta asociada a Cebrián.
—Entonces la compartía.
—O la empresa nunca actualizó el titular —dijo Robles—. El técnico asegura que la recogió en un armario común.
—Puede mentir.
—Puede. También puede decir la verdad.
Clara acercó el teléfono hacia ella.
—¿Eso cambia las firmas?
—No —respondió Robles—. Cambia lo que podemos atribuir a una persona por una tarjeta.
—Como las iniciales —dijo Clara.
Robles guardó silencio un instante.
—Exactamente.
La llamada terminó cuando Vega pidió a Robles desde el fondo. Antes de cortar, ordenó que no volviera a Madrid hasta que verificaran el informe vinculado a J. B.
Antes de colgar, Robles añadió que el técnico del almacén había reconocido el monovolumen de las cámaras. No como vehículo de Cebrián, sino como uno que varios empleados utilizaban sin asignación fija. Vega estaba revisando turnos, peajes y reparaciones.
—¿Cuántos podían conducirlo?
—Más de doce.
—Eso borra a Cebrián.
—No. Evita que lo dibujes antes de tiempo.
Clara tocó la mesa junto al altavoz.
—¿Nora también lo dibujó?
Robles tardó en responder.
—En una nota lo colocó dentro del sistema. En otra escribió que quizá estaba confundiendo acceso con presencia.
—Se equivocó —dije.
—Consideró que podía estar equivocándose. Aprende la diferencia.
Después cortó.
El silencio ocupó la cocina entera.
Dejé el móvil boca abajo.
—No necesito que me retengan aquí.
Clara recogió la taza y la llevó al fregadero.
—No te están reteniendo.
—Han encontrado mi nombre antes del disparo.
—Han encontrado dos letras.
—Sabes que soy yo.
El grifo se abrió. El agua chocó contra la porcelana.
—Sé que quieres ser tú.
Me levanté. La silla rozó las baldosas.
—¿Crees que quiero esto?
Clara cerró el agua.
—Quieres una explicación que llegue antes que tus decisiones.
—Me condenaron por algo que no hice.
—Y amenazaste a personas por cosas que sí hicieron.
El borde del fregadero se clavó en mis dedos.
—No tiene relación.
—La tuvo para quien reunió tus informes.
No respondió con una acusación nueva. Nombró lo que yo había dejado dentro de cada expediente: una puerta golpeada, un interrogatorio sin registrar, un detenido contra la pared y una advertencia que después llamé conversación.
—No conoces aquellas intervenciones.
—Conocí cómo volvías.
La campana de la entrada sonó. No era Laura. Un repartidor dejó una bolsa en el rellano y bajó antes de que abriera. Clara la recogió y comprobó el nombre.
—Es de la vecina.
La dejó junto a su puerta y regresó. Yo seguía de pie.
—Los informes recortaron lo que pasó —dije.
—¿Qué tuvieron que recortar para que parecieras violento?
La respuesta subió hasta la boca y se quedó detrás de los dientes.
Clara apartó la silla que yo había empujado.
—No necesito que te declares culpable de la muerte de David.
—No lo soy.
—Eso ha salido rápido.
—Porque es verdad.
—Entonces prueba otra frase.
Se sentó. No señaló la silla contraria.
Elegí hacerlo de todos modos.
—Golpeé a un detenido esposado.
Clara dobló el paño una vez.
—Lo sé.
—El informe no explica que acababa de agredir a una mujer.
—¿Seguía agrediéndola cuando lo golpeaste?
—No.
—Entonces esa parte tampoco necesita que la recorten.
El calor me subió por el cuello. Abrí la ventana. La piedra de la calle devolvía las voces de los puestos.
—También evité que la matara.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Cerré la ventana.
—Eso es lo que hicieron. Juntaron solo una.
—Y tú llevas años intentando quedarte solo con la otra.
La frase no me dejó sitio para apoyar las manos. Me senté de nuevo.
Clara tomó otra decisión. Empujó el teléfono hacia mí.
—No llames a Robles. Llama a alguien que estuviera allí antes de que David muriera.
—Sergio.
—No te he dado un nombre.
—Es el único que recibió advertencias sobre mí.
Clara recogió una miga con la yema del dedo.
—¿Advertencias verdaderas o inventadas?
—No lo sé.
—Empieza por esa respuesta.
Busqué el contacto. No pulsé todavía.
—Si alguien reunió mis errores para utilizarme, sigue siendo una trampa.
—Puede serlo.
—Y si eligieron mis amenazas, mis golpes y mis informes porque sabían que todos los creerían, me prepararon.
—Puede ser.
—No estás negándolo.
—Tampoco estoy limpiándolo.
La pantalla se apagó. Vi la cara sobre el cristal.
—Alguien seleccionó cosas ciertas.
Clara dejó la miga sobre el plato.
—Sigue.
—Quitó lo que las explicaba.
—Sigue.
—Esperó hasta que hiciera falta un responsable.
La palma me picó sobre la antigua herida. No la apreté.
—Y yo ya les había dado una versión de mí que podía funcionar.
Clara no sonrió. Tampoco acercó la mano.
—Eso sí puedes investigarlo.
El teléfono vibró antes de que llamara. Era Robles. Rechacé la llamada y escribí que hablaríamos después.
Clara observó la pantalla.
—No conviertas esto en otra promesa familiar.
—No.
Marqué a Sergio.
Contestó con ruido de tráfico. No saludó.
—Robles me ha dicho que aparecerías.
—¿También te ha contado lo de las iniciales?
—Me ha dicho que no respondiera preguntas sobre documentos que no he visto.
Clara se levantó y abrió la puerta del pasillo. Las voces de Laura y Martina subían por la escalera.
Tomé una decisión antes de que entraran.
—No quiero que me digas si me tendieron una trampa.
Sergio dejó de caminar.
—Entonces qué quieres.
Miré a Clara. Ella ya estaba recogiendo las chaquetas de los niños, sin esperar mi respuesta.
—Quiero saber qué cosas verdaderas contaron sobre mí antes de que David muriera.
Al otro lado, un claxon cortó el silencio.
—Eso no cabe en una llamada.
—Empieza por la lista.
Sergio respiró junto al auricular.
—La lista de David no estaba ordenada por nombres.
La puerta se abrió. Martina corrió hacia la cocina con una bolsa de castañas entre las manos.
Yo mantuve el teléfono pegado al oído.
—Entonces dime cómo estaba ordenada.